Humor
El carrete del Planeta Gayfolk: selfis con efecto, fotos de perfil y el arte de recortar a tu madre
Por Mike Sain't Louis ·

Hay dos tipos de personas en el mundo: las que hacen fotos y las que salen en las fotos de los demás con los ojos cerrados. En el Planeta Gayfolk hay un tercer tipo, el más peligroso de todos: el que se hace un selfi justo en el peor momento, le pone un efecto y lo sube como si nada. Ese personaje aparece en «El impostor», y es el punto de partida de este repaso al álbum de fotos del planeta.
Porque las letras de Mike Sain't Louis están llenas de fotos. Fotos de perfil que abren el apetito, selfis de después de la ruptura, fotos del ex que es mejor no mirar, flashes de discoteca y gente a la que se le pide, por favor, que deje ya de hacerse fotos y se arregle los dientes. Es la fotografía de andar por casa, la que se hace con el móvil en la mano y la otra mano en la cadera. Nada de exposiciones ni de fotógrafos famosos. Aquí se habla del carrete de toda la vida, que ahora se llama galería y tiene catorce mil imágenes de las que se miran doce.
El selfi del impostor: posar mientras arde la casa
Empecemos por la escena más retorcida. En «El impostor» la letra va contando cosas dolorosas, de esas que se dicen despacio. Y en mitad de todo, la cámara se gira hacia el personaje principal, que está a lo suyo:
una foto de selfie y añadiéndola un efecto
La letra va así, en versos muy cortos, casi palabra a palabra, como quien lo describe mientras lo está viendo y no se lo cree. Él se estaba haciendo una foto. De selfi. Y añadiéndole un efecto. Mientras pasaban cosas graves, el impostor elegía filtro.
Es una escena que da risa y miedo a la vez, y esa mezcla es muy del planeta. Todo el mundo conoce a alguien así. El que en un entierro se hace una foto con buena luz. El que en mitad de una discusión de pareja se va al baño y vuelve con una story subida. El que no puede dejar pasar un atardecer sin ponerse delante. El diario del planeta tiene una lectura entera de «El impostor» como un puzzle que se arma al revés; aquí nos quedamos solo con el selfi, que ya da para mucho.
Lo que hace tan buena la escena es el verbo «añadiéndola». No dice que se hizo una foto. Dice que le estaba añadiendo un efecto. Es decir: la foto no le bastaba. Había que mejorarla. Había que retocar la realidad justo cuando la realidad estaba siendo más fea. Si uno quisiera resumir el postureo en un solo gesto, sería ese.
El selfi de la ruptura, en blanco y negro
Si el impostor es el maestro, el ex de «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca» es el alumno aventajado. Esta canción del primer álbum empieza con un monólogo que es una pieza de humor doméstico de primera. El narrador repasa lo que ha hecho su ex una semana después de romper, y llega a la foto:
Pues parece que en la foto de selfie saliste muy guapo, además te has molestado, en recortar a tu madre que salía al lado, y si con eso no estabas contento también le pusiste un efecto en blanco y negro.
Hay que leerlo dos veces para disfrutar de todos los detalles. Primero, el contexto: los dos estaban, en teoría, fatal, llorando, con los ojos hinchados. Segundo, el resultado: en la foto él sale muy guapo. Tercero, el trabajo de edición: ha recortado a su madre, que salía al lado. Y cuarto, el remate artístico: blanco y negro, para darle un aire de película francesa a la tristeza.
La madre recortada es el gran personaje secundario de esta historia. No sabemos nada de ella, solo que estaba ahí, al lado de su hijo, y que su hijo decidió que sobraba. Uno se la imagina viendo la foto en su móvil, buscándose, y encontrando solo un hombro. Cualquiera que haya sido recortado alguna vez de una foto ajena sabe que es una pequeña humillación muy contemporánea.
Y el blanco y negro tiene su propia comedia. Es el filtro de la profundidad, el de las fotos que quieren decir «estoy pasando por algo». Lo usan los artistas para parecer intensos, las parejas para parecer eternas y los ex para parecer víctimas. El diario del planeta habla de las mentiras pequeñas de esta canción, y la foto es seguramente la más pequeña y la más reveladora de todas.
Breve historia del retrato a uno mismo
Para entender por qué hoy todo el mundo se hace fotos a sí mismo, conviene echar la vista atrás. No hace tanto que hacerse una foto era un acontecimiento.

En 1839, en Filadelfia, un joven llamado Robert Cornelius se colocó delante de su propia cámara, se quedó quieto el tiempo que hacía falta y se hizo un retrato. Es uno de los primeros autorretratos fotográficos que se conservan. Sale despeinado, con los brazos cruzados y cara de no fiarse del invento. Si hubiera existido el efecto blanco y negro, no le habría hecho falta: ya venía de serie.
