Humor
Odontograma de un desplante: pieza a pieza por «Dientes, dientes»
Por Mike Sain't Louis ·

En la consulta del dentista hay siempre un papel con un dibujo raro. Treinta y dos piezas en dos arcos, como dos herraduras enfrentadas, cada una con su número. Se llama odontograma. El dentista va mirando la boca, pieza a pieza, y apunta lo que encuentra: aquí una caries, aquí un empaste viejo, aquí una muela que conviene vigilar.
Es un documento poco poético. Pero tiene algo que nos interesa. Obliga a mirar una sonrisa despacio, sin prisa, diente por diente, en lugar de verla entera de golpe.
Eso vamos a hacer con «Dientes, dientes». La canción entera es una sonrisa enseñada a alguien que no quiere verla, y merece la revisión completa. Abrimos la boca, encendemos la lámpara y empezamos por delante.
Ficha del paciente
Antes de mirar, se rellena la ficha. Nombre: «Dientes, dientes». Familia: el primer volumen de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». Géneros declarados: indie pop, pop alternativo, queer pop y camp.
Domicilio dentro de la web: pista 246 de 273 en la lista numerada de singles. A un lado vive «Esta es la composición nutricional de un huevo»; al otro, «Hipócritas». Ya volveremos a los vecinos, que tienen su miga.
Constitución: muy menuda. Mike la describe en el diario como una de las letras más cortas que tiene. Dos estrofas de cuatro versos, un estribillo de cuatro que se repite, y ya. Dieciséis líneas en total. En una boca adulta caben treinta y dos piezas; aquí la mitad basta para morder.
Videoclip oficial: en la sección de vídeos del planeta, con una duración de 5:40. Autor de la letra: Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces, como en todo el proyecto, se hacen con herramientas de inteligencia artificial.
Motivo de la consulta: envidia ajena crónica. El paciente no la sufre por dentro; la recibe de fuera. Y viene a enseñar cómo se defiende.
Antecedentes: una frase de la crónica rosa
Todo historial empieza por los antecedentes. Y los de esta canción no están en la consulta, sino en la televisión.
Mike lo explica en su ficha de «Canción a canción»: la expresión es de las más castizas de la prensa rosa, y media España la ha adoptado como mantra. A la gente que te tiene manía se le contesta con los dientes. La frase quedó unida para siempre a Isabel Pantoja, a quien las cámaras captaron diciéndola, y desde entonces circula sola. La usa la tía en una boda, la compañera de trabajo antes de una reunión tensa, el amigo que te ve salir de casa con mala cara.
Lo interesante es que la frase sobrevivió a su origen. Mucha gente la dice sin acordarse de dónde la oyó. Ha pasado del plató a la cocina, de la exclusiva al refranero. Y cuando una frase llega a ese punto, ya es de todos.
Mike cogió esa idea y la convirtió en estribillo. Lo cuenta así: le parece la respuesta más elegante y más cabrona que existe. Las dos cosas a la vez. Elegante porque no grita. Cabrona porque escuece más que cualquier grito.
En el diario añade otra lectura. La expresión resume en dos palabras una actitud entera: no te voy a dar el gusto. Me puedes criticar, controlar, imitar o comentar, y yo voy a seguir con la boca bien abierta, pero para sonreír.
Con esos antecedentes, el dentista ya sabe lo que va a encontrar. No es una boca que muerde por miedo. Es una boca entrenada para el desplante.
Incisivos centrales: el primer aviso
Los incisivos son lo primero que se ve. Están en el centro, delante de todo, y son los que cortan. En esta canción, el primer corte es una advertencia.
«Ten cuidado que la envidia mata.»
No hay presentación ni preámbulo. La canción empieza ya con el dedo levantado. Y el aviso tiene doble filo, porque no queda claro a quién mata la envidia. ¿Al envidiado, por desgaste? ¿O al envidioso, que se consume?
La segunda estrofa responderá a esa pregunta, pero de momento la frase se queda en el aire, como la amenaza amable de una abuela. Ten cuidado. Te lo digo por tu bien.
Es un comienzo muy de barrio. Las frases hechas sobre la envidia son infinitas en castellano: que si la envidia es muy mala, que si te come por dentro, que si más vale dar envidia que pena. La canción se suma a esa tradición oral sin pedir permiso y la pone a bailar.
Incisivos laterales: la falsedad barata
Al lado de los centrales están los laterales, un poco más pequeños. Aquí el corte va a otra cosa.

«No me vengas con tu falsedad barata.»
