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Salud mental

Bullying LGTBIfóbico en la infancia: lo que queda dentro cuando sales del patio, con «Tan cateto» y los datos de FELGTBI+

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Portada de «Tan Cateto», canción de Mike Sain't Louis

Si estás pasándolo mal ahora. Si eres menor y alguien te acosa en el colegio o en el instituto, puedes llamar gratis y sin dar tu nombre al 900 018 018, el teléfono contra el acoso escolar del Ministerio de Educación, o al Teléfono ANAR, 900 20 20 10 y 116 111. Si piensas en quitarte la vida, sea cual sea tu edad, llama al 024. Si hay peligro inmediato, al 112. Hay más teléfonos al final.

Soy Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, «el primer cantautor IA»: las letras y la producción son mías, y la música y las voces se hacen con inteligencia artificial. En esta serie hablo de salud mental con mi propia historia como punto de partida, y hay una parte de esa historia que empieza en el colegio. De niño sufrí bullying.

No voy a contar escenas. No hacen falta para que se entienda, y no quiero que este texto sea un catálogo de golpes. Lo que sí quiero es explicar qué es el acoso escolar LGTBIfóbico, por qué deja una huella que puede durar décadas, qué dicen los datos y qué se puede hacer, desde dentro y desde fuera del aula. En mikesaintlouis.com conté cómo el bullying y los abusos que sufrí de niño se juntaron hasta formar una bomba de relojería. Aquí me quedo en el patio, y en lo que el patio deja.

«Es cosa de niños» y otras frases que hacen daño

Hay frases que todos hemos oído. «Son cosas de críos». «Ya se le pasará». «Tienes que aprender a defenderte». «No le hagas caso y te dejará en paz». Se dicen con buena intención, casi siempre. Pero tienen algo en común: le pasan la responsabilidad al niño que sufre.

El acoso escolar no es una pelea entre iguales. Es una situación en la que uno o varios alumnos, de forma repetida, hacen daño a otro que no puede defenderse bien, y lo hacen delante de un grupo que mira. Insultos, burlas, empujones, exclusión, rumores, mensajes en el móvil. Lo que lo define es la repetición y el desequilibrio de poder.

Cuando el motivo es la orientación sexual, la identidad de género o simplemente que un niño no se comporta como se espera de un niño, hablamos de bullying LGTBIfóbico. No hace falta que la víctima sea gay o trans. Basta con que lo parezca a ojos de los demás. Muchos niños reciben ese insulto antes de saber siquiera qué significa.

Lo que dicen los datos en España

La Federación Estatal LGTBI+ presentó en septiembre de 2024 el informe «Estado de la Educación LGTBI+ 2024», hecho con 800 entrevistas a personas LGTBI+ mayores de 18 años residentes en España, realizadas por la agencia 40db. Sus cifras merecen leerse despacio.

  • El 23 % de las personas LGTBI+ sufrió actos de odio durante su etapa escolar.
  • Entre los 18 y los 24 años, es decir, quienes acaban de salir del instituto, la cifra sube al 25 %: una de cada cuatro.
  • En el 64 % de los casos, el centro educativo no hizo nada.
  • El acto más frecuente fue el acoso (14,75 %), seguido de la discriminación (13,75 %), la violencia física (7,4 %) y el ciberbullying (7,25 %).
  • La mayoría de los casos se concentró en la ESO, sobre todo en tercero y cuarto.

Hay un dato que me parece el más duro de todos: casi siete de cada diez veces, nadie del centro intervino. Eso significa que la mayoría de esos niños aprendió dos cosas a la vez. Que les iban a hacer daño. Y que los adultos no iban a hacer nada.

«Tan cateto»: el dedo que señala

«Tan cateto» es una canción del segundo álbum, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». No habla de un colegio. Habla de un señor que se escandaliza al ver a dos chicos de la mano. Pero la uso aquí porque describe muy bien de dónde viene buena parte del acoso.

Fotogramas del videoclip oficial de «Tan cateto», de Mike Sain't Louis

La letra empieza así: «Que te molesta que vayamos de la mano / Y me señalas con el dedo de juez acusador». Y más adelante: «Que te molesta que tus hijos vean un beso / Y les tapas los ojos como un buen dictador».

