Cultura queer
Corea del Sur queer: de la salida del armario de Hong Seok-cheon a la sentencia de 2024, leída con «Toxina coreana»
Por Mike Sain't Louis ·

En una peluquería de Madrid, en una clínica de estética de Valencia o en el cuarto de baño de cualquier piso compartido hay hoy algún producto que viene de Corea del Sur. Cremas, mascarillas de tela, sérums con nombres imposibles y, en las clínicas, toxinas que compiten con las de siempre. Corea se ha convertido en una potencia de la belleza, y su cultura pop, del K-pop a los dramas, ha llegado a millones de casas en todo el mundo. Esa presencia cotidiana es la que asoma en el título de «Toxina coreana», una de las canciones más divertidas del primer álbum de Mike Sain't Louis.
Pero detrás del brillo de los escaparates hay otra historia menos conocida: la de las personas LGTBI en Corea del Sur, que han tenido que abrirse paso en una sociedad muy conservadora, con actores que perdieron su trabajo por salir del armario, festivales que empezaron con cincuenta personas y parejas que han tenido que ir a los tribunales para que se reconozca algo tan básico como el seguro médico. Este artículo cuenta esa historia y la pone al lado de una canción que, sin hablar de ella, termina con una confesión.
Una amiga sincera y una confesión
Empecemos por la canción. «Toxina coreana» es una conversación entre amigas. Una le dice a la otra, sin anestesia, que tiene mala cara, que se le marcan las ojeras, que el tiempo pasa por su cara. La otra se defiende como puede. Y en el estribillo aparece la sospecha:
Amiga mía, amiga embotada Toxina tipo A o toxina coreana
La amiga sincera lleva la cuenta. Sabe lo que ha costado ese retoque y lo dice con tono de tasadora: tres mil euros inyectados en la cara. La canción es humor de terraza, de esas conversaciones que se tienen con un café y sin filtro. Pero el final da un giro que cambia todo lo anterior:
Te lo voy a decir. La amiga soy yo
Después de criticar a la amiga embotada durante toda la canción, la narradora confiesa que la amiga es ella. El diario del planeta tiene un texto entero sobre esa amiga embotada que resultó ser la narradora. Aquí nos interesa el gesto: decidir dejar de disimular y decir la verdad sobre uno mismo delante de todos. «Ya no me callo», dice la letra justo antes. Es una confesión en clave de comedia, pero tiene la estructura exacta de una salida del armario.
Y en Corea del Sur, la salida del armario más famosa de la historia tiene fecha y nombre.
El año 2000 y el actor que dijo la verdad
En el año 2000, el actor y presentador Hong Seok-cheon, nacido en 1971, era una cara conocida de la televisión surcoreana. En un programa de variedades le preguntaron por su sexualidad y contestó con sinceridad: era gay. Los productores cortaron ese momento en el montaje, pero un periodista se enteró y le pidió que lo confirmara. Hong lo confirmó.
La reacción fue brutal. Lo despidieron de los programas de las cadenas de televisión y de los anuncios. Dejó de recibir papeles importantes como actor. Él mismo contó después que sufrió tanto rechazo, insultos y discriminación que durante un tiempo casi no salía de su círculo de amigos. Fue el primer famoso de Corea del Sur en declararse gay en público, y pagó un precio muy alto por ello.
Lo interesante es lo que pasó después. Hong no desapareció. Abrió restaurantes, varios de ellos en Itaewon, el barrio de Seúl más asociado a la vida nocturna LGTBI. Escribió unas memorias. En 2008 presentó un programa de entrevistas llamado precisamente «Coming Out», dedicado a temas gais. Adoptó a los dos hijos de su hermana tras su divorcio y les dio su apellido. Y poco a poco, sobre todo entre la gente joven, pasó de apestado a personaje querido, con presencia en programas de cocina, de humor y de tertulia.
En una entrevista de 2008 dijo que, antes de salir del armario, solo pensaba en la popularidad, el dinero y la fama, y que salir lo cambió. Que tuvo muchas dificultades, pero que si hubiera huido entonces no sería tan feliz. Es una frase que se parece mucho al final de «Toxina coreana»: ya no me callo, para qué desmentir. Cuesta, pero después se respira mejor.
Rainbow 2000: cincuenta personas en Daehangno
El mismo año en que Hong salió del armario, Seúl celebró su primer festival de cultura queer. Se llamó Rainbow 2000 y tuvo lugar los días 8 y 9 de septiembre. Hubo debates en un auditorio de la Universidad Yonsei sobre qué es la homosexualidad, sobre los derechos de las personas gais y sobre su historia, con participantes de veinte, treinta y cuarenta años. Hubo un encuentro con adolescentes, obras de teatro y actuaciones de grupos independientes.

