Orgullo
El tacón rojo y los chicos que se suben un palmo: «Boys Like Us» y la historia de los hombres en tacones
Por Mike Sain't Louis ·

Persia, hace muchos siglos. Un jinete se pone de pie sobre los estribos para disparar una flecha a galope. Para que el pie no se le escurra, la bota lleva debajo un pequeño bloque que se encaja en el estribo. Un tacón. No es adorno, es herramienta de guerra.
Esa es, según la historia del calzado que han contado los museos especializados, la vida temprana del tacón: un invento de hombres a caballo. Cuando los diplomáticos persas llegaron a las cortes europeas a finales del siglo XVI y principios del XVII, la moda les siguió. Los aristócratas quisieron parecer jinetes aunque no hubieran montado en su vida. Y se subieron un palmo.
Cuatro siglos después, en un planeta llamado Gayfolk, unos chicos vuelven a hacer lo mismo:
«We wear our heels / And stand tall»
Esta crónica va de esos tacones. De cómo un objeto que nació en los pies de un soldado acabó siendo motivo de burla cuando lo lleva un hombre, y de cómo «Boys Like Us» lo devuelve a su sitio sin pedir permiso.
Un rey de puntillas
Si hay una imagen que resume la época masculina del tacón es el retrato de Luis XIV pintado por Hyacinthe Rigaud en 1701. El rey aparece con su manto de armiño, su peluca enorme, sus medias blancas y, abajo del todo, unos zapatos con el tacón pintado de rojo.
Luis XIV no era alto, y se dice que eso tuvo algo que ver con su afición. Pero el rojo era otra cosa. El tacón rojo se convirtió en una señal de rango en la corte de Versalles: quien lo llevaba demostraba que pertenecía al círculo del rey. Era, por decirlo así, un carné de pertenencia que se llevaba en el suelo.
Al planeta le divierte pensar que el tacón más famoso de la historia lo llevó un hombre con peluca rizada, medias y manto de piel, y que nadie en Versalles lo consideró poco viril. Lo consideraban poderoso. Que el mismo gesto, tres siglos después, haga que alguien grite por la calle es una prueba de que lo que se considera masculino es una moda. Cambia como cambian las faldas y los cuellos.
La gran renuncia
¿Qué pasó entonces? ¿Cuándo dejaron los hombres de subirse a los tacones?
El cambio se suele situar en el siglo XVIII y principios del XIX. Con la Ilustración y después con la Revolución Francesa, el lujo aristocrático empezó a verse con malos ojos. Los hombres fueron abandonando los colores, las sedas, las joyas, las pelucas y los tacones, y se refugiaron en el traje oscuro y sobrio que, con variaciones, siguen llevando hoy en las oficinas.
En 1930, el psicólogo británico John Carl Flügel le puso nombre a ese fenómeno: la gran renuncia masculina. Los hombres renunciaron a la belleza en el vestir y se la dejaron a las mujeres. El tacón, junto a todo lo demás, se quedó del otro lado.
Desde entonces, un hombre con tacones no parece un rey. Parece una provocación. Y eso es lo que «Boys Like Us» decide aprovechar.
Ponerse de pie
El verso que el planeta lleva en la cabeza desde la primera escucha no es el del tacón, sino el que va pegado a él: «stand tall». Mantenerse erguido.
Cualquiera que se haya subido alguna vez a unos tacones altos sabe que no es posible ir encorvado. El tacón obliga al cuerpo a una postura. La espalda se endereza, la barbilla sube, los hombros se abren. Es casi imposible caminar con tacones mirando al suelo.
Para muchos chicos gais, la infancia fue lo contrario de esa postura. Se aprendía a encogerse. A no mover demasiado las manos, a no hablar demasiado alto, a no caminar de cierta manera, a no mirar a nadie a los ojos en el vestuario. El cuerpo entero se doblaba un poco para pasar desapercibido.
La canción no habla de eso directamente, pero lo dice con una sola imagen. Ponerse tacones y mantenerse erguido es la postura contraria a la del niño que se escondía. Es desdoblarse. Y eso explica por qué en la letra el tacón y el «we never hide» van de la mano. No se puede esconder uno subido a un palmo de altura.
El estribillo como desfile
Hay canciones que se escuchan sentado y otras que se escuchan caminando. «Boys Like Us» es de las segundas. Su estribillo tiene algo de marcha, de paso firme, de grupo que avanza por una calle. «Boys like us / We never hide / We turn the dark / Into pride».

