Vida cotidiana
El gimnasio del planeta gayfolk: la cuota de enero, el espejo de enfrente, el vestuario y la máquina que nadie limpia
Por Mike Sain't Louis ·

Todo empieza en enero. Nadie se apunta al gimnasio en julio, cuando ya es tarde para el bañador, ni en octubre, cuando el cuerpo pide manta. Uno se apunta al gimnasio el 2 de enero, con la conciencia llena de turrón, la nevera llena de sobras de cordero y la firme convicción de que este año sí.
En el planeta gayfolk también tenemos gimnasio. Y como todo en el planeta, tiene su canción. No es una canción sobre pesas ni sobre proteínas, sino sobre algo que todos los gimnasios tienen en abundancia: espejos. En «El espejo de enfrente», Mike Sain't Louis retrata la relación de amor y odio con ese cristal que te devuelve la cara cada mañana, y hay un momento en que la letra parece escrita en la sala de máquinas:
Ya se me marcan las abdominales
Esta es una guía del gimnasio del planeta. Con humor, porque la mayoría de nosotros no vamos a competir en nada y solo queremos subir las escaleras del metro sin resoplar. Y con algún dato útil, para saber cuánto ejercicio hace falta de verdad y no lo que dice el chico de las mallas fosforito.
La matrícula de enero
El primer contacto con el gimnasio es la recepción. Allí te espera alguien con una sonrisa profesional y una tableta, que te ofrece tres modalidades de cuota con nombres de metales preciosos. La básica, la plata y la oro. La oro incluye toallas, clases dirigidas, sauna y, probablemente, un abrazo del entrenador. La básica incluye el derecho a entrar.
Tú eliges la oro, porque este año sí. Firmas la permanencia de doce meses sin leer la letra pequeña. Y sales a la calle sintiéndote ya un poco más en forma, como si pagar fuera en sí mismo un ejercicio cardiovascular.
Hay datos que dicen lo que pasa después. La aplicación deportiva Strava, que registra los entrenamientos de millones de personas, bautizó hace unos años como «Quitter's Day», el día del abandono, la fecha en la que más gente deja de lado sus propósitos deportivos de Año Nuevo. En su análisis de 2018, ese día cayó en el segundo viernes de enero. En años posteriores la fecha se ha movido un poco, pero siempre a mediados de mes. Es decir: la mayoría de los propósitos no llegan ni a la cuesta de enero.
En el planeta no juzgamos. Quien firma en enero y vuelve en marzo también cuenta. Lo importante es volver.
Un poco de historia: desnudos y untados de aceite
Antes de entrar en la sala de máquinas, una curiosidad para soltar en la próxima cena. La palabra gimnasio viene del griego gymnásion, y está emparentada con gymnós, que significa «desnudo». En la antigua Grecia los atletas se entrenaban y competían sin ropa, normalmente untados de aceite. El gimnasio era, además, un lugar de conversación y de enseñanza, donde se iba tanto a ejercitar el cuerpo como a charlar y a aprender.
Es decir, que el gimnasio nació como un sitio donde hombres desnudos y relucientes de aceite hablaban de filosofía. Cualquiera diría que lo inventó un comité del planeta. El diario del planeta ya ha contado alguna vez cosas de la antigua Grecia, y quien quiera más contexto puede leer lo que se escribió sobre la homofobia en el deporte, que es la otra cara, menos luminosa, de esta historia.
Hoy, por suerte o por desgracia, se exige ropa. Y ahí empieza el segundo drama.
La ropa del gimnasio: un catálogo
Hay tantas maneras de vestirse para ir al gimnasio como personas. Pero en todos los gimnasios del planeta se repiten algunos personajes.

El que va como si fuera a correr una maratón olímpica: zapatillas de última generación, mallas de compresión, reloj inteligente, auriculares con cancelación de ruido y una botella de agua con más tecnología que un móvil. Luego hace diez minutos de bicicleta estática y se va a la sauna.
El que va con la camiseta de un concierto de 2009 y unos pantalones de chándal heredados de un primo. No sabe lo que hace, pero lo hace con una dignidad admirable.
El que lleva una camiseta de tirantes tan abierta por los lados que técnicamente es una bufanda. Este siempre está cerca del espejo. Ya llegaremos a él.
Y el que va de negro integral, con gorra y cara de pocos amigos, entrena dos horas sin decir una palabra y se marcha sin mirar a nadie. En el vestuario te enteras, por la forma de doblar la toalla, que es la persona más dulce del barrio.
En el planeta tenemos una filosofía para esto, la de «Marica chill»: ir como a uno le dé la gana, sin pena y sin estrés. El diario la contó como el derecho a ser ridículo, y en ningún sitio hace tanta falta ese derecho como en un gimnasio un lunes a las siete de la tarde.
El espejo de enfrente
Y llegamos al protagonista. Todos los gimnasios tienen una pared entera de espejos. Supuestamente es para que corrijas la postura. En la práctica, es un escenario.
La canción de Mike Sain't Louis entiende a la perfección la relación que tenemos con ese cristal. Hay días en que el espejo se porta bien. Te miras de reojo entre serie y serie, con la luz cenital del gimnasio, que hace milagros con los hombros, y piensas que el esfuerzo empieza a notarse. La letra lo celebra:
Hoy estoy resplandeciente
Y hay días en que el espejo se porta fatal. La misma luz que ayer te favorecía hoy te ilumina ojeras, papada y michelines que no estaban ahí la semana pasada. Te preguntas quién es ese señor y qué hace con tu camiseta.
La canción va bastante más lejos que el gimnasio. Habla de los días en que uno no se soporta a sí mismo, del asco y la crueldad con la que a veces nos miramos, y el diario lo leyó como una reflexión sobre la autoimagen y la crueldad. Aquí nos quedamos con la parte ligera, pero conviene no olvidar la otra: el espejo del gimnasio puede ser un juez muy injusto. Mide la luz, el ángulo y lo que has comido, no lo que vales.
Por eso, en el planeta, tenemos una regla de oro para el espejo de enfrente: mirarlo para la postura, no para la sentencia. Si un día te pone mala cara, cambia de máquina. Hay muchas sin espejo.
Los personajes del espejo
Ya que hablamos de espejos, hay que hablar de quien vive pegado a ellos.
El del selfi. Hace una serie de diez repeticiones y una sesión de fotos de veinte minutos. Tiene estudiados los ángulos, la luz, la tensión del bíceps en el momento justo. No le juzgues demasiado: a lo mejor ese selfi es lo que le saca de casa cada día.
El que se habla a sí mismo. Se mira fijamente, aprieta la mandíbula y se dice cosas entre dientes. No sabemos si son mantras motivacionales o la lista de la compra.
El que mira a los demás por el espejo. Este es el más discreto y el más peligroso, porque cree que nadie se da cuenta. Todos nos damos cuenta. El espejo es de doble dirección.
Y luego estamos los demás, que miramos el espejo de reojo, con vergüenza, deseando que nadie nos pille comprobando si se nos marcan las abdominales. Spoiler: no se nos marcan. Pero hoy estamos resplandecientes igual.
La máquina que nadie limpia
Todo gimnasio tiene unas normas colgadas en la pared, con una tipografía muy seria. La primera suele ser esta: «Use toalla en las máquinas». La segunda: «Limpie la máquina después de usarla». Hay un dispensador de papel y un pulverizador de desinfectante en cada esquina.

Y, aun así, existe el que deja el banco de press empapado como si acabara de salir de una piscina. Todos lo hemos visto. Se levanta, se va hacia otra máquina con la mirada al frente y deja tras de sí una silueta de sudor perfecta, calcada en la polipiel como un sello de notario.
No seas esa persona. Pon la toalla. Limpia la máquina. Es la forma más sencilla de ser buena gente en un gimnasio. En el planeta somos muy fans de los pequeños gestos de civismo.
También existe el que acapara. Pone la toalla en una máquina, la botella en otra y la mochila en una tercera, y va rotando entre las tres como un señor feudal entre sus tierras. Cuando le preguntas si está usando la de la mochila, te mira como si le hubieras pedido un riñón.
Y el que suelta las pesas. No las deja: las suelta, desde la altura máxima, para que todo el gimnasio sepa que ha terminado su serie. El estruendo es parte de su identidad.
El vestuario
Si el espejo es el escenario, el vestuario es el patio de vecinos.
En el vestuario del gimnasio conviven todas las formas posibles de relacionarse con el propio cuerpo. Está el que se cambia de ropa con la toalla anudada a la cintura, en una operación de ingeniería que no permite ver ni un centímetro de piel. Está el que, por el contrario, se pasea desnudo de la ducha a la taquilla, de la taquilla al secador y del secador al banco, con la naturalidad de un atleta griego. Y está el que se seca el pelo con el secador de manos de la pared, cosa que nadie entiende pero que sucede en todos los gimnasios del mundo.
Para muchas personas LGTBI, el vestuario ha sido durante años un sitio incómodo. En el instituto, el vestuario del gimnasio podía ser el lugar de las burlas, de los empujones, de los comentarios. Hay adultos que todavía entran en un vestuario con la sensación de tener quince años. No es una tontería: el cuerpo recuerda.
El diario ha escrito sobre la autoestima y el cuerpo, y una de las conclusiones vale aquí: el vestuario de un gimnasio de adultos no es el del instituto. Nadie está mirando tanto como crees. La mayoría de la gente está pensando en si se ha dejado el champú en casa.
Y si alguien te hace sentir incómodo de verdad, con comentarios o miradas que no son normales, se lo puedes decir a recepción. Para eso pagas la cuota oro.
Las clases dirigidas
Mención aparte merecen las clases colectivas, ese invento que convierte el sufrimiento individual en sufrimiento compartido.
Están las de bicicleta, en una sala a oscuras con luces de discoteca y un monitor que grita «¡arriba, arriba!» mientras suena música electrónica a un volumen ilegal. Es lo más parecido a una fiesta que se puede hacer a las ocho de la mañana sin alcohol.
Están las de baile, donde siempre hay una primera fila que se sabe todas las coreografías y una última fila que va dos pasos por detrás, girando hacia el lado contrario. En el planeta somos de la última fila, con orgullo.
Están las de yoga, donde compruebas que no te llegas a tocar los pies y que hay una postura que se llama «perro boca abajo» que no se parece a nada que haya hecho un perro en su vida.
Y están las de entrenamiento funcional, que nadie sabe muy bien qué son, pero que siempre incluyen saltar, tirar una rueda gigante y odiar al monitor durante cuarenta y cinco minutos.
El entrenador personal
En algún momento de tu vida de socio aparece la figura del entrenador personal. Normalmente se acerca él, con una carpeta y una sonrisa, en tu segunda semana, cuando todavía no sabes ajustar el asiento de la máquina de remo y llevas diez minutos intentando adivinar por qué no se mueve.

El entrenador personal habla un idioma propio, hecho de palabras que suenan a hechizo: «core», «sentadilla búlgara», «tiempo bajo tensión», «déficit calórico». Te pregunta por tus objetivos y tú contestas lo que contesta todo el mundo, «tonificar», una palabra que nadie sabe exactamente qué significa pero que suena sensata.
Luego te pone a hacer cosas que no sabías que el cuerpo humano podía hacer. Planchas laterales. Zancadas con giro. Un ejercicio con una pelota gigante que te hace sentir una foca de circo. Y cuenta. Siempre cuenta. Cuando dice «diez más» quiere decir veinte, y cuando dice «la última» quiere decir que quedan tres.
Lo curioso es que funciona. Al cabo de unos meses, el entrenador personal se convierte en una mezcla de profesor, psicólogo y camarero de confianza. Sabe cómo te ha ido la semana, si has dormido mal, si tu jefa te tiene frito. Y te hace sudar igual, pero con cariño.
En el planeta tenemos una advertencia: si el entrenador te promete resultados milagrosos en quince días, o te vende suplementos que solo tiene él, desconfía. Los cuerpos cambian despacio. Los milagros, en el gimnasio, suelen venir con factura.
La banda sonora del planeta para entrenar
Ningún gimnasio funciona sin música. Normalmente suena una lista a todo volumen que alguien de recepción eligió en 2017 y que no ha vuelto a tocar, con remezclas de éxitos del verano que ya nadie recuerda. Por eso casi todo el mundo entrena con sus propios auriculares.
El planeta tiene canciones para cada fase del entrenamiento. Para calentar, algo con buen ritmo y sin prisas, como «Ride the Wave», que invita a coger aire antes de empezar. Para la cinta de correr, cualquier tema con estribillo de los que se pegan, de esos que te hacen mover los labios sin darte cuenta mientras la gente de al lado te mira raro. Para la última serie, algo con rabia, que te saque la fuerza que no sabías que tenías. Y para los estiramientos, algo tranquilo, para bajar pulsaciones.
Y para el vestuario, cuando ya estás duchado y te miras en el espejo de enfrente con el pelo mojado, la canción que da título a este artículo. Por si ese día el espejo se porta bien.
Lo que dice la OMS (y lo que no dice el chico de las mallas)
Vamos con la parte seria, que también importa. En un gimnasio se oyen muchas recomendaciones contradictorias: que si hay que entrenar todos los días, que si hay que hacer cardio en ayunas, que si sin batido de proteínas no sirve de nada. Lo mejor es ir a la fuente.
La Organización Mundial de la Salud publicó en 2020 sus directrices sobre actividad física y comportamientos sedentarios. Para los adultos, recomiendan entre 150 y 300 minutos a la semana de actividad aeróbica de intensidad moderada, o entre 75 y 150 minutos de actividad vigorosa, o una combinación equivalente de ambas. Además, aconsejan ejercicios de fortalecimiento muscular de intensidad moderada o mayor, que trabajen todos los grandes grupos musculares, al menos dos días por semana. Y señalan que pasar de esas cifras puede aportar beneficios adicionales.
Traducido al idioma del planeta: con media hora de caminar rápido cinco días a la semana y dos sesiones de fuerza ya estás dentro de lo que pide la OMS. No hace falta vivir en el gimnasio. No hace falta la cuota oro. Ni siquiera hace falta el gimnasio: subir escaleras, bailar en el salón con la música alta o ir andando al trabajo también cuentan como actividad.
Las directrices insisten, además, en otra idea que a muchos nos sienta bien oír: algo de actividad es mejor que ninguna. Si un día solo puedes hacer diez minutos, haz diez minutos. No hay que avergonzarse de no llegar.
Y un consejo de sentido común, que no viene de la OMS sino del planeta: si tienes algún problema de salud, o hace años que no te mueves, consulta con tu médico antes de lanzarte a levantar el peso del chico de las mallas.
Los que no son de gimnasio
Hay que decirlo también: hay gente que no es de gimnasio, y no pasa nada.

En el planeta hay una canción entera dedicada a no compartir la pasión deportiva nacional, «No me gusta el fútbol». Del mismo modo, hay quien detesta las pesas, el olor a goma, la música atronadora y los espejos. Para esas personas existen los paseos, la natación, la bicicleta, el baile, las rutas por la sierra o, sencillamente, la vida activa sin carné de socio.
El gimnasio no es la única forma de cuidar el cuerpo. Es una más. Y si lo que te hace feliz es bailar en la pista de una discoteca hasta las seis de la mañana, también estás haciendo cardio, aunque nadie te lo cuente en la recepción.
El gimnasio y el verano
Hay una estación que llena los gimnasios casi tanto como enero: la primavera, cuando de repente alguien se acuerda de que existe la playa. Es la temporada de la famosa «operación bikini», que en el planeta se llama operación bañador y que suele empezar en mayo con mucha ilusión y terminar en junio con mucha resignación.
El diario tiene su propia crónica del verano en el planeta, y la conclusión es siempre la misma: a la playa se va con el cuerpo que se tiene. Nadie en la arena está mirando tus abdominales con lupa. Están mirando si les va a llegar la ola a la toalla, si el chiringuito tiene sitio o si la nevera portátil sigue fría.
Además, en el planeta tenemos un modelo de cuerpo veraniego muy concreto, el de quien va a un crucero y vuelve con más croquetas que músculo, como en «Croquetas en el crucero». Y ahí no hay gimnasio que valga.
Pequeño diccionario del gimnasio gayfolk
Cuota oro: modalidad que se contrata en enero con entusiasmo y se usa en febrero con remordimiento.
Día de pierna: día que se aplaza indefinidamente. Se reconoce a quien se lo salta por los hombros enormes sobre unas piernas de flamenco.
Espejo de enfrente: juez caprichoso. Unos días te declara resplandeciente; otros, culpable.
Toalla en el banco: gesto mínimo de civismo que separa a la buena gente del resto.
Señor feudal: socio que reserva tres máquinas a la vez con una toalla, una botella y una mochila.
Sauna: lugar donde se va a «relajar los músculos» y se acaba haciendo vida social.
Quitter's Day: fecha de mediados de enero en la que se rinde casi todo el mundo. El planeta recomienda saltárselo y volver el lunes siguiente.
Batido de proteínas: bebida con sabor a vainilla química que se toma en el vestuario con cara de estar haciendo algo importante.
Epílogo: el espejo de casa
Al final, el espejo más importante no es el del gimnasio. Es el del baño de casa, el de cada mañana, el que te mira cuando todavía no te has peinado ni has tomado café.
La canción de Mike Sain't Louis habla de ese espejo con una honestidad que duele un poco: unos días te ves resplandeciente y otros no te soportas. Todos hemos tenido días así. El gimnasio puede ayudar a sentirse mejor, porque el ejercicio tiene efectos reales sobre el ánimo y el sueño. Pero no puede hacer el trabajo de la amabilidad con uno mismo.
Por eso el planeta propone otra rutina, más barata que la cuota oro: mirarse al espejo con la misma paciencia con la que miraríamos a un amigo. Sin buscar la tableta perfecta. Sin la luz cenital. Con las ojeras y la camiseta de 2009. Y decirse, aunque sea en un susurro, que ya está bien, que hoy también cuenta.
Para escucharla mientras haces la última serie, o mientras te saltas el día de pierna sin culpa, «El espejo de enfrente» está en Spotify. Los datos de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical, están en la página de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Cuánto ejercicio recomienda la OMS a los adultos?
Las directrices de 2020 de la Organización Mundial de la Salud recomiendan entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, o entre 75 y 150 de actividad vigorosa, o una combinación equivalente, y ejercicios de fortalecimiento muscular de todos los grandes grupos al menos dos días por semana.
¿Qué es el Quitter's Day?
Es el nombre que la aplicación deportiva Strava dio al día en que, según sus datos, más gente abandona los propósitos deportivos de Año Nuevo. En su análisis de 2018 cayó en el segundo viernes de enero; en años posteriores la fecha se ha movido algo, siempre a mediados de enero.
¿De dónde viene la palabra gimnasio?
Del griego gymnásion, emparentado con gymnós, que significa «desnudo», porque en la antigua Grecia los atletas se entrenaban y competían sin ropa, normalmente untados de aceite. Los gimnasios griegos eran también lugares de conversación y de enseñanza.
¿Qué tiene que ver «El espejo de enfrente» con el gimnasio?
La canción de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical, habla de un espejo que unos días se porta bien («Ya se me marcan las abdominales») y otros fatal. Cualquiera que haya pasado por un gimnasio conoce ese espejo, y el artículo lo usa para reírse con cariño de la relación que tenemos con él.