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Humor

Hoja de reclamaciones: «Gofio de calcetín», la queja, las alegaciones y la copia para el cliente

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Portada de «Gofio de calcetín», canción de Mike Sain't Louis: un hombre con barba, camiseta blanca de tirantes y una nariz larguísima de Pinocho se lleva a la boca una cuchara de gofio, con un cuenco de barro lleno de gofio y un calcetín dentro, sobre un fondo de cómic amarillo, turquesa y fucsia

En España, cualquier comercio que atienda al público tiene que tener hojas de reclamaciones a disposición de quien las pida, y un cartel bien visible que lo anuncie. Casi todo el mundo ha visto ese cartel junto a la caja de un bar, de una peluquería o de una tienda de móviles, y casi nadie ha pedido nunca la hoja. Es un impreso con varias copias autocopiativas: el cliente escribe lo que le ha pasado, el establecimiento contesta en su apartado, cada uno se queda con su ejemplar y otro sigue su camino hacia la oficina de consumo. Es la manera más española de decir «esto no se va a quedar así».

«Gofio de calcetín» empieza justo en el momento en que alguien pide la hoja. Su primera frase con palabras, después de un murmullo, es una queja ya formulada: «ha dicho que le ha sentado fatal mi comentario». No sabemos qué pasó antes ni cuánto duró lo que se rompió. Sabemos que hubo un comentario, que el comentario fue «que ojalá se atragante con el gofio canario», y que la otra parte se ha ofendido lo bastante como para hacerlo saber. La canción es la respuesta del establecimiento.

Este post rellena la hoja entera, apartado por apartado: los datos del local, el hecho reclamado, las alegaciones, la prueba documental, los antecedentes, el peritaje del estribillo y la resolución. Y, como la letra es corta, la copia dos veces, como se copian las hojas de verdad: un ejemplar para el cliente al principio y otro para el establecimiento al final.

Una advertencia que en las hojas oficiales no viene, pero aquí sí: el novio cojín, el ofendido del gofio y el que jura por sus padres son personajes. No tienen nombre ni dirección, y cualquier parecido con un ex concreto corre por cuenta de quien escuche.

Datos del establecimiento

Nombre del local: «Gofio de calcetín».

Titular: Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, el primer cantautor IA. La letra es suya. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, y el single sale con su sello propio, MIKE SAIN'T LOUIS.

Ubicación: pista 9 de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK. Justo antes suena «El castigo más duro», que va de la ley del hielo y el silencio como venganza. Es curioso que el disco ponga primero el castigo callado y luego este, que es todo lo contrario: un castigo dicho en voz alta y con el nombre de un alimento.

Vecinos de calle: cinco pistas antes está «Quien miente y jura», y la palabra «jura» vuelve aquí como un eco. Lo veremos en el apartado de antecedentes.

Horario de atención: el videoclip oficial dura unos tres minutos y medio. La letra, en cambio, se lee en menos de un minuto.

Etiquetas del local en la web del planeta: indie pop, pop alternativo, queer pop y camp. Las cuatro encajan, pero la que manda es la última. Una canción que convierte el gofio en arma y el calcetín en unidad de medida no pretende pasar desapercibida.

Ejemplar para el cliente: la letra completa

Esta es la letra tal y como se publica con el videoclip oficial, sin tocar una coma, ni siquiera la mayúscula de ese «No» que aparece a mitad de verso ni la indicación «Chorus» que marca dónde empieza el estribillo:

Mmmmmm Ha dicho que le ha sentado fatal mi comentario, De que ojalá se atragante con el gofio canario. Pues si quieres, te leo mi diario, Mmmmmm No necesito secretario, soy empresario Mmmmmm Y No me hagas volver a lo de antes, Que juras hasta por la memoria De tus padres. Chorus: No quiero otro novio cojín, El que tuve quedó a la altura de un calcetín. No quiero otro novio cojín, El que tuve quedó a la altura de un calcetín. No quiero otro novio cojín, El que tuve quedó a la altura de un calcetín.