Es una estructura muy vieja en la música de orgullo: la primera persona del plural. Nosotros. No es una persona que cuenta su historia, es un grupo que se presenta. Y eso cambia lo que significa escuchar la canción. Quien la pone no está escuchando a alguien, está entrando en el grupo.
El planeta piensa en los desfiles del Orgullo, en esas carrozas que avanzan muy despacio por la Gran Vía y el paseo del Prado, con la música a todo volumen y gente bailando a los lados. Un estribillo así está hecho para ese ritmo de paso. Para que lo coree alguien que camina rodeado de otros como él.
La carrera de la calle Pelayo
Si hay un lugar en Madrid donde la relación entre los hombres y los tacones se vive a pie de calle es la carrera de tacones de Chueca. Durante las fiestas del Orgullo, la calle Pelayo se llena de gente que mira a corredores subidos a tacones altos intentando llegar a la meta sin romperse un tobillo. Hay drag queens, hay chicos con plataformas imposibles, hay quien se cae y se levanta entre aplausos.
Es una fiesta, y es también, sin proponérselo, una pequeña lección de historia. Lo que en otros sitios sería motivo de burla, allí es motivo de aplauso. El mismo zapato, el mismo cuerpo, otra mirada.
El planeta ha contado más de una vez cómo aparecen Madrid y Chueca en las canciones de Gayfolk, y en la página de Madrid hay un mapa de esa relación. «Boys Like Us» no nombra ninguna calle. Pero cuando dice «we wear our heels and stand tall», es difícil no ver la calle Pelayo un sábado de julio.
Kinky Boots
Hay una historia real que el planeta quiere traer aquí porque explica muy bien lo que puede llegar a significar un tacón para un hombre. En Northampton, en Inglaterra, una vieja fábrica familiar de calzado estaba a punto de cerrar a finales de los años noventa. Su dueño encontró un nicho inesperado: botas de tacón alto para hombres, pensadas para drag queens y para el fetichismo, que necesitaban aguantar el peso de un cuerpo masculino.
Esa historia inspiró la película «Kinky Boots», de 2005, y después un musical con canciones de Cyndi Lauper y libreto de Harvey Fierstein que ganó el premio Tony al mejor musical en 2013. En la película, la drag queen Lola le explica al dueño de la fábrica que el problema de los tacones de mujer es que se rompen bajo el peso de un hombre. Que hacen falta tacones fuertes.
Al planeta le gusta esa idea: hacen falta tacones fuertes. Porque llevar tacones siendo un chico tiene menos de equilibrio que de resistencia. Hay que aguantar el peso del cuerpo y el peso de las miradas. «Boys Like Us» es una canción para tacones fuertes.
Lo que hacen las drag
No se puede hablar de hombres en tacones sin hablar de drag. El diario lleva tiempo contando la relación entre el drag y la escena queer, y en el planeta hay canciones enteras dedicadas a ese mundo, como «La primera drag de Benidorm».
Lo que tiene el drag que no tiene ninguna otra cosa es que convierte el tacón en arte escénico. Deja de ser calzado y pasa a ser parte de un personaje, de un número, de una exageración consciente. Eso tiene mucho de camp, la sensibilidad que celebra el artificio y lo teatral.
Pero «Boys Like Us» no habla de drag queens. Habla de chicos. De chicos que se ponen tacones sin necesariamente montar un personaje. Ahí está su pequeña diferencia: el tacón no como disfraz, sino como prenda. Algo que uno se pone para salir esa noche, igual que se pone una camisa.
Calles de purpurina
En la primera estrofa aparece un verso que el planeta lee como una pequeña paradoja: «We walk alone / On glitter streets». Caminamos solos por calles de purpurina.
La purpurina es lo contrario de la soledad. Es fiesta, es grupo, es pista. Se pega a todo el mundo, pasa de una mejilla a otra, aparece en la ropa días después. Y sin embargo, la canción pone a sus chicos solos sobre ella.
Puede leerse como la soledad del principio. La del chico que todavía no ha encontrado a los suyos y camina entre la fiesta sin formar parte de ella. O puede leerse como la soledad de después, la de volver a casa a las seis con la purpurina todavía en el pelo. En los dos casos, la purpurina marca el camino. Alguien ha pasado por ahí. Alguien ha dejado ese rastro de brillo en el suelo para que otros lo sigan.
La mano donde nadie ve
El diario ya dedicó un artículo entero a la contradicción entre el himno y la mano escondida, ese verso de la primera estrofa en que él coge la mano del otro «where no one sees», mientras el estribillo grita que nunca se esconden. El planeta no va a repetirlo.