El adjetivo es lo mejor del verso. No dice falsedad sin más; dice barata. Es una crítica de calidad, casi de tienda. Tu falsedad no solo es falsa: además está mal hecha, se le notan las costuras, es de mercadillo.
Es un insulto muy camp, si se piensa. El camp siempre ha tenido un ojo afinado para el material. Puede perdonar la exageración, el brillo de más, la peluca torcida. Lo que no perdona es la falta de oficio. Si vas a fingir, finge bien.
Para quien quiera tirar de ese hilo, el diario del planeta tiene una entrada que lo explica con calma: el camp explicado.
Caninos: oro contra plata
Los caninos son los colmillos. Las piezas más largas, las que en otros animales sirven para cazar. En la boca humana son discretos, pero cuando una sonrisa enseña colmillo se nota.
En esta canción el colmillo es este:
«Yo soy el oro y tú no llegas ni a plata.»
Es un podio. Primer puesto para quien habla; para el otro, ni siquiera el segundo. El verso no dice que el envidioso sea bronce. Dice que no llega a plata, y deja abierto cuánto más abajo está. Puede ser bronce, puede ser diploma, puede ser que ni se haya clasificado.
Mike cita este verso en su ficha como prueba de que la letra no se anda con rodeos: desde la primera estrofa queda claro quién es quién. Y en el diario explica el mecanismo. Hay rima fácil a propósito, oro y plata, y son comparaciones exageradas, de diva de barrio. Ahí está la gracia.
Hay que imaginarlo dicho con la barbilla alta. Nadie se coloca a sí mismo en lo más alto del podio sin un poco de teatro. Y el teatro es justo lo que convierte el verso en algo divertido en lugar de antipático.
Primer premolar: el ave fénix
Detrás de los colmillos empiezan los premolares. Ya no cortan ni desgarran; trituran. Y aquí la canción tritura con mitología.
«Yo soy un ave fénix...»
El fénix es el pájaro que arde y renace de sus cenizas. Es una imagen antiquísima, de las que viajan de una cultura a otra, y en la cultura popular se ha convertido en la metáfora favorita de quien ha caído y se ha vuelto a levantar.
Mike lo comenta en el diario con su humor habitual: nadie en su sano juicio se llama a sí mismo ave fénix sin un poco de guasa. Es decir, el verso sabe lo que hace. Sabe que es grandilocuente y lo disfruta.
En una canción contra la envidia, el fénix tiene un sentido extra. Si alguien te desea lo peor y tú eres un pájaro que renace, sus deseos no sirven de mucho. Puedes arder y volver. El envidioso, en cambio, se queda mirando las cenizas sin entender qué ha pasado.
Segundo premolar: la rata
Y justo al lado, en la pieza siguiente, el contraste.
«...y tú eres una rata.»
Del pájaro de fuego al roedor de alcantarilla en un solo verso. La comparación es tan desproporcionada que da risa. Mike lo reconoce en su ficha: si alguien todavía tenía dudas sobre quién es quién, llega la comparación del ave fénix con la rata, que le sigue haciendo gracia cada vez que la escucha.
La rata es un animal muy cargado en el idioma. Es el que se esconde, el que roba de noche, el que huye del barco cuando se hunde. Llamar rata a alguien es acusarle de mezquindad, de vivir a la sombra de los demás. Y eso encaja con el retrato del envidioso que la canción va dibujando: alguien que no brilla por sí mismo y se alimenta de mirar a otros.
Con esto se cierra la primera estrofa. Cuatro versos, cuatro piezas, y el paciente ya ha enseñado media boca. Ahora llega el estribillo.
Molares: lo que les jode, lo que les duele
Los molares son las piezas del fondo. Anchas, fuertes, hechas para moler. Son las que hacen el trabajo pesado de la boca, las que convierten la comida en algo que se puede tragar.
Tanta envidia debe ser un sufrimiento.» de «Dientes, dientes»](/diario/img/dientes-dientes-odontograma-de-un-desplante/2-escena.webp)
El estribillo es el molar de esta canción. Cuatro versos que muelen la misma palabra hasta deshacerla:
«Dientes, dientes, que es lo que les jode Dientes, dientes, que es lo que les duele Dientes, dientes, así su rabia muere Dientes, dientes, así su odio no muerde.»
Hay una progresión muy clara. Primero, lo que les jode. Luego, lo que les duele. Después, la consecuencia: la rabia muere. Y al final, el efecto protector: el odio no muerde. Es una secuencia que va de la provocación a la defensa.