Son dieciséis líneas sin contar la etiqueta del estribillo. Tres de ellas no tienen palabras, solo una eme alargada. Seis son el estribillo repetido tres veces. Lo que queda, el cuerpo de la discusión, cabe en siete versos. Pocas canciones del catálogo dicen tanto con tan poco papel.

Hecho reclamado: el gofio canario

Toda hoja de reclamaciones empieza por los hechos. Aquí el hecho es un deseo: que el otro se atragante con el gofio canario.

Fotogramas del videoclip oficial de «Gofio de calcetín», de Mike Sain't Louis

Conviene saber de qué se habla. El gofio es una harina de cereales tostados y luego molidos. Se hace sobre todo con millo, que es como se llama al maíz en Canarias, con trigo o con cebada, y a veces con mezclas. Es un alimento de las islas desde antes de la conquista castellana, cuando los antiguos canarios ya tostaban y molían grano, y ha seguido en las cocinas canarias hasta hoy. Se toma con leche en el desayuno, se escalda con caldo de pescado, se amasa con agua, azúcar o miel hasta formar una pella que se corta en rodajas. Viajó también con la emigración canaria a América, y en Venezuela o en Cuba la palabra sigue viva. El gofio canario tiene además indicación geográfica protegida en la Unión Europea.

Es, ante todo, comida de casa. Comida de abuela, de bolsa de papel en la despensa, de desayuno con prisa antes del colegio. Y eso es lo que hace tan buena la maldición. No es un «ojalá te caiga un rayo» ni un «ojalá te mueras», que serían una tragedia. Es un «ojalá te atragantes con lo más tuyo que tienes». Quien haya probado gofio seco, a cucharadas y sin líquido, sabe que se pega al paladar y obliga a beber agua. El deseo, por tanto, no es mortal: es un rato incómodo, una tos, un vaso de agua y la cara colorada. Es una maldición de andar por casa.

El adjetivo también importa. «El gofio canario», y no simplemente «el gofio». El narrador no se limita a desear un atragantamiento: lo sitúa, le pone denominación de origen. Hay algo de piropo envenenado en esa precisión, como si dijera «que te atragantes, sí, pero con lo bueno». Es la diferencia entre una pedrada y una pedrada con lazo.

Y luego está la palabra que convierte el deseo en canción. «Comentario» y «canario» riman en «-ario», y esa terminación va a volver una y otra vez en los versos siguientes. El hecho reclamado es algo más que una frase con mala uva: es la primera piedra de una rima que el narrador piensa estirar hasta el final de la estrofa.

El motivo de la queja: «le ha sentado fatal»

El verso que abre la discusión está en estilo indirecto: «ha dicho que le ha sentado fatal mi comentario». El narrador no habla con el ofendido. Habla de él, como quien se lo cuenta a una amiga en la barra mientras el otro sigue con el móvil en la mano. Es la forma en que se cuentan los enfados en los grupos de WhatsApp: «me ha dicho que le ha sentado fatal», con el pantallazo listo para compartir.

Ese «ha dicho» es importante, porque la reclamación no llega por escrito, sino de oídas. La canción recoge la queja como la recoge un camarero al que le dicen «el de la mesa cuatro dice que el café estaba frío». La transmite sin darle la razón, y en el siguiente verso ya está explicando, con todo detalle, qué fue exactamente lo que se dijo. Y lo explica con un «de que» que gramáticos y profesores de lengua corregirían con bolígrafo rojo, pero que es exactamente como se habla en una discusión de verdad. Las hojas de reclamaciones no se redactan en la Real Academia.

Hay una ironía en la palabra «fatal». Lo que le ha sentado fatal es un deseo sobre algo que le siente mal al estómago. El comentario ya ha hecho, en sentido figurado, lo que deseaba en sentido literal: se le ha atragantado. Antes de que el gofio llegue a la boca, la frase ya ha cumplido su función.