Solo quiere añadir una cosa desde el lado de los tacones. Una mano escondida y un par de tacones son dos formas opuestas de estar en la calle. La mano se esconde, el tacón se ve desde lejos. La mano dice cuidado, el tacón dice aquí estoy.
Que los dos estén en la misma canción es lo más honesto que podía hacer la letra. Porque la mayoría de los chicos gais han vivido las dos cosas, a veces en la misma noche. Han ido de la mano en la pista y la han soltado al salir a la calle. Han llevado algo llamativo en el bar y se lo han tapado con una chaqueta en el metro. La canción no les pide elegir. Les deja tener las dos versiones de sí mismos, y apuesta por la segunda.
Murmuran, miran
En el puente de la canción aparece la parte del mundo exterior:
«Oh they whisper / Oh they stare»
Murmuran, miran. Dos verbos que cualquier chico gay con algo de pluma conoce desde la infancia. No hacen falta insultos. Basta con el murmullo y la mirada. Ese pequeño codazo entre dos personas en la parada del autobús. Esa cabeza que se gira cuando uno pasa.
La respuesta de la canción es breve: «But boys like us / We don't care». Y luego, otra vez: «Oh they wonder / Why we glow». Se preguntan por qué brillamos.
El planeta se queda con esa segunda pregunta, la de por qué brillan. Porque es una pregunta que lleva dentro una pequeña victoria. Quien mira con desprecio, en el fondo, también está mirando. Se ha fijado. Le intriga. Ese brillo le molesta precisamente porque no lo entiende. Y la canción, en lugar de explicárselo, se limita a decir que ellos siempre lo han sabido: «Boys like us / Always know».
Convertir la oscuridad en orgullo
El centro del estribillo está en una frase con una química casi alquímica: «We turn the dark / Into pride». Convertimos la oscuridad en orgullo.
La palabra «pride», orgullo, es hoy tan familiar que cuesta recordar que no siempre lo fue. Durante mucho tiempo, lo que la sociedad esperaba de un homosexual era lo contrario: vergüenza. Ocultación, culpa, discreción. Elegir la palabra orgullo para nombrar el movimiento fue un gesto deliberado: tomar justo lo que se esperaba que uno sintiera y darle la vuelta.
El diario ha escrito sobre vivir el orgullo cada día, no solo en junio o en julio. «Boys Like Us» se mueve en esa dirección. No es una canción de desfile anual. Es una canción para cualquier noche en que alguien tenga que pasar por una calle oscura con algo que brilla encima.
Y la otra frase gemela de la letra, «We turn the night into gold», convertimos la noche en oro, hace el mismo trabajo con otro material. Oscuridad en orgullo, noche en oro. La canción es, en el fondo, un pequeño taller de alquimia.
No hacer lo que te dicen
Hay un verso que el planeta lee casi como un lema político camuflado de pop: «We never do what we're told». Nunca hacemos lo que nos dicen.
Es un verso de adolescente rebelde, y lo es a propósito. Pero en el contexto de esta canción tiene un sentido muy concreto. A los chicos gais se les dice muchas cosas desde muy pronto. Cómo sentarse, cómo hablar, a quién querer, qué ponerse, qué no ponerse. Los tacones están en la lista de lo que no.
No hacer lo que te dicen, aquí, no es romper por romper. Es negarse a obedecer una lista de normas sobre el propio cuerpo. Es ponerse lo que a uno le da la gana. Y es también negarse a esa última orden que el mundo da a quien es diferente: que se esconda.
La canción encadena las dos ideas sin pausa. «We never do what we're told / We wear our heels, stand tall». La desobediencia y el tacón en la misma frase. Como si el zapato fuera la prueba.
Corazones de neón y reglas rotas
La segunda estrofa cambia de material. Ya no hay purpurina ni sombras, hay neón. «Neon hearts / And broken rules / We kiss like fire / We dance like fools».

El neón es la luz de la noche urbana, la de los carteles de los bares, la de las puertas de las discotecas. Es una luz artificial, que no pretende ser natural, y precisamente por eso tiene algo de camp. Nadie confunde el neón con el sol.
Y luego está el verso más divertido: «We dance like fools». Bailamos como tontos. En una canción de orgullo uno esperaría bailar como dioses, como estrellas, como reyes. Esta letra dice como tontos. Hay en ese verso un permiso para el ridículo que el planeta celebra. No hace falta bailar bien. No hace falta ser elegante. Basta con bailar.
Es la misma idea que recorre otras canciones de Gayfolk: la libertad no está en hacerlo perfecto, está en hacerlo sin miedo a parecer tonto.