Y el sábado 9, de siete a nueve de la noche, hubo un desfile por Daehangno, el barrio universitario y teatral de la ciudad. Según los registros del propio festival, desfilaron unas cincuenta personas y miraron unas dos mil.
Cincuenta personas. Es una cifra que conviene recordar cada vez que se ve una foto de un Orgullo con un millón de asistentes. Todos los desfiles empezaron así, con un grupo pequeño de gente valiente y una multitud mirando sin saber muy bien qué pensar. La lista de colectivos que participaron en aquel primer festival es en sí misma un retrato de la época: grupos universitarios de Seúl, Yonsei y Corea, asociaciones de hombres gais y de mujeres lesbianas, comunidades de adolescentes que se reunían por internet, foros de los primeros servicios en línea del país y una revista gay. Una red hecha de módems, aulas y bares.
El festival se fue haciendo grande año tras año. En 2018 cambió su nombre por el de Seoul Queer Culture Festival y hoy incluye el desfile, una feria de casetas, escenarios y un festival de cine queer. Sigue encontrando resistencias, a veces con concentraciones en contra al lado, pero ya no es una rareza.
Harisu y la estrella trans que salió en un anuncio
En 2001, un año después de Hong, la televisión surcoreana vio aparecer a Harisu, una modelo y artista trans que se hizo famosa con un anuncio de cosméticos. Su caso abrió otra conversación, la de la identidad de género, en un país donde casi nadie la tenía. Harisu se convirtió en una celebridad, sacó discos y trabajó en cine y televisión.
Es significativo que su salto a la fama viniera de un anuncio de belleza. Corea ya era entonces un país obsesionado con la imagen, la piel perfecta y los productos de cuidado personal. Que una mujer trans fuera la cara de una marca de cosmética fue, para mucha gente, la primera vez que veían a alguien así sin que fuera un chiste. Y vuelve a conectar con el título de la canción: la industria de la belleza coreana, la de la toxina y las cremas, es también un escenario donde se han librado pequeñas batallas de visibilidad.
El rey y el payaso
En 2005 se estrenó «El rey y el payaso», una película de época ambientada en la corte de la dinastía Joseon. Cuenta la historia de dos cómicos ambulantes, uno de ellos un joven de rasgos delicados que acaba llamando la atención del rey. La relación entre los personajes masculinos está cargada de deseo y de ternura, aunque la película nunca lo diga con todas las letras.

Fue un éxito enorme. Superó los doce millones de espectadores en cines, una de las cifras más altas de la historia del cine coreano en su momento. Que una película con ese subtexto llegara a tanta gente en un país tan conservador sorprendió a muchos críticos. Es otro ejemplo de algo que pasa en muchas culturas: lo queer entra primero por la puerta de atrás, disfrazado de drama histórico, de comedia o de amistad intensa, y solo después se le pone nombre.
El K-pop y la mezcla de idiomas
Es imposible hablar de la cultura pop coreana sin hablar del K-pop. Los grupos de chicos con maquillaje, ropa de diseñador, coreografías milimétricas y una estética que juega constantemente con la ambigüedad han conquistado a un público enorme, muy joven y muy queer en buena parte del mundo. Pero dentro de la industria, durante años, ningún ídolo se declaró gay.
Eso cambió en enero de 2018, cuando debutó Holland, el primer ídolo de K-pop abiertamente gay. Su primer videoclip, «Neverland», incluía un beso entre dos chicos y en Corea recibió una calificación solo para mayores de edad. Holland debutó de forma independiente, fuera de las grandes agencias. Su caso demostró que había un público dispuesto a escucharle, y también que el sistema seguía sin estar preparado.
Hay otro rasgo del K-pop que conecta con el planeta de Mike: la mezcla de idiomas. Las canciones coreanas están llenas de palabras en inglés insertadas en mitad de frases en coreano, sobre todo en los estribillos. Es una forma de sonar global y de jugar con los sonidos. En el Planeta Gayfolk hay una canción que lleva ese juego al extremo. «Mood» es casi solo una lista de anglicismos:
mood, outfit, show, vibe, wild, track, hype.
El diario del planeta los ha contado uno por uno en treinta anglicismos en la pista. Y no es la única canción donde las lenguas se cruzan: «Pura magia» está escrita en portugués, y hay un texto entero sobre las canciones del planeta en otros idiomas. En Seúl y en Madrid, el pop ha descubierto lo mismo: que el idioma también es un disfraz con el que se puede decir algo que en la lengua materna da más vergüenza.
