Arte y mirada
Certificado de inexistencia: «En Canarias no existen las sirenas» y el tritón de la roca negra
Por Mike Sain't Louis ·

Atardece en una costa de piedra negra. El cielo se ha puesto naranja y rosa, las olas rompen contra la lava y, al pie de una montaña, unas casas blancas esperan la noche entre palmeras. Sobre una roca, de espaldas, alguien se sienta a mirar el mar. Tiene tupé, gafas de sol y una cruz grande tatuada en la espalda. Tiene unos brazos que, en palabras de su autor, no han salido precisamente de un cuento de Andersen. Y donde deberían estar las piernas, una cola rosa reluciente que se enrosca hasta el agua.
Encima, el título: «En Canarias no existen las sirenas».
El autor lo resume con una frase que al planeta le parece perfecta: el título lo niega y la portada lo desmiente. Es una canción de «El día de la liberación», estrenada el 7 de julio de 2026. Su letra todavía no se ha publicado, así que el planeta no sabe qué cuenta exactamente sobre las sirenas canarias y no piensa inventárselo. Lo que sí piensa hacer es tomarse en serio la contradicción que propone su portada. Porque decir que algo no existe mientras lo tienes delante es una de las cosas más viejas del mundo. Y de las más marica.
El método de la negación
Hay una forma muy eficaz de borrar a alguien: decir que no existe. No hace falta perseguirlo ni esconderlo. Basta con repetir que no hay, que eso no pasa aquí, que en este pueblo no hay de esos.
El planeta ha oído esa frase en muchas versiones. En mi familia no hay ninguno. En este equipo no hay ninguno. En el pueblo no hay ninguno, eso es cosa de las ciudades. Y siempre, mientras alguien la pronunciaba, había uno sentado a la mesa, en el vestuario, en la plaza, escuchando y callando.
El autor lo explica en su ficha: le encanta la contradicción entre lo que se afirma y lo que se ve, porque es una forma de reírse de quien decide qué cosas existen y cuáles no. Esa es la clave. No discute la frase. No se pone a demostrar nada. Simplemente coloca al tritón en la roca, con su cola rosa, y deja que la frase quede en ridículo sola.
Un certificado oficial
Al planeta le gusta imaginar que el título es un documento. Un certificado oficial, con sello y firma, emitido por alguna oficina muy seria: por la presente se certifica que en Canarias no existen las sirenas. Firmado, el negociado de cosas que no existen.
Y debajo, grapada al certificado, la foto de la portada.
Esa es la gracia. Los certificados de inexistencia siempre llegan tarde. Cuando alguien se molesta en firmar que algo no existe, es porque ya hay demasiada gente que lo ha visto. Nadie certifica que no existen los unicornios en la calle Alcalá. Se certifica lo que molesta, lo que empieza a ser visible, lo que hay que volver a meter debajo de la alfombra.
La isla que aparece y desaparece
Canarias tiene una leyenda que encaja de maravilla con esta canción. Se llama San Borondón, y es una isla que no está en los mapas. Según la tradición, aparece de vez en cuando en el horizonte, al oeste de La Palma, El Hierro o La Gomera, y desaparece cuando alguien intenta llegar a ella. Durante siglos hubo expediciones que salieron a buscarla. Hay testimonios, dibujos, mapas antiguos que la colocan en el océano. Nadie la ha pisado nunca.
San Borondón es la octava isla que no existe, o la isla que existe solo para quien la mira en el momento justo. El planeta piensa que el tritón de la portada podría vivir allí. En una isla que los cartógrafos niegan y los marineros juran haber visto. Una isla con casas blancas, palmeras y una roca negra donde sentarse a ver el atardecer, invisible para los que no quieren verla.
Cristóbal Colón y las sirenas feas
Hay un episodio histórico que al planeta le hace reír cada vez que lo recuerda. En el diario de su primer viaje a América, Cristóbal Colón dejó escrito que había visto tres sirenas que salían del agua. Y añadió, con cierta decepción, que no eran tan hermosas como las pintaban. Hoy se piensa que lo que vio eran manatíes, esos animales enormes y tranquilos que parecen vacas marinas.
El planeta adora esta anotación por muchos motivos. Porque demuestra que la gente ve lo que espera ver. Porque convierte un animal real en un mito decepcionante. Y porque Colón, antes de cruzar el Atlántico, hizo escala precisamente en Canarias, en La Gomera, para abastecerse.
