Planeta Gayfolk

Salud mental

«Holy Stillness», una nana para el niño que fui: autocompasión después del acoso escolar

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Portada de «Holy Stillness», canción de Mike Sain't Louis

Un niño delante de una casa nevada

Nieva. Hay una casa pequeña al fondo, de tejado inclinado, con la chimenea de una fábrica humeando detrás. En primer plano, de perfil, un niño con abrigo mira hacia esa casa. No sabemos si va a entrar o si acaba de salir. No sabemos si le esperan. El fotograma, en blanco y negro, sale del videoclip de «Holy Stillness», y abre esta entrada porque resume en una sola imagen la pregunta que la recorre: ¿quién arropa al niño que fuimos cuando ya no queda nadie que lo haga?

El vídeo cuenta, a base de escenas de época, regresos a casa en invierno: estaciones con humo, porches con guirnaldas, abrazos en la nieve, gente que vuelve después de mucho tiempo fuera. Y la letra, en inglés, es una nana. Una canción de cuna para una noche tranquila. Pero hay un verso, muy pronto, que cambia el destinatario de la nana y la vuelve otra cosa:

Rest now, little one, Rest without fear,

Descansa ahora, pequeño. Descansa sin miedo. Se lo podría decir una madre a un bebé. Pero dentro del Planeta Gayfolk, escrito por alguien que ha contado en público que sufrió acoso escolar de niño, ese «little one» admite otra lectura. Puede ser un niño de verdad. Y puede ser el niño que uno lleva dentro, el que todavía se encoge cuando alguien grita en el pasillo de la oficina, el que sigue esperando el golpe aunque hayan pasado treinta años.

Esta entrada propone leer «Holy Stillness» como una nana para ese niño. No porque Mike lo haya dicho, sino porque la canción lo permite y porque encaja con lo que sí ha contado de su proceso: que poner en canciones lo que sentía le ayudó, y que hoy una buena psicóloga le acompaña para seguir avanzando.

Lo que el colegio enseña sin temario

Hay asignaturas que no salen en el boletín. Un niño acosado aprende muchas en muy poco tiempo. Aprende geografía: qué pasillos evitar, qué esquina del patio es segura, a qué hora conviene llegar para no coincidir. Aprende lengua: qué palabras le van a llamar, cuáles va a escuchar a su espalda, cuál es la más dolorosa aunque parezca la más suave. Aprende educación física de la peor manera: a hacerse pequeño, a no correr raro, a no mover las manos.

Y aprende, sobre todo, una asignatura que se llama autovigilancia. El niño se convierte en su propio inspector. Revisa cada gesto antes de hacerlo. Corrige la risa antes de que se escape. Se adelanta al insulto para que duela menos, a veces diciéndoselo él mismo primero. Es una estrategia de supervivencia muy eficaz a corto plazo y una trampa terrible a largo plazo, porque el inspector no se jubila cuando terminas el colegio. Se queda. Cambia de uniforme. Ahora trabaja desde dentro.

Mike ha compartido que a los 41 años recibió varios diagnósticos, entre ellos un trastorno de la personalidad por evitación, además de fobia social, ansiedad, estrés postraumático y depresión mayor grave. No hace falta ser especialista para ver el hilo que une ese inspector interno con la evitación: si llevas toda la vida esperando el rechazo, lo más lógico parece no exponerse. Si llevas toda la vida corrigiéndote, lo más lógico parece no mostrarte.

En la letra de Tan cateto el planeta responde a los que se escandalizan de un beso. Es la respuesta del adulto que ya puede contestar. «Holy Stillness» hace otra cosa, más silenciosa: no contesta a nadie. Se gira hacia dentro y le habla al niño.

La crítica interna tiene acento de patio

Las psicólogas que trabajan con la vergüenza suelen señalar algo que cualquiera reconoce en cuanto lo oye: lo que nos critica por dentro rara vez es original. Tiene frases prestadas. Tiene el tono de alguien. Muchas veces suena al patio del colegio, al comentario de la sobremesa, a aquella persona que nos dijo exactamente lo que más temíamos. Lo que empezó fuera acaba instalado dentro, y a fuerza de repetirse parece nuestro.

