Humor
Puesto de taras en el mercadillo del domingo: «Doña Rogelia», pregón por pregón
Por Mike Sain't Louis ·

Los domingos por la mañana, en Madrid, medio barrio de La Latina se convierte en un mercadillo. Lonas de colores atadas a los postes, mantas extendidas en el suelo, cajas de cartón llenas de discos, de lámparas, de muñecas sin un brazo, de teléfonos de baquelita, de llaves que no abren nada. Es el Rastro, que lleva siglos bajando por la Ribera de Curtidores y que cualquier madrileño ha recorrido alguna vez con un bocadillo en la mano y la cartera bien sujeta.
El Rastro tiene sus reglas no escritas. Se va temprano si quieres encontrar algo bueno, y tarde si quieres que te lo dejen barato. Se regatea siempre, aunque te dé vergüenza. Se desconfía de todo lo que brilla demasiado. Y se aprende, con los años, a distinguir el puesto del coleccionista que sabe lo que vende del puesto del espabilado que vende lo que sea. Esa última lección es la que más cuesta. Hay quien la aprende a la primera y hay quien necesita que le timen dos o tres veces. Pero todo el mundo, tarde o temprano, la aprende.
Y para eso, entre otras cosas, están las canciones.
En todos los mercadillos, los de Madrid y los de los pueblos, hay siempre un puesto al fondo. El más cutre. Un cartel de cartón escrito con rotulador: «Taras. Devoluciones. Todo a un euro». Y un vendedor que grita más que nadie, porque es el que más necesita vender.
«Doña Rogelia» es el pregón de ese puesto. Pero al revés. En lugar de anunciar la mercancía, anuncia al vendedor. Y lo que dice de él no es precisamente para que le compres.
Es una de las letras más cortas de todo el catálogo. Apenas tres minutos de canción. Pero en ese tiempo cabe un cuento, un ajuste de cuentas, una presentación de feria, un giro de guion y un remate que viene de la televisión de nuestra infancia.
Una advertencia antes de pasear entre los puestos: el farsante de la canción es un personaje inventado del universo GAYFOLK. Ficción. Como los relojes de marca de la manta de al lado.
Esta es la historia
Los buenos vendedores de mercadillo saben que hay que empezar con una historia. «Mire, señora, esto me lo trajo mi cuñado de Italia». «Esto es de una casa de un marqués que se ha muerto». La historia es lo que vende.
La canción empieza igual, con tono de cuento:
«Esta es la historia de cómo una vez, el arte, algo que no sabes ni qué es, te hizo insignificante, y bastante poco importante»
«Esta es la historia de cómo una vez». Con esas siete palabras ya sospechas que el cuento no tiene final feliz para todos. Es la fórmula de los cuentos populares, la de «érase una vez», pero con un matiz de venganza. No es la historia de una princesa. Es la historia de cómo alguien se quedó pequeño.
Y lo que le hizo pequeño fue el arte. Algo que, según la letra, él no sabe ni qué es. Esa es la primera puñalada, y es muy fina. Alguien que presumía de saberlo todo acaba vencido por una cosa que no sabría ni definir.
El arte y el karma
La segunda estrofa repite la fórmula y añade la tesis:

«Esta es la historia de cómo una vez, el arte, al igual que el karma, a veces tarda, pero son infalibles contra los embaucadores»
El arte y el karma, juntos. Los dos tardan. Los dos llegan. Y los dos son infalibles contra los embaucadores, esa palabra tan antigua y tan precisa para los que engañan con labia.
Así planteado, el arte se parece a un sheriff de western que llega al pueblo con tres semanas de retraso, pero llega. No llega con pistola ni con abogado. Llega con una canción. Con un verso. Con una portada. Y retrata al embaucador delante de todo el mundo, para siempre, en una plataforma de música.
Es la venganza más elegante que existe. Y también la más duradera. Una discusión se olvida. Una canción se queda.
Dentro de diez años nadie recordará qué se dijeron en aquella cocina, ni quién dio el primer portazo. Pero la canción seguirá ahí, en las listas de reproducción de alguien, sonando en un coche o en unos cascos, con su etiqueta bien puesta.
Y el karma, por cierto, es una palabra que aparece mucho en el universo GAYFOLK. Funciona como una ley de la física del planeta: todo lo que se hace, vuelve. Tarde o temprano. Y casi siempre con estribillo.
