Arte
Catálogo de exposición: los carteles oficiales del Planeta Gayfolk, sala por sala
Por Mike Sain't Louis ·

Todo museo empieza por una puerta y por una fecha. La del Planeta Gayfolk está en la galería de la web, y la fecha está escrita debajo de cada imagen: 24.07.2026. Ese día se fecharon los carteles oficiales del planeta, una serie de retratos en los que Mike Sain't Louis aparece dentro de escenas imposibles. Junglas con un planeta rosa en el cielo, ciudades bombardeadas, celdas de manicomio, desiertos con Saturno al fondo, salones barrocos con neones dorados.
Vistos de uno en uno en el móvil, son carteles. Vistos en fila, son otra cosa: una exposición. Tienen salas, tienen temas que vuelven, tienen una forma de mirar que se reconoce aunque cambie el decorado. Este texto es su catálogo. No el oficial, que no existe, sino el que uno escribiría al salir de un museo pequeño y raro, con las manos llenas de folletos.
Las descripciones de cada cartel están tomadas de su ficha en la galería. Lo demás es lectura: qué conversa con qué, qué se repite, qué dice el conjunto. Cuando se cita una letra, es de las publicadas en el archivo.
Sala 1. La toalla en la jungla
La exposición abre con una prenda que parece una broma y es un emblema: la toalla oficial del planeta. Aparece en varios carteles. En «Jungla del planeta rosa», la ficha describe a Mike «semidesnudo con la toalla oficial del planeta» sobre una roca, frente a «un planeta rosa gigante en una jungla alienígena al atardecer». En «Toalla oficial desplegada», la toalla se abre de frente, como una bandera, bajo «una luna rosa enorme». En «Fiesta neón GAYFOLK», la toalla vuelve en mitad de una fiesta nocturna con «humo rosa y verde, cubos de fuego y letrero de neón del planeta».
¿Por qué una toalla? Porque es el objeto más doméstico y más playero que existe, y porque el planeta, a fin de cuentas, nació de la playa. Basta pensar en las letras que pasan por El Médano, por La Tejita, por el Mal Pas, por Benidorm. Una toalla es lo que se lleva cuando uno quiere tumbarse en un sitio y quedarse. Aquí se lleva a otro planeta. Es el equipaje mínimo del colono.
Hay además un chiste de fondo para quien lo quiera ver: la toalla como bandera de un país. En los mapas antiguos, los exploradores clavaban una bandera al llegar. En el Planeta Gayfolk, el explorador despliega una toalla de playa con el nombre del sitio impreso. Es el gesto camp por excelencia: tomar la épica del descubrimiento y hacerla con un objeto de chiringuito.
La jungla, por su parte, es el paisaje del principio. El primer álbum de la trilogía se titula «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», y la canción que le da nombre describe ese lugar por lo que no tiene: «No hay grinder ni aplicaciones, tampoco hay complejos». La jungla rosa de los carteles es esa tierra sin aplicaciones. Vegetación, agua, un planeta enorme en el cielo y un hombre con una toalla. Nadie le pide una foto de perfil.
Sala 2. Guerra y lágrimas
La segunda sala cambia de golpe. Después del paraíso, la guerra. En «Ángel en guerra», la ficha describe a Mike «como ángel caído con alas de fuego rosa mientras bombarderos surcan el cielo de una ciudad en ruinas». En «Guerra y lágrimas», el color desaparece: «retrato en blanco y negro de Mike Sain't Louis llorando en primer plano, con una ciudad bombardeada humeando de fondo».
Es la sala más seria de la exposición, y conversa con una de las canciones más tristes del segundo álbum, «Otro bombardeo»:
«Yo ahora mismo no puedo aguantar / Otro bombardeo y aquí tampoco / Puedo escapar»
En la letra, el bombardeo es emocional: ataques que se repiten, alguien que no encuentra refugio. En los carteles, el bombardeo se hace literal, con aviones y humo. La traducción visual de una metáfora. Lo interesante es el contraste de los dos carteles: uno en color, con alas de fuego rosa, casi heroico; el otro en blanco y negro, sin alas, llorando. Son las dos caras del mismo día. Por la mañana uno se cree un ángel que resiste. Por la noche llora entre las ruinas.
La misma letra se hace una pregunta que estos dos carteles podrían llevar como pie: «¿Será verdad que soy una víctima / Y ya cansa mi historia lírica?» Los carteles responden sin palabras. No cansa. Se mira.
Sala 3. El encierro
La tercera sala es una sola celda. En «Manicomio rosa», Mike «grita con camisa de fuerza en una celda iluminada por neón rosa y verde, con el logo PLANETA GAYFOLK pintado con spray en la puerta».

