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Atlas de rumores para una despedida: el mapa antiguo de «Canguros»

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Portada de «Canguros», canción de Mike Sain't Louis

Los mapas antiguos tenían un problema con los bordes. En el centro dibujaban con cuidado lo que conocían: ciudades, ríos, costas que alguien había recorrido de verdad. Pero cuanto más se alejaba el dibujo de lo comprobado, más se llenaba de otra cosa. Serpientes marinas. Islas que nadie había pisado. Criaturas con cola de pez. En los márgenes, el cartógrafo dejaba de apuntar lo que sabía y empezaba a apuntar lo que le habían contado.

Hay canciones que funcionan igual. Tienen un centro firme, algo que ocurre de verdad, y alrededor un borde lleno de leyendas.

«Canguros» es una de ellas. En el centro hay una escena pequeña y muy reconocible: alguien que tiene que marcharse y que, al ver a la otra persona, no consigue decir adiós. Alrededor, un anillo de rumores que empiezan siempre igual. Dicen que hay un límite en el mundo. Dicen que hay un faro en la bahía. Dicen que hay sirenas y sirenos. Dicen que en la luna hay canguros.

El diario ya contó cómo nació esa colección de rumores, con Mike explicando de dónde sale cada uno. Hoy el planeta propone otra manera de leerla. Coger la letra como si fuera una carta de navegar antigua, desplegarla sobre la mesa y recorrerla parada a parada, desde el borde del mundo hasta la luna. Con una advertencia, que es la que ponían los buenos cartógrafos: nada de lo que aparece en los márgenes está comprobado.

Leyenda del mapa

Todo mapa trae una leyenda, ese recuadro en una esquina que explica qué significa cada símbolo. El de «Canguros» es sencillo, porque casi todo se marca con la misma palabra.

«Dicen.»

Es un verbo sin sujeto. No se sabe quién lo dice. Puede ser la abuela, el horóscopo, la amiga que da consejos con una copa en la mano, los cuentos que te leían de pequeño. Mike lo describe en su ficha de «Canción a canción»: cada estrofa arranca con un «dicen que», como esas historias que te contaban de niño y no sabías si creerte.

En la leyenda de este mapa, entonces, «dicen» significa terreno sin explorar. Cada vez que aparece, la letra está señalando un sitio del que solo hay noticias de segunda mano.

Y luego hay otro símbolo, mucho más escaso, que marca el terreno firme. Son los versos que no empiezan por «dicen». «Me tengo que ir.» «Mírame a los ojos.» «No te creo.» «Vuelve.» «Te espero.» Ahí no hay rumor. Ahí hay una persona hablando en primera persona, con los pies en el suelo, aunque el suelo se mueva.

Leída así, la canción tiene una geografía muy clara. Un centro de tierra firme, muy pequeño, y un mar enorme de leyendas alrededor. Como los mapas de antes.

Primera parada: el límite del mundo

«Dicen que hay un límite en el mundo.»

La primera leyenda es la más vieja de todas. Durante siglos, en la costa de Galicia hubo un cabo que llevaba el borde del mundo en el propio nombre: Finisterre, el fin de la tierra. Desde allí se miraba el océano y se suponía que detrás no quedaba nada, o nada que se pudiera contar.

La letra no dice dónde está ese límite. Solo dice que dicen que existe. Y la elección es buena para empezar una despedida, porque toda despedida tiene algo de llegar al borde. Hasta aquí llegamos juntos. A partir de aquí, cada uno por su lado.

Lo curioso es que la canción no se detiene a llorar en ese borde. Lo menciona y pasa a la siguiente parada, como quien enseña un mapa y va señalando con el dedo. Aquí el límite. Aquí el faro. Aquí la estrella. Todavía no ha aparecido nadie. Todavía no sabemos quién se va ni quién se queda. Solo hay un paisaje dibujado de oídas.

Es una forma muy hábil de abrir una canción triste. En lugar de empezar por la pena, empieza por el mundo. Y deja que la pena aparezca después, cuando ya estamos dentro del mapa y no podemos salir.

Segunda parada: el faro en la bahía

«Dicen que hay un faro en la bahía.»

Fotogramas del videoclip oficial de «Canguros», de Mike Sain't Louis

De todos los rumores de la canción, el faro es el más verosímil. Faros hay, y bahías también. Mike lo dice en el diario: algunos de estos rumores son preciosos y casi creíbles, y pone el faro como ejemplo.