Mike lo describe en su ficha como un conjuro. La palabra se repite hasta que pierde el sentido y se vuelve ritmo. Y añade otra imagen, médica: es una especie de vacuna. Cuanto más sonríes, menos efecto tiene el veneno del otro.
Fijaos en el último verso, porque tiene un juego precioso. El odio no muerde. La canción se llama «Dientes, dientes», y el que se queda sin poder morder es el otro. Los dientes de quien sonríe sirven para enseñarlos; los del envidioso, para nada. Es una inversión muy limpia: quien enseña los dientes no ataca, y quien quería atacar se queda desdentado.
El cambio de persona también importa. En las estrofas se habla de tú a tú: tu falsedad, tú no llegas, tú eres. En el estribillo, de repente, aparece un plural: les jode, les duele, su rabia. El envidioso concreto se convierte en especie. Ya no es una persona; es toda la gente que te tiene manía.
Muela del juicio: «Debería ponerte en tratamiento»
La muela del juicio es la última en salir y, a menudo, la que más guerra da. Llega tarde, empuja, a veces hay que quitarla. En esta canción, el juicio llega en la segunda estrofa, y llega con bata.
«Debería ponerte en tratamiento Tanta envidia debe ser un sufrimiento.»
Aquí se responde la pregunta del principio. ¿A quién mata la envidia? Al que la siente. Mike lo dice en su ficha con mucha gracia: la segunda estrofa casi parece una consulta médica. Tanta envidia tiene que doler, habría que ponerle tratamiento a esa persona.
En el diario, sin embargo, deja ver que debajo de la broma hay una idea que sí se cree. La envidia constante, la de quien vigila cada paso que das, no es solo una molestia para quien la recibe. Para quien la siente tiene que ser agotadora. Vivir pendiente de la vida de otro, contando sus logros como si fueran pérdidas propias, debe de ser una forma muy triste de pasar los días.
Y añade algo importante: no lo dice desde la superioridad. Todos hemos sentido envidia alguna vez, escribe, y quien diga que no miente un poco. La diferencia está en qué haces con ella. Puedes usarla como gasolina para mirar qué quieres tú, o puedes convertirla en un dron que sobrevuela la vida ajena.
Es un matiz que cambia el tono del verso. «Debería ponerte en tratamiento» suena a pulla, y lo es. Pero también tiene algo de diagnóstico compasivo, de reconocer que el otro lo está pasando mal. La muela del juicio, al final, es la que más piensa.
Sarro: «Me controlas cada movimiento»
El sarro es lo que se acumula sin que te des cuenta. Una capa fina que se va pegando día a día hasta que un día el dentista te la tiene que rascar.
«Me controlas cada movimiento.»
Este verso es el sarro de la canción: lo que se ha ido acumulando. No habla de un comentario suelto ni de una mala mirada. Habla de vigilancia constante. Alguien que sabe dónde estás, qué haces, con quién sales, qué subes.
Mike pone ejemplos muy reconocibles en su ficha. Se la dedicaría a cualquiera que esté aguantando a un compañero de trabajo tóxico, a una cuñada que siempre tiene un comentario preparado o a ese ex que todavía mira tus historias. Son tres figuras que casi todo el mundo ha tenido cerca alguna vez. El que te examina en la oficina, la que te examina en la mesa del domingo, el que te examina desde el móvil.
El último caso es muy de ahora. Las redes han convertido la vigilancia en algo silencioso: no hace falta seguir a nadie por la calle; basta con mirar sus historias cada día. La canción lo resume en un verso de cinco palabras y no necesita más.
Para quien la vigilancia ya no tenga gracia, porque pasa de comentario a control y empieza a pesar en el ánimo, el planeta tiene una entrada dedicada a la salud mental LGTBI. Una sonrisa sirve para muchas cosas, pero no sustituye a pedir ayuda cuando hace falta.
Esmalte: «¡Don't Worry!»
El esmalte es la capa exterior del diente, la más dura del cuerpo humano. Es lo que brilla cuando sonríes y lo que protege todo lo demás.

En esta canción, el esmalte está en inglés.
«¡Don't Worry! Este es el procedimiento.»
Es el verso más raro de la letra, y el más divertido. En mitad del diagnóstico, entre el tratamiento y el control, aparece de repente una frase en otro idioma que parece sacada de un folleto de instrucciones.