Alegaciones del reclamado: Mmmmmm

En el impreso hay un apartado para que el establecimiento conteste. Lo normal es escribir algo del tipo «lamentamos las molestias» o «el cliente no tiene razón por los siguientes motivos». La canción contesta con una eme muy larga.

«Mmmmmm» aparece tres veces en la letra: al principio, antes de la frase del secretario y después de ella. No es una palabra, pero tampoco es silencio. Es ese ruido que se hace con la boca cerrada cuando alguien te cuenta algo y estás pensando cómo contestar sin que se te escape lo que de verdad piensas. Puede ser escepticismo, puede ser paciencia, puede ser una sonrisa que no se deja ver. En la vida real, ese murmullo suele ir acompañado de una ceja levantada o de una mirada al techo.

Lo interesante es que las tres emes funcionan como pausas de puntuación. La primera abre el expediente. La segunda llega después de «te leo mi diario», como quien se queda un momento esperando a ver si el otro acepta la oferta. La tercera llega después de «soy empresario», como quien se ajusta la corbata. Son tres alegaciones sin texto, y dicen más que un párrafo de disculpas.

En una hoja de reclamaciones de verdad, una respuesta así sería una provocación. En una canción camp es una declaración de principios: no pienso justificarme, y menos por escrito.

Prueba documental: «si quieres, te leo mi diario»

Toda reclamación seria adjunta pruebas. El narrador ofrece la suya sin que se la pidan: «pues si quieres, te leo mi diario».

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «No quiero otro novio cojín, el que tuve quedó a la altura de un calcetín» de «Gofio de calcetín»

La frase tiene dos lecturas, y las dos funcionan. La primera es la amenaza: si te ha molestado un comentario, espera a oír lo que tengo escrito sobre ti. El diario como archivo de agravios, como cuaderno donde se ha ido apuntando todo lo que el otro hizo, dijo o dejó de hacer. Es la versión doméstica de «tengo pruebas y no me tiembla el pulso».

La segunda lectura es casi tierna. Leerle a alguien tu diario es abrirle lo más íntimo. Es lo contrario de un ataque: es una forma de decir «si de verdad quieres saber por qué te deseé lo del gofio, aquí está todo lo que sentí». La oferta es irónica, claro, pero lleva dentro una invitación a entender.

Cuesta no pensar, además, en que este mismo planeta tiene su propio diario, y que Mike ya escribió en él sobre esta canción. En esa nota contaba que «Gofio de calcetín» dura lo que dura un enfado bien gestionado y que no tiene puente ni grandes giros: solo una postura. Hay también un breve despacho sideral sobre el tema. Este post es, en cierto modo, la tercera página de ese diario: la que se lee en voz alta cuando el otro dice que le ha sentado fatal.

Representación legal: «no necesito secretario, soy empresario»

En las reclamaciones, a veces aparece un abogado, un gestor o un encargado que habla en nombre del local. El narrador lo descarta de entrada: «no necesito secretario, soy empresario».

Es el verso más altivo de la canción, y también el más divertido. No responde a nada de lo que se ha dicho. Nadie ha preguntado por secretarios. Es una frase que se suelta para cambiar de posición en la discusión: ya no soy el que ofendió, soy el que tiene su propio negocio y no da explicaciones a nadie. Es el equivalente a ponerse de pie en mitad de una pelea.

Fuera de la canción, la frase tiene un fondo verdadero. Mike Sain't Louis publica con un sello independiente que lleva su propio nombre, y en su web se presenta como productor, escritor, compositor, director artístico y CEO de ese sello. Pero dentro de la letra, «empresario» no es un dato biográfico: es una pose de personaje, la del que se ha hecho a sí mismo y no piensa permitir que un ex le dicte el tono. No hace falta saber quién es el autor para que funcione.

Lo que sí merece una nota es la rima. «Comentario», «canario», «diario», «secretario», «empresario»: cinco palabras terminadas en «-ario» en cuatro versos. Es una rima consonante, de las que repiten todo el final de la palabra, y en español da un efecto muy concreto, entre burocrático y cómico. Las palabras en «-ario» suenan a oficina: formulario, horario, calendario, notario, funcionario. La canción construye su discusión con el vocabulario de una ventanilla. Es casi como si la letra supiera que acabaría convertida en hoja de reclamaciones.