Lo que la ley todavía no dice
Corea del Sur nunca ha castigado la homosexualidad en su código penal general. Pero eso no significa que haya igualdad. El país no reconoce el matrimonio entre personas del mismo sexo ni las uniones civiles. No tiene una ley general contra la discriminación que proteja de forma expresa la orientación sexual, aunque la ley que creó la Comisión Nacional de Derechos Humanos sí la menciona.
Y hay una excepción penal muy conocida: el artículo 92-6 del código penal militar, que castiga los actos sexuales entre soldados del mismo sexo, incluso cuando son consentidos. En un país donde el servicio militar es obligatorio para los hombres, esa norma afecta a muchísimas personas. El Tribunal Constitucional la ha confirmado en varias ocasiones.
Para muchos jóvenes coreanos, por tanto, salir del armario no se reduce a una conversación difícil con la familia. Es además una cuestión de trabajo, de servicio militar y de reputación en una sociedad donde la opinión de los demás pesa mucho. El diario del planeta tiene un texto sobre salir del armario y la salud mental que, aunque está pensado desde España, describe cosas que se entienden en cualquier idioma.
La sentencia del 18 de julio de 2024
El paso legal más importante de los últimos años llegó por una vía muy cotidiana: el seguro médico. So Seong-wook y Kim Yong-min, una pareja de hombres que había celebrado una boda simbólica, consiguieron que el seguro público de salud registrara a So como dependiente de Kim, igual que se hace con los cónyuges. Poco después, el organismo canceló esa cobertura al enterarse de que eran dos hombres. En 2021 lo llevaron a los tribunales.

Perdieron en primera instancia. A principios de 2023, el Tribunal Superior de Seúl les dio la razón. Y el 18 de julio de 2024, el Tribunal Supremo confirmó esa decisión: el seguro debía darles la misma cobertura que a una pareja de distinto sexo que convive. Kim contó a la agencia Reuters que, al oír la sentencia, se echó a llorar de alegría, que habían tardado cuatro años en conseguir ese estatus y que había que seguir luchando para que se legalizara el matrimonio.
Es una victoria pequeña y enorme al mismo tiempo. No cambia la ley del matrimonio, pero reconoce que dos hombres que viven juntos y se cuidan son una familia a efectos de algo tan concreto como ir al médico. Muchos derechos han llegado así en todo el mundo: no con grandes declaraciones, sino con trámites, formularios y una pareja que se niega a aceptar un papel injusto. En el planeta hay un texto sobre la familia elegida que encaja bien con esta historia.
Belleza, presión y una ceja levantada
Volvamos a la canción y a su toxina. Corea del Sur es famosa por su industria de la belleza y también por la presión estética que soporta su población. La imagen cuenta mucho en el trabajo, en las citas y en las redes. Esa presión no distingue orientación sexual, pero en el mundo gay de muchos países, también en España, se vive con una intensidad particular: cuerpos de gimnasio, pieles sin arrugas, la cara que no puede envejecer.
«Toxina coreana» se ríe de todo eso con una crueldad cariñosa. La amiga embotada tiene una ceja levantada para siempre por culpa del pinchazo. La amiga sincera le cuenta los euros. Y la confesión final, «la amiga soy yo», le da la vuelta a la burla: la que criticaba también se pincha. Es una manera de decir que nadie está a salvo de la presión, y que reírse de uno mismo es mejor que reírse de los demás.
En el contexto coreano, esa risa tiene un eco interesante. Los cuerpos perfectos del K-pop y de los anuncios conviven con las historias de Hong Seok-cheon, de Harisu y de Holland, personas que se atrevieron a enseñar algo que no estaba en el catálogo. La perfección de escaparate y la verdad incómoda, frente a frente.
Lo que Seúl y el planeta tienen en común
Puestas una al lado de la otra, la historia queer de Corea del Sur y las canciones del Planeta Gayfolk comparten algunas ideas. La primera es que la visibilidad cuesta, y que el primero en hablar suele pagar el precio más alto. La segunda, que la cultura pop puede ir por delante de la ley: una película, un anuncio o un videoclip pueden cambiar más cabezas que un debate parlamentario. La tercera, que la comedia es una herramienta seria. Hong Seok-cheon volvió a la tele haciendo reír; «Toxina coreana» cuenta una confesión con chistes de terraza.
Y la cuarta, quizá la más importante: las victorias llegan en lo cotidiano. Un seguro médico, una peluquería, un restaurante en Itaewon, una conversación entre amigas. El planeta de Mike está hecho de esas cosas pequeñas, como recuerda la página de prensa al presentar la trilogía, y el texto sobre las divas del pop y su público queer cuenta por qué tantas personas LGTBI se refugian en ese tipo de canciones.