Un faro sirve para dos cosas que parecen opuestas. Avisa de que ahí hay costa y hay que tener cuidado. Y al mismo tiempo indica el camino a casa. El barco que ve la luz sabe que se acerca a tierra, y sabe también por dónde no debe meterse.

En una despedida, el faro es la tentación de volver. La luz que se queda encendida en la orilla cuando el barco ya ha soltado amarras. Todo el mundo que se ha ido de algún sitio conoce esa luz. A veces es una ventana. A veces es un mensaje que no se ha borrado. A veces es una persona en un andén.

La letra no explica nada de esto. Pone el faro en la bahía y sigue. Pero quien escucha ya sabe que hay una costa detrás, y que alguien la está mirando.

Tercera parada: la estrella y el barco de madera

«Dicen que si sigues a esa estrella, terminarás en un barco de madera.»

Durante siglos, los marineros se orientaron mirando al cielo. En el hemisferio norte, la estrella polar parecía quieta mientras todo lo demás giraba, y por eso servía para saber dónde estaba el norte. Seguir una estrella no era una metáfora. Era la manera práctica de no perderse en el mar.

En la canción, seguir la estrella lleva a un sitio concreto y algo inesperado: un barco de madera. No a un palacio, no a un tesoro. A un barco. Es decir, a otra partida. La estrella no te lleva a casa; te lleva a marcharte.

Ese barco de madera tiene algo de cuento infantil, de dibujo con ceras. No es un crucero ni un ferry. Es el barco de las historias, el que cruje, el que se ve en las ilustraciones de los libros de piratas. Y esa ingenuidad es parte del tono. Mike escribió en su ficha que la canción tiene algo de nana marinera, de copla de puerto. El barco de madera es exactamente el barco que aparece en una nana.

Con estas tres primeras paradas, el mapa ya ha trazado una ruta completa: el borde del mundo, la luz de la costa, la estrella que guía y el barco que parte. Todo de oídas. Todo con un «dicen» delante.

Y justo entonces, el mapa se interrumpe.

El muelle donde nadie suelta la mano

«Y vuelvo a escuchar» la llamada del mar. Y aquí la letra cambia de modo verbal. Deja de contar rumores y empieza a hablar en primera persona.

«Me tengo que ir. Y al verte aquí, no me puedo despedir.»

Es el primer trozo de tierra firme del mapa. Y es muy poco: tres versos cortos. Alguien escucha el mar, sabe que tiene que marcharse y, cuando mira a la otra persona, se queda bloqueado.

Mike lo describe en «Canción a canción» como una despedida atascada, de esas que se alargan en la puerta porque nadie quiere ser el primero en soltarse. Quien haya acompañado a alguien a un aeropuerto conoce la escena. Ya se ha dicho todo. Ya se ha facturado la maleta. Y aun así nadie da el paso, porque darlo es aceptar que se acaba.

En el diario, Mike añadía otra imagen para este estribillo: el cuerpo ya ha decidido marcharse y la boca se niega a firmar. Es una descripción precisa de un estado que todo el mundo ha vivido alguna vez. La decisión está tomada, pero falta la palabra que la hace oficial.

Lo interesante es dónde coloca la canción este momento. No al final, como haría una despedida convencional, sino entre leyenda y leyenda. Cada vez que el mapa avanza un poco por los márgenes, vuelve a este muelle. Tres veces en la letra. Como si la persona que se va diera unos pasos hacia el barco, se girara y volviera al punto de partida.

Esa es la estructura secreta de «Canguros». Los rumores se alejan cada vez más (primero el borde del mundo, luego el mar, luego la luna), y el estribillo tira siempre hacia el mismo muelle. Cuanto más lejos van las leyendas, más se nota que el narrador no se ha movido.

Cuarta parada: sirenas y sirenos

«Dicen que hay sirenas y sirenos.»

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «Dicen que si sigues a esa estrella, terminarás en un barco de madera.» de «Canguros»

Los mapas antiguos están llenos de sirenas. Aparecen en los márgenes, en los rincones del océano donde el dibujante ya no sabía qué poner. Son la forma más vieja de decir que el mar es bonito y peligroso a la vez.