Mike lo explica en sus dos textos con la misma imagen. En la ficha dice que le da un aire de azafata explicando el protocolo de seguridad: todo bajo control, cariño, esto es el procedimiento. En el diario lo desarrolla: le parecía divertido que el procedimiento para sobrevivir a la envidia sonara a manual de instrucciones de aerolínea. Mantengan la calma, sonrían, abróchense el cinturón. Hay turbulencias, pero el avión sigue.
Esa imagen dice mucho del tono general. La azafata no se altera. Sonríe aunque el avión se mueva, porque sonreír es parte del uniforme. Y esa sonrisa profesional, ensayada, es justo la que la canción recomienda frente a la envidia. No una sonrisa espontánea, sino una sonrisa con método.
El esmalte, además, no se regenera. Hay que cuidarlo. Quizá por eso el procedimiento importa: la sonrisa que protege tiene que mantenerse entera.
Encías: la segunda vuelta del estribillo
Las encías sostienen los dientes. No se ven tanto, pero sin ellas todo se cae.
En la canción, lo que sostiene es la repetición. Después de la segunda estrofa vuelve el estribillo, idéntico, palabra por palabra. Lo que les jode, lo que les duele, la rabia que muere, el odio que no muerde.
En una canción tan corta, la segunda vuelta pesa mucho. Es la mitad del estribillo total y una parte enorme de la letra entera. Y eso tiene sentido. Un mantra no funciona si se dice una vez. Funciona porque se repite.
Mike lo dice en el diario: no quería alargarla. La envidia le parece una emoción muy pesada y le parecía justo responderle con algo ligero, rápido, casi de patio de colegio. Esa es la clave de la estructura. La envidia del otro es larga, insistente, pegajosa. La respuesta es corta y vuelve a empezar, como una canción de comba.
El patio de colegio es una referencia muy precisa. Allí se aprenden las primeras canciones de burla, las que se repiten en corro hasta que el otro se marcha. «Dientes, dientes» tiene algo de eso, pero adulto: ya no se burla de nadie por cómo es, sino de la envidia en sí.
Ortodoncia: lo que la canción no hace
La ortodoncia corrige lo que está torcido. Y para entender bien una sonrisa conviene mirar también lo que ha decidido no hacer.
Esta canción no se pone de víctima. Mike lo explica en el diario: si hubiera escrito una canción solemne sobre la envidia, habría acabado sonando a víctima, y no le apetecía. Prefiere el registro de la reina que se retoca el pintalabios mientras le cuentan lo que van diciendo de ella por ahí. Escucha, asiente, sonríe. Y luego sale a escena.
Tampoco insulta de verdad. Sí, hay una rata, pero es una rata de cómic, al lado de un fénix igual de exagerado. En la ficha, Mike insiste en eso: no hace falta contestarle con insultos. Basta con ponerte guapa, salir por la puerta y regalarle la mejor de tus sonrisas.
Y tampoco da explicaciones. Ese es el punto más interesante. El envidioso vigila y comenta; la canción no le contesta punto por punto. No se justifica, no argumenta, no aclara. Solo sonríe.
En el diario, Mike conecta esto con la cultura LGTBI. Durante mucho tiempo, escribe, a la gente queer le han exigido justificar cómo habla, cómo se viste, a quién quiere, por qué hace lo que hace. Y una de las respuestas más bonitas que ha inventado esa comunidad es el exceso alegre: si me vas a mirar, que sea porque brillo. Coges el insulto, la mirada torcida, el cuchicheo, y lo conviertes en espectáculo.
«Dientes, dientes» está en esa tradición, aunque sea una canción pequeña. Mike la llama en su ficha una canción de autodefensa con purpurina. La ortodoncia aquí no endereza nada: deja la sonrisa exactamente donde está, bien a la vista.
Radiografía: los vecinos de la pista 246
Ningún diente vive solo. Para entender una pieza, el dentista mira también las de al lado en la radiografía.

En la lista numerada de singles de la web, «Dientes, dientes» ocupa la pista 246. La anterior es «Esta es la composición nutricional de un huevo»; la siguiente, «Hipócritas».
El vecino de después encaja muy bien. «Hipócritas» toca la misma zona de la boca: la gente que dice una cosa y hace otra, la falsedad que en «Dientes, dientes» se llama barata. Escuchadas seguidas, son casi una pareja. Una sonríe; la otra enseña la rabia.
En la sección de vídeos del planeta, además, el videoclip de «Dientes, dientes» aparece entre los de «Mentes diabólicas» y «¡Vaya director!». También es un buen vecindario para una canción con colmillo.