Ese adulto que tapa los ojos a sus hijos es una de las raíces del patio. Los niños no inventan el desprecio. Lo aprenden en casa, en la tele, en los chistes que oyen, en lo que ven que se tapa. El niño que insulta en el recreo muchas veces repite lo que oyó en la mesa. Por eso el acoso LGTBIfóbico no se arregla solo en el aula: se arregla también en el salón.

El estribillo tiene un tono de burla que me gusta mucho: «Pero ¿cómo puede ser usted tan cateto?». No es una respuesta a la altura del daño, ni pretende serlo. Es la respuesta del adulto que ya no tiene miedo. En el diario de este planeta hay otra lectura de la canción, «Tan cateto: la mente no tiene código postal», que explica que la estrechez de mente no depende de dónde vives.

Lo que aprende un niño acosado

El bullying no solo duele mientras pasa. Enseña cosas. Y lo que enseña se queda.

Enseña a vigilar. Un niño acosado aprende a leer las caras, a calcular por qué pasillo ir, a qué hora llegar, dónde sentarse. Esa vigilancia constante, que en el patio es útil, de adulto puede convertirse en un estado de alerta que no se apaga.

Enseña a esconderse. A hablar menos, a moverse menos, a no destacar. Algunos niños aprenden a controlar cómo andan, cómo gesticulan, cómo se ríen, para que no se les note. Lo que en este planeta se celebra en canciones como «Mueve las plumas», en el colegio puede ser lo que te señala.

Enseña que el problema eres tú. Cuando nadie para el acoso, el niño concluye que algo en él lo merece. Esa idea es falsa, y es muy difícil de desmontar después.

Enseña a no pedir ayuda. Si ya la pediste y no llegó, ¿para qué volver a pedirla?

Nada de esto es una regla fija. Cada persona lo vive a su manera. Pero son patrones que los profesionales de la salud mental conocen bien.

Por qué tantos niños no lo cuentan

Si el acoso es tan frecuente, ¿por qué los adultos se enteran tan poco? Hay varias razones, y conviene conocerlas para no esperar a que el niño hable.

Por vergüenza. Contar que te insultan por «maricón» obliga, a los ocho o a los doce años, a decir en voz alta una palabra que todavía no sabes si tiene que ver contigo. Muchos niños prefieren callar antes que abrir esa conversación en casa.

Por miedo a empeorarlo. «Si se lo digo al profesor, será peor». A veces tienen razón, porque una intervención torpe, sin protocolo, puede volver contra la víctima.

Por miedo a la reacción de la familia. Si en casa se hacen chistes sobre gais, el niño no sabe si le van a defender o si le van a mirar raro.

Porque ya lo intentaron. Si un día lo contaron y no pasó nada, aprenden que contar no sirve.

Y porque a veces no saben que lo que les pasa tiene nombre. Creen que es normal, que les toca, que es lo que hay. Por eso es tan importante que en las aulas se hable de acoso con palabras claras.

El patio que llega a casa: el ciberacoso

Hace unas décadas, el acoso se quedaba, más o menos, en el colegio. Al llegar a casa solía haber una pausa. Hoy esa pausa ya no existe para muchos chicos y chicas. El móvil lleva el patio a la habitación, a la cama, a las tres de la mañana.

Mike Sain't Louis en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, con el verso «No le voy a dar más explicaciones Pero ¿Como puede ser usted tan paleto?» de «Tan cateto»

El informe de FELGTBI+ sitúa el ciberbullying en el 7,25 % de las personas LGTBI+ encuestadas. Es una forma de acoso que tiene algo especialmente cruel: el público es infinito y lo que se publica puede quedarse ahí durante años. Un vídeo, una foto, un grupo de mensajes donde se ríen de ti.

Si eres menor y te está pasando, guarda capturas de lo que recibes, no respondas a provocaciones y cuéntaselo a un adulto o al 900 018 018. Si eres madre, padre o docente, no le quites el móvil como castigo: para muchos chicos es lo único que les conecta con amigos fuera del colegio. Ayúdale a bloquear, a denunciar en la plataforma y, si hace falta, en la policía.

La pluma no es el problema

Hay una idea que circula todavía, a veces incluso dentro del colectivo: que a los niños con pluma les acosan «porque se les nota», como si la solución fuera que se les notara menos. Es una idea injusta. El problema no es cómo se mueve un niño. El problema es quien le pega por eso y quien lo permite.

