Planeta Gayfolk

Lectura de la obra

Caperucita en la fila: lo que suena de verdad en «El concierto de Ismael Serrano»

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Portada de «El Concierto de Ismael Serrano», canción de Mike Sain't Louis

Hay plantones de sofá y plantones de fila.

El de sofá se lleva mal, pero se lleva en pijama. El de fila no. El de fila te pilla de pie, con la entrada en el móvil, el pelo hecho, el bocadillo de antes y doscientas personas alrededor que sí han venido acompañadas. Te pilla «desde bien temprano». Y te deja ahí, mirando la puerta como quien mira el andén de un tren que ya ha salido.

De ese segundo tipo va «El concierto de Ismael Serrano». La pregunta del estribillo no tiene adorno: «¿Por qué me prometiste acompañarme al concierto de Ismael Serrano?». Y la respuesta que se da el propio narrador tampoco: «Y he acabado solo escuchando Caperucita. ¡Eres un tirano!».

En el diario ya escribí sobre esta canción desde otro sitio, el de los plantones y los diagnósticos que se usan como insulto. Hoy quiero mirar una sola palabra del estribillo, la que casi todo el mundo se salta porque parece decorado: Caperucita.

Y de decorado tiene poco. Ahí dentro hay otra canción entera. Y la canción de dentro cuenta algo que la de fuera no dice en voz alta.

La ficha, rápido y sin purpurina

«El concierto de Ismael Serrano» es la pista 12 de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la segunda parte de la trilogía GAYFOLK, la del deseo de viaje. Está entre «El luto del puto» y «Una obra de teatro». La ficha oficial del single la tiene con descarga gratis, el videoclip dura cuatro minutos justos y se escucha en Spotify.

La letra es mía. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial, como todo el catálogo, y eso en esta web se dice sin bajar la voz. Lo cuento en el manifiesto del proceso: componer como forma de ordenar recuerdos, archivar en vez de tirar.

Y no es la única vez que Serrano pasa por el planeta. Está también «Hoy toca escuchar a Ismael Serrano», que es otra cosa: no un plantón, sino un día concreto que pide una música concreta. Ya hay una nota sobre Ismael Serrano y la canción de autor para quien quiera el contexto amplio. Aquí vamos a lo pequeño.

Quién es el de la cartelera

Por si alguien llega a esta canción desde TikTok y el nombre le suena a calle: Ismael Serrano Morón nació en Madrid en 1974, empezó tocando en locales madrileños como Libertad 8 o el Galileo Galilei y en 1997 sacó su primer disco, «Atrapados en azul». Con ese disco llegó el disco de platino en España y el salto a América Latina. Ahí está «Papá cuéntame otra vez», la canción que medio país sabe tararear aunque no sepa de quién es. Lo resume bien su entrada en Wikipedia, que también recuerda que su padre es el poeta y periodista Rodolfo Serrano y que su hermano Daniel firma algunas de sus letras.

Un señor de guitarra y palabra, vamos. Lo contrario de un plan de discoteca. Un concierto suyo es de los que se escuchan con los ojos cerrados y la mano de alguien cogida.

Y sigue en activo: la misma entrada de Wikipedia apunta un EP de 2026, «Grabaciones insospechadas», con el que, dice, pretende torcerle el brazo al algoritmo. Mira tú. Un señor de guitarra peleándose con el algoritmo y un planeta entero de canciones haciendo lo mismo desde otro lado.

Por eso escuece más.

A una discoteca vas solo y te apañas. A Serrano solo vas y te sobra un brazo.

Caperucita, pista 4

En la web oficial del artista, la página de «Atrapados en azul» tiene las doce letras del disco. «Caperucita» es la cuarta. Letra y música de Ismael Serrano. Según el listado de Wikipedia, salió también como sencillo, en 1998.

Fotogramas del videoclip oficial de «El concierto de Ismael Serrano», de Mike Sain't Louis

Y aquí viene lo bueno. Lo que pasa en «Caperucita» no es un cuento infantil.

Caperucita tiene dieciséis años. Su padre le explica que tiene que aprender a llevar la casa porque va a ser esposa. Ella quiere volar, escaparse, ser «la lluvia al otro lado del cristal». Se cruza con un lobo. Y una mañana gris se casa de blanco con otro lobo, muy elegante, mientras el padre llora de emoción en la iglesia.

Es una canción de boda. Una boda con lobo.

Ahora volvamos a mi estribillo. El narrador está solo en el concierto escuchando una canción sobre una chica a la que casan deprisa con quien no debe. Y en la estrofa siguiente, sin cambiar de tema, suelta esto:

Que rápido te enamoras, dentro de un mes ya estáis casados, y muy bien acompañados. Con nuevos suegros y condenados.