Y todo eso cabe dentro del primer volumen de la trilogía, el disco que abre el Planeta Gayfolk. Mike suele presentar ese planeta como un lugar inventado, con sus propias reglas, donde lo queer, lo castizo y el humor conviven sin pedir permiso. Una canción que convierte una frase de la prensa rosa en mantra encaja perfectamente en ese mapa.
Sala de espera: cuándo ponerla
Toda consulta tiene sala de espera, y es el sitio perfecto para pensar en lo que viene. Mike da instrucciones muy concretas sobre cuándo usar esta canción.
En la ficha propone tres momentos. Antes de una cena familiar complicada. En el coche, de camino a una reunión que te da pereza. O cuando abras el móvil y veas un mensaje que no te apetece leer. Y luego, ya sabes: dientes, dientes.
Son tres salas de espera de la vida cotidiana. Tres momentos en que sabes que vas a entrar en un sitio donde alguien te va a mirar con lupa. La canción funciona como preparación, como ese último vistazo al espejo antes de abrir la puerta.
En el diario añade una cuarta escena, más festiva. La música tenía que acompañar ese tono: pegadiza, con un estribillo que se pudiera gritar entre amigas en una terraza. No buscaba una canción para llorar, escribe; buscaba una canción para salir de casa con la cabeza alta después de uno de esos días en que todo el mundo parece tener una opinión sobre ti.
Hay algo muy bonito en esa idea del grito compartido. La envidia suele vivirse en soledad: tú y la persona que te vigila. La terraza la convierte en algo colectivo. Ya no eres tú solo enseñando los dientes. Sois varias, a coro, riéndoos.
Tratamiento recomendado
Todo odontograma acaba con un plan. Qué hacer, cada cuánto, qué vigilar.
El plan de esta canción es sencillo. Dosis: una escucha antes de entrar en la sala donde te esperan. Frecuencia: tantas veces como haga falta. Contraindicaciones: ninguna conocida, salvo quizá para el envidioso, que no la va a disfrutar.
Mike lo resume al final de su texto del diario: si alguna vez os toca aguantar miradas de esas que pesan, probad. No hace falta contestar. Basta con enseñar los dientes, en el mejor sentido, y seguir andando.
Lo de «en el mejor sentido» es importante. Enseñar los dientes, en el reino animal, suele ser una amenaza. El perro que gruñe, el gato que bufa. En la canción es lo contrario: los dientes se enseñan sonriendo, y eso desarma más que cualquier gruñido.
Para periodistas y medios que quieran material del proyecto, la sala de prensa reúne fotos, notas y datos oficiales. Y la versión larga de la lectura que Mike hace de esta canción está en el diario, en la sonrisa como escudo contra la envidia.
Alta médica
Se apaga la lámpara. Se quita el babero. El dentista revisa el papel y firma.
Incisivos: un aviso y una crítica de calidad. Colmillos: un podio. Premolares: un fénix y una rata. Molares: un mantra que muele hasta que la rabia muere. Muela del juicio: un diagnóstico con algo de compasión. Sarro: la vigilancia diaria. Esmalte: una azafata que no pierde la calma. Encías: la repetición que lo sostiene todo.
Diagnóstico final: boca sana, sonrisa en perfecto estado y una capacidad notable para el desplante.
La canción se puede escuchar en Spotify y en todas las plataformas. Y la próxima vez que alguien te mire esperando verte caer, ya sabes lo que dice la receta.
Dientes, dientes.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Dientes, dientes» de Mike Sain't Louis?
De la envidia y de cómo responderla. Un personaje vigila cada paso del narrador y no soporta verle bien, y la canción le contesta sin insultos: con una sonrisa enseñando los dientes, que es lo que más le duele a quien te tiene manía.
¿De dónde viene la expresión «dientes, dientes»?
Mike la describe en su ficha como una de las expresiones más castizas de la prensa rosa, adoptada por media España como mantra. La frase quedó asociada a Isabel Pantoja, a quien las cámaras captaron diciéndola, y desde entonces se usa como consejo para sonreír ante quien espera verte caer.
¿Por qué aparece «¡Don't Worry!» en inglés?
Mike cuenta que le hacía gracia que el procedimiento para sobrevivir a la envidia sonara a azafata explicando las normas de seguridad: mantengan la calma, sonrían, abróchense el cinturón.
¿En qué disco está?
Forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer volumen de la trilogía del Planeta Gayfolk. En la lista numerada de singles de la web es la pista 246 de 273, entre «Esta es la composición nutricional de un huevo» e «Hipócritas».
¿Quién hace la canción?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, conocido como el primer cantautor IA. La letra es suya; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.