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Collodi con final en El Médano: «Ese Pinocho nunca me comía el chocho» leída junto al cuento original

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Portada de «Ese Pinocho Nunca Me Comía el Chocho», canción de Mike Sain't Louis

La portada de «Ese Pinocho nunca me comía el chocho» es un desierto al atardecer. Dunas, cielo naranja, nubes rotas. En primer plano, un hombre con un abrigo blanco de cuello de borrego, abierto sobre un pecho lleno de tatuajes, mira a cámara con cara de pocos amigos. Detrás, más pequeño y casi en sombra, hay otra figura sin camiseta. Tiene una nariz larguísima, recta, de madera. No hace falta preguntar quién es.

El título, en letras doradas, se corta justo antes de la última palabra. La portada tiene pudor. La canción, ninguno.

El diario ya contó esta canción desde el relato que se le cae al ex, y en mikesaintlouis.com Mike la presentó como una carta de despedida sin filtro. Hoy el planeta propone otra cosa. Si el apodo es Pinocho, vamos a sacar el libro. El de verdad, el de Carlo Collodi, y ponerlo en la mesa junto a la letra. Capítulo por capítulo, a ver qué se parece y qué no.

Una aclaración antes de abrir los dos textos. Del cuento se cuenta lo que viene en cualquier edición. De la canción, la letra tal como está publicada. El morenazo de la canción es un personaje, como todos los de las letras de Mike, y el planeta no le va a poner nombre ni cara.

El libro: un trozo de madera que habla

«Las aventuras de Pinocho» se publicó por entregas en un periódico infantil italiano a partir de 1881 y salió como libro en 1883. Su autor firmaba Collodi, que era el nombre del pueblo de su madre. La historia empieza con un carpintero que encuentra un trozo de leña que se queja cuando lo golpea. Ese trozo acaba en manos de Geppetto, que talla con él un muñeco. Y el muñeco, nada más tener boca, se pone a burlarse de él.

Es un detalle que conviene recordar, porque la versión que casi todo el mundo tiene en la cabeza es la de Disney, de 1940, mucho más dulce. El Pinocho de Collodi es un desastre. Miente, se escapa, desobedece, se mete en líos uno detrás de otro y hace sufrir a todo el que le quiere. Es un personaje cómico y bastante cruel. El libro entero es una cadena de promesas que no cumple.

La canción de Mike no explica nada de esto. No lo necesita. Le basta con el nombre. Pinocho es la palabra que en castellano usamos para el mentiroso, del mismo modo que decimos que alguien es un Judas o una Celestina. El apodo ya trae todo el libro dentro.

La nariz: el relato que se cae

La gran invención de Collodi es la nariz. Cuando Pinocho miente, le crece. A veces tanto que no cabe por la puerta de la habitación. Es un castigo perfecto porque es visible. La mentira no se queda dentro, sale a la cara y todo el mundo la ve.

La primera frase de la canción es exactamente esa nariz. Querido morenazo, se te está cayendo el relato.

En el cuento, la mentira crece. En la canción, se cae. Son dos imágenes distintas para lo mismo: el momento en que una mentira ya no se sostiene. La de la nariz es infantil y física. La del relato es adulta y muy de ahora. Hoy decimos relato para hablar de la versión que alguien construye sobre sí mismo para que los demás se la crean. Y un relato que se cae es un decorado que se desploma con el actor todavía dentro.

Hay además una línea de la letra que funciona como un segundo crecimiento de nariz. No voy a mentir, tú sí. Es un paréntesis rapidísimo, casi una zancadilla en mitad de la frase. El narrador está a punto de decir lo que siente y, de paso, deja caer quién es el que miente aquí. Es el equivalente a señalar la nariz sin decir nada.

Querido morenazo: una carta que cambia de destinatario

La canción empieza como empiezan las cartas. Querido morenazo. Es una fórmula de correspondencia, de las de toda la vida, con ese «querido» que puede ser cariñoso o puede ser una ironía con lazo. Aquí es lo segundo. Nadie que vaya a escribir algo bonito empieza diciendo que se te está cayendo el relato.

Fotogramas del videoclip oficial de «Ese Pinocho nunca me comía el chocho», de Mike Sain't Louis

Lo curioso es lo que pasa después con los pronombres. Al principio, la letra le habla de tú. Te habías pensado, iba a pedirte, tú sí. Es una carta dirigida a él, cara a cara. Pero cuando llega el estribillo, algo cambia. Pero lo que sí le digo a ese Pinocho. Que no pienso volver con él. Ya no es tú. Es él. Ese Pinocho. Como si el narrador se diera la vuelta en mitad de la carta y se pusiera a hablar con otra gente, con el público, con las amigas, con todo El Médano.

Ese cambio tiene mucho de escena de teatro. Primero se le habla al actor. Luego se le habla al patio de butacas, señalando al actor. En el cuento de Collodi pasa algo parecido: el narrador del libro le habla todo el rato al lector, le avisa, le comenta lo que hace el muñeco. Pinocho casi nunca sabe que lo están contando. En la canción, el morenazo tampoco parece saberlo. Cree que es el protagonista de una carta. En realidad es el personaje de un chisme.

Y cuando al final vuelve la segunda persona, con el consejo del amigo conductor, ya no es una carta de amor ni de reproche. Es un aviso. Lo último que se le dice de tú es que use condón.

El guion que Geppetto no escribió

En el libro, Geppetto talla a Pinocho para tener compañía y para ganarse la vida con él por las ferias. Le pone nombre, le da forma, decide cómo va a ser. Y el muñeco, desde el primer minuto, hace lo contrario de lo previsto.

La canción tiene su propio Geppetto, pero al revés. Aquí es el ex quien había tallado un muñeco. Había imaginado al narrador de una manera muy concreta. Te habías pensado que iba a estar destrozado. Y que como soy tan débil y traumatizado iba a pedirte que vuelvas llorando, de nuevo alcoholizado y desesperado.

Es una descripción muy detallada de un personaje que no existe. Destrozado, débil, traumatizado, llorando, alcoholizado, desesperado. Seis adjetivos para un muñeco que alguien había tallado en su cabeza. Y la gracia de la canción es que ese muñeco, como el de Collodi, no obedece. No llora, no suplica, no vuelve.

¡Vaya sorpresa! Morenazo.

Ese «vaya sorpresa» es el momento en que la madera habla y se ríe del carpintero. Lo que se le escapa al ex no es una persona. Es el papel que le había escrito.

El grillo que habla: precaución, amigo conductor

En el libro de Collodi hay un grillo que lleva más de cien años viviendo en la habitación de Geppetto. Le habla a Pinocho, le advierte de que los niños que desobedecen acaban mal. Y Pinocho, harto de sermones, le tira un mazo de madera y lo deja seco contra la pared. Así de bruto es el original. Luego el grillo vuelve como fantasma, pero el primer encuentro termina de esa manera.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «No  quiero en mi casa ya a otro Gorrino O si lo prefieres mejor» de «Ese Pinocho nunca me comía el chocho»

Disney lo convirtió en el compañero simpático, con sombrero y paraguas, y en castellano se quedó con el nombre de Pepito Grillo. Tanto que hoy llamamos pepito grillo a cualquiera que hace de conciencia ajena sin que nadie se lo pida.

La canción tiene su pepito grillo, y lo pone justo antes del final. ¡Ah! Y no te olvides. Precaución, amigo conductor, que parece que el morbo no se lleva bien con el condón.

La fórmula «precaución, amigo conductor» suena a cuña de radio de tráfico, a cartel de carretera, a voz de servicio público. Y eso es lo gracioso: un consejo de seguridad vial aplicado a la cama. El narrador se despide del ex con una advertencia de salud sexual, dicha con el tono de quien avisa de que hay niebla en la autovía. Si el diario tiene una nota sobre salud sexual sin tabúes, esta línea es su versión con purpurina.

La diferencia con el cuento es que aquí nadie le tira un mazo al grillo. El consejo se dice, se repite varias veces en el tramo final, y la canción sigue. Lo que haga el morenazo con él ya no es asunto del narrador.

La metamorfosis: del muñeco al burro, del morenazo al marrano

Uno de los capítulos más famosos del libro es el del País de los Juguetes. Pinocho se escapa con su amigo Mecha a un lugar donde no hay escuela y todos los días son fiesta. Y después de unos meses de juerga, a los dos les crecen orejas de burro. Acaban convertidos en burros de verdad, vendidos a un circo, rebuznando. Es el castigo a la vida sin responsabilidades: perder la forma humana.

La canción tiene su propia metamorfosis animal, y es la parte más disparatada de la letra.

Que no pienso volver con él. Ya tuve una cerda vietnamita. Vaca. Muchas veces la echo de menos. Así que por eso no quiero en mi casa ya a otro gorrino. O si lo prefieres mejor, marrano. Creo que así es como te llaman todos en El Médano.

Hay que leerlo despacio, porque el salto es enorme. Primero, ternura de verdad: el narrador tuvo una cerda vietnamita que se llamaba Vaca, y la echa de menos. Una cerda llamada Vaca ya es un chiste en sí mismo, una confusión de granja muy de dibujos animados. Y luego, de la ternura al insulto sin cambiar de animal. Ya tuve una cerda en casa, gracias. No necesito otro gorrino.

