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Libro de condolencias de un entierro camp: quién firma en «¡Eso es lefa!»

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Portada de «¡Eso Es Lefa!», canción de Mike Sain't Louis

En casi todos los tanatorios de España hay un objeto discreto junto a la puerta de la sala. Un atril, un libro de tapas oscuras y un bolígrafo atado con un cordón. Es el libro de condolencias. Quien viene a despedirse escribe su nombre y, si se atreve, una frase. «Siempre te recordaremos.» «Descansa en paz.» «Un abrazo a la familia.»

Después, la familia se lleva el libro a casa. Y alguna noche, meses más tarde, alguien lo abre y cuenta las firmas. Quién vino. Quién no vino. Quién escribió algo bonito y quién solo dejó un garabato.

«¡Eso es lefa!» es, en cierto modo, una canción sobre ese libro. Empieza con alguien que se imagina su propio entierro y hace la cuenta de antemano: cuántas firmas habrá, de quién serán. Y termina con un incidente tan escandaloso que, si existiera ese libro de condolencias, alguien habría tenido que arrancar la página.

Mike la define en su ficha de «Canción a canción» como probablemente la canción más gamberra que ha escrito. Y advierte que empieza haciéndose la seria a propósito.

El diario ya contó cómo funciona como un entierro camp contra el miedo a ser olvidado. Hoy el planeta se coloca junto al atril, con el bolígrafo del cordón en la mano, y repasa el libro firma a firma. Quién estuvo, quién se esperaba y quién protagonizó el momento que nadie de la sala va a olvidar.

Advertencia previa: la canción es explícita, y en algún momento esta nota también tendrá que serlo. Se hará con el mismo descaro que la letra, pero sin regodearse.

La portada del libro

Todo libro de condolencias lleva en la primera página el nombre del difunto. En este, la primera página tiene una frase.

«Nadie hablará de mí cuando haya muerto.»

Es el verso que abre la canción, y el que más se repite en las estrofas. Mike lo compara en su ficha con un poema existencialista. Quien escucha se prepara, dice, para algo triste, solemne, de pañuelo en mano.

Hay un detalle en la primera línea que suele pasar desapercibido. Antes de ese «nadie hablará de mí», la letra dice otra cosa: «Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto». Primero el plural, luego el singular. Primero un «nosotros» que podría ser cualquiera (una pareja, un grupo de amigos, una generación entera), y enseguida un «yo» que se queda solo con la pregunta.

Es un paso muy rápido, apenas un verso, pero cambia el tono. El miedo colectivo a desaparecer es casi filosófico. El miedo individual es mucho más concreto. Ya no se trata de que la humanidad nos olvide, sino de que nadie diga mi nombre.

En el diario, Mike reconoce que es una frase que casi todo el mundo ha pensado alguna vez a las tantas, mirando al techo. La diferencia, añade, es que normalmente se queda ahí, en el techo. Él la convirtió en estribillo.

Primera firma: dos amigos contados

Después de la portada, el libro empieza a llenarse. La letra enumera a los asistentes en una sola tirada, sin respirar.

«Dos amigos contados, familia de sangre, mi madre, mi padre, el buenazo de mi última pareja, algún vecino cotilla.»

La primera firma es doble. Dos amigos. Y no dos amigos cualesquiera: dos amigos contados. La expresión es muy española y muy precisa. Se dice de algo que hay en cantidad tan escasa que se puede contar con los dedos. «Tiene los amigos contados.» No son muchos, pero son seguros.

Mike lo resume en su ficha como una lista muy humilde de quién va a acordarse del narrador cuando ya no esté. Nada de multitudes ni homenajes. Una reflexión, dice, bastante honesta sobre lo pequeño que es el círculo que de verdad te recuerda.

Quien haya ido a varios entierros sabe que es verdad. Las salas se llenan los primeros minutos, con compañeros de trabajo, conocidos, gente que viene por compromiso. Pero el círculo de quien se acuerda meses después, de quien abre el libro y vuelve a leer las firmas, es mucho más pequeño. Cabe en una mano.

Segunda firma: la familia de sangre

La siguiente línea del libro es para la familia. «Familia de sangre, mi madre, mi padre.»

Fotogramas del videoclip oficial de «¡Eso es lefa!», de Mike Sain't Louis

La expresión «familia de sangre» no es inocente en un contexto queer. Se usa casi siempre por oposición a otra: la familia elegida, la que muchas personas LGTBI construyen con amigos cuando la de origen no está o no acompaña. Decir «de sangre» es reconocer que existe la otra.

Aquí, la familia de sangre está. La madre, el padre. Firman. No hay ningún reproche en la letra hacia ellos, ninguna sombra. Están en la lista de quienes se acordarán.

En el diario, Mike apunta algo que conecta con esta parte. Mucha gente LGTBI, escribe, ha crecido con la sensación de vivir en los márgenes de las historias de los demás. En las bodas, en las comidas familiares, en las fotos de grupo. Esa sensación de ser un personaje secundario se arrastra y a veces aparece en forma de pregunta: ¿quién se va a acordar de mí?

La canción contesta en parte con esta firma. Al menos ellos. Al menos la madre y el padre.

Tercera firma: el buenazo de la última pareja

La tercera firma es la más tierna de toda la lista, y también la más graciosa. «El buenazo de mi última pareja.»

«Buenazo» es una palabra con doble filo. Es un elogio, porque describe a alguien bueno de verdad, sin malicia. Pero lleva un sufijo aumentativo que le da un punto de condescendencia cariñosa. El buenazo es el que siempre está, el que no falla, el que quizá no despertaba grandes pasiones pero que, llegado el momento, aparece en el tanatorio con la chaqueta planchada.

Que la última pareja esté en la lista dice algo de cómo terminó la relación. No terminó a gritos. El ex sigue en el círculo de los que se acordarán. Es un detalle pequeño, casi de pasada, pero dibuja a un narrador que no ha quemado todos los puentes.

Hay otra lectura posible del adjetivo, y es igual de cariñosa. En muchas familias, «buenazo» es como se llama al cuñado que ayuda con las mudanzas, al primo que siempre lleva el coche, al compañero que se queda a recoger cuando todos se han ido. Es una palabra de cocina y de sobremesa. Que el narrador la use para su última pareja la mete en ese mismo territorio doméstico, lejos de cualquier drama.

Y conviene fijarse en el posesivo. No dice «mi ex». Dice «mi última pareja». Es una formulación neutra, sin rencor, casi notarial. Como quien rellena un formulario y llega a la casilla de estado civil.

Y prepara el contraste con lo que viene. Porque en la canción hay otro personaje que también debería firmar en el libro, y que no se parece en nada al buenazo.

Cuarta firma: algún vecino cotilla

La última firma de la lista es la más vaga. «Algún vecino cotilla.» No se sabe cuál, ni cuántos. Algún.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto» de «¡Eso es lefa!»

Es la firma que cualquiera esperaría. En todos los entierros de barrio aparece alguien del bloque que no era íntimo del difunto pero que no se pierde una. El que sabe a qué hora salías y con quién volvías. El que te saludaba en el ascensor con una sonrisa y luego lo comentaba todo en el portal.

Mike señala en su ficha un detalle de construcción que es de manual. Esta vecina cotilla, que aparece aquí casi de relleno, va a volver al final de la canción con un papel protagonista. «Ya estaba en la lista del principio», escribe, «por algo sería».

En teoría literaria esto tiene un nombre. Se suele atribuir a Chéjov la idea de que, si en el primer acto aparece una escopeta colgada en la pared, en el último acto tiene que dispararse. La vecina cotilla es la escopeta de «¡Eso es lefa!». Se presenta discretamente en la primera estrofa y se dispara en la última.

El libro en bucle

Después de la lista, la canción vuelve a la portada. «Nadie hablará de mí cuando haya muerto.» Y otra vez. Y otra vez. Cuatro veces seguidas, antes de repetir la lista entera.

Mike describe el efecto en su ficha: la repetición de esa frase, una y otra vez, le da un aire casi hipnótico.

Es lo que pasa cuando uno hojea un libro de condolencias de verdad. Las frases se repiten. «Descansa en paz», «descansa en paz», «siempre en el recuerdo». Después de veinte páginas, la repetición deja de ser triste y se vuelve casi una letanía.

En el diario, Mike lo cuenta de otra manera. Lo que viene después de la frase, dice, es una cuenta. No es una lista trágica, es casi un recuento de mesa electoral. Y ese tono le interesa porque desactiva el melodrama. Cuando uno se pone a hacer números de verdad, el miedo a desaparecer se vuelve muy concreto y, curiosamente, un poco menos aterrador.

Hasta aquí, la canción podría ser una pieza seria. Melancólica, repetitiva, honesta. Un pequeño réquiem en primera persona.

Y entonces alguien abre la puerta de la sala.

La firma que falta: tú

Hay un personaje que no aparece en la lista de asistentes. No es de los amigos contados, no es familia, no es el buenazo, no es el vecino. Es el «tú» de la canción.

«Y me juego el cuello y no lo pierdo, en que tú estarías antes de preparar el discurso en el entierro, haciendo cruising en los matorrales de dentro.»