Así que alguien podría decir que las sirenas de Colón empezaron su ruta en las islas. Y que la frase del título tiene algo de verdad, porque las que él vio estaban al otro lado del océano y eran manatíes. Pero el tritón de la portada no es un manatí. Es mucho más guapo de lo que Colón esperaba.
Andersen y la sirena que no podía hablar
El autor menciona a Andersen en su descripción, y el planeta no puede dejarlo pasar. Hans Christian Andersen publicó «La sirenita» en 1837. En el cuento original, mucho más triste que la versión de dibujos animados, la sirena entrega la lengua y el habla a cambio de unas piernas que le duelen como cuchillos al caminar, para acercarse a un príncipe que acaba casándose con otra.

Muchos biógrafos y críticos han leído ese cuento a la luz de la vida del propio Andersen. Se conservan cartas suyas muy apasionadas a un joven amigo, Edvard Collin, que no le correspondió de la misma manera y que acabó casándose. La lectura es conocida: la sirena muda que ama a quien no puede amarla tal como es, y que tiene que transformar su cuerpo para entrar en un mundo que no es el suyo.
Frente a esa sirena sufridora, el tritón de la portada es otra cosa. No ha renunciado a la cola. No se ha puesto piernas para gustar a nadie. Está sentado en su roca, con gafas de sol, tatuado, dándole la espalda al espectador. No necesita entrar en el mundo de los humanos. Los humanos, si quieren, que vengan a la orilla.
Sirenas y sirenos
El catálogo del planeta ya había hablado de esto antes, en una canción que es todo marea y despedida. Se llama «Canguros», y en medio de una lista de cosas que se dicen, cosas que quizás son leyenda y quizás no, aparece esta estrofa:
Dicen que hay sirenas y sirenos Mírame a los ojos No te creo
El planeta se fija en el masculino. Sirenas y sirenos. La lengua no tiene una palabra cómoda para la sirena macho, así que la canción la inventa. Y luego, con una ironía preciosa, el narrador dice que no se lo cree. Mírame a los ojos, no te creo.
Juntas, «Canguros» y «En Canarias no existen las sirenas» forman un pequeño debate. En una, alguien cuenta que hay sirenos y el otro duda. En la otra, alguien niega que existan y la portada lo desmiente. El planeta, entre las dos, se queda con la roca de lava y el tritón del tupé. Ver para creer.
Una cruz en la espalda
Hay un detalle de la portada que el planeta no quiere dejar de lado: la cruz grande tatuada en la espalda del tritón. Una cruz en un ser mitológico pagano, en una criatura que la tradición cristiana medieval asociaba a la tentación y al pecado. En muchas iglesias románicas hay sirenas talladas en los capiteles como advertencia a los fieles.
Que el sireno lleve una cruz tatuada es una mezcla deliciosa de mundos. Lo sagrado y lo pagano en la misma piel. Lo que la iglesia dibujó como peligro, llevando su símbolo a la espalda. Al planeta le recuerda a muchos chicos de pueblo que crecieron entre procesiones y misas, que se sabían todas las oraciones, y que llevan esa cruz encima, de una manera u otra, aunque ya no pisen una iglesia. Es parte de ellos. No la reniegan. Pero tampoco les impide tener cola.
Lo que se negó en las islas
Hay una parte de la historia de Canarias que al planeta le importa recordar, porque la frase del título suena distinta cuando se conoce.
Durante el franquismo, en Fuerteventura, en un lugar llamado Tefía, funcionó una colonia agrícola penitenciaria donde fueron enviados hombres acusados de homosexualidad bajo la Ley de Vagos y Maleantes. Trabajaban en condiciones muy duras, en un paisaje árido y apartado. Durante décadas fue un capítulo poco conocido, y en los últimos años se han hecho homenajes, investigaciones y actos de memoria para que no se olvide.
Es decir: hubo una época en la que el poder no se conformaba con decir que no existían. Los encerraba para que no se vieran. Y, aun así, existían. Por eso el planeta lee el título con un nudo en el estómago y una sonrisa a la vez. Decir que en Canarias no existen las sirenas, sabiendo esa historia, es imitar la voz de quien negó. Y poner un tritón en la portada es contestar.
La otra cara de la isla
Hoy, las islas son otra cosa. Gran Canaria, en concreto, es uno de los destinos LGTBI más conocidos de Europa, con las dunas de Maspalomas y el centro comercial Yumbo de Playa del Inglés como referencias de muchos veranos. Cada primavera se celebra allí el Maspalomas Pride, que llena el sur de la isla de gente que viene de todas partes.