En el cuento, Pinocho se convierte en burro por vago. En la canción, el morenazo se convierte en marrano por la boca del narrador, y además con apoyo popular: así es como le llaman todos en El Médano, que es un pueblo de la costa sur de Tenerife, conocido por su viento y sus playas. La metamorfosis no la decide un hada ni un hechizo. La decide el vecindario.

Y hay una diferencia importante. En el libro, el burro sufre: lo hacen trabajar, lo azotan, se rompe una pata. La canción no le desea nada de eso al marrano. Solo le cierra la puerta de casa. No quiero en mi casa un marrano. Es una cuestión de espacio, no de venganza.

El gato y la zorra: cuando el mentiroso es el otro

Hay una cosa que mucha gente olvida del libro. Pinocho miente, sí, pero también es víctima de mentirosos mucho peores que él. El Gato y la Zorra, dos estafadores de camino, le convencen de que si entierra sus monedas de oro en el Campo de los Milagros crecerá un árbol cargado de monedas. Pinocho se lo cree, entierra el dinero y, cuando vuelve, no hay nada. Se lo han llevado ellos.

En ese capítulo Pinocho es el ingenuo, el que se traga el relato de otros. Y es interesante ponerlo al lado de la canción, porque el narrador de la letra se coloca justo en el sitio contrario. Ya no es el que se traga el cuento. Es el que lo ve caer. El morenazo esperaba encontrar a alguien tan crédulo como Pinocho delante del Gato y la Zorra, dispuesto a enterrar otra vez las monedas. Y se encuentra con alguien que ya sabe que en el Campo de los Milagros no crece nada.

La ballena que no se lo traga

Casi al final del libro, Pinocho es tragado por un pez enorme, un tiburón gigantesco que en la película de Disney pasó a ser una ballena. Dentro de su barriga encuentra a Geppetto, que lleva allí mucho tiempo. Y desde ahí, por fin, Pinocho hace algo bueno: saca a su padre a hombros, nadando, de vuelta a la orilla.

Collage con un detalle de la carátula de «Ese Pinocho nunca me comía el chocho» y las carátulas de «De mito a vómito», «En un musical gay», «El panda del acoso sexual»

En la canción no hay ballena. Mejor dicho, la ballena es el narrador, y esta vez no se traga nada. Ni el relato, ni las mentiras, ni el papel de ex destrozado. El ex esperaba ser recibido de vuelta, tragado otra vez por la relación, con todas sus mentiras dentro. Y se encuentra con la boca cerrada.

Pero lo que sí le digo a ese Pinocho que nunca me comía el chocho: que no pienso volver con él.

El estribillo: una queja de cama con rima de patio

Hay que hablar del estribillo, porque es el que da título a la canción y el que hace que mucha gente la recuerde.

Ese Pinocho que nunca me comía el chocho.

Es una rima de patio de colegio, Pinocho y chocho, de las que se hacen con nueve años para provocar risitas. Y lo que dice es una queja muy adulta: falta de atención en la cama. Mike, en su texto sobre la canción, lo explica con una frase que conviene recordar: la canción habla de sexo y de falta de atención con la misma naturalidad con la que se habla del tiempo.

Usar la palabra chocho en boca de un narrador masculino, en una canción queer, es puro camp. Es apropiarse de una palabra vulgar, jugar con el género y convertir el reproche en carcajada. El estribillo no pide perdón por existir. Y por eso funciona como despedida: nadie suplica volver con alguien a quien acaba de describir así.

En el cuento, la nariz de Pinocho crece cuando dice algo falso. Aquí el estribillo es la única cosa de la canción que nadie pone en duda. Es lo más verdadero que se dice en toda la letra.

El final que Collodi no escribió

El libro de Collodi termina con un milagro. Pinocho, después de trabajar y cuidar de su padre enfermo, se despierta una mañana convertido en un niño de verdad. El muñeco de madera queda apoyado en una silla, con los brazos colgando. Y el niño lo mira y piensa lo ridículo que era cuando era un muñeco.

La canción no tiene hada azul ni conversión. El Pinocho de esta historia no se vuelve de carne y hueso, no aprende la lección, no recibe premio. No sabemos qué le pasa después, porque al narrador ya no le interesa. La canción termina con una despedida de dos palabras, repetida como un portazo con eco.

Hasta nunca y adiós.

Si hay alguien en esta historia que se despierta transformado, es el narrador. El que esperaban encontrar destrozado aparece entero. El muñeco que habían tallado en su cabeza se queda apoyado en la silla, con los brazos colgando. Y el de verdad se va.