El pregón del vendedor
En los mercadillos, los vendedores pregonan a gritos. «¡A euro, a euro, todo a euro!». «¡Señora, mire qué calidad!». «¡Que me lo quitan de las manos!». Es una música propia, un género en sí mismo, con su ritmo y sus fórmulas.
La canción tiene su pregón, pero dedicado al vendedor, no a la mercancía:
«Liante, farsante, comercial de saldo»
Tres palabras gritadas como quien anuncia ofertas. Liante, el que lía, el que enreda, el que te mete en líos. Farsante, el que finge, el que hace teatro. Comercial de saldo, el que vende lo que nadie quiere al precio más bajo.
Es una lista de insultos de lo más creativa, y suena a lo que se gritaría de un puesto a otro en un mercadillo cuando dos vendedores se pelean por el mismo sitio.
Diez por ciento verdadero
Y entonces llega la etiqueta. La que todo comprador de mercadillo conoce bien:
«diez por ciento verdadero, noventa por ciento falso, / diez por ciento original y noventa por ciento falsificación»
En cualquier mercadillo hay una manta con bolsos de marca, relojes de lujo, gafas de sol de diseño y perfumes con nombres que suenan casi igual que los de verdad. Todo el mundo sabe que no son auténticos. El vendedor lo sabe, el comprador lo sabe, y hasta el policía municipal que pasa por delante lo sabe. Es un pacto de mentiras en el que todo el mundo participa.
La canción aplica esa etiqueta a una persona. Diez por ciento verdadero. Noventa por ciento falso. Es la descripción exacta de alguien que construye su imagen con piezas de imitación. Un poco de verdad, para que cuele. Y todo lo demás, de manta.
Lo genial es la precisión de los porcentajes. No dice «mentiroso». Dice el porcentaje exacto, como si lo hubiera medido en un laboratorio. Es la diferencia entre un insulto y un diagnóstico.
Diccionario del embaucador
La palabra «embaucador» merece una parada, porque ya casi no se usa y es preciosa. Viene de «embaucar», que es engañar a alguien aprovechándose de su inocencia o de su buena fe. No es un ladrón cualquiera. Es el que te convence. El que te lía con palabras. El que te vende la moto y encima te da las gracias por comprarla.
El castellano tiene un diccionario entero para esta figura, y casi todo está relacionado con los mercados y las ferias. El trilero, el de los tres vasos y la bolita en la calle, que siempre gana. El charlatán, que en las ferias de antes vendía crecepelos y remedios milagrosos subido a un cajón. El sacamuelas, que también era de feria y que hablaba sin parar mientras te arrancaba la muela. El vendedor de humo, que lo dice todo con dos palabras.
Todos tienen en común lo mismo: la labia. Saber hablar. Saber convencer. Saber hacer que lo falso parezca verdadero durante el tiempo justo para cobrar.
La canción mete a su personaje en esa familia y le da un apellido nuevo: coordinador de mercadillo. Que es, en el fondo, un trilero con acreditación.
Sección de taras
Los grandes almacenes de antes tenían una sección de taras. Una esquina en el sótano donde se vendían las cosas con algún defecto: una camisa con un botón descosido, una cazadora con una mancha, un jersey con un hilo suelto. Más baratas, pero con su fallo.

La canción manda al personaje directamente allí:
«sección de taras procedente de una devolución»
Y añade un detalle que es cruelísimo: «procedente de una devolución». Lo de las taras es lo de menos. Lo grave es que alguien ya lo compró, lo probó, vio que no servía y lo devolvió. Es mercancía de segunda mano con defecto de fábrica.
Es uno de esos versos que te hacen reír a carcajadas la primera vez y que te siguen pareciendo perfectos la décima. Porque cualquiera que haya salido de una relación con alguien así sabe exactamente lo que quiere decir. No eras el primero en descubrirlo. Ya lo habían devuelto antes.
Con ustedes, el coordinador
Y llega el momento estelar. La presentación de feria. El maestro de ceremonias que sube al escenario, coge el micrófono y anuncia al artista principal:
«Con ustedes, de mercadillo, el coordinador»
Es una presentación al revés. En vez de anunciar a la estrella del espectáculo, anuncia al farsante con su título de honor: coordinador de mercadillo. Como si fuera un cargo oficial. Como si llevara una acreditación colgada del cuello y una carpeta en la mano.
Los que conocen el catálogo ya habrán reconocido la figura. El coordinador vuelve en varias canciones del universo GAYFOLK, como «Asqueroso coordinador», y siempre con la misma mezcla de burocracia y desprecio. Es un personaje de ficción con mucha vida: aparece, desaparece y vuelve a aparecer, siempre en el papel de quien manda mucho y vale poco.
En esta canción, además, se le pone el apellido perfecto. De mercadillo. Ni de empresa, ni de oficina. De mercadillo.
Los trajes y la ropa
Después de la presentación, el reproche más concreto de la letra:
«A ver qué haces ahora que no me puedes robar los trajes ni la ropa»
La letra no da detalles, pero el cuadro se completa solo: alguien con la costumbre de llevarse lo que no era suyo. Que entraba en el armario del otro como quien entra en una tienda sin pagar. Y que ahora, por fin, se ha quedado sin acceso.
La ropa vuelve una y otra vez en el catálogo. En «¡Que no pienso decir que mis trajes son de Zara!», el narrador se niega a mentir sobre de dónde son sus trajes. Aquí, los trajes son lo que el otro se llevaba. Es como si las dos canciones se respondieran: en una, se defiende la etiqueta honesta; en la otra, se celebra que el ladrón de armarios se haya quedado fuera.
Y ese «a ver qué haces ahora» es puro desafío de patio. A ver. Venga. Demuéstralo. Ahora que no tienes de dónde coger.
El giro de guion
Y de repente, la canción cambia de tono. Se calienta. Suelta la frase más gorda de toda la letra:

«¿Sabes qué te digo? ¡Que me comas la polla!»
Es el insulto castizo por excelencia, el que se grita al final de una discusión cuando ya no quedan argumentos. Y la canción lo suelta con toda la rabia acumulada.
Pero entonces llega el giro. El mejor momento de la canción, y uno de los mejores de todo el catálogo:
«¿Pero qué estoy diciendo? Ni de coña»
El narrador se para en seco. Se oye a sí mismo. Y se corrige. No, eso no. Ni de broma. Es como si un actor de teatro se saliera del personaje en mitad de la escena para hablar con el público.
Esa corrección es comedia de la mejor. Y también es una forma de dignidad. Porque lo que el narrador acaba de darse cuenta es que ni siquiera eso quiere. Que el insulto, en realidad, era un regalo que el otro no merece.
Doña Rogelia y las bacterias
Y por qué no lo merece, lo explica el verso final, que es el que da título a la canción:
«esa boca tiene que tener más bacterias que Doña Rogelia»
Aquí entra la televisión de la infancia. Doña Rogelia era la anciana entrañable de un número de ventriloquía que marcó a varias generaciones de espectadores españoles. Una abuelita de trapo con su moño, sus gafas y su forma de hablar, que salía en la tele los fines de semana y hacía reír a toda la familia en el sofá.
Y la canción la usa para el chiste más inesperado. La boca del farsante tiene más bacterias que la de Doña Rogelia. Que, siendo una muñeca de trapo con muchos años de tele a sus espaldas, se supone que ha acumulado unas cuantas.
Es absurdo. Es exagerado. Y es tronchante. Porque mezcla lo más tierno de la infancia, la abuelita de la tele, con lo más asqueroso de una ruptura, la boca del ex. Y porque la higiene bucal vuelve a aparecer en el catálogo como arma de destrucción masiva, igual que el sarro en otras canciones del planeta.
La tele como mitología
El diario del planeta tiene un texto sobre la televisión española como mitología, y explica muy bien por qué Doña Rogelia acaba en una canción. Porque en el planeta no hay cultura de segunda. Los personajes de la tele que una parte de la cultura despreció son, aquí, figuras con el mismo derecho a protagonizar una canción que cualquier héroe clásico.
Los muñecos de los programas de los sábados, las presentadoras de los concursos, los concursantes de los realities, las frases que se convierten en memes. Todo eso forma parte de nuestra memoria colectiva. Y convertirlo en canción es reconocerlo.
Doña Rogelia, en este sentido, es un icono perfecto. Es la abuelita de todos. La que salía en la tele cuando éramos pequeños y nos hacía reír sin saber por qué. Y ponerla al final de una canción de ajuste de cuentas es un gesto de cariño hacia ella y de desprecio hacia el otro. Las dos cosas a la vez. Que es lo más camp que hay.
Tres minutos de mercadillo
Una cosa más sobre esta canción: su brevedad. Dura poco más de tres minutos, y la letra cabe en una servilleta de bar.
Y eso, en un ajuste de cuentas, es una virtud. Las mejores venganzas son las cortas. Las que se dicen en una frase y se van. Las que no dejan tiempo para la réplica. Como un vendedor de mercadillo que te suelta el precio, te mira a los ojos y se da la vuelta para atender a otro cliente.
La canción no se recrea. No da explicaciones. No cuenta la historia entera. Presenta al farsante, le pone la etiqueta, se corrige a sí misma, suelta el chiste de Doña Rogelia y se acaba. Como un puesto que recoge la lona a las tres de la tarde.
El comprador escarmentado
En todos los mercadillos hay un tipo de comprador muy reconocible: el escarmentado. El que ya compró una vez un reloj de marca que dejó de funcionar a los dos días, o una cazadora de cuero que resultó ser de plástico. Desde entonces, pasea entre los puestos con las manos en los bolsillos, mirándolo todo con desconfianza, tocando las costuras, preguntando de dónde viene cada cosa.

El narrador de esta canción es ese comprador. Ya le vendieron la mercancía una vez. Ya le colaron el noventa por ciento de falsificación. Y ahora pasa por delante del puesto, mira al vendedor y le dice en voz alta, para que lo oiga todo el mercadillo, lo que de verdad hay en la manta.
Hay una frase en la letra que lo deja muy claro: «que lo sepan los espectadores». No basta con saberlo uno. Hay que decirlo delante de todo el mundo. Para que el siguiente comprador no caiga. Es el mismo gesto de dejar una reseña de una estrella en internet, pero con música.
Y eso tiene algo de servicio público. El escarmentado no se calla. Avisa.
El regateo
En los mercadillos se regatea. Es casi obligatorio. El vendedor dice un precio, el comprador dice la mitad, y se encuentran en algún punto intermedio entre risas y quejas fingidas. «Que me arruina usted, señora». «Venga, hombre, que es para mi nieta».
En esta canción no hay regateo posible. El precio está fijado desde la primera línea y no se mueve. Diez por ciento verdadero. Noventa por ciento falso. Sección de taras. Procedente de una devolución. El farsante puede intentar rebajar la etiqueta, contar otra historia, poner otra cara. Pero la canción ya ha cerrado el trato.
Y eso es lo que hace el arte, según la propia letra. Fija el precio de las cosas para siempre. Una vez que el verso está escrito, ya no se puede regatear.
Los puestos de al lado
En la lista numerada de singles de la web, el puesto de «Doña Rogelia» tiene dos vecinos.
Antes va «FEEL THAT HIGH», que es todo lo contrario del mercadillo: subidón, euforia, la noche en lo más alto. Después va «ESCUPIRÉ SOBRE TU TUMBA», que lleva el ajuste de cuentas un paso más allá, hasta el cementerio.
«Doña Rogelia» está en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», uno de los tres discos de la trilogía GAYFOLK. Y la canción tiene un videoclip oficial de unos tres minutos, que es lo que se tarda en recorrer un puesto de taras y salir sin comprar nada.
Ficha del vendedor
La letra de «Doña Rogelia» es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que la escribió sin IA. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno. En la sección de prensa está todo explicado.
Se escucha en Spotify y en el resto de plataformas, y se descarga gratis desde la web. Sin taras. Sin devoluciones.
Recogida de toldos
A las tres de la tarde, los mercadillos se desmontan. Los vendedores doblan las lonas, meten las cajas en las furgonetas, barren lo que pueden. Y en el suelo quedan cosas: una percha rota, un cartel de cartón, una etiqueta con un precio escrito a mano.
Si alguien encontrara la etiqueta del puesto de esta canción, leería algo así: «Coordinador. Diez por ciento original. Noventa por ciento falsificación. Procedente de devolución. No se admiten cambios».
Y debajo, en letra más pequeña, como las advertencias de los productos de limpieza: «Mantener lejos de la boca. Más bacterias que Doña Rogelia».
El arte tarda. Pero llega. Y cuando llega, deja la etiqueta puesta para siempre.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Doña Rogelia»?
De un farsante al que el arte, como el karma, acaba retratando delante de todo el mundo. La letra lo presenta como un coordinador de mercadillo, diez por ciento verdadero y noventa por ciento falso.
¿Por qué se llama «Doña Rogelia»?
Por el remate final de la letra, una broma sobre higiene bucal que compara una boca con la de la entrañable anciana de los muñecos de la tele. Es un guiño a la televisión española que el planeta trata como mitología.
¿Los personajes son reales?
No. El farsante de la letra es un personaje de ficción del universo GAYFOLK.
¿Quién hace la canción?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.