En 1888, Kodak sacó una cámara pequeña con un eslogan que lo cambió todo: «Usted apriete el botón, nosotros hacemos el resto». La cámara venía cargada con película para cien fotos. Cuando se acababa, se mandaba entera a la fábrica, que revelaba las fotos y la devolvía cargada otra vez. Fue el principio de la foto de familia, de la foto de vacaciones y, en cierto modo, del postureo.
En 1925 llegó a Broadway, en Nueva York, el fotomatón de Anatol Josepho: una cabina donde uno se sentaba, metía unas monedas y salía con una tira de fotos. Fue el primer lugar donde se podía posar sin fotógrafo delante. Las tiras de fotomatón son, de alguna manera, las abuelas del selfi: uno solo, o con amigos apretados, haciendo muecas a una máquina.
En 1948, Edwin Land empezó a vender la primera cámara instantánea de Polaroid. Ya no había que esperar al revelado. La foto salía de la cámara y se iba aclarando en la mano mientras uno la sacudía, aunque sacudirla no sirviera de nada.
En el año 2000 salió en Japón uno de los primeros teléfonos móviles con cámara integrada. En octubre de 2010 apareció Instagram, con sus filtros que imitaban la película antigua. Y en 2013 los diccionarios Oxford eligieron «selfie» como palabra del año. En español, la Fundéu propuso «autofoto», que es una palabra estupenda que casi nadie usa. En la calle se dice «selfi», sin la e, y así lo escribiremos aquí salvo cuando citemos una letra tal cual.
El carrete de toda la vida
Antes del móvil, las fotos tenían un precio y un límite. Los carretes eran de 24 o de 36 fotos. Había que pensar antes de disparar. Cada foto costaba dinero y no se veía el resultado hasta que se revelaba. En las tiendas de barrio se anunciaba el revelado en una hora como quien anuncia un milagro.
Eso producía situaciones que hoy parecen de otro planeta. Uno recogía el sobre de fotos y descubría que la mitad tenían el dedo delante, que en la de la playa todo el mundo había salido con los ojos rojos y que en la única foto buena de la boda de la prima se había cortado la cabeza del novio. Y no había forma de repetirla.
Las fotos se guardaban en álbumes con hojas adhesivas que con los años se volvían amarillas y pegajosas. En cada casa había un álbum de la comunión, otro de la mili del padre, otro de las vacaciones en la costa y un montón de sobres sin ordenar en un cajón del mueble del salón. Cuando venía visita, se sacaba el álbum. Era el Instagram de la época, pero con la ventaja de que la visita no podía hacer scroll rápido.
Hoy tenemos el problema contrario. Hay miles de fotos en el móvil y casi ninguna en papel. Fotos de capturas de pantalla, de tickets, de la etiqueta de un vino que nos gustó, de la plaza de aparcamiento, de quince versiones del mismo plato. Y entre medias, las fotos que importan, perdidas como una aguja en un pajar digital.
La foto de perfil que da hambre
En el tercer álbum, el narrador de «Me mola Zeus» está en plena obsesión con un chico que no le hace mucho caso. Lo ve en el móvil, lo mira, lo vuelve a mirar. Y en un momento la letra resume la situación con una frase que podría ser el lema de cualquier aplicación de citas:

tu foto de perfil me da hambre y no sé si quiero amor o desastre
La foto de perfil es el escaparate de nuestra época. Es la primera impresión, el currículum sentimental, la portada del libro. Y en ese escaparate se juega mucho: la luz, el ángulo, la camiseta, la sonrisa a medias, el gimnasio de fondo o la playa de fondo, según la temporada.
Elegir foto de perfil es un trabajo serio. Hay quien tarda más en elegirla que en elegir piso. Se prueban varias, se pregunta a las amigas, se recorta un brazo que no favorece, se aclara un poco la cara. Y al final se pone la de hace tres años, porque en esa se salía mejor.
Lo bonito del verso es que reconoce el efecto que tiene esa foto en quien la mira. Da hambre. No ternura, no admiración: hambre. Y luego viene la duda, que es lo más honesto de toda la canción: no sé si quiero amor o desastre. Cualquiera que haya mirado demasiado tiempo una foto de perfil sabe que las dos cosas suelen venir en el mismo paquete.