El cambio es enorme, y el planeta lo celebra. De una colonia penitenciaria a una de las capitales del orgullo en apenas unas décadas. Pero sabe también que el turismo no lo es todo, y que en muchos pueblos del interior de cualquier isla siguen existiendo chicos que oyen la frase del título en versión doméstica. Aquí no hay de eso.
A esos chicos va dedicada, de alguna manera, la portada. El tritón no está en la discoteca de Playa del Inglés. Está sentado en una roca, solo, con un pueblo de casas blancas detrás. Como si acabara de bajar de allí. Como si existiera precisamente en el sitio donde dicen que no.
Tacones para bajar a la playa
El autor dice que su tritón es una sirena macho, marica y muy de playa. Y el catálogo tiene otra canción que podría ser su autorretrato en tierra firme. Es «Marica chill», que describe un día de sol sin dramas y sin pedir permiso a nadie:
And I still wear heels pa’ bajar a la playa
Tacones para bajar a la playa. Es la versión terrestre de la cola rosa. Lo poco práctico elegido con orgullo. Lo exagerado como forma de estar en el mundo. El tritón no necesita tacones porque ya tiene cola, pero el espíritu es el mismo: llegar a la orilla con estilo, aunque la arena se meta en todas partes.
Lava negra
La roca de la portada no es una roca cualquiera. Es lava, piedra volcánica, el material del que están hechas las islas. Canarias nació del fuego, de erupciones submarinas que fueron levantando tierra hasta asomar sobre el océano. Y el fuego sigue ahí: en 2021, el volcán de La Palma estuvo casi tres meses en erupción y cambió la forma de la isla para siempre.
Al planeta le gusta que el tritón esté sentado precisamente ahí. Sobre una tierra que nació de algo que quemaba. Una tierra que crece cada vez que el volcán despierta. Que una criatura que no existe esté sentada sobre una tierra que hace poco tampoco existía tiene algo de chiste geológico.
En Lanzarote, el artista César Manrique convirtió tubos volcánicos en espacios para el arte y la música, como los Jameos del Agua, donde vive un cangrejito ciego y blanco que solo existe allí. Un animal que, si no lo hubieras visto, jurarías que es inventado. Canarias está llena de criaturas así.
Tritón, hijo de Poseidón
La mitología griega sí tenía un nombre para el sireno, y no era un personaje menor. Tritón era hijo de Poseidón, el dios del mar, y de Anfítrite. Mitad hombre, mitad pez, se le representaba soplando una caracola con la que calmaba o levantaba las olas a voluntad. Era, por así decirlo, el relaciones públicas del océano.
Los escultores lo adoraron. En Roma, Gian Lorenzo Bernini levantó en el siglo XVII la Fontana del Tritone, en la plaza Barberini: un tritón musculoso, arrodillado sobre una concha abierta que sostienen cuatro delfines, soplando hacia el cielo un chorro de agua. Lleva casi cuatrocientos años ahí, en medio del tráfico, y nadie ha certificado todavía que no exista.
El planeta encuentra muy significativo que la tradición clásica tuviera tritones de sobra y que luego, con los siglos, la figura se haya ido quedando en femenino. La sirena de los cuentos, la de los dibujos, la de los logotipos de cafeterías, siempre es mujer. El sireno se fue borrando. La portada de este single lo recupera con todos los músculos que le dio Bernini y unas gafas de sol que Bernini no pudo imaginar.
De espaldas
Otro detalle del cartel: el tritón está de espaldas. No posa para quien mira. No busca la cámara, no sonríe, no hace ningún gesto de invitación. Mira el mar, o el atardecer, o algo que el espectador no puede ver.

En el arte hay una tradición de figuras de espaldas. El pintor alemán Caspar David Friedrich las convirtió en su firma a principios del siglo XIX: hombres solos frente a un paisaje inmenso, un mar de niebla, una costa, una luna. El espectador mira lo que ellos miran y se queda fuera de sus pensamientos. Son figuras que existen para sí mismas.
El tritón de la portada pertenece a esa familia. Y eso cambia el sentido del título. No está ahí para demostrarle nada a nadie. No ha salido del agua para que le hagan una foto. Estaba ahí antes de que llegara el fotógrafo y seguirá ahí cuando se vaya. La negación del título le resbala por la espalda tatuada. Él está mirando el mar.