Pedirle a un niño que se esconda para que no le hagan daño es enseñarle que su forma de ser es peligrosa. Muchos adultos LGTBI cuentan que tardaron décadas en desaprender ese control sobre su propio cuerpo. En este planeta, la pluma se celebra, se pone en las portadas y se lleva a la pista. Eso también es una respuesta al patio.

Estrés de minoría: la herida que se suma

Los psicólogos usan un concepto que ayuda a entender por qué las personas LGTBI tienen, de media, más problemas de salud mental que el resto: el estrés de minoría. La idea es sencilla. No es que ser gay o trans cause ansiedad o depresión. Es que vivir en un entorno que te rechaza, te insulta o te obliga a esconderte produce un estrés añadido y continuo, y ese estrés pasa factura.

El acoso escolar es, para muchos, la primera dosis de ese estrés. Llega muy pronto, cuando todavía no tienes palabras ni recursos, y deja preparado el terreno para lo que venga después. En el diario hay una guía general sobre salud mental LGTBI que lo explica con más calma.

Lo que una canción puede decir que un niño no pudo

Escribo letras con mucho humor, con mucha ironía, a veces con insultos que dirijo a personajes inventados. Hay quien se sorprende de que alguien que habla de depresión y de acoso escriba estribillos tan descarados. Para mí no es una contradicción.

El niño acosado no tiene respuesta. Se queda callado, porque cualquier cosa que diga puede empeorarlo. El adulto que escribe canciones puede, por fin, contestar. No a las personas concretas del pasado, que no aparecen en ninguna letra, sino a la figura: al que señala, al que se ríe, al que tapa los ojos. «Tan cateto» es eso. Una respuesta tardía, con ritmo, a una pregunta que nadie le dejó contestar a tiempo.

Eso no sustituye a la terapia. Pero es una forma de recuperar algo de lo que el patio quitó: la palabra.

De niño acosado a adulto con nombre clínico

En mi caso, el bullying de la infancia no llegó solo. También sufrí abusos sexuales repetidos de niño. Más adelante vinieron dos relaciones que entendí que habían sido abuso narcisista. Todo eso fue acumulándose, y a los 41 años me diagnosticaron depresión mayor de gravedad elevada, fobia social, trastorno de estrés postraumático, trastorno de evitación y ansiedad.

No puedo decir qué parte de cada diagnóstico viene del patio. Nadie puede hacer esa cuenta. Lo que sí sé es que el bullying fue una de las piezas de la bomba. Y que, cuando lo cuento, mucha gente de mi edad reconoce algo de su propia historia.

Hoy me está ayudando una buena psicóloga. Si hay algo que me gustaría que se llevara de aquí una persona adulta que fue acosada de niña es esto: nunca es tarde para trabajarlo. No hay una edad a partir de la cual ya no merezca la pena pedir ayuda.

El papel de quien mira

En casi todos los casos de acoso hay un grupo que mira. No pega, no insulta, pero tampoco para. A veces se ríe. A veces solo calla.

Collage con un detalle de la carátula de «Tan cateto» y las carátulas de «Soy Marica Sideral», «Mueve las plumas», «Mirror»

Quien mira tiene un poder enorme, aunque no lo sepa. Los programas contra el acoso escolar que funcionan suelen trabajar precisamente con ese grupo. Cuando los testigos dejan de reírse, el acosador pierde a su público. Cuando un solo compañero se sienta al lado del que siempre está solo, el mensaje cambia.

Si eres estudiante y ves cómo acosan a alguien, no necesitas ser un héroe. Puedes no reírte. Puedes acercarte después y preguntarle cómo está. Puedes contárselo a un profesor o llamar al 900 018 018, que también atiende a testigos. Eso ya es mucho.