Déjate de selfis y arréglate los dientes
Si «Me mola Zeus» es la foto que se desea, «Bareback» es la foto que se critica sin piedad. En esta canción del planeta, el narrador le da a un ex amigo una serie de consejos que nadie le ha pedido. Uno de ellos es este:
Déjate de tatuajes y de selfies Y ponte esos dos dientes y
La letra sigue con la cuenta exacta de muelas que faltan y caries por empastar. Es humor de mala leche, de tía que lo dice todo en la sobremesa. Y tiene una lógica aplastante: antes de gastar tiempo y dinero en hacerse fotos y tatuajes, quizá habría que ir al dentista. Es el viejo dilema entre la apariencia y la base, entre la fachada y la fontanería.
El consejo funciona porque todos conocemos a alguien que tiene el móvil último modelo y la nevera vacía, o la foto de perfil perfecta y el piso hecho un desastre. El selfi, en esta letra, es el símbolo de una prioridad mal puesta. Y la solución que propone la canción es tan sencilla como cruel: menos fotos y más dentista.
Es mirar tus fotos
No todas las fotos del planeta son para reírse del que posa. Algunas son para reírse de uno mismo. En «Un puñetazo al día», el narrador confiesa lo que le pasa cuando se encuentra con las fotos de su ex:

Es mirar tus fotos y me sale solo el vómito.
Es una reacción física, exagerada y muy divertida. No hay melancolía ni nostalgia. Hay náusea. La foto del ex, que en tantas canciones de amor se mira con lágrimas en los ojos, aquí provoca una arcada. Es la versión anti romántica del clásico de mirar fotos antiguas a las tres de la mañana.
Y es también un consejo práctico disfrazado de chiste. Si mirar sus fotos te sienta mal, quizá no deberías mirarlas. Archivarlas, ocultarlas o dejarlas en una carpeta que no se abre nunca. Cada uno sabe lo que necesita, y el planeta no da lecciones sobre eso. Solo constata que hay fotos que es mejor no volver a ver antes de comer.
Flash, cámara, acción
En el otro extremo del álbum está la fotografía como fiesta. «Flash» convierte el flash de la cámara en un estribillo de pista de baile:
Flash, cámara, acción
Aquí no hay ex ni impostores. Hay luces, una noche que empieza y la sensación de estar en una película donde uno es el protagonista. El flash es el momento en que alguien te mira y te captura, y en la discoteca eso puede ser lo mejor que te pase en toda la semana. El diario del planeta lo cuenta en el texto sobre «Flash», la ampolla de belleza y la pista de baile.
Las fotos de discoteca son un género en sí mismo. Salen movidas, oscuras, con la gente sudando y los ojos medio cerrados. Pero son las únicas fotos en las que nadie posa del todo, porque nadie tiene tiempo. Por eso a veces son las más verdaderas.
Pequeño manual de fotografía del planeta
Después de repasar las letras, se puede sacar un pequeño manual de uso para la fotografía cotidiana. No tiene ninguna base científica, pero sí mucha experiencia de barrio.
- Si estás en mitad de una conversación seria, no te hagas un selfi. Lo dice «El impostor».
- Si te haces un selfi después de una ruptura, no recortes a tu madre. Ella no tiene la culpa.
- El blanco y negro no convierte una foto en arte. Convierte una foto en una foto en blanco y negro.
- Antes de la foto de perfil, el dentista. Lo dice «Bareback», y en esto hay que darle la razón.
- Si mirar las fotos de alguien te da arcadas, no las mires antes de comer.
- La foto de perfil puede dar hambre. Lo que pase después ya no es responsabilidad de la cámara.
- Las mejores fotos de la noche son las que salen movidas.
La foto del DNI, el gran igualador
Hay una foto que nadie puede retocar del todo: la del DNI. En España se pide con fondo blanco liso, la cara de frente, sin gafas de sol ni gorra. No hay filtro, no hay ángulo bueno, no hay luz de atardecer. Es la foto más democrática que existe, porque en ella todo el mundo sale igual de mal.
Si el impostor de la canción tuviera que renovar el DNI, sufriría. Nada de efectos, nada de recortar a nadie, nada de blanco y negro artístico. Solo él, una pared blanca y un funcionario con prisa. Sería, probablemente, la foto más honesta de su vida.
Esa es otra de las bromas que hace el planeta sin decirlo: frente a todas las fotos retocadas de las letras, existe la foto oficial, la que no miente porque no puede. Y por mucho que uno se cuide el perfil, al final la que vale en la frontera es esa.
La foto de grupo y la ley del que la hace
Ninguna sección del álbum estaría completa sin la foto de grupo. Es la foto más difícil de la fotografía doméstica, porque es imposible que todo el mundo salga bien a la vez. Siempre hay alguien con los ojos cerrados, alguien hablando, alguien que se ha girado justo en el momento del clic y alguien que no sale porque es quien hace la foto.