Dentro de un mes, casados. Con suegros nuevos. Bien acompañados.

Eso es la canción de Serrano pasada por el filtro de la mala leche de rellano. Mientras en el escenario suena una boda trágica, el narrador piensa en otra boda, la del que le ha dejado tirado, que lleva el mismo ritmo de prisa y el mismo final anunciado. «Pero el año que viene ya estaréis separados».

No lo digo para darle a la letra más intelectualidad de la que pide. La letra pide poca. Lo que pide es que te fijes en que la canción elegida para quedarse solo no es «Papá cuéntame otra vez». Tampoco una de amor bonito. Es la de la boda con lobo.

Las casualidades, en el planeta, se archivan como pistas.

«Solo», sin tilde y con dos lecturas

Una trampa del estribillo que me gusta mucho: «Y he acabado solo escuchando Caperucita».

Solo puede ser sin compañía. He acabado yo solo, sin ti, escuchando Caperucita.

Y solo puede ser únicamente. He acabado escuchando solo Caperucita, como si de todo el concierto no me hubiera quedado nada más que esa canción.

La Ortografía académica de 2010 dejó de exigir la tilde que distinguía las dos cosas. En 2023 la Academia volvió a permitirla cuando quien escribe ve riesgo de confusión. Aquí no hay tilde, y se agradece: la confusión es justo lo que la frase quiere. Se queda con los dos sentidos a la vez. El narrador está sin nadie y, de todo el repertorio, la cabeza se le ha quedado pegada a una sola pista. Las dos lecturas son verdad. Las dos duelen.

El tirano

«¡Eres un tirano!»

Es el grito más teatral del estribillo y lo tiene todo para dar risa: un señor en la cola de un auditorio llamando tirano a un ausente. Ni traidor, ni sinvergüenza, ni cabrón, ni golfo, ni rata de Grindr. Tirano. Con su capa y su corona.

Pero la palabra tiene más hueso del que parece. Un tirano es alguien que decide por los demás y no rinde cuentas. Y eso es exactamente lo que hace el que no aparece. Yo, en su lugar, por lo menos habría mandado un audio de tres minutos con excusas. Que una sabe hacer drama con dignidad: decide solo que el plan de dos ya no es de dos, y no avisa. No hay cuentas que rendir porque no hay nadie delante a quien rendírselas. Hay una entrada que sobra y un hueco en la butaca.

En «Caperucita» también hay un poder que decide por ella. El padre, primero. El lobo, después. Ella no elige nada, salvo la nana que le susurra a su hija al final, con la esperanza de que a la niña la salve algo mejor.

Mi narrador tiene poco de Caperucita: es mayor, se ha pagado su entrada y nadie le casa con nadie. Pero comparte con ella un gesto: el de quedarse quieto mientras otro decide. Y el grito de «tirano» es su forma de no quedarse quieto del todo. Es pataleta, sí. La pataleta también es una forma de decir «esto lo he visto».

Lo que dura una fila

Hay un dato práctico que la canción no da y que cualquiera que haya ido a conciertos conoce: la fila tiene tiempos muertos. Las puertas abren tarde. El de seguridad no tiene prisa. El móvil se queda sin batería. Y en ese rato muerto la cabeza hace lo que hace siempre: repasar.

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «¿Por qué me prometiste acompañarme al concierto de Ismael Serrano?» de «El concierto de Ismael Serrano»

La letra está construida así, repasando. El estribillo vuelve una vez, y otra, y otra. Casi idéntico. Cambia una palabra aquí, «He estado esperando» o «Te he estado esperando». Ese «te» que aparece y desaparece es un detalle que se pierde si escuchas con prisa. En una vuelta, el narrador habla de sí mismo: he estado esperando. En la siguiente, mete al otro dentro de la frase: te he estado esperando a ti. Como quien en la fila primero se queja del frío y luego ya se queja de alguien con nombre y apellidos.

La repetición, en esta canción, hace de cola. Es el pie que cambia de peso. Es mirar la hora otra vez aunque la miraste hace un minuto.

Hay canciones que se repiten porque no tienen más que decir. Esta se repite porque el narrador no puede pensar en otra cosa.

«Y muy bien acompañados»

Fíjate en la jugada: el título habla de acompañar. «¿Por qué me prometiste acompañarme?». Y la estrofa remata con el otro «muy bien acompañado». El verbo cambia de dueño en mitad de la canción.