Lo que se repite: una canción que gira como un tiovivo

La estructura de la letra merece una nota. La canción cuenta su historia una vez, entera, y luego la vuelve a contar casi igual. Después, en el tramo final, se queda dando vueltas a dos frases: la del Pinocho y la del amigo conductor. Las alterna, las encadena, las repite. Como un tiovivo de feria que ya no avanza y solo gira.

Ficha de la canción «Ese Pinocho nunca me comía el chocho» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

En el País de los Juguetes de Collodi había, precisamente, tiovivos y espectáculos a todas horas. La canción termina en esa feria, pero sin castigo. Gira por gusto, no por condena.

Esa repetición tiene un efecto claro. Lo que se queda pegado no es el dolor. Es la burla y el consejo. Las dos cosas que el narrador quiere dejarle al ex como recuerdo: que mentía y que use condón.

Dónde está en el disco

«Ese Pinocho nunca me comía el chocho» es la pista 44 de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK. Va justo después de «En un musical gay» y antes de «El panda del acoso sexual». En la lista numerada de singles de la web es la 9 de 273, entre «Extravaganza» y «De mito a vómito», que también va de ver caer del pedestal a alguien que parecía otra cosa.

Lleva las etiquetas de indie pop, pop alternativo, queer pop y camp. La última vuelve a ser la que mejor le queda. Un cuento infantil, una cerda llamada Vaca, un consejo de tráfico y una rima guarra, todo en la misma despedida.

Tiene videoclip oficial, que se puede ver en su página de vídeo en el planeta, y está en Spotify y en el resto de plataformas.

Por qué funciona leerla con el cuento al lado

Las canciones de ruptura suelen mirar hacia dentro. Esta mira hacia una biblioteca infantil y saca el libro más conocido sobre mentiras. No para dar una lección, sino para reírse. El humor de Mike muchas veces funciona así, y en el diario hay una nota entera sobre el humor como forma de supervivencia que explica por qué reírse de algo no lo hace pequeño.

Pinocho es un buen espejo porque es un personaje que todos conocemos desde niños. Sabemos cómo es un mentiroso de cuento. Sabemos que la nariz lo delata. Y la canción nos invita a reconocer a ese mismo personaje en un adulto, con abrigo de borrego en el desierto o sin camiseta al fondo de la foto.

Hay una diferencia final, y es la más importante. El cuento de Collodi es un cuento sobre Pinocho. Todo gira alrededor del muñeco, de sus errores y de su redención. La canción no. La canción gira alrededor de quien se va. Pinocho es solo el apodo. El protagonista es el otro, el que no se dejó tallar.

Índice de capítulos, para quien tenga prisa

Para quien quiera la comparación de un vistazo, aquí va el índice, como en las ediciones ilustradas.

Capítulo uno: un trozo de madera que habla, o un morenazo con un relato. Capítulo dos: la nariz crece, o el relato se cae. Capítulo tres: el carpintero talla un muñeco, o el ex imagina a un narrador destrozado que no aparece. Capítulo cuatro: el grillo da consejos, o el amigo conductor recibe uno sobre el condón. Capítulo cinco: el niño se convierte en burro, o el morenazo en marrano, por votación popular en El Médano. Capítulo seis: la ballena se traga a todos, o la ballena cierra la boca. Capítulo final: el muñeco se vuelve niño de verdad, o el narrador se va entero. Hasta nunca y adiós.

Para quien escriba sobre música, la información del proyecto está en la sala de prensa del planeta.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Ese Pinocho nunca me comía el chocho»?

Es una despedida dirigida a un ex que esperaba ver al narrador destrozado, llorando y suplicando que volviera. La sorpresa es que no pasa: el narrador le dice que no piensa volver, se ríe de sus mentiras y le deja un consejo sobre el condón antes del adiós.

¿Por qué Pinocho?

Porque es el mentiroso más famoso de la literatura infantil, el muñeco al que le crece la nariz cada vez que miente. La canción lo usa como apodo para alguien cuyo relato se está cayendo.

¿En qué disco está?

Es la pista 44 de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», entre «En un musical gay» y «El panda del acoso sexual». En la lista numerada de singles de la web es la 9 de 273.

¿Qué se ve en la portada?

Un desierto al atardecer. Delante, un hombre con abrigo blanco de cuello de borrego abierto sobre el pecho tatuado; detrás, en sombra, una figura sin camiseta con una nariz larguísima. El título va en letras doradas y se corta antes de la última palabra.

¿Quién hace la canción?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.

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