Qué puede hacer una familia

  • Escuchar sin interrogar. Si tu hijo o tu hija cambia de humor, no quiere ir al colegio, pierde cosas o vuelve con la ropa rota, pregunta con calma. No hace falta que te lo cuente todo el primer día.
  • No minimizar. «No será para tanto» cierra la puerta. «Gracias por contármelo, vamos a ver qué hacemos» la abre.
  • No exigir que se defienda solo. El acoso no se resuelve con valentía individual. Es responsabilidad de los adultos.
  • Hablar con el centro por escrito. Pide que se active el protocolo de acoso escolar. Los centros están obligados a tener uno.
  • Revisar lo que se dice en casa. Los chistes sobre «maricas» o «marimachos» en la mesa también educan. Un niño que no sabe si es gay escucha esos chistes y decide si puede confiar en ti.
  • Buscar apoyo. El Teléfono ANAR (900 20 20 10) atiende también a madres y padres. En el diario hay una guía para hablar de salud mental en familia.

Qué puede hacer un centro educativo

La Ley 4/2023, conocida como ley trans y LGTBI, incluye medidas en el ámbito educativo para prevenir la discriminación por orientación sexual e identidad de género. Pero las leyes solo funcionan si alguien las aplica en el pasillo.

  • Nombrar el acoso LGTBIfóbico. No basta con hablar de «respeto» en general. Hay que decir en voz alta que insultar a alguien por ser o parecer gay es acoso.
  • Formar al profesorado. Muchos docentes quieren intervenir y no saben cómo.
  • Visibilizar referentes. Libros, historia, ciencia y música con personas LGTBI en el temario. Un niño que se ve reflejado se siente menos solo.
  • Actuar siempre. El dato de FELGTBI+ es claro: en el 64 % de los casos el centro no hizo nada. Cambiar esa cifra está en manos de cada claustro.

En el diario hay una nota sobre la homofobia en el deporte, que muchas veces empieza en el vestuario y en la clase de gimnasia.

Señales de que un niño puede estar sufriendo acoso

  • No quiere ir al colegio, o se queja a menudo de dolores de tripa o de cabeza por la mañana.
  • Pierde o rompe cosas con frecuencia, o vuelve con heridas que no explica.
  • Se aísla, deja de hablar de amigos o deja de ir a cumpleaños.
  • Cambia su forma de vestir o de moverse para pasar desapercibido.
  • Duerme mal, come menos o más de lo habitual.
  • Se pone nervioso con el móvil o lo esconde.
  • Habla de sí mismo con desprecio o dice que nadie le quiere.
  • Habla de morir o de desaparecer. Esto siempre se toma en serio.

Señales de que el acoso de la infancia te sigue pesando de adulto

  • Te cuesta muchísimo hablar en grupo o te sientes juzgado en cuanto entras en una sala.
  • Evitas situaciones sociales aunque te gustaría estar.
  • Vuelven recuerdos del colegio con mucha fuerza, como si estuvieras allí.
  • Te sigues escondiendo: controlas tu manera de hablar, de moverte, de vestir.
  • Sientes que no mereces cosas buenas.
  • Tienes tristeza o ansiedad que no se va.

Si te reconoces, no es una debilidad. Es una huella. Y las huellas se pueden trabajar.

Hablar del suicidio también en el colegio

El suicidio es una de las palabras que más cuesta decir delante de niños y adolescentes. Y, sin embargo, callarlo no les protege. La Organización Mundial de la Salud recomienda hablar de él con responsabilidad: sin detalles de cómo, con información sobre dónde pedir ayuda y con un mensaje claro de que la ayuda funciona.

Ficha de la canción «Tan cateto» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Hay chicos y chicas que, después de meses de acoso, piensan que la única salida es desaparecer. Si eres uno de ellos, te pido que hagas una cosa hoy: cuéntaselo a alguien. Al 900 018 018, al Teléfono ANAR, al 024 o a un adulto de confianza. No estás exagerando y no eres una carga.

Si eres adulto y te preocupa un menor, pregúntale directamente si ha pensado en hacerse daño. Preguntar no le da la idea. Le dice que puede hablar contigo.

Primeros pasos si de adulto quieres trabajarlo

  • Ponle nombre. Decir «sufrí bullying» en voz alta, a una persona de confianza o a un profesional, ya es un paso.
  • Pide cita en tu centro de salud. Tu médico de familia puede derivarte a salud mental en la sanidad pública.
  • Busca un servicio LGTBI. COGAM ofrece asesoría psicológica gratuita (91 523 00 70). En la Comunidad de Madrid, el Programa de Información y Atención LGTBI atiende en el 91 701 07 88. En toda España, la Línea Arcoíris de FELGTBI+ (91 360 46 05) te orienta.
  • Pregunta por terapias para el trauma. Hay enfoques pensados específicamente para experiencias traumáticas. Tu psicóloga o tu psicólogo te puede explicar cuál encaja contigo.
  • Ten paciencia con tu ritmo. Lo que tardó años en instalarse no se va en tres sesiones. Y está bien.