Es una imagen fuerte, y tiene una historia larga detrás. Durante buena parte del siglo XX, la homosexualidad se trató como enfermedad mental en muchos países, y el manicomio fue uno de los lugares a los que se mandaba a la gente queer. Ponerse una camisa de fuerza bajo un neón rosa es tomar ese pasado y pintarlo con spray. El logo del planeta en la puerta de la celda dice algo muy concreto: este encierro también es nuestro territorio, y lo vamos a decorar.
La sala conversa con canciones como «Ruido en mi mente», del segundo disco, donde la cabeza se vuelve una casa con ecos: «Ruido ruido ruido en mi mente otra vez / Cierro los ojos pero no se va esta vez». La celda rosa es esa cabeza vista desde fuera. Gritar dentro, con la puerta grafiteada.
Una de las leyes del Manifiesto de la Colonización, el texto con el que Mike firma la nueva era del planeta, parece escrita para esta sala: «La rareza no se cura: se corona.»
Sala 4. La Tierra que dejamos
La cuarta sala mira a la Tierra, a la de verdad, con sus vertederos, sus ciudades costeras y sus volcanes. Tres carteles la forman.
En «Zona radiactiva», Mike posa «con guantes negros y una bolsa de basura como falda entre bidones radiactivos, con una refinería exhalando humo verde y rosa». Es moda hecha con desechos, alta costura de vertedero. En «Punk de Benidorm», luce «cresta rosa y una toalla con una rata punk mientras el skyline de Benidorm arde en luces neón detrás de él». Y en «Canarias en erupción», «sostiene la bandera de Canarias» junto a la bandera trans «mientras un volcán entra en erupción tras él».
Benidorm y Canarias no son decorados elegidos al azar. Son dos de los lugares que más aparecen en las letras del planeta. Benidorm tiene su propia canción de carretera, «Madrid to Benidorm», y su drag pionera en «La primera drag de Benidorm». En «El día de la liberación», el final feliz se resume en tres palabras: «Yo feliz en Benidorm». Canarias atraviesa medio catálogo, de El Médano al gofio. Los carteles convierten esos lugares en escenarios de cine: Benidorm de noche con su skyline encendido, Canarias en erupción.
La bandera trans junto a la canaria merece una pausa. Es un gesto político sin discurso: dos banderas sostenidas a la vez, con un volcán detrás. La isla y la identidad, juntas, en plena erupción.
Sala 5. Salones, tronos y la trilogía
La quinta sala es la más camp. Aquí el planeta se pone barroco. «Trono rosa» muestra a Mike «sobre un trono de terciopelo púrpura» con un traje rosa que refleja la luz. «Sofá rosa metalizado» lo recuesta «en el suelo espejado ante un sofá barroco de tapizado fucsia y madera dorada». «Neón dorado en salón barroco» lo pone en un salón con lámparas de araña y «traje crema bordado con rosas». «Salón de vinilo» cambia el barroco por los setenta: tocadiscos, alfombra rosa y «batín estampado».
Y en el centro de la sala, el cartel que funciona como portada de toda la exposición: «Cabaret planetario». Mike, «con traje crema y cruz al cuello», se acomoda en un sofá negro «ante un gran ventanal circular que da a un planeta rosa», junto a «una pantera dorada y decantadores de whisky». Al pie, según la ficha, aparecen «los tres álbumes de la trilogía Gayfolk».
Es el retrato del colono instalado. Ya no está en la jungla con una toalla. Está en su salón, con vistas al planeta, rodeado de objetos de lujo kitsch. La pantera dorada es un guiño a las decoraciones de los años setenta, y los decantadores, al cine de espías. La ventana redonda es de nave espacial. Todo el universo estético del proyecto cabe en ese cartel, y por eso lleva al pie los tres discos.
La página de estética del universo lo dice en una frase que describe esta sala mejor que cualquier crítico: «Extremos que conviven sin contradecirse.» Terciopelo y neón. Barroco y ciencia ficción. Trono y batín.
Sala 6. Carretera y cine
La sexta sala es una película de carretera. Varios carteles ponen a Mike junto a un coche clásico, casi siempre rosa, casi siempre en un sitio donde ese coche no debería estar.