El narrador apuesta el cuello, que en un entierro es una apuesta con bastante ironía. Y lo que apuesta es que este «tú» llegaría al funeral, pero no para preparar unas palabras. Estaría de cruising en los matorrales.

Mike lo describe en su ficha como ese «tú» al que va dirigida la canción, alguien que en el entierro del narrador estaría más pendiente de hacer cruising entre los matorrales que de preparar el discurso.

Y la letra le pone un adjetivo muy concreto: los ojos de este personaje son «falsos ojos». No llora. O, si llora, llora de mentira. En la ficha, Mike lo resume en una palabra: hipocresía. La canción habla, dice, de la hipocresía de quien finge pena y en realidad solo piensa en lo suyo.

En el libro de condolencias, este personaje habría firmado con la frase más larga y más emotiva de todas. Y habría sido la más falsa.

El incidente junto al féretro

Lo que viene a continuación es el momento que da nombre a la canción, y la letra no ahorra detalles.

Collage con un detalle de la carátula de «¡Eso es lefa!» y las carátulas de «Ataúd de neón», «Envejecer», «Hetero»

En lugar de lágrimas por los falsos ojos, a este personaje le sale otra cosa. La letra la describe con cuatro adjetivos encadenados: «una lágrima blanca, espesa, pesada, abultada». Y especifica el lugar por el que sale, que no son los ojos sino «la raja de atrás». Y dónde cae: «justo en mi féretro».

Mike lo cuenta en su ficha con algo más de pudor: en lugar de llorar por los ojos, al personaje le cae una lágrima blanca y espesa por el sitio menos esperado, que aterriza justo encima del féretro. En el diario va todavía más lejos en la discreción: no lo describe con más detalle, dice, porque la letra ya lo hace con todo el descaro necesario.

Lo que interesa aquí no es la imagen en sí, que es lo que es, sino lo que hace con el luto. La lágrima es el símbolo universal de la pena en un funeral. La canción la sustituye por su parodia más bestia. Es una lágrima, sí, blanca y espesa, pero no viene de la pena sino de los matorrales. Es el retrato físico de la hipocresía: alguien que ha venido a llorar y lo que deja sobre el ataúd es la prueba de que estaba a otra cosa.

El grito de la vecina

«La gente mira asombrada y la vecina grita: ¡Eso es lefa!»

Aquí se dispara la escopeta. La vecina cotilla de la primera estrofa, la que estaba en la lista casi de relleno, es la única persona de la sala que se atreve a decir en voz alta lo que todos están viendo.

Mike describe en su ficha el momento: la gente se queda mirando, sin saber qué pasa, y la vecina cotilla grita lo que todos están pensando. Y a partir de ahí, dice, la canción se convierte en un coro de escándalo, con el grito repetido hasta el infinito como en una verbena descontrolada.

En el diario, Mike lo llama puro camp español. Tiene algo de sainete, escribe, de patio de vecinos que lo comenta todo, de comedia de enredo en un tanatorio. Es el tipo de humor que convierte lo sagrado en ridículo sin pedir permiso.

Y en la ficha encuentra la referencia exacta: tiene algo de esperpento, de Valle-Inclán en una zona de cruising. El esperpento es la estética que Valle-Inclán bautizó en «Luces de bohemia», la de deformar la realidad como en los espejos cóncavos hasta que lo trágico se vuelve grotesco. Y no deja de ser una coincidencia simpática que en esa misma obra haya también velatorio y cementerio.

El coro de la sala

Después del grito, la letra se vuelve casi solo eso. «¡Eso es lefa!» repetido decenas de veces, intercalado de vez en cuando con el «nadie hablará de mí cuando haya muerto» del principio.

Si se mira la letra completa, el contraste es muy visible. La primera mitad es la frase seria, repetida en bucle. La segunda mitad es el grito, repetido en bucle. Las dos frases acaban alternándose, como dos coros que se responden: uno lamenta el olvido, el otro lo desmiente a gritos.

Porque eso es lo que hace, en el fondo, la vecina cotilla. El narrador temía que nadie hablaría de él cuando hubiera muerto. Y resulta que su entierro va a ser el más comentado del barrio durante años. Nadie va a olvidar aquel funeral. Gracias, precisamente, al personaje que menos lo merecía y a la vecina que menos se esperaba.

Hay incluso una justicia poética en quién termina siendo la cronista del entierro. No es el buenazo, que habría dado un discurso amable. No son los amigos contados, que habrían contado anécdotas entrañables. Es la cotilla. La que el narrador había puesto al final de la lista, casi con desdén, se convierte en la memoria oficial del barrio. Y su versión, como pasa siempre con las versiones de las cotillas, será la que sobreviva.

Es la gran broma estructural de la canción. El miedo al olvido se resuelve con un escándalo inolvidable.