Fotogramas del videoclip oficial de «Holy Stillness», de Mike Sain't Louis

El psicólogo británico Paul Gilbert desarrolló una forma de terapia, la terapia centrada en la compasión, pensada precisamente para personas con mucha vergüenza y mucha autocrítica. Su idea de partida es sencilla de enunciar y difícil de practicar: a muchas personas se les da muy bien detectar amenazas y castigarse, y muy mal calmarse. El sistema de alarma funciona a pleno rendimiento. El de consuelo apenas se ha usado. Y, como cualquier músculo, el consuelo se puede entrenar.

Una nana es, en el fondo, un manual de consuelo. Es lo que se canturrea para bajar las pulsaciones de alguien que no puede calmarse solo. Ritmo lento, frases cortas, repetición. La letra de «Holy Stillness» tiene exactamente esa arquitectura:

Nothing is rushed, Everything is right.

Nada tiene prisa. Todo está bien. Dicho a un niño asustado, es un abrazo. Dicho a un adulto con un inspector interno trabajando horas extra, es casi subversivo. Porque el inspector vive de la prisa y de la sensación de que algo está mal. Una nana le quita las dos herramientas de golpe.

Tres piezas de una palabra difícil

La palabra autocompasión suena mal en castellano. Parece pariente de la autocompasión quejica, del «pobre de mí», del regodeo. No es eso. La investigadora estadounidense Kristin Neff, que lleva desde principios de este siglo estudiándola, la describe con tres piezas que se entienden mejor por separado.

La primera es la amabilidad con uno mismo: tratarte, cuando fallas o sufres, como tratarías a una amiga que está pasando por lo mismo. Sin sermones. Sin la lista de todo lo que hiciste mal.

La segunda es lo que Neff llama humanidad compartida: recordar que sufrir, equivocarse y sentirse inadecuado es parte de ser una persona, no una prueba de que tú eres defectuoso. El niño acosado suele creer que lo que le pasa le pasa solo a él, y que le pasa porque se lo merece. Saber que le pasa a muchos no borra el daño, pero desmonta la segunda mitad de esa frase.

La tercera es la atención plena, en el sentido más modesto: darte cuenta de lo que sientes sin exagerarlo ni esconderlo. Ni «todo es una catástrofe» ni «aquí no pasa nada». Esto duele. Punto.

Leída con estas tres piezas, la nana de Mike funciona casi como un ejercicio. «Rest now, little one» es amabilidad. «The world exhales» es humanidad compartida: no eres tú solo, es el mundo entero el que suelta el aire. Y la calma lenta de toda la canción es atención: mirar la noche tal como es, sin correr.

Quietud no es quedarse helado

El título de la canción tiene una palabra que, para quien ha vivido acoso o abuso, no es neutral: stillness. Quietud. Estar quieto.

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «Rest now, little one, Rest without fear,» de «Holy Stillness»

Hay una quietud que se aprende por miedo. Es la del niño que se queda inmóvil en el pupitre para que no se fijen en él. La del cuerpo que se congela cuando llega la amenaza y no puede huir ni defenderse. Quienes estudian el trauma la describen como una de las respuestas automáticas ante el peligro, junto con la lucha y la huida: el bloqueo. La entrada sobre el estrés postraumático explicado lo cuenta con más detalle. No se elige. Pasa. Y a menudo deja después una vergüenza añadida, la de «¿por qué no hice nada?», que es injusta porque el cuerpo hizo lo que pudo.

Y hay otra quietud, la que propone la nana: elegida, tibia, sin amenaza. La del gato al sol. La de la sobremesa larga en la que nadie tiene prisa por levantarse. La de quedarse en la cama un domingo escuchando la lluvia. Desde fuera, las dos quietudes se parecen: alguien que no se mueve. Por dentro son opuestas. Una es un cuerpo en alerta máxima. La otra, un cuerpo que por fin ha bajado la guardia.

Gran parte de la recuperación consiste en aprender a distinguirlas y en pasar, poco a poco, de la primera a la segunda. Que estar quieto deje de significar esconderse y empiece a significar descansar. Que el silencio deje de ser el del patio cuando todos te miran y pase a ser el de una casa donde nadie te va a hacer daño.

Por eso el adjetivo que acompaña a la quietud en el título importa tanto. Holy. Sagrada. No