La canción añade una palabra que no estaba en esos mapas: sirenos. Mike cuenta en el diario que se los inventó porque las sirenas llevaban siglos acaparando el mar y le parecía justo repartir. En su ficha añade que la palabra le hace muchísima gracia, y se nota, porque la letra la repite casi como un juego.

El planeta ya ha visitado otras aguas donde las sirenas son materia de discusión. En «En Canarias no existen las sirenas» el título las niega directamente. En «Canguros» ni se afirman ni se niegan. Se cuentan. Y en cuanto se cuentan, aparece el verso más seco de toda la canción.

«Mírame a los ojos. No te creo.»

Aquí el mapa se rompe por segunda vez. Alguien ha dicho algo (quizá lo de las sirenas, quizá otra cosa) y el narrador pide que le miren a los ojos para contestar que no se lo cree. Mike, en el diario, lo llama el eje de la canción: todo lo demás es mar, luna y bahía, pero ahí hay una persona delante diciendo algo y alguien que no se lo traga.

Es un momento de una sinceridad brusca dentro de una canción que, por lo demás, es suave. Y tiene sentido que aparezca justo después de los sirenos. Porque cuando el rumor se vuelve demasiado fantástico, alguien tiene que decir basta. En un mapa antiguo sería el punto donde el navegante tacha la serpiente marina y escribe al lado: aquí no hay nada.

Quinta parada: lo más bonito del mundo

«Dicen que lo más bonito del mundo es cuando alguien dice que te quiero.»

Esta parada no está en ningún mar. Es la única leyenda del mapa que no tiene nada de fantástica. Mike lo señala en su ficha: entre tanta leyenda se cuela una frase que no tiene nada de fantástica, y ahí la canción se quita la máscara del cuento.

Pero fijémonos en cómo se presenta. También empieza por «dicen». La letra no afirma que lo más bonito del mundo sea que alguien te diga que te quiere. Dice que eso es lo que dicen. Lo coloca en el mismo mapa que el faro, las sirenas y los canguros, con el mismo símbolo en la leyenda.

En el diario, Mike lo explica así: la frase tierna, de esas que te bordan en un cojín, suena igual de rotunda que lo de los canguros, y la idea era ponerlas juntas y dejar que quien escucha decida cuál se cree.

Es una jugada muy de este planeta. Una canción de despedida que pone en duda, aunque sea con dulzura, la frase sobre la que se construyen casi todas las canciones de amor. Y la pone en duda justo después del «no te creo». Leídas una detrás de otra, las dos estrofas dibujan a alguien que ha oído muchas promesas y ya no sabe cuáles eran de verdad.

Quien haya salido de una relación en la que le dijeron «te quiero» muchas veces sabe de qué va esto. La frase sigue siendo bonita. Lo que cambia es la confianza en quien la dice.

Sexta parada: la luna y sus canguros

«Y dicen que en la luna hay canguros, saltando entre galaxias por el mundo.»

Ya no estamos en el mar. El mapa ha saltado al cielo, y lo ha hecho con el disparate más grande de toda la canción.

En su ficha de «Canción a canción», Mike dice que si tuviera que elegir un verso favorito de todo el catálogo, probablemente andaría cerca de este. En el diario confiesa que no sabe si en la luna hay canguros, que nadie que conozca lo sabe, y que aun así la frase le pareció perfecta desde que la escribió.

Hay un detalle que hace la imagen todavía más simpática. Los astronautas que caminaron por la luna descubrieron que, con tan poca gravedad, avanzar a saltitos era más cómodo que andar. Hay grabaciones de aquellas misiones en las que se los ve brincando por la superficie gris con los dos pies a la vez. A ese modo de moverse se le suele llamar salto de canguro. Así que, en cierto sentido, en la luna sí ha habido canguros. Llevaban escafandra.

La canción, claro, no habla de eso. Habla de un canguro que salta entre galaxias, algo que ningún astronauta ha hecho. Pero la coincidencia ayuda a entender por qué la imagen funciona tan bien. Es absurda y a la vez tiene algo de física: la luna es el sitio donde todo salta más alto, donde el peso pesa menos.

Mike lo explicaba en el diario con una frase que resume la canción entera: el disparate protege. Si una canción de amor se pone seria de principio a fin, corre el riesgo de ponerse solemne. El canguro desactiva eso. Te hace sonreír justo cuando la letra está diciendo algo que duele.

