Arte y mirada
Bases de la convocatoria: «El concurso literario» y el jurado que nunca se reúne
Por Mike Sain't Louis ·

CONVOCATORIA. Así, en mayúsculas, como en los carteles que se pegaban con cola en las paredes de las casas de cultura de los pueblos. Debajo, en letras más pequeñas: «Primer premio, trescientas pesetas y diploma. Accésit, lote de libros donado por la librería Cervantes. Fallo del jurado, el día de la Virgen, en el salón de plenos».
Esa es la imagen que le viene al planeta a la cabeza al ver la portada de «El concurso literario». Rosa sobre rosa, con letras altas y estrechas, como en los pósteres de festivales de antes, y el papel con algún desgaste en los bordes, según la describe su autor. Parece arrancada de una pared de los años setenta. Y en la mitad derecha, mirando de reojo, está el propio autor: pelo revuelto, barba de varios días, un pendiente, camisa rosa claro abierta, un tatuaje grande en el pecho. Expresión entre la sospecha y la paciencia. Cara de quien espera un veredicto.
La canción es de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», con estreno el 5 de junio de 2026. La letra aún no se puede leer en la web, de manera que de ella no habrá citas. Lo que sí habrá es otra cosa. El autor dice en su ficha que las bases del concurso, por así decirlo, están en la canción. El planeta, que es muy de reglamentos, ha decidido redactarlas por escrito. Artículo por artículo. Con su sello y su póliza.
Artículo 1. Objeto de la convocatoria
El presente concurso tiene por objeto premiar la mejor obra literaria escrita por una persona. Así, a secas. Una persona.
Parece obvio, pero en 2026 ya no lo es. Hace unos años, a nadie se le habría ocurrido especificarlo. Hoy, cualquier certamen que se precie incluye una cláusula sobre inteligencia artificial, y los jurados se pasan las deliberaciones intentando adivinar qué texto lo ha escrito alguien y cuál ha salido de una máquina.
El planeta tiene mucho que decir sobre este artículo, porque es su terreno. Mike Sain't Louis escribe sus letras sin IA. Las herramientas entran después, para la música y las voces. Es una división que él explica una y otra vez, con paciencia de maestro de escuela rural, y que mucha gente sigue sin entender. Si usa IA para el sonido, la letra también será de la máquina, piensan. No lo es. La letra es la parte del concurso a la que él se presenta.
Y es precisamente esa parte la que más le han discutido. Hay una canción entera dedicada a la cantinela de los que dudan, «El segundo exacto», con su «le das a un botón y ya está» repetido como un mantra de tertuliano. Y en mitad de la burla, una pregunta que ningún jurado ha sabido contestar:
¿Será que podrá la inteligencia artificial escoger el segundo exacto donde rompiste a llorar?
Ese es el objeto real de la convocatoria. No la técnica. No la herramienta. El segundo exacto. El que solo sabe quien estuvo allí.
Artículo 2. Participantes
Podrán participar todas las personas que tengan algo que decir y ninguna discográfica que les diga que se callen.
El planeta redacta este artículo con un poco de rencor, lo reconoce. Porque los concursos de verdad, los de la industria, tienen otros requisitos no escritos. Hay que tener contactos. Hay que conocer a alguien que conozca a alguien. Hay que haber pasado por los sitios correctos. El autor lo retrata en otra canción, «La insignia de artista», con un personaje que se presenta como «alguien bastante importante con contactos en el mundo de la música» y que hace de jurado sin que nadie le haya nombrado:
¿Eres talento o talón? / ¿Eres revolucionario o eres talonario?
Talento o talón. Revolucionario o talonario. El planeta se ríe con el juego de palabras y luego se queda serio, porque la pregunta es real. En muchos concursos, el que gana no es el que escribe mejor, sino el que puede pagar la inscripción, el viaje, la promoción, la cena con el jurado. El talonario pesa más que el talento.
Este concurso, el de la canción, se convoca para los otros. Para los que no tienen talonario. Para los que escriben en la mesa de la cocina después del trabajo, en el móvil en el metro, en un cuaderno con tapas de colores comprado en un chino.
Artículo 3. Categorías
Se establecen las siguientes categorías:

Poesía de desamor con insulto creativo. Relato breve sobre un ex con nombre, origen y defectos. Ensayo sobre narcisistas, con diagnóstico seco. Copla reciclada con mirada marica. Crónica de una noche en Chueca, con resaca incluida. Carta de recomendación para la siguiente víctima. Himno de orgullo para escuchar en la autovía de Benidorm.
El planeta reconoce que estas categorías están hechas a medida del catálogo de la casa, y no lo esconde. Pero hay algo de verdad en la broma. Los concursos literarios tradicionales tienen categorías muy respetables: poesía, narrativa, ensayo. Nunca hay una categoría para lo que de verdad escribe la mayoría de la gente cuando escribe para sí misma. Audios de WhatsApp de cuatro minutos. Notas del móvil a las tres de la mañana. Cartas que nunca se mandan. Listas de agravios.
Eso también es literatura. Y muchas canciones de este planeta salen exactamente de ahí.
Artículo 4. Extensión y formato
Las obras tendrán la extensión que les dé la gana.
Aquí el planeta se permite una broma de la casa. Hay un single en el catálogo que presume de una cifra delirante: en «El productor de Madonna no compra en Mercadona», el narrador promete superar cualquier disco tradicional con noventa y tres canciones en lugar de trece. Y en la misma canción, como prueba suprema de talento, saca un trofeo:
Tal Vez / Sea / Revolucionario / Gané / Aquél / Famoso / Concurso / Literario
Una palabra por línea. Como si cada una pesara una tonelada. El planeta no sabe de qué concurso habla esa letra, y no va a inventarlo. Lo que sí sabe es que, de todos los currículums posibles, el autor eligió presumir de ese. No de las escuchas, no de los vídeos, no de las cifras. Del concurso literario. Hay en esa elección una declaración de principios: lo que importa es haber escrito bien una vez, y que alguien lo reconociera.
Y ahora, con una canción titulada precisamente así, el concurso tiene portada propia. El trofeo de una letra se ha convertido en el cartel de otra.
Artículo 5. Jurado
El jurado estará compuesto por las siguientes personas: tu madre, tu ex, el comentarista anónimo de YouTube, el amigo que «sabe de música», un tertuliano de la tele, una señora de Móstoles que pasaba por allí y tú mismo a las cuatro de la mañana.
Este es el artículo más cruel del reglamento, porque es el más verdadero. Quien escribe no se enfrenta a un jurado. Se enfrenta a muchos, todos a la vez, y ninguno se pone de acuerdo. La madre dice que es precioso pero que podrías decir menos palabrotas. El ex dice que todo va por él, aunque no vaya. El comentarista dice que es basura. El amigo dice que le falta un estribillo. El tertuliano no lo ha escuchado pero opina. La señora de Móstoles se emociona. Y tú, a las cuatro de la mañana, piensas que es lo peor que has escrito nunca.
La mirada de reojo de la portada es la de alguien que está oyendo a todo ese jurado a la vez. Su autor lo describe como la cara de quien escucha algo que no le convence, o espera un veredicto. El planeta añade: o las dos cosas. Se puede esperar un veredicto y saber de antemano que no te va a convencer.
Artículo 6. Plazos
El plazo de presentación de obras se abre el día en que alguien te dice que lo tuyo no vale y se cierra nunca.
Conviene precisar que el plazo no admite prórrogas por desánimo. Se puede tardar en presentar una obra, se puede dejarla a medias durante meses, se puede romper el borrador y empezar de nuevo. Lo que no vale es retirarse porque alguien haya dicho que no merece la pena. Ese comentario, según estas bases, no cierra la convocatoria. La abre.
Este artículo lo redacta el planeta con una sonrisa, porque es la historia de buena parte de su catálogo. Muchas de estas canciones nacieron como respuesta. A un insulto, a un desprecio, a un «eso lo hace cualquiera». Hay un single en el catálogo cuyo título reproduce literalmente uno de esos comentarios, «Tus letras son basura», y en su presentación el autor deja claro lo que más molesta a sus críticos: que esas letras las escribe él. No una discográfica, no un productor, no una máquina.
El plazo sigue abierto. Cada comentario nuevo es una nueva convocatoria. Y el planeta, que es muy disciplinado para esto, se presenta a todas.
Artículo 7. Premio
El premio consistirá en lo siguiente: nada.

No hay dinero. No hay diploma. No hay lote de libros de la librería Cervantes. No hay fallo en el salón de plenos el día de la Virgen. Lo que hay es la obra misma, terminada, publicada, puesta en el mundo para que la escuche quien quiera.
El planeta sabe que esto suena a consuelo de perdedor, y en parte lo es. Pero también es la verdad de casi todos los que escriben. El premio no llega casi nunca. Lo que llega, a veces, es un mensaje de alguien que no conoces diciendo que una frase tuya le ayudó en una noche mala. Eso no cabe en un diploma. Pero vale más que trescientas pesetas.
Y hay una regla de la casa que lo resume mejor que este artículo: una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie. El premio es sacarla del cajón.
Artículo 8. Fallo
El fallo del jurado será inapelable, excepto cuando no lo sea.
Aquí el reglamento se rompe, como se rompen todos los reglamentos cuando se aplican a la vida. Porque el fallo de los jurados que juzgan a quien escribe cambia todo el tiempo. Hoy dicen basura, mañana dicen que eras un adelantado. Hoy dicen que eso no es arte, dentro de diez años lo estudian en la universidad. La historia del arte está llena de fallos que acabaron dados la vuelta como un calcetín.
La mirada de reojo de la portada tiene, en ese sentido, algo de sabiduría. No mira de frente al jurado, porque sabe que el jurado cambiará de opinión. Lo mira de lado. Con paciencia. Esperando a que se le pase.
Artículo 9. Seudónimo y plica
Las obras se presentarán bajo seudónimo. En sobre aparte, cerrado, se incluirán los datos reales del autor. El sobre solo se abrirá si la obra resulta premiada.
Este es el artículo más bonito de todos los reglamentos de concursos literarios, y el planeta lo copia tal cual porque es una institución. Se llama plica. El autor manda su texto firmado con un lema o un nombre inventado, y en un sobre aparte, lacrado, mete su nombre de verdad, su DNI, su dirección y su teléfono. El jurado lee sin saber quién escribe. Solo cuando ya ha decidido, abre el sobre del ganador y se entera de a quién ha premiado.
Es un sistema pensado para que no gane el amigo del concejal. Para que la obra se juzgue sola, sin apellidos. Y tiene algo de ritual de carnaval: todos llegan disfrazados, y solo al final se quita la máscara el que ha ganado.
El planeta encuentra en la plica una metáfora perfecta del propio proyecto. Porque Mike Sain't Louis es, en cierto sentido, un seudónimo. Lo dice él mismo en una de sus letras más gamberras, la de «La dieta del cucurrucho», donde se presenta con nombre y apellidos: «Soy Miguel Ángel de León». El nombre artístico es el lema; el nombre real es la plica. Y la gracia es que la plica ya está abierta. No hay secreto. Hay dos nombres para la misma persona, uno para el escenario y otro para el sobre.
Hay una tradición enorme de seudónimos en la literatura y en la música. Escritoras que firmaban con nombre de hombre para que las publicaran. Poetas que se inventaban heterónimos para decir lo que no se atrevían a decir con su nombre. Drags que construyen una persona entera con su propio apellido artístico. El seudónimo no es una mentira. Es un traje. Y como todo traje, dice cosas de quien lo lleva.
Mike Sain't Louis, con su apóstrofo raro y su aire de santo con pluma, es un traje muy bien elegido. Tiene algo de perfumería francesa, algo de santo de estampita y algo de broma. Que es exactamente lo que es el planeta.
Artículo 10. Causas de exclusión
Quedarán excluidas del concurso las obras que incurran en alguna de las siguientes causas:

Que la letra la haya escrito una máquina. Que la obra sea un plagio. Que la obra mienta sobre hechos que el autor no ha vivido haciéndolos pasar por propios. Que la obra se dirija a hacer daño a una persona concreta que no puede defenderse.
No serán causa de exclusión, en cambio: las faltas de ortografía cometidas en un momento de rabia, las palabrotas, la pluma, el exceso de signos de exclamación, las vocales alargadas en el clímax, las referencias a Locomía, la aparición de Carmina Barrios en cualquier estrofa, ni las manchas de lágrimas sobre el manuscrito.
El planeta redacta esta lista con media sonrisa, pero la primera parte va completamente en serio. Hay una ética en la escritura que no depende de la herramienta, sino de quien la usa. No inventar, no plagiar, no usar la palabra para destruir a alguien que no tiene micrófono. Esas son las causas de exclusión de verdad. Lo demás, la forma, el estilo, el instrumento, es cosa de cada uno.
Y conviene recordarlo cuando alguien dice que lo hecho con IA no vale. La IA, en este planeta, pone el sonido. No pone la verdad ni la mentira. Eso sigue siendo responsabilidad de la persona que escribe. Si una letra miente, miente su autor. Si una letra acierta en el segundo exacto, acierta su autor. La máquina no tiene nada que ver con eso.
Artículo 11. Derechos
El autor conserva todos los derechos sobre su obra.
En los concursos tradicionales, este artículo era una trampa frecuente. Ganabas el premio y, de paso, cedías los derechos de tu obra a la entidad convocante para siempre. Muchos escritores jóvenes firmaron sin leer y perdieron así sus primeros libros.
El planeta tiene suerte en este punto, porque no hay entidad convocante. La ficha de cada single lo dice con una frase escueta: publicado bajo el sello propio MIKE SAIN'T LOUIS. Sin discográfica. Sin intermediarios que se queden con lo escrito. La letra es de quien la escribe, la canción es de quien la publica, y la descarga, en la web del planeta, es gratuita.
Puede que eso no haga rico a nadie. Pero sí hace libre a alguien. Y en un concurso donde el premio es nada, la libertad es lo único que de verdad se puede ganar.
Artículo 12. Publicidad del fallo
El fallo se hará público en el tablón de anuncios del ayuntamiento, en la hoja parroquial y en la emisora local, en el programa de los sábados por la mañana.
Así se anunciaban los ganadores de los concursos de antes, y el planeta siente una nostalgia enorme por ese circuito. El tablón de corcho con chinchetas. La hoja parroquial fotocopiada. La locutora de la radio del pueblo leyendo el nombre del ganador entre una cuña de la ferretería y la dedicatoria de cumpleaños a la abuela Encarna.
Hoy el tablón se llama redes sociales, la hoja parroquial se llama newsletter y la emisora local se llama lista de reproducción. Pero la función es la misma: que alguien se entere. Que el nombre salga de la mesa del jurado y llegue a la calle.
El planeta, que publica en su diario casi a diario, sabe que su propio tablón es pequeño. Lo leen los fieles, los curiosos, alguno que llega desde un buscador preguntando por una canción concreta. No es la radio nacional. Pero es un tablón. Y cada post es una chincheta más.
Esta, por ejemplo. Clavada en el corcho con un poco de purpurina, al lado del cartel rosa del concurso.
Disposición adicional: la autoparodia
El planeta incluye, como es costumbre, una disposición adicional contra sí mismo. Reconoce que ha soñado muchas veces con ganar algún concurso. Con subir a un escenario de casa de cultura, recoger el diploma de manos del concejal y decir unas palabras con la voz temblorosa. Reconoce también que, en el sueño, siempre se le olvida el discurso y acaba dando las gracias a Locomía.
Lo cuenta porque la portada tiene esa misma mezcla de orgullo y ridículo. Un cartel de certamen pueblerino, rosa sobre rosa, con un hombre tatuado y despeinado que mira de reojo como si dudase de que le fueran a dar el premio. Es una imagen que se toma en serio y se ríe de sí misma a la vez. Muy de la casa.
Disposición final: escuchar con un cuaderno cerca
La canción tiene videoclip oficial y está en Spotify. El autor deja en su ficha una recomendación que el planeta convierte en disposición final del reglamento: escucharla con un cuaderno cerca, por si entran ganas de escribir.
En el diario hay una nota breve que va en la misma dirección, sobre escribir para entenderse. Y el oficio del autor, con el reparto de tareas entre su letra y las herramientas que ponen el sonido, se cuenta en prensa.
Queda abierta la convocatoria. No hay plazo. No hay jurado que valga. No hay premio. Solo un cuaderno, un bolígrafo y la canción sonando.
Que gane quien escriba. Y que el resto, el jurado de las cuatro de la mañana incluido, aplauda aunque sea por educación.
Preguntas frecuentes
¿De qué va «El concurso literario»?
Su autor la presenta con una portada de cartel retro en rosa en la que aparece él mismo, mirando de reojo con una expresión entre la sospecha y la paciencia, como quien espera un veredicto. El título plantea la pregunta de quién se presentó, quién ganó y qué pasó con los que no.
¿Se puede leer ya la letra?
No todavía: la web la tiene anunciada para más adelante. Por eso el post solo cita versos de otras canciones del catálogo que hablan de talento, jurados y autoría.
¿Cuándo salió?
Su ficha la fecha el 5 de junio de 2026. Tiene videoclip oficial de unos tres minutos y cuarenta segundos.
¿Quién firma la canción?
Mike Sain't Louis, que escribe sus letras sin IA. Es letrista, compositor y productor musical madrileño; la música y las voces salen de herramientas de inteligencia artificial.