Mike lo explica en el diario así: si el miedo a ser olvidado es solemne, la manera de desarmarlo es meterle en medio la cosa menos solemne que se te ocurra. La canción no contesta la pregunta «¿quién se va a acordar de mí?» con un discurso de autoestima. La contesta con una carcajada.

Lo que queda escrito en el libro

Cuando el libro de condolencias llega a casa, alguien lo abre. En este caso, las páginas contarían una historia curiosa.

Ficha de la canción «¡Eso es lefa!» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Dos firmas de amigos. La de la madre y la del padre. La del buenazo, con letra cuidada. La de la vecina, apresurada, quizá con una gota de café. Y una página arrancada, o una firma con una frase demasiado bonita para ser verdad.

Lo que dice la canción, leída así, es algo bastante serio envuelto en algo muy gamberro. Que el círculo que de verdad nos recuerda es pequeño, y está bien que lo sea. Que en ese círculo puede haber familia de sangre y exparejas buenas. Que siempre habrá alguien que venga a fingir. Y que, al final, lo que más se recuerda de un entierro no siempre es lo más solemne.

Mike lo resume en su ficha: para él, esta canción es humor negro y desahogo a partes iguales.

El planeta tiene otras piezas que rondan el mismo tema desde ángulos muy distintos. «Ataúd de neón» pone luz de colores al féretro. «Envejecer» mira el final desde la vejez que no llegó. Y el diario dedica una reflexión más seria al duelo y las despedidas, para quien necesite el tono contrario a este.

Ficha del velatorio

Para quien quiera escucharla, estos son los datos.

«¡Eso es lefa!» es la pista 87 de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el disco que abre la trilogía. Su ficha la sitúa en el indie pop, el pop alternativo, el queer pop y el camp, y de las cuatro etiquetas, la última es la que manda. Mike pone la letra, la composición y la producción; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.

Tiene videoclip oficial, de algo más de tres minutos, y se puede escuchar en Spotify.

Como en todas las letras de Mike, el narrador es un personaje, y el «tú» de los matorrales también. No son retratos de nadie en concreto.

Para periodistas y medios, la sala de prensa reúne fotos, notas y material oficial del proyecto.

Quién debería firmar

Mike es muy claro sobre a quién no se la pondría: a su abuela, eso está claro.

Pero sí, dice, a ese grupo de amigos que se ríe de todo, incluso de la muerte. La recomienda para la previa de una noche de fiesta o para cuando te hayas cansado de las canciones de duelo serias. Y termina con una frase que funciona casi como instrucción de uso: si te escandaliza un poco, mejor, significa que está funcionando.

Reírse de la muerte es una de las tradiciones más antiguas que existen. Hay pueblos donde los velatorios terminaban con chistes y anécdotas del difunto, y hay quien pide en su testamento que suene una canción alegre en su funeral. «¡Eso es lefa!» se apunta a esa tradición por la vía más bestia posible.

Si el miedo a ser olvidado deja de ser un pensamiento de madrugada y se convierte en algo que pesa todos los días, conviene hablarlo con alguien. En España, el 024 atiende gratis y a cualquier hora a quien lo necesite.

Última página

Los libros de condolencias suelen tener más páginas de las que se usan. Al final quedan muchas en blanco.

Si este tuviera una última frase escrita, sería la de la portada, corregida a mano. «Nadie hablará de mí cuando haya muerto.» Tachado. Y debajo, en la letra temblorosa de una vecina que lo vio todo:

Hablarán. Vaya si hablarán.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «¡Eso es lefa!» de Mike Sain't Louis?

Empieza como un poema existencialista, «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», con una lista humilde de quién se acordará del narrador. Luego da un giro gamberro: un personaje hipócrita aparece en el entierro, ocurre un incidente junto al féretro y una vecina cotilla grita la frase que da título a la canción.

¿Por qué una canción tan explícita sobre un entierro?

Mike explica en el diario que, si el miedo a ser olvidado es solemne, la manera de desarmarlo es meterle en medio la cosa menos solemne que se te ocurra. En su ficha la define como humor negro y desahogo a partes iguales.

¿Qué tiene que ver con Valle-Inclán?

Mike dice en su ficha que la canción tiene algo de esperpento, «de Valle-Inclán en una zona de cruising». El esperpento es la estética de la deformación grotesca que Valle-Inclán bautizó en «Luces de bohemia».

¿Para quién es?

Para el grupo de amigos que se ríe de todo, incluso de la muerte. Mike la recomienda para la previa de una noche de fiesta o para cuando te hayas cansado de las canciones de duelo serias. A su abuela, aclara, no se la pondría.

¿Quién hace la canción?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.

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