Los que lo tienen todo
En el estribillo largo aparece una frase con mucho descaro: «We're the ones who have it all». Somos los que lo tenemos todo.
Leída con frialdad, es una exageración. Muchos chicos como los de la canción no lo tienen todo. Algunos no tienen familia que les hable, otros no tienen trabajo estable, otros no tienen ni casa propia. El planeta lo sabe y no va a hacer como si no.
Pero la frase no es un informe económico. Es una afirmación de pista. Lo que dice es que, en ese momento, en esa noche, con esos tacones y esa gente alrededor, no falta nada. Y hay algo profundamente queer en esa manera de entender la riqueza. Durante décadas, la comunidad construyó familias elegidas a partir de amigos, amantes y desconocidos, precisamente porque a muchos les faltaba la otra. Tener «todo» podía ser tener a los tuyos en la misma pista. Y eso, a veces, es tenerlo todo.
Brillar y levantarse
La canción empieza y termina con las mismas cuatro palabras: «We shine, we rise». Brillamos, nos levantamos. Es un marco, como los paréntesis de una frase, y el planeta cree que está puesto ahí a propósito.
Los dos verbos tienen un orden curioso. Uno esperaría primero levantarse y luego brillar, como quien se pone de pie antes de salir al escenario. La letra lo hace al revés. Primero se brilla, después se levanta uno. Como si el brillo viniera antes que la fuerza. Como si a veces hiciera falta ponerse algo que brille, unos tacones, una camisa de lentejuelas, un poco de purpurina en el párpado, para encontrar luego las ganas de ponerse de pie.
Cualquiera que haya salido de casa una noche sin ánimo, solo porque le apetecía estrenar algo, conoce ese orden. Te vistes primero, y el ánimo llega después, por el camino, en el espejo del ascensor.
Y que la canción vuelva al final a esas mismas palabras dice otra cosa: que no es un logro de una vez. Hay que brillar y levantarse cada noche.
Un disco que se pone de pie
«Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» es el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK, y en él conviven canciones de mucha pena con canciones que salen a la calle a pecho descubierto. «Boys Like Us» es de las segundas. Es uno de esos temas que, en el orden de un disco, sirven para que el oyente se ponga de pie después de una canción triste.
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escribió la letra en inglés, con un vocabulario muy sencillo y repetitivo, de esos que se aprenden a la segunda escucha. La música y las voces están hechas con inteligencia artificial. Lo que importa aquí es que el estribillo es fácil de corear, y que un himno que no se puede corear no es un himno.
La canción está en Spotify, y quien quiera datos sobre el proyecto y la trilogía los tiene en la sala de prensa.
Bajar del tacón
El planeta termina donde terminan casi todas las noches de tacones: en el momento de quitárselos. Esa escena en la que uno se sienta en el borde de la cama, con los pies destrozados, y se descalza.
La canción no llega hasta ahí. Se queda en la pista, en la calle, en el «we shine tonight». Pero el planeta sabe que después de toda noche de tacones viene el momento de bajar. Y que lo que se haya aprendido allá arriba se queda. Los pies duelen, pero la espalda ya sabe ponerse recta.
Aquel jinete persa se subió al tacón para no caerse del caballo. Luis XIV para parecer más alto y más poderoso. Las drag para convertir el cuerpo en espectáculo. Los chicos de «Boys Like Us» se suben por una razón que mezcla un poco de todas: para no caerse, para parecer más altos, para dar espectáculo, y, sobre todo, para que se les vea.
Un palmo más cerca del techo de la discoteca. Un palmo más lejos del suelo donde les enseñaron a mirar.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Boys Like Us»?
Es un himno de pista sobre chicos que no se esconden. Caminan por calles de purpurina, se ponen tacones y se mantienen erguidos, convierten la oscuridad en orgullo y no hacen caso de quien murmura o se queda mirando. En la primera estrofa aparece una mano cogida «donde nadie ve».
¿Los tacones eran de hombres?
Según la historia del calzado que ha divulgado, entre otros, el Museo del Calzado Bata de Toronto, el tacón se usaba en Persia para sujetar el pie en el estribo al montar y llegó a Europa como moda masculina. Luis XIV lo llevó rojo y lo convirtió en símbolo de la corte. Con el tiempo pasó a considerarse calzado femenino.
¿Qué es la carrera de tacones de Chueca?
Es una de las actividades más conocidas de las fiestas del Orgullo de Madrid: una carrera sobre tacones altos en la calle Pelayo, en el barrio de Chueca, en la que participan sobre todo hombres y drag queens.
¿En qué disco está «Boys Like Us»?
En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. La ficha del single la fecha el 3 de julio de 2026.