En el mapa, esta parada está colocada justo donde más duele. Viene inmediatamente después del muelle, del «no me puedo despedir». Cada vez que el narrador no consigue decir adiós, la letra levanta la vista y se va a la luna. Como quien, en mitad de una conversación difícil, se queda mirando el techo y dice algo absurdo para no echarse a llorar.

Última parada: te encontraré de nuevo

«Dicen que te encontraré de nuevo.»

Collage con un detalle de la carátula de «Canguros» y las carátulas de «En Canarias no existen las sirenas», «La despedida», «Nana para adultos»

Es el último rumor del mapa y es el único que el narrador parece querer creerse. Después de dudar del faro, de las sirenas y hasta del «te quiero», aquí no hay ningún «no te creo». Hay justo lo contrario: una petición en tres palabras sueltas.

«Vuelve. Prometiste. Te espero.»

El mapa se queda en tierra firme y ya no se mueve. Mike la describe en su ficha como una letra que al final pide que vuelva, recuerda una promesa y deja un «te espero» que se queda flotando. En el diario lo dice de otra manera: después de tanto rumor desconfiado, el narrador también se agarra a uno, y aunque sea tan improbable como un canguro lunar, se lo cree. O decide creérselo, que no es lo mismo pero se le parece.

Hay algo muy humano en esa contradicción. Quien ha desconfiado de todo durante toda la canción acaba agarrándose al rumor más frágil, el de un reencuentro. Es lo que hacemos casi todos cuando alguien se va. Sabemos que lo más probable es que no vuelva, pero dejamos una luz encendida, por si acaso.

El faro de la segunda parada, en realidad, era esto.

Y conviene fijarse en un cambio de papeles que la letra no explica. Al principio, quien hablaba era quien se tenía que ir. Al final, quien habla pide que vuelvan y dice que espera. ¿Es la misma persona? ¿Han cambiado los papeles? La canción no lo aclara, y es mejor así. En las despedidas atascadas, muchas veces los dos se van y los dos se quedan a la vez.

Un final que se estira

Después de la última estrofa, la canción hace algo que en un mapa sería imposible: se estira.

«Por el mundo» se alarga hasta el infinito, con todas las oes que caben. Las sirenas y los sirenos vuelven, ya sin verbo, convertidos en cantinela. Los canguros saltan una y otra vez. Hay pasajes instrumentales entre medias. La letra deja de contar y se pone a repetir.

Mike lo describía en el diario como la parte en la que la letra deja de explicar y se pone a jugar, como cuando de pequeño repetías una palabra hasta que perdía el sentido. Y añadía un dato del proceso: la música, que hizo con herramientas de inteligencia artificial, le permitió estirar ese final hasta convertirlo casi en una nana de playa.

En términos de mapa, este final es el margen en blanco. La zona del pergamino donde el dibujo se acaba y solo quedan unas cuantas figuras sueltas, repetidas, como si el cartógrafo hubiera seguido dibujando sirenas por pura costumbre.

También es la forma más honesta de terminar una despedida que no sale. No hay un adiós final. No hay una última frase. Hay una repetición que se va apagando, como esas conversaciones de madrugada en la puerta que terminan sin que nadie diga la palabra.

Las nanas tienen ese mismo mecanismo. Repiten hasta que el niño se duerme, y lo que se repite importa menos que la repetición en sí. El planeta tiene una canción que juega con esa forma desde el título, «Nana para adultos». «Canguros» llega a la nana por otro camino: no la anuncia, se convierte en ella poco a poco, en los últimos minutos.

Por qué un cuento en un disco con mala leche

«Canguros» es una rareza dentro del catálogo, y Mike lo sabe. En su ficha dice que le gusta que sea tan dulce dentro de un proyecto lleno de mala leche, y que tiene un punto surrealista que la hace muy de este planeta.

Ficha de la canción «Canguros» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Quien conozca el resto de canciones de Planeta Gayfolk entenderá la observación. Hay muchas canciones afiladas, con nombres propios inventados, con ex que salen mal parados, con ironía a raudales. «Canguros» no tiene nada de eso. No hay ningún culpable. No hay ninguna venganza. Hay una despedida, un mar y una luna llena de animales.