Itaewon, la cuesta de los bares
Toda ciudad tiene su barrio, y en Seúl ese papel lo ha cumplido durante años Itaewon. Es una zona cercana a una antigua base militar estadounidense que se llenó de comercios, restaurantes de todo el mundo y bares para extranjeros. En una de sus calles en cuesta se fueron concentrando locales gais, hasta el punto de que la gente empezó a llamarla con un apodo en inglés que no necesita traducción: Homo Hill.

Para muchos coreanos LGTBI, subir esa cuesta era el equivalente a lo que para tantos españoles fue llegar a Chueca por primera vez: un sitio donde no había que disimular, al menos durante unas horas. Bares pequeños, música alta, gente que se conocía de vista y un cierto anonimato que en el resto de la ciudad no existía.
Esa protección se rompió en mayo de 2020, en plena pandemia, cuando se detectó un brote de covid relacionado con varios locales de la zona, algunos de ellos frecuentados por hombres gais. Parte de la prensa publicó detalles sobre los locales y las personas afectadas, y mucha gente tuvo miedo de hacerse la prueba por temor a que su orientación sexual saliera a la luz en el trabajo o en la familia. Las autoridades acabaron ofreciendo pruebas anónimas para animar a la gente a acudir. El episodio enseñó hasta qué punto la privacidad sigue siendo un asunto de salud y de seguridad para las personas LGTBI en Corea.
Lo que pasó en Itaewon recuerda algo que la historia queer conoce bien en todas partes: el barrio es refugio, pero también es diana. Cuanto más visible es un lugar, más fácil es señalarlo. Y por eso cada generación tiene que volver a defender su derecho a tener una cuesta, una calle o una plaza donde sentirse en casa.
Para seguir mirando
Si este artículo te ha despertado la curiosidad, hay muchas maneras de acercarse a la cultura queer coreana sin salir de casa. Algunas ideas:
- Ver «El rey y el payaso» y fijarse en todo lo que la película dice sin decirlo.
- Buscar la historia del festival de Seúl y comparar las fotos de 2000 con las de los últimos años.
- Leer sobre Hong Seok-cheon y su segunda carrera como cocinero y presentador.
- Escuchar el pop coreano con atención a la mezcla de idiomas, y después escuchar «Mood» y «Pura magia» con el mismo oído.
- Pensar en los productos coreanos del cuarto de baño como lo que son: objetos de un país con una historia queer que casi nunca sale en la etiqueta.
La amiga eres tú
«Toxina coreana» termina con alguien que deja de mentir sobre sí mismo. Es un final cómico, pero también es un final liberador, y en eso se parece a las historias de este artículo. Hong Seok-cheon diciendo la verdad en un plató en el año 2000. Cincuenta personas desfilando por Daehangno. Harisu en un anuncio de cosmética. Holland pagándose su propio videoclip. Dos hombres en un juzgado pidiendo que su pareja cuente para el médico.
Ninguna de esas personas sale en la canción, claro. La canción habla de una amiga, de unas ojeras y de tres mil euros mal invertidos. Pero el gesto final es el mismo que tantas veces ha cambiado la historia queer en todas partes: dejar de esconderse y decirlo. Ya no me callo. Para qué desmentir.
«Toxina coreana» está en Spotify dentro de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer álbum de la trilogía. La sentencia de 2024 se puede leer resumida en Reuters y la historia del primer festival en la web del Seoul Queer Culture Festival.
Preguntas frecuentes
¿Quién es Hong Seok-cheon?
Un actor y presentador surcoreano que en el año 2000 dijo públicamente que era gay. Fue el primer famoso de su país en hacerlo. Lo apartaron de sus programas y anuncios, pero con los años se convirtió en un rostro conocido y en un defensor de los derechos LGTBI.
¿Cuándo se celebró el primer festival queer de Seúl?
Los días 8 y 9 de septiembre de 2000, con el nombre de Rainbow 2000. El desfile del día 9 recorrió el barrio universitario de Daehangno con unas cincuenta personas desfilando y unas dos mil mirando, según el propio festival.
¿Qué decidió el Tribunal Supremo de Corea del Sur en julio de 2024?
El 18 de julio de 2024 confirmó que el seguro público de salud debía dar a So Seong-wook la cobertura de dependiente como pareja de Kim Yong-min, igual que a una pareja de distinto sexo. No legaliza el matrimonio, pero fue un paso histórico.
¿Qué tiene que ver «Toxina coreana» con todo esto?
La canción no habla de derechos LGTBI. Habla de una amiga sincera, de ojeras, de toxina y de una confesión final, «La amiga soy yo». Este artículo usa esa confesión y el producto coreano del título como puerta de entrada a la historia queer de Corea.
¿De qué disco es «Toxina coreana»?
Del primer álbum de la trilogía GAYFOLK, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño.