Planeta Gayfolk

Letras

El tiempo que hace en el planeta: estaciones, sol, lluvia y viento en las letras del Planeta Gayfolk

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Portada de «Me Gusta el Verano», canción de Mike Sain't Louis

En España se habla del tiempo en el ascensor, en la cola del pan y en el primer mensaje a alguien con quien no sabes muy bien de qué hablar. Es el tema neutral por excelencia, el que no compromete. Y precisamente por eso, cuando el tiempo aparece en una canción, casi nunca es neutral. Nadie escribe «hace sol» en una letra solo para informar. Si el sol sale, es porque algo se ha arreglado o porque algo se ha roto y el sol no se ha enterado.

Las letras del Planeta Gayfolk, el catálogo de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, están llenas de meteorología. Hay veranos de playa y de fiesta, brisas que levantan a un chico del suelo, cielos grises sobre una ciudad que nunca se pisó, días sin sol que son en realidad estados de ánimo, rayos que se desean a gritos y auroras boreales vistas desde muy lejos. Este texto es un parte meteorológico del planeta, estación por estación, con algunos refranes, un poco de teoría literaria y el clima real de Madrid de fondo. Las citas proceden del archivo de letras, tal como están publicadas, y cuando una canción no tiene la letra publicada se cita la presentación que Mike escribió para ella.

La falacia patética, o por qué llueve cuando lloras

En 1856, el crítico inglés John Ruskin publicó el tercer volumen de «Modern Painters» y, en uno de sus capítulos, puso nombre a una costumbre muy vieja de poetas y pintores: atribuir sentimientos humanos a la naturaleza. Lo llamó «pathetic fallacy», falacia patética, y no lo dijo como un elogio. Para Ruskin era un error de percepción, el de quien está tan alterado que ve tristeza en una hoja que cae o rabia en una ola. La espuma del mar no es cruel, decía, aunque el poeta que acaba de perder a alguien la vea así.

Siglo y medio después, el término se usa sin el reproche. Es simplemente el nombre técnico de un recurso que cualquier aficionado a la copla o al pop reconoce al instante: el cielo que acompaña. Llueve cuando la protagonista se queda sola, amanece cuando vuelve el amor, sopla un viento que se lleva las promesas. La canción popular española lo ha usado siempre, y el Planeta Gayfolk lo hereda con naturalidad.

Lo interesante es que el planeta lo usa en las dos direcciones. A veces el tiempo acompaña al ánimo, como manda la tradición. Y otras veces lo contradice a propósito, y esa contradicción es lo que duele o lo que hace gracia. Un día radiante en mitad de un duelo, un frío que no es frío sino miedo, una tormenta que en realidad es una fiesta. La meteorología, en estas letras, es un lenguaje para decir lo que pasa dentro con palabras que se pueden mirar por la ventana.

Verano: el sol de frente

El verano es la estación oficial del planeta. Una nota antigua del diario, «El verano en el planeta», ya lo decía: es la estación de las fiestas, las playas y las noches largas, y para la cultura LGTBI tiene un significado añadido, porque es también la estación del Orgullo y de los destinos de vacaciones donde mucha gente se siente libre por primera vez.

La canción que lo dice sin rodeos es «Me gusta el verano», del álbum «El día de la liberación». Su letra no está publicada todavía en el archivo, pero la ficha de la canción en mikesaintlouis.com describe la portada con detalle: un selfi en toda regla, sin camiseta, con las correas de una mochila sobre los hombros, el tatuaje de un corazón con alas en el pecho y la piel reluciente de sol y de sal. Detrás, una playa casi vacía, montañas verdes y un cielo azul con el sol estallando en una esquina. Es una imagen que no necesita traducción. El título dice lo que piensa y la portada lo confirma.

Lo que hace ese verano especial es que el sol está de frente. En fotografía, el sol de frente es un problema: deslumbra, quema la imagen, obliga a entornar los ojos. En la portada es justo lo contrario, un sol que se mira de cara y sin miedo. Para quien ha pasado años escondiéndose, mirar el sol de frente es una pequeña declaración de principios.

El verano se reparte por todo el catálogo. En «María María», del mismo álbum, todo es luz y calma: «En la playa, María, / sol y brisa, alegría». Es casi una postal, con sus «olas suaves» y su «arena blanca», escrita en versos de cuatro palabras que suenan a mar en calma. En «Croquetas en el crucero», alguien se va de vacaciones «pensando en playas, sol y algún italiano», que es probablemente la descripción más honesta de un verano que se ha escrito en el planeta. En «Marica chill» la playa tiene su propio protocolo: «And I still wear heels pa' bajar a la playa». Y en «La despedida», el recuerdo del verano tiene nombre de grupo: «CAMELA LOS VERANOS DE FIESTA», con la fauna entera de camino a la playa.

Hay también un verano que no es de fiesta. En «La playa del Mal Pas», cuya presentación es casi un diario íntimo, Mike recuerda una playa pequeña de Benidorm, escondida entre el puerto y el casco antiguo, donde pasó la mayoría de los veranos que recuerda. Allí, escribe, descubrió lo que era el narcisismo, y termina diciendo que esa playa lo vio todo: «mis veranos, mis heridas y mis ganas de seguir vivo». Es el mismo sol y la misma arena, pero el verano aquí es memoria y no vacaciones.

Brisa y viento: levitar sobre el Mediterráneo

Si el verano tiene un movimiento, es el de la brisa. «Breeze» es, según su propia ficha, la canción de un chico que levita. La portada lo muestra con los pies descalzos, la camisa blanca abierta y el pantalón de lino, suspendido en el aire encima de una costa de casitas blancas, con el sol bajando sobre el mar y nubes doradas por todas partes. La ficha lo resume con una imagen perfecta: parece que una ráfaga de viento lo ha levantado del suelo y él se ha dejado llevar.

Fotogramas del videoclip oficial de «Me gusta el verano», de Mike Sain't Louis

El viento en la tradición poética suele ser un agente de cambio. Se lleva las hojas, las promesas, los barcos. En la copla y en el refranero, el viento es casi siempre inquietante: «Marzo ventoso y abril lluvioso sacan a mayo florido y hermoso», dice el refrán, que lo acepta como mal necesario. En «Breeze» el viento es lo contrario de una amenaza. Es lo que permite soltar el suelo, y por eso la canción funciona como una pequeña fantasía de ligereza.

La misma brisa aparece en «Sunshine», del álbum «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Su letra es casi una nana hecha de sonidos y palabras sueltas: «Mm-hmm, mm-hmm, Sunshine, mm-hmm, feel the warmth». Más adelante llega el aire: «Ah-ah, ah-ah, feel the breeze, / Ee-ee, ee-ee, sway the trees». Es una canción que no cuenta una historia, sino que dibuja un ciclo: el sol de la mañana, la luna de la noche, el río que no para y un latido. Y termina con el sol que se apaga, «Sunshine fades», como se apaga el día. Si «Me gusta el verano» es una foto, «Sunshine» es un día entero visto en cámara rápida.

El calor del cuerpo y el frío del que se hace el duro

La temperatura es probablemente el recurso meteorológico más corporal. Hablamos de alguien «frío» o «caliente», de un ambiente que «se calienta», de «romper el hielo». El Planeta Gayfolk usa todo ese vocabulario, y a veces con mucha gracia.

En «Me mola Zeus», el flechazo es un cambio brusco de temperatura: «Te haces el frío pero estás hirviendo». Zeus Vargas es un personaje inventado, pero el nombre no es casual. En la mitología griega, Zeus es el dios del cielo, el que lanza el rayo y manda sobre el trueno. Enamorarse de alguien que se llama así es, en cierto modo, enamorarse de una tormenta. La canción convierte la mitología en meteorología de discoteca: hay un dios del rayo que se hace el frío y un protagonista que no puede parar.

En «Ojete calor en versión low cost», la temperatura sirve para un diálogo que parece de consulta médica: «Eso es que usted ha cogido frío», dice una voz, y la respuesta llega enseguida: «No ha sido el frío». Es un chiste de doble fondo muy castizo. En España, «coger frío» es la explicación universal de cualquier malestar, desde un dolor de cuello hasta un catarro, y la canción juega con esa costumbre para apuntar a una causa mucho menos inocente.

En «Tu mendigo» el frío deja de ser broma. La letra recuerda a alguien que negaba lo evidente: «Decías que el frío / era cosa del sol y no de mis escalofríos». Es un verso muy preciso sobre la manipulación. El otro le explica que lo que siente no es lo que siente, que el temblor es culpa del tiempo y no del miedo. La meteorología se convierte aquí en coartada, y la canción la desmonta. El sol no da escalofríos. Los escalofríos los da otra cosa.

Y en «Un puñetazo al día», el frío es el de una casa: «es un vacío tan frío en esta casa». No hace falta termómetro para entenderlo. Hay casas con calefacción que están heladas.

Gris: el cielo de las rupturas

Si el verano es la estación de la fiesta, el gris es el color del desamor. «Paris Restera Gris», del álbum «El día de la liberación», lo lleva en el título. La letra no está publicada en el archivo, pero la presentación que Mike escribió para la canción es muy clara: habla del final de una relación gay de muchos años y de una escapada a París que se planeó mil veces y nunca se hizo. De las maletas que nunca salieron del armario y de los hoteles vistos en Google Maps que se convirtieron en ruinas imaginarias.

Collage con un detalle de la carátula de «Me gusta el verano» y las carátulas de «Breeze», «Sunshine», «Paris Restera Gris»

«París aquí no es la ciudad del amor, sino el escenario de una ausencia», escribe Mike. Y ese gris del título no es el gris real de París, ese cielo de pizarra que cualquiera que haya visitado la ciudad en noviembre conoce bien, sino el de un lugar que se queda esperando. La presentación lo describe como «ese punto exacto en el que el amor deja de doler, pero sigue pesando», y habla de una tristeza elegante, de calles vacías y de un corazón que aprende a andar solo.

Es la falacia patética llevada a su versión más sutil. No hace falta que llueva. Basta con que el cielo no se decida. El gris es el tiempo de lo que no pasó, ni sol ni tormenta, solo una luz que no termina de entrar.

El mismo gris aparece, desde otro ángulo, en «Dark Corners», del álbum «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Allí el gris es una fiesta: «En mi cabeza hay un party gris». La canción mezcla inglés y castellano para contar la historia de alguien que brilla en la pista y por dentro está apagado. El parte meteorológico de la primera estrofa es inequívoco: «I wake up late, no sun today». Y unos versos después: «Ain't no rainbow in my sky». Es un verso muy fuerte en un catálogo queer, porque el arcoíris es el símbolo del orgullo. Decir que no hay arcoíris en el cielo de uno es decir que, ese día, ni siquiera eso consuela.

Días sin sol: cuando el tiempo es un síntoma

Hay canciones del planeta en las que el tiempo no es metáfora de una ruptura, sino de algo más hondo. «No me aparece una ilusión», del primer álbum, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», es una lista de ausencias: «No siento el calor de ningún amor», y unos versos más abajo, «No me importa si el sol vuelve a brillar». Ese segundo verso es una inversión muy precisa de la falacia patética. Normalmente, el sol que sale arregla las cosas en las canciones. Aquí ya no importa. Es una forma muy exacta de describir la depresión, que no se cura con buen tiempo aunque a veces la gente de alrededor lo crea.

La canción incluye también «No hay colores a mi alrededor», que conecta con el gris de «Dark Corners», y termina con una rendija: «Tal vez algún día logre despertar». Es poca luz, pero es luz.

En «El abismo en mi cabeza», del álbum «El día de la liberación», el estribillo repite una imagen todavía más oscura: el abismo es «un laberinto sin puertas / Donde el sol nunca se acuerda». Un sitio donde el sol ni siquiera se acuerda de pasar. La letra habla de una sombra que se va y de un peso que no se puede soltar, y es de las más duras del catálogo.

Conviene decirlo con claridad, fuera de cualquier metáfora. Si alguna vez sientes que el sol no vuelve, que no hay colores alrededor o que el peso no se puede soltar, no tienes que pasarlo solo. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, que es gratuita y funciona a todas horas, y en caso de emergencia, al 112. Hablar con alguien de confianza o con un profesional también ayuda. Las canciones pueden acompañar, pero no sustituyen esa ayuda.

Hay un dato que encaja aquí sin forzar nada. Existe un tipo de depresión ligada a las estaciones, el llamado trastorno afectivo estacional, que suele empeorar en otoño e invierno, cuando hay menos horas de luz. Es decir, a veces la relación entre el tiempo y el ánimo va más allá de la poesía. Pero las canciones del planeta dejan claro que la oscuridad de la que hablan no depende del calendario. «No me importa si el sol vuelve a brillar» puede ocurrir en pleno agosto.

Tormentas, rayos y maldiciones

El castellano tiene una colección riquísima de maldiciones meteorológicas, y la más famosa es «ojalá le parta un rayo». Es una frase que todo el mundo ha oído en boca de una abuela, una vecina o una folclórica, y que combina el deseo de castigo con una especie de delegación en el cielo: no lo voy a hacer yo, que lo haga el rayo.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Me gusta el verano», de Mike Sain't Louis

«Al fuego», del álbum «El día de la liberación», la recoge en su primera estrofa: «Si hubiera escuchado tu ojalá le parta un rayo / Te hubiera anotado en mi diario echando pestes». La misma frase aparece también en «La casa de los mil cadáveres», en una versión casi idéntica. Lo interesante es a quién iba dirigido el rayo. En la letra, el «ojalá le parta un rayo» lo dijo el otro, y el protagonista se arrepiente de no haberlo escuchado a tiempo, porque esa frase revelaba lo poco que le importaba. La maldición meteorológica sirve aquí como pista, como una señal que se ignoró. Y la canción termina con el gesto de San Juan, el de quemarlo todo: «He tirado todo al fuego».

Las tormentas en el catálogo suelen ser más festivas que trágicas. En «Madrid to Benidorm», el himno del Orgullo del planeta, se baila bajo el arcoíris «through every storm», a través de todas las tormentas. En «Roar Roar» la tormenta es casi una orden de volumen: «Turn up the volume. Feel the storm». Y en «Mentes diabólicas» el sol sirve de igualador moral: «Bajo el sol somos iguales, en la sombra se disfrazan». El sol, aquí, es la luz que lo deja todo a la vista. Lo que se esconde, se esconde en la sombra.

Luces del norte: el invierno visto desde lejos

El invierno es la estación menos frecuente del planeta, y casi siempre aparece de refilón. Hay un verso de «Un invitado VIP cortando cebolla» que lo resume con humor: «Yo el único idiota que va pintando en invierno». Es la imagen de alguien que trabaja cuando nadie más lo hace, a contratiempo, con frío y sin público.

La gran excepción es «The Northern Lights», del álbum «El día de la liberación». Su letra no está publicada en el archivo, pero su presentación la describe como una exhalación lenta, un latido de reggae que brilla en la oscuridad. Mike escribe que la canción es para quienes bailan con la noche y encienden su propio cielo cuando el mundo se vuelve gris, y la cierra con una imagen: respirar paz, exhalar el ruido, encenderse como la aurora boreal.

Las auroras boreales son un fenómeno real, el que se produce cuando partículas cargadas que llegan del Sol chocan con la atmósfera en las zonas cercanas a los polos y la hacen brillar en verdes, rosas y violetas. Desde España casi nunca se ven, lo que las convierte en el sueño meteorológico perfecto: algo hermoso que ocurre muy lejos y que hay que ir a buscar. En la canción la aurora no es un destino de viaje, sino una luz propia. Es una idea muy coherente con todo el catálogo: si el cielo de fuera está gris, se puede encender el de dentro.

Refranero del tiempo leído en clave Gayfolk

El refranero español es, en buena parte, un manual de meteorología popular. Generaciones de agricultores resumieron en frases cortas lo que aprendieron mirando el cielo, y muchas de esas frases se siguen usando aunque casi nadie siembre. Leídas al lado de las letras del planeta, algunas cobran un sentido nuevo.

Ficha de la canción «Me gusta el verano» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

«Hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo» es un consejo de prudencia: no te fíes del primer calor. En el planeta podría ser un aviso sentimental, el de no lanzarse con el primer mensaje bonito de alguien que acaba de aparecer. Medio catálogo trata de personas que parecían primavera y eran granizo.

«En abril, aguas mil» habla de lluvias necesarias. Hay canciones del planeta que funcionan como esas lluvias: lloran mucho para que algo crezca después. «Voy a olvidarme de ti» o «Paris Restera Gris» son abriles de esos.

«Año de nieves, año de bienes» confía en que lo malo trae algo bueno. Es, de algún modo, la filosofía de un álbum que se titula «El día de la liberación»: después del invierno largo, el deshielo.

Y «Cuando marzo mayea, mayo marcea» es el refrán del tiempo loco, el de las estaciones que se cambian el papel. Ninguna canción lo dice así, pero todo el catálogo lo practica: una tormenta que es fiesta, un verano que es memoria, un sol que da igual. El planeta es un sitio donde marzo mayea constantemente.

Madrid, nueve meses de invierno y tres de infierno

El clima de fondo de casi todas estas canciones es el de Madrid, la ciudad de Mike. Y Madrid tiene un dicho propio para su tiempo: «nueve meses de invierno y tres de infierno». Es una exageración, como todos los buenos dichos, pero resume bien una ciudad de clima continental, a más de seiscientos metros de altitud, con inviernos secos y fríos y veranos de calor seco que vacían las calles a la hora de la siesta.

Ese infierno de tres meses coincide, además, con el Orgullo. La manifestación estatal del Orgullo LGTBI en Madrid se celebra a principios de julio, y cualquiera que haya caminado por el Paseo del Prado o por Chueca esos días sabe lo que significa la palabra calor. El abanico, que en el planeta es un símbolo de la cultura castiza y de la pluma, en Madrid es también una herramienta de supervivencia. El verano del planeta, con su sol de frente, es en parte un verano madrileño.

Y Madrid tiene también su memoria del invierno. En enero de 2021, la borrasca Filomena cubrió la ciudad con la mayor nevada en décadas, dejó las calles blancas durante días y produjo imágenes que nadie había visto nunca, gente esquiando por la Gran Vía. Fue un recordatorio de que el clima de la ciudad puede sorprender, y de que el invierno, aunque sea la estación menos presente en las letras, también tiene sus historias.

Parte meteorológico del planeta

Para terminar, el resumen que daría cualquier hombre o mujer del tiempo si tuviera que presentar el pronóstico del Planeta Gayfolk delante de un mapa con nubecitas.

En la costa, sol de frente y brisa de poniente, con chicos levitando sobre las casitas blancas y alguna mochila al hombro. Temperaturas altas y probabilidad elevada de croquetas en cubierta.

En el interior, cielos grises sobre una París que nunca se visitó, con maletas que no salen del armario. Ambiente seco y elegante, sin dramatismo.

En las pistas de baile, sol ausente por la mañana y fiesta gris por la tarde, sin arcoíris a la vista. Se recomienda preguntar a quien tengamos al lado si está bien, como hace la propia canción al final: «Hey… are you okay?».

Tormenta eléctrica localizada en torno a un tal Zeus Vargas, que se hace el frío pero está hirviendo. Riesgo de rayo para quien lo ignore.

En las casas, frío interior aunque haya calefacción. Si alguien insiste en que es cosa del sol, conviene no creerle.

Y para el fin de semana, aurora boreal en el norte, visible solo para quien encienda su propia luz.

El tiempo, en estas canciones, nunca es solo tiempo. Es lo que se cuenta cuando no se sabe cómo contar otra cosa, igual que en el ascensor. Pero mientras en el ascensor el tiempo sirve para no decir nada, en las letras sirve para decirlo todo con una sola palabra mirando por la ventana.

Ficha

«Me gusta el verano» pertenece a «El día de la liberación», tercer álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como «el primer cantautor IA»; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Los personajes de las letras, como Zeus Vargas, son inventados. Los datos sobre John Ruskin, la borrasca Filomena y los refranes proceden de fuentes públicas. Si necesitas ayuda, en España puedes llamar al 024 o, en caso de emergencia, al 112. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Qué canciones del Planeta Gayfolk hablan del verano?

La más directa es «Me gusta el verano», del álbum «El día de la liberación», cuya portada es un selfi de playa con el sol de frente. También aparecen playas y sol en «María María», «Croquetas en el crucero», «Marica chill» y «La despedida», que recuerda «los veranos de fiesta».

¿Qué es la falacia patética?

Es el nombre que el crítico inglés John Ruskin dio en 1856, en el tercer volumen de «Modern Painters», a la costumbre de atribuir emociones humanas a la naturaleza, como un cielo triste o un mar furioso. En las canciones es un recurso muy antiguo y muy útil.

¿Por qué hay tantos cielos grises en las canciones de desamor del planeta?

Porque el gris funciona como el color de lo que no pasó. En «Paris Restera Gris», según la presentación de Mike, París deja de ser la ciudad del amor y se convierte en el escenario de una ausencia, la de una escapada que se planeó y nunca se hizo.

¿Hay canciones del planeta sobre la tristeza o la depresión?

Sí. «No me aparece una ilusión», «Dark Corners» y «El abismo en mi cabeza» describen días sin sol por dentro. Si te sientes así, en España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, y en caso de emergencia al 112.

¿Qué tiene que ver Zeus con el tiempo?

En la mitología griega, Zeus es el dios del cielo, del rayo y del trueno. En «Me mola Zeus», Zeus Vargas es un personaje inventado, y el verso «Te haces el frío pero estás hirviendo» convierte el flechazo en un cambio brusco de temperatura.

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