El que hace la foto merece un homenaje aparte. Es el gran ausente de los álbumes familiares. En miles de casas hay décadas de vacaciones en las que el padre o la tía no aparece nunca, porque era quien sujetaba la cámara. Su existencia solo se deduce por el encuadre torcido y por las caras de los demás, que miran ligeramente hacia un lado.
El móvil ha cambiado esa ley con el brazo estirado y con el palo de selfi, ese invento que convirtió las plazas turísticas en un bosque de varillas. Ahora el que hace la foto también sale, aunque sea con la cara deformada por el gran angular y el brazo en primer plano. Es un avance democrático con un coste estético evidente.
Y luego está el momento posterior, el más tenso de cualquier reunión: el reparto. Alguien manda la foto al grupo y empieza la negociación. Esta no, que salgo fatal. Esa tampoco, que tengo papada. Repite, que he parpadeado. Al final se sube la única en la que la persona que la publica sale guapa, y los demás tienen que aceptarlo. Es exactamente lo que hizo el ex de «Un falso amore», pero a escala familiar: todo el mundo recorta a alguien, aunque sea sin tijeras.
Lo que retratan las fotos de las letras
Vistas todas juntas, las fotos de las canciones del planeta cuentan algo que va más allá del chiste. Retratan una época en la que la imagen que damos de nosotros mismos se ha convertido en un trabajo a tiempo completo. Hay que elegir la foto, la luz, el filtro, el recorte. Hay que decidir quién sale y quién sobra. Hay que parecer que se está bien, o que se está mal, según convenga.
Las letras de Mike se ríen de eso sin despreciar a nadie por hacerse fotos. Todos nos hacemos fotos. La burla va contra el que usa la cámara para mentir: el impostor que posa mientras hace daño, el ex que fabrica una tristeza fotogénica, el amigo que se gasta el dinero en selfis en lugar de en su boca. El que se hace fotos para recordar, para divertirse o para gustarse un poco más no sale mal parado en ninguna canción.
El diario del planeta tiene un texto sobre redes sociales y autoestima que trata el lado menos gracioso de esta historia, el de compararse con fotos ajenas y salir perdiendo. Y otro sobre el humor como forma de supervivencia, que explica bastante bien por qué estas canciones prefieren reírse antes que llorar. En la página de prensa están las fechas y los datos de la trilogía, para quien quiera situar cada canción en su disco.
El último carrete
Hay una forma de terminar un álbum de fotos que todos conocemos: la última página vacía. En los álbumes de antes, siempre quedaban un par de hojas sin rellenar, esperando unas vacaciones que no llegaban o una boda que no se celebró. Esas páginas en blanco eran, a su manera, una promesa.
El carrete del Planeta Gayfolk también tiene páginas por llenar. Cada canción nueva puede traer otra foto: otra madre recortada, otro selfi en mal momento, otra foto de perfil que da hambre. Y mientras tanto, lo que queda es una colección de escenas que cualquiera reconoce, contadas con la mala leche cariñosa de quien ha visto demasiadas galerías de móvil ajenas.
Así que la próxima vez que vayas a hacerte una foto, piensa en el impostor. Mira a tu alrededor. Comprueba que no está pasando nada grave. Deja a tu madre en el encuadre. Elige el color de verdad. Y si alguien te dice que te dejes de selfis, antes de enfadarte, échale un vistazo a tus muelas.
«El impostor» está en Spotify dentro del primer álbum de la trilogía GAYFOLK, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk».
Preguntas frecuentes
¿En qué canción alguien se hace un selfi y le añade un efecto?
En «El impostor», del primer álbum de la trilogía GAYFOLK, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». En mitad de una escena dolorosa, el personaje está a lo suyo: haciéndose una foto y poniéndole un efecto.
¿Qué pasa con la madre en «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca»?
El ex del narrador publica un selfi una semana después de romper, sale muy guapo, recorta a su madre, que aparecía al lado, y encima le pone un efecto en blanco y negro. Es uno de los retratos más afilados del postureo de ruptura en todo el planeta.
¿Los personajes de estas canciones son reales?
No. Los nombres y personajes de las letras de Mike Sain't Louis son inventados, aunque las situaciones se parezcan mucho a cosas que todo el mundo ha visto en el móvil de alguien.
¿Cómo se dice selfie en español?
La Fundéu propuso en su día «autofoto» como alternativa en español, y en el habla de calle se ha impuesto «selfi», sin la e final. En este artículo usamos «selfi», salvo cuando citamos una letra tal cual.
¿Dónde se pueden escuchar estas canciones?
En las plataformas habituales, como Spotify, y en la web de Planeta Gayfolk, donde cada single tiene su página con la letra y su videoclip.