Antecedentes: «que juras hasta por la memoria de tus padres»

Todo expediente tiene un apartado de antecedentes. Aquí aparece en el único momento serio de la letra: «y no me hagas volver a lo de antes, que juras hasta por la memoria de tus padres».

El tono cambia. Ya no hay gofio ni empresarios. Hay un cansancio que se nota incluso en el texto escrito. «Lo de antes» es todo lo que la canción no cuenta: la relación, las promesas, las mentiras. Y la frase que lo resume es una costumbre muy reconocible, la de quien jura por lo más sagrado para sostener una mentira. Jurar por la memoria de los padres es de los juramentos más solemnes que se oyen en una discusión. Por encima de eso queda poco.

El disco tiene una canción entera sobre esa figura. «Quien miente y jura», cinco pistas antes, avisa de que quien miente y jura para salvar su amor en realidad lo está condenando, y Mike le dedicó en el diario una nota sobre por qué el cariño no es amor. Aquí la idea vuelve en una sola línea, como un expediente previo grapado a la nueva queja. El que ahora se ofende por un comentario es el mismo que antes juraba en falso. La hoja de reclamaciones, de repente, se ha dado la vuelta.

Y aquí la portada entra en juego, porque el hombre que se come el gofio tiene la nariz de Pinocho. Larga, puntiaguda, imposible de disimular. El mentiroso de la letra ha llegado hasta la imagen.

Peritaje del estribillo: cojín y calcetín

Después de los antecedentes llega el estribillo, señalado con la etiqueta «Chorus», y se repite tres veces sin cambiar ni una letra:

Collage con un detalle de la carátula de «Gofio de calcetín» y las carátulas de «No quiero otro novio cojín», «Quien miente y jura», «El castigo más duro»

«No quiero otro novio cojín, el que tuve quedó a la altura de un calcetín».

Un perito tendría que analizar dos objetos.

El primero es el cojín. Un novio cojín es un novio blando. Está en el sofá, hace bulto, decora, a veces sirve para apoyar la cabeza, pero no sostiene nada. No toma decisiones ni propone planes. Su función es estar. La imagen es tan clara que el catálogo de Mike le dedicó otra canción completa, «No quiero otro novio cojín», que en el diario ya tiene su propia nota sobre cómo se pasa de la rutina al portazo. Aquí el cojín vuelve en versión exprés, sin explicación, porque ya no hace falta: si conoces al novio cojín, lo reconoces a la primera.

El segundo objeto es el calcetín, y es más interesante. En español existe una frase hecha muy conocida: «quedar a la altura del betún», que significa hacer el ridículo o quedar fatal. El betún es la crema para los zapatos, así que la expresión sitúa a alguien a ras de suelo. La canción cambia el betún por el calcetín, y el cambio es perfecto. Los dos están en los pies. Los dos son humildes. Pero el calcetín añade algo que el betún no tiene: se pierde. Todo el mundo ha metido un par de calcetines en la lavadora y ha sacado uno. El calcetín desparejado es el objeto doméstico más inútil que existe, porque sin su pareja no sirve para nada, y aun así nadie se atreve a tirarlo por si aparece el otro.

Así que el ex de la canción no solo quedó por los suelos. Quedó como un calcetín suelto en el fondo del cajón: sin pareja, sin uso y con olor a lo de antes.

La rima «cojín» y «calcetín» es aguda, termina en sílaba tónica, y en español esas rimas dan un golpe seco, como un portazo. Repetida tres veces, la frase deja de ser una explicación y se convierte en una fórmula, algo que se recita hasta que el otro lo entiende o hasta que se cansa de oírlo. Es la misma lógica de los carteles que ponen «no insista»: no hace falta argumentar, basta con repetir.