En el diario hay también una nota sobre salir del armario y salud mental, que conecta con muchas de estas cosas.

Lo que me habría gustado que supiera aquel niño

Que no era culpa suya. Que no había nada en él que mereciera aquello. Que los adultos que no hicieron nada se equivocaron. Que algún día escribiría canciones sobre señores que tapan los ojos a sus hijos y se reiría de ellos en un estribillo. Que habría gente, una buena psicóloga entre ellos, que le ayudaría a cargar lo que trajo del patio.

Y que contarlo, cuando estuviera preparado, serviría para que otro niño, en otro patio, se sintiera un poco menos solo.

Teléfonos y servicios

  • 900 018 018: teléfono contra el acoso escolar y los malos tratos en los centros educativos, del Ministerio de Educación. Gratuito, anónimo, 24 horas.
  • Fundación ANAR: 900 20 20 10 y 116 111, para niños, adolescentes y adultos preocupados por un menor.
  • 024: atención a la conducta suicida, gratuito y 24 horas, también por chat en sanidad.gob.es/linea024.
  • 112: emergencias.
  • Teléfono de la Esperanza: 717 003 717.
  • Confederación Salud Mental España: consaludmental.org.
  • COGAM: asesoría psicológica gratuita, 91 523 00 70.
  • Programa de Información y Atención LGTBI de la Comunidad de Madrid: 91 701 07 88.
  • Línea Arcoíris de FELGTBI+: 91 360 46 05.
  • Fundación 26 de Diciembre, personas LGTBI mayores: 910 028 417.

Serie de salud mental. Este texto forma parte de una serie en la que cuento, sin detalles, el abuso narcisista, el bullying, los abusos en la infancia y mis diagnósticos. Todos los textos y los teléfonos de ayuda están reunidos en la página de la serie.

Ficha

«Tan cateto» pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», segundo álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Del mismo catálogo se menciona «Soy marica sideral». Las citas están tomadas del archivo de letras tal como están publicadas. Los datos de acoso proceden del informe «Estado de la Educación LGTBI+ 2024» de la Federación Estatal LGTBI+ y el teléfono 900 018 018 es el servicio oficial del Ministerio de Educación. Este texto forma parte de la serie de salud mental de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, «el primer cantautor IA»; la música y las voces se hacen con inteligencia artificial. Es informativo y no sustituye la atención profesional. Más información en la sala de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Cuántas personas LGTBI han sufrido acoso en la escuela en España?

Según el informe «Estado de la Educación LGTBI+ 2024» de FELGTBI+, con 800 entrevistas hechas por la agencia 40db, el 23 % de las personas LGTBI+ sufrió actos de odio en su etapa escolar, y el 25 % entre quienes tienen de 18 a 24 años. En el 64 % de los casos el centro no hizo nada.

¿A qué teléfono llamo si un niño sufre acoso escolar?

Al 900 018 018, el teléfono del Ministerio de Educación contra el acoso escolar y los malos tratos en los centros: gratuito, anónimo y 24 horas. También al Teléfono ANAR, 900 20 20 10, y al 116 111.

¿El bullying de la infancia puede afectar en la edad adulta?

Sí. Muchas personas que lo sufrieron describen años después ansiedad, miedo a ser juzgadas, aislamiento o depresión. No es una condena: con ayuda profesional esas huellas se pueden trabajar a cualquier edad.

¿Qué hago si de adulto sigo pensando en el acoso que sufrí y tengo ideas de suicidio?

Habla hoy con alguien. El 024 atiende gratis, las 24 horas y de forma confidencial. El Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717 y COGAM ofrece asesoría psicológica gratuita en el 91 523 00 70.

¿De qué trata «Tan cateto»?

Es una canción del segundo álbum, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», dirigida a quien señala con el dedo a una pareja de chicos que va de la mano. Su estribillo pregunta «¿cómo puede ser usted tan cateto?».

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