Eso no significa que sea una canción ingenua. El «no te creo» está ahí. La duda sobre el «te quiero» está ahí. Lo que pasa es que la canción decide envolverlo todo en un cuento. Y el cuento, como explicaba Mike, protege: permite decir lo que duele sin ponerse solemne.

Es, en el fondo, la misma estrategia que usaban los cartógrafos antiguos. Cuando no sabían qué había en un sitio, no dejaban el hueco vacío. Lo llenaban de criaturas. Era más bonito que admitir el miedo a lo desconocido, y al mismo tiempo era una forma de admitirlo.

Ficha para el cuaderno de bitácora

Para quien quiera escucharla, estos son los datos.

«Canguros» es la pista 16 de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk. Su ficha la sitúa en el indie pop, el pop alternativo, el queer pop y el camp, aunque el camp aquí está muy rebajado, casi reducido a los sirenos y a los canguros. Mike pone la letra, la composición y la producción; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.

Tiene videoclip oficial, de algo más de tres minutos, y se puede escuchar en Spotify.

Como en todas las letras de Mike, quien habla es un personaje. La persona que se va y la que se queda no son retratos de nadie en concreto. Son figuras en las que cualquiera que haya vivido una despedida difícil puede reconocerse.

Para periodistas y medios, la sala de prensa reúne fotos, notas y material oficial del proyecto.

Cuándo desplegar este mapa

Mike da en su ficha una lista de lugares muy concretos. Para escucharla en un andén, en la puerta de embarque o la última noche antes de una mudanza. Para cuando alguien se queda y tú no. Y se la dedica a quien tenga a alguien esperándole al otro lado del mar.

Son, todos, lugares de borde. El andén es el límite de la ciudad. La puerta de embarque es el muelle moderno. La última noche antes de una mudanza es el cabo de Finisterre de cualquier casa. La canción encaja ahí porque está construida exactamente con esa materia: el momento en que ya estás yéndote pero todavía no te has ido.

También funciona en otros bordes menos geográficos. El final de una relación que no ha terminado del todo. La última conversación con alguien que se muda lejos. El rato en el portal antes de subir a casa. Cualquier sitio donde haya dos personas que no saben quién debe soltar primero.

Si después de escucharla apetece seguir por esta ruta, el planeta tiene otras paradas cercanas. «La despedida» mira el adiós desde otro ángulo, más directo y menos fantástico. Y el diario reúne una reflexión más general sobre el duelo y las despedidas, para quien esté atravesando una y necesite leer algo que no sea una letra.

Porque hay despedidas que se resuelven con un abrazo en la puerta, y otras que duran meses. Si es de las segundas y pesa demasiado, hablarlo con alguien ayuda. En España, el 024 atiende gratis y a cualquier hora a quien lo necesite.

Nota al margen

Los cartógrafos antiguos tenían una costumbre. Cuando terminaban un mapa, firmaban en una esquina y, a veces, añadían una pequeña nota. Una fecha, un lugar, una dedicatoria.

Si «Canguros» tuviera esa nota, quizá diría algo así. Dibujado de oídas, con todos los rumores que me contaron. No garantizo que haya un faro en la bahía, ni sirenas, ni sirenos, ni canguros en la luna. Lo único comprobado es esto: me tenía que ir y, al verte, no me pude despedir.

Todo lo demás, dicen.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Canguros» de Mike Sain't Louis?

De una despedida que no termina de salir. La letra encadena rumores que empiezan por «dicen que» (un faro, una estrella, sirenas y sirenos, canguros en la luna) y en medio cuenta algo muy concreto: alguien tiene que irse y, al ver a la otra persona, no es capaz de decir adiós.

¿Por qué hay canguros en la luna?

Mike lo ha explicado en el diario: el disparate protege. Una canción de amor seria de principio a fin corre el riesgo de ponerse solemne, y el canguro desactiva esa solemnidad justo cuando la letra dice algo que duele.

¿Qué son los sirenos?

Una palabra que Mike se inventó porque, según cuenta, las sirenas llevaban siglos acaparando el mar y le parecía justo repartir. En su ficha de «Canción a canción» dice que la palabra le hace muchísima gracia.

¿En qué disco está «Canguros»?

Es la pista 16 de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk. Tiene videoclip oficial y está en Spotify.

¿Quién hace la canción?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.

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