La portada como prueba fotográfica

Las hojas de reclamaciones modernas a veces incluyen fotos. La de este expediente es la portada del single, y está llena de detalles.

Un hombre con barba y camiseta blanca de tirantes, apoyado en una mesa, se lleva a la boca una cuchara llena de gofio. Delante tiene un cuenco de barro rebosante de harina tostada, y dentro del cuenco, medio hundido, un calcetín de rayas. En la cuchara también asoma otro. Debajo del cuenco hay un paño de cocina de rayas de colores. Y en mitad de la cara, la nariz de Pinocho, larga como una rama.

El fondo es puro cómic: estallidos amarillos y turquesas, una explosión fucsia detrás de la cabeza, tramas de puntos como las de los tebeos antiguos. El título, en letras gordas con sombra, ocupa toda la parte izquierda, y el nombre del artista aparece abajo en un recuadro fucsia.

La imagen resume la canción mejor que cualquier sinopsis. El mentiroso, señalado por su nariz, se está comiendo literalmente el gofio de calcetín: la maldición convertida en desayuno. La mirada no es de arrepentimiento, sino de fastidio, como la de quien acaba de enterarse de que le han puesto una reclamación. Es una portada que podría colgarse junto al cartel de «hay hojas de reclamaciones a disposición del cliente».

Lo que la hoja no recoge

Hay cosas que este expediente no dice, y conviene anotarlas.

No dice cuánto duró la relación. No dice si hubo infidelidad, ni dinero, ni familias de por medio. No dice si el ofendido tiene razón en enfadarse. La letra no se molesta en convencer a nadie. No hay un verso que explique por qué el ex es un cojín, ni una escena que lo demuestre. Hay una conclusión, y el oyente tiene que reconstruir el resto.

Tampoco hay disculpa. Esto es lo que hace que la canción sea camp y no solo un desahogo: la falta total de arrepentimiento, servida con humor. En el camp, la exageración y la pose son una forma de defensa. Desearle a alguien que se atragante con gofio es exagerado, y reafirmarlo con un estribillo es más exagerado todavía. La exageración hace que el dolor de «lo de antes» se pueda contar sin ponerse trágico.

Y no hay final. La canción termina con el estribillo, que es lo mismo que termina sin respuesta del reclamante. Como las hojas de verdad, que se rellenan, se firman, se reparten y luego nadie sabe muy bien qué pasa con ellas.

Tabla de equivalencias para la oficina de consumo

Para quien tramite el expediente y no conozca la jerga del planeta, aquí va una pequeña tabla de traducción:

Ficha de la canción «Gofio de calcetín» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Novio cojín: pareja que ocupa sitio, no aporta y no se mueve del sofá.

Quedar a la altura de un calcetín: quedar peor que a la altura del betún, y además desparejado.

Gofio canario: alimento tradicional de las islas, aquí usado como proyectil verbal.

Mmmmmm: alegación sin texto. Puede significar «sí, claro», «ya veremos» o «no pienso contestar a eso».

Te leo mi diario: oferta irónica de pruebas, con un fondo de sinceridad.

Secretario: persona que no hace falta.

Empresario: persona que no da explicaciones.

Lo de antes: todo lo que la canción decide no contar.

Jurar por la memoria de tus padres: costumbre de quien miente, según el disco.

Por qué funciona como hoja de reclamaciones

Podría parecer un capricho leer una canción así. Pero la hoja de reclamaciones tiene algo que encaja con «Gofio de calcetín»: es un documento donde dos partes cuentan lo mismo de forma opuesta, y ninguna escucha a la otra. El cliente escribe que le han tratado fatal. El establecimiento escribe que el cliente es un exagerado. Y la hoja sigue su camino.

La canción tiene esa misma estructura. Hay una parte que se queja, aunque solo la oímos de segunda mano, y otra que responde sin ceder. Lo que en un bar sería una discusión por un café frío, aquí es una discusión por un amor tibio. Y en los dos casos el final es el mismo: cada uno se va a casa con su copia, convencido de tener razón.