Al planeta esa indiferencia le parece una lección de dignidad. Durante mucho tiempo, la visibilidad queer se ha explicado como una obligación de mostrarse, de dar la cara, de salir en la foto. Está bien, es necesario. Pero también existe el derecho a estar tranquilo en tu roca, existiendo sin dar explicaciones, dándole la espalda a quien discute si existes o no.
El atardecer de postal
El autor describe la escena como de postal de atardecer, y la palabra postal no es casual. Las islas se vendieron durante décadas en postales exactamente así: cielo naranja, palmeras, mar, casas blancas. Postales que se enviaban a la familia desde el hotel con una frase hecha por detrás. Aquí hace un tiempo estupendo. Os echo de menos.
El planeta imagina una de esas postales con el tritón incluido. Un turista la compra en un quiosco de Puerto de la Cruz, la escribe sin fijarse mucho en la foto y la manda a su madre a Valladolid. La madre la recibe, se pone las gafas y ve, sobre la roca, una cola rosa. Y le da la vuelta para leer la frase del hijo, y la frase dice: en Canarias no existen las sirenas.
Esa postal sería la canción entera. El texto que niega. La foto que desmiente. Y alguien en medio, con las gafas puestas, que tiene que decidir a cuál de los dos cree.
Gafas de sol
Último detalle, y el más divertido. El tritón lleva gafas de sol. Una criatura del fondo del mar, protegida de la luz como un turista en la terraza de un chiringuito.
Las gafas de sol son el accesorio de quien no quiere que le lean la mirada. Las usan las estrellas cuando salen de un juzgado, las divas en los aeropuertos y las amigas al día siguiente de una fiesta. Son un pequeño escudo. Un modo de estar presente y, a la vez, reservarse algo.
El sireno las lleva puestas al atardecer, cuando ya casi no hace falta. Eso ya no es protección: es estilo. Y el planeta, que considera el estilo una forma de resistencia, le da la razón. Si tienes que existir en un sitio donde dicen que no existes, al menos hazlo con gafas buenas.
Escucharla con los pies en el agua
El autor recomienda escuchar la canción, a ser posible, con los pies cerca del mar. Quien no tenga mar cerca puede conformarse con una palangana y un poco de imaginación. El planeta no juzga.
Para la sesión, propone empezar por otra pista del catálogo que tiene la misma calma de orilla, «María, María», toda ella arena y brisa:
En la playa, María, sol y brisa, alegría.
Y después, con el sol ya bajando, poner «En Canarias no existen las sirenas». En Spotify está aquí, y el videoclip oficial permite ver la roca y el atardecer en movimiento. En la misma tracklist, justo después, viene «Madrid», que es como volver de la playa en el último vuelo.
Quien quiera saber más de quien firma, tiene la ficha en prensa: letras escritas por él, sin máquinas, y sonido y voces vestidos después con herramientas de inteligencia artificial.
Firmado, el planeta
El planeta ha revisado el expediente. Ha consultado leyendas, diarios de navegantes, cuentos daneses y archivos de la memoria. Y ha llegado a una conclusión que firma con su propio sello.
Por la presente se certifica que en Canarias existen las sirenas. Y los sirenos. Con tupé, con gafas de sol, con cruz tatuada y con cola rosa. Que se sientan en las rocas de lava al atardecer. Que no tienen ninguna intención de dejar de existir porque alguien lo diga.
Que pueden aparecer en una postal, en una fuente barroca de Roma, en un cuento danés o en la portada de un single madrileño. Que llevan siglos ahí, cambiando de forma, de nombre y de peinado, y que ninguna oficina ha conseguido borrarlos del mapa.
Y que quien no los vea, simplemente, no estaba mirando.
Preguntas frecuentes
¿Qué se ve en la portada?
Una sirena macho sentada de espaldas sobre una roca de lava negra, con cola rosa reluciente, tupé, gafas de sol y una cruz grande tatuada en la espalda. Al fondo, atardecer naranja, olas, palmeras y casas blancas al pie de la montaña.
¿Por qué ese título?
Su autor explica que le gusta la contradicción entre lo que se afirma y lo que se ve, como una forma de reírse de quien decide qué cosas existen y cuáles no.
¿Está publicada la letra?
Todavía no; la web la anuncia como próxima. Esta entrada no cita ningún verso de esta canción, solo de otras canciones del catálogo ya publicadas.
¿Cuándo salió y dónde está?
Se estrenó el 7 de julio de 2026 dentro de «El día de la liberación». Tiene videoclip oficial y está en Spotify. La firma Mike Sain't Louis, que escribe sus letras sin IA y produce sonido y voces con herramientas de inteligencia artificial.