Al narrador le tocaba compañía y se ha quedado sin ella. Al ex le sobra: pareja nueva, suegros nuevos, boda en un mes. La canción reparte la compañía como quien reparte herencia mal: todo para uno, nada para el otro.

Y encima con una palabra afilada colada al final de la línea: «Con nuevos suegros y condenados». Condenados. Los suegros nuevos no saben lo que les ha caído. Ni el novio nuevo. Están dentro de una sentencia que todavía no se ha leído en voz alta, pero que el narrador ya se sabe de memoria porque la cumplió él antes.

Esto es humor de portal madrileño puro. El de la vecina que ve pasar la boda desde el balcón y le dice a la de enfrente: «Dale un año». Sin levantar la voz. Regando los geranios.

El otro, el nuevo

Hacia el final, la canción hace algo que no le pedía nadie: le tiene pena al sustituto.

Y en el fondo siento pena por él, ahora estará ilusionado, creyendo tus mentiras y ya le habrás manipulado.

Ese «en el fondo» es importante. En la superficie hay rabia, tirano, condenados. En el fondo hay otra persona que ahora está haciendo la fila sin saberlo. Que va a comprar dos entradas. Que va a esperar.

Y aquí se cierra el círculo con «Caperucita» sin que la letra lo nombre: el nuevo novio es la Caperucita de esta historia. El que llega ilusionado, de blanco, sin saber con quién se casa. El narrador ya ha salido del bosque y lo ve entrar.

No le avisa. No puede. Esa es la parte triste, la que no es camp ni tiene gracia: el aviso que no llega a su destinatario. La canción entera funciona como una carta que nadie va a abrir.

Lo que el ex va contando

La estrofa final tiene la línea más dura de la letra, y la que ya analicé en el diario desde la salud mental: el ex le estará contando al nuevo que el narrador está «oficialmente diagnosticado de esquizofrenia o alcoholismo moderado». No voy a repetir aquella lectura. Solo quiero subrayar una palabra: «oficialmente».

Collage con un detalle de la carátula de «El concierto de Ismael Serrano» y las carátulas de «Hoy toca escuchar a Ismael Serrano», «Un puñetazo al dia»

Es una palabra de funcionario metida en un chisme. Nadie dice «oficialmente» cuando inventa algo, salvo que quiera que suene a expediente. El ex no se conforma con decir que su ex está mal: le pone sello, le pone fecha, le da número de registro. Y luego viene la coletilla: «¡Y yo qué sé qué más habrás adulterado!». Adulterado, como la leche cortada. Como un documento falsificado.

Entre la fila del concierto y el expediente falso, la canción dibuja a alguien que ha perdido dos veces: el plan y la versión. Ni siquiera le queda contar su propia historia, porque ya la está contando otro, y la cuenta mal.

Lo único que le queda es la canción. Y la canción, por lo menos, no la adultera nadie.

Un concierto, una corona

Hay otra canción del catálogo donde Ismael Serrano aparece con nombre y apellidos, y en carne y hueso: «Un puñetazo al día». Ahí el narrador celebra en un antro de Madrid el entierro simbólico de su exmarido, con una corona de flores en el maletero del coche, y a su lado están Ismael Serrano e Isidro Montalvo.

Lo curioso, y lo cuento como coincidencia porque no tengo otra cosa que contar, es que en ese mismo disco de 1997, «Atrapados en azul», hay una canción llamada «La extraña pareja», con letra de Rodolfo Serrano, donde un hombre entra en el bar de siempre vestido de luto, con una corona de difuntos en las manos, a celebrar de taberna en taberna el entierro de la mujer que le ha dejado. Así lo recoge la página oficial del disco.

Una corona para un amor que no ha muerto. Dos veces. Una en 1997, otra en el planeta.

No voy a decir que una nazca de la otra, porque no lo sé y no me lo invento. Lo que sí sé es que hay canciones que se hablan entre ellas aunque nadie las presente. Y que el disco de Serrano tiene, en doce pistas, una boda con lobo y un funeral con corona. Lo mismo que el catálogo de Gayfolk tiene repartido en dos singles.

Por qué Serrano y no otro

Se me podría preguntar por qué el concierto es de Ismael Serrano y no de Camela. El catálogo tiene de todo eso. Pero aquí la elección importa.

La canción de autor que hace Serrano viene de una tradición en la que la letra manda. Él mismo, según su biografía, recoge influencias de Serrat, Aute, Sabina y Silvio Rodríguez, y de poetas como Luis García Montero y Mario Benedetti. Es música para escuchar con atención. Para entender cada frase.

Y eso convierte el plantón en algo más cruel. Ir a un concierto así es ir a escuchar palabras. Y el narrador va a escuchar palabras con alguien que, precisamente, no ha cumplido la suya. «¿Por qué me prometiste?». La promesa es una palabra. El concierto es de palabras. Y la única palabra que falla es la del acompañante.

Si fuera un concierto de Camela, el plantón se bailaría. Este no se baila. Este se escucha entero, sentado, con la entrada sobrante en el bolsillo.

Una canción de espera dentro de un disco de espera

No es casualidad que esté en el segundo disco. La página del álbum lo explica sin rodeos: una vez descubierto el planeta, el relato se centra en el anhelo de llegar a él, «la distancia, la espera y las ganas de viajar a un lugar donde vivir sin pedir permiso».

Ficha de la canción «El concierto de Ismael Serrano» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

La distancia. La espera.

Pues eso es una fila. Una fila es la espera hecha cuerpo. Un sitio al que quieres llegar, una puerta que no se abre todavía, y gente delante. En un disco que va de querer llegar a un planeta donde no haya que dar explicaciones, el narrador de esta canción se queda esperando en la puerta de un recinto de Madrid. El trayecto más corto del disco. Y el que peor sale.

Por eso me gusta que esté justo antes de «Una obra de teatro»: de la fila al patio de butacas, del plantón a la función. El orden de las pistas también cuenta cosas.

Desde Madrid y con prisa ajena

Esta canción es muy de Madrid, aunque no nombre ninguna calle. La fila desde bien temprano, la ciudad que va a su ritmo, el enamorado exprés que en un mes ya tiene suegros. En una ciudad donde todo corre, la prisa de los demás se nota más cuando tú estás parado.

Y la prisa es el verdadero villano de la letra. No el amor nuevo: la velocidad. «Que rápido te enamoras». En un mes. El año que viene. Todo son plazos. El narrador lleva la cuenta como quien lleva la cuenta de una hipoteca ajena.

Serrano tiene una canción en ese mismo disco que se llama «Vértigo», y el estribillo pide que el mundo pare. Mi narrador no pide tanto. Pide que alguien llegue a la hora.

Para escucharla bien

Si vas a ponerla, cuatro cosas:

  1. Escucha primero «Caperucita» de Serrano. Entera. Luego pon «El concierto de Ismael Serrano». Vas a oír la boda del lobo debajo del estribillo, como un eco en otra sala.

  2. Cuenta cuántas veces vuelve la pregunta del estribillo. No para aburrirte, sino para notar cuándo deja de ser queja y empieza a ser obsesión.

  3. Quédate en la estrofa final. La de la pena por el nuevo. Es la única parte de la canción donde el narrador mira hacia fuera de sí mismo.

  4. Fíjate en que el nombre del artista se dice entero cada vez, nombre y apellido, «Ismael Serrano», como quien repite la dirección de la cita para que no haya excusa. Nadie puede decir que no sabía a qué concierto era.

Y si alguna vez te sobra una entrada, no la tires. Ve. Siéntate. Escucha. Que la butaca vacía de al lado no te quite la canción.

Lo que queda cuando se apagan las luces

Al final del concierto se encienden las luces del recinto, la gente se levanta, alguien comenta lo bien que ha estado. Y el narrador sale solo, que es como entró. Con el estribillo puesto. Con la palabra «tirano» todavía caliente.

La canción no tiene final feliz ni tiene final triste. Tiene final de fila: se acaba porque se acaba, porque la gente avanza, porque abren las puertas o porque las cierran.

Lo que se lleva el narrador es una certeza pequeña, de bolsillo: el que no vino no se va a acordar de este concierto. Él sí. Él va a acordarse siempre de que esa noche, en vez de una canción de amor, le tocó escuchar solo la de la chica que se casó con el lobo.

Y quizá por eso escribió otra. Esta.

Si quieres entrar en todo lo que rodea al proyecto, la sala de prensa tiene la información oficial. Y si prefieres seguir por canciones, la pista 12 está ahí, con su fila y su tirano, esperando a que alguien sí llegue.

Preguntas frecuentes

¿Qué canción de Ismael Serrano se nombra en la letra?

«Caperucita», la cuarta pista de «Atrapados en azul», el primer disco de Ismael Serrano, publicado en 1997. La letra de Mike Sain't Louis dice: «y he acabado solo escuchando Caperucita».

¿Es una canción contra Ismael Serrano?

No. Serrano es el plan, el escenario y la banda sonora. El tirano de la canción es quien prometió ir al concierto y no fue.

¿En qué disco está «El concierto de Ismael Serrano»?

En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la segunda parte de la trilogía GAYFOLK, donde ocupa la pista 12.

¿Quién la ha escrito?

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.

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