En «Desierto y Cadillac», se apoya «en un porche de madera frente a un coche clásico en mitad del desierto, en una escena de road movie cálida y elegante». En «Cadillac de Saturno», el desierto ya no es de la Tierra: «abrigo de leopardo rosa, pantalón metalizado magenta y botas cowboy rosas» junto a un Cadillac rosa, en un desierto marciano «con Saturno al fondo». En «Chándal y neón planeta», el coche aparece en el aparcamiento mojado de un diner, y en «Diner con jukebox» el escenario es un diner de los cincuenta con «jukebox iluminada, milkshake» y un neón del planeta en la ventana. En «Noir en traje negro», el cine cambia de género: «elegante y de riguroso negro, junto a un coche clásico rosado bajo palmeras y un sol de Los Ángeles al anochecer».
Es la sala más americana, y tiene sentido. El Cadillac rosa es probablemente el coche más famoso de la cultura pop, asociado durante décadas al rock and roll de los cincuenta y a una idea de éxito ostentoso. Llevarlo a Saturno es llevar ese sueño americano un poco más lejos de lo que nadie se atrevió. El imaginario del pop está lleno de carreteras, coches y cafeterías de neón. Lo que hace el planeta es pintarlo de rosa y llevarlo a Saturno. El road movie clásico era muy masculino y muy heterosexual: un hombre, un coche, una huida. Aquí el hombre lleva botas cowboy rosas y abrigo de leopardo. La huida sigue, pero el vestuario cambia.
Sala 7. Retratos de camerino
La séptima sala baja el volumen. Aquí no hay planetas ni volcanes. Hay sillas, tirantes y una barra de neón.
«Sillas y tirantes» es, según su ficha, «un retrato sobrio de club y camerino»: camisa marfil abierta, tirantes, una silla metálica. «Almacén y tirantes» repite la idea en un almacén oscuro atravesado por luz rosa. «Cuero y neón vertical» sienta a Mike en el suelo con «chaqueta de cuero negra, camiseta interior blanca y crucifijo, iluminado por una barra de neón rosa vertical». «Club en esmoquin blanco» lo pone en un club de luz magenta con «una actitud de crooner nocturno».
Son los carteles más íntimos de la serie. Sin decorado espectacular, el peso cae en la pose y en la luz. Recuerdan a las fotos de los camerinos antes de una actuación, cuando el artista todavía no ha salido y la sala está vacía. En una exposición, esta sería la habitación pequeña donde la gente baja la voz.
Hay un detalle que se repite en esta sala y que no es casual: los tirantes. Aparecen en dos carteles distintos, sobre camisas satinadas abiertas. El tirante es una prenda de trabajo, de obrero y de camarero, que el cabaret convirtió en prenda de escena y el club gay en prenda de deseo. Fuera de la galería, la canción «Boys from the Village» tiene en este diario un texto titulado «rodeo de tirantes en el granero». El tirante viaja de una sala a otra como un hilo de vestuario.
Sala 8. El taller y la puerta
La última sala habla del propio oficio. Dos carteles la ocupan.
En «Estudio en rosa y negro», Mike «descansa en el suelo de su estudio, entre salpicaduras fucsias, botes de pintura y carteles del planeta», con «la estética del proceso creativo convertida en retrato». Es el artista en su taller, un género antiquísimo de la historia del arte. Desde los autorretratos de los pintores con la paleta en la mano, el taller ha sido el sitio donde el artista se enseña trabajando. Aquí el taller está lleno de carteles del propio planeta. Un museo que se pinta a sí mismo.
Ese cartel conversa con «Outsider radical», del tercer álbum, cuyo texto de presentación es un pequeño manifiesto sobre la creación con herramientas digitales: «Me han dicho muchas veces que usar IA no es arte.» Y más adelante: «La diferencia es que yo no uso la IA para esconderme, la uso para revelarme.» El estudio lleno de pintura es la respuesta visual: aquí se trabaja, se mancha uno, hay proceso.
El otro cartel de la sala es «Gatekeeping nivel dios». Mike «se sienta ante la entrada blindada de GAYFOLK, entre cadenas, placas doradas y luna rosa, en una escena de club privado y teatralidad camp». Es un chiste sobre la canción «Gatekeeping», del segundo disco, que critica a quienes deciden qué cuenta como arte: «You draw a line / around yourself / and call it culture.» En el cartel, el guardián de la puerta es el propio artista. La ironía es redonda: el planeta que se queja de las puertas cerradas se hace una foto delante de la suya, con cadenas y todo.
Junto a ellos cuelga «Louvre rosa», con Mike ante «una pirámide rosa» en «una gran plaza nocturna de aire parisino». Es el museo de verdad, visto desde fuera, de noche, y pintado del color del planeta. La canción «Louvre» lo explica en su texto de presentación: «el Louvre aquí no es un museo: es un símbolo». Y añade una frase que podría colgar a la entrada de toda esta exposición: «reescribir los lugares donde nunca fuimos invitados».