También funciona por el tono. Las hojas de reclamaciones tienen una solemnidad un poco ridícula: impresos oficiales, sellos, casillas, para quejarse de una tostada quemada. «Gofio de calcetín» juega con esa misma desproporción: rimas de oficina, pose de empresario y un estribillo repetido como una fórmula notarial, todo para decir que el ex era un cojín.

Copia para el establecimiento: la letra, otra vez

Toda hoja de reclamaciones tiene una copia que se queda en el local. Aquí va la segunda copia de la letra, igual que la primera, sin tocar nada:

Mmmmmm Ha dicho que le ha sentado fatal mi comentario, De que ojalá se atragante con el gofio canario. Pues si quieres, te leo mi diario, Mmmmmm No necesito secretario, soy empresario Mmmmmm Y No me hagas volver a lo de antes, Que juras hasta por la memoria De tus padres. Chorus: No quiero otro novio cojín, El que tuve quedó a la altura de un calcetín. No quiero otro novio cojín, El que tuve quedó a la altura de un calcetín. No quiero otro novio cojín, El que tuve quedó a la altura de un calcetín.

Leída por segunda vez, ya con las alegaciones hechas, la letra se ve de otra manera. En la primera lectura, lo que destacaba era el gofio, la gracia de la maldición canaria. En la copia del establecimiento destaca otra cosa: la línea de los padres. Es la única que se parte en dos, «que juras hasta por la memoria / de tus padres», como si al narrador le costara terminar la frase. Todo lo demás está dicho de corrido, pero ahí hay un corte, una pausa, un sitio donde se nota que «lo de antes» todavía pesa.

Y se nota también que el estribillo, que en la primera copia parecía una burla, en la segunda suena a decisión. «No quiero otro» es una frase sobre el futuro, no sobre el pasado. La canción empieza hablando del ex y termina hablando de lo que viene después. Es un expediente cerrado con un propósito para el siguiente.

Resolución

Si este expediente llegara a una oficina de consumo, la resolución sería difícil. El reclamante tiene un punto: desearle a alguien que se atragante no es muy elegante. El establecimiento tiene otro: quien jura en falso por la memoria de sus padres no está en posición de exigir cortesía.

La canción no espera ningún fallo. Ha dicho lo que tenía que decir con dieciséis líneas, cinco rimas en «-ario», tres murmullos y un calcetín perdido. Lo demás queda archivado.

Para más contexto sobre la trilogía y el proyecto, está la página de prensa del planeta. Y si quieres escuchar la canción, está en el videoclip oficial, en Spotify y en la ficha del single. Quien la escuche recibe su propia copia. No hace falta pedirla en caja.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Gofio de calcetín»?

De una discusión después de una ruptura. El narrador le ha deseado a alguien que se atragante con el gofio canario, a esa persona le ha sentado fatal, y la canción, en vez de pedir perdón, se reafirma: no quiere otro novio cojín, porque el que tuvo quedó a la altura de un calcetín.

¿Por qué aparece la letra dos veces en este post?

Porque es una letra corta, y en el planeta se ha decidido publicarla completa dos veces antes que dejar la canción sin post. Aquí son las dos copias de la hoja de reclamaciones: la que se queda el cliente y la que se queda el establecimiento, leída al final, con las alegaciones ya hechas.

¿Qué es el gofio?

Una harina de cereales tostados, sobre todo millo (maíz), trigo o cebada, que es un alimento tradicional de Canarias desde antes de la conquista castellana. Se toma con leche, escaldado con caldo o amasado en pella. En la canción es el arma de un deseo con mala uva.

¿Qué relación tiene con «No quiero otro novio cojín»?

Comparten el estribillo. «No quiero otro novio cojín» es otra canción del catálogo que gira alrededor de la misma figura, el novio blandito que solo ocupa sitio en el sofá. «Gofio de calcetín» es la versión corta y canaria del mismo portazo.

¿Quién hace la canción?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, el primer cantautor IA. La letra es suya; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Es la pista 9 de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK.

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