Cómo mirar un cartel del planeta
Antes de salir del museo, conviene detenerse en el método. Los carteles del planeta se pueden mirar de tres maneras, y las tres funcionan.

La primera es la del cartel de cine. Casi todos tienen un título breve, una escena reconocible y un protagonista en el centro. «Noir en traje negro» podría anunciar una película de detectives; «Ángel en guerra», un drama bélico; «Desierto y Cadillac», una road movie. Quien haya crecido mirando los carteles de los cines de barrio, pegados en las paredes del vestíbulo, reconoce el lenguaje enseguida. Son promesas de historia. No la cuentan; la anuncian.
La segunda es la del retrato de corte. En los salones, los tronos y los sofás barrocos hay algo de pintura de reyes, de retrato oficial con cortinajes. Solo que el monarca lleva traje rosa metalizado y botines de tacón. Es el viejo juego camp de tomar la solemnidad del poder y vestirla de purpurina. El trono es el mismo. Lo que cambia es quién se sienta.
La tercera es la de la portada de disco. Cada cartel podría ser la carátula de un single, con su color dominante, su escena y su nombre. Y en cierto modo lo son: el planeta funciona como un catálogo enorme, y cada imagen es una puerta más. El manifiesto del universo lo dice en una de sus capas: «cada portada una habitación nueva». Los carteles son habitaciones sin canción asignada, salas vacías esperando a que alguien las ocupe con una historia.
Lo que no conviene hacer es mirarlos deprisa. Están pensados para el detalle: las cadenas de la verja dorada, el crucifijo sobre la camiseta blanca, los cubos de fuego de la fiesta, la rata punk de la toalla, el globo terráqueo junto al sillón rojo. Cada ficha de la galería enumera esos objetos con cuidado, como un inventario de atrezo. El museo recompensa a quien se acerca.
Lo que dice la exposición entera
Recorridas las ocho salas, se ve un orden aunque nadie lo haya colgado así. Paraíso, guerra, encierro, Tierra, salón, carretera, camerino, taller. Es casi una biografía. Se llega a un sitio nuevo con una toalla, se sufre un bombardeo, se pasa por la celda, se mira lo que quedó atrás, uno se instala, se escapa en coche, se prepara antes de salir y, al final, se pone a trabajar.
Hay también una constante visual que une todos los carteles: el rosa. Rosa en el planeta, en la luna, en las alas, en el neón del manicomio, en el Cadillac, en la pirámide del Louvre. Es el color que la cultura asignó a lo femenino y que la cultura queer recogió como bandera. En el planeta, es el color del cielo.
Y una constante de actitud: Mike aparece en casi todos los carteles sentado, recostado o apoyado. Rara vez de pie y desafiante. Es una pose de quien ya ha llegado y tiene tiempo, de quien mira a cámara sin prisa. Lo explica bien otra de las leyes del manifiesto: «La vergüenza se queda en la Tierra; la antena viene en el equipaje.»
Uso editorial y visita
La galería indica sus condiciones al pie: «© Mike Sain't Louis · Planeta Gayfolk · 24.07.2026 · Uso editorial con crédito». Quien quiera escribir sobre el planeta puede usarlos con su firma. Para material de prensa, fotos y datos de los discos, está la sala de prensa.
Las letras del planeta son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. El tema que da nombre al primer álbum, el del planeta sin aplicaciones, está en Spotify, y es buena banda sonora para recorrer la galería con calma, cartel a cartel, como se recorre un museo cuando no hay cola.
La salida, como en todos los museos, debería ser por la tienda. En este, uno sale con ganas de llevarse una toalla.
Preguntas frecuentes
¿Qué son los carteles oficiales de Planeta Gayfolk?
Una serie de imágenes fechadas el 24 de julio de 2026 que se pueden ver en la galería de gayfolkplanet.com. En todas aparece Mike Sain't Louis dentro de una escena del universo del planeta: junglas rosas, clubes, salones barrocos, desiertos o un estudio de pintura.
¿Se pueden usar los carteles?
La galería indica uso editorial con crédito: © Mike Sain't Louis · Planeta Gayfolk · 24.07.2026.
¿Qué relación tienen los carteles con las canciones?
No ilustran una canción concreta cada uno, pero comparten imaginario con las letras: la guerra de «Otro bombardeo», el museo de «Louvre», la puerta cerrada de «Gatekeeping» o el Benidorm de varias canciones.
¿Quién escribe las letras del planeta?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Las letras son suyas; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.
¿Dónde se ven los carteles?
En la galería de gayfolkplanet.com, en /galeria, donde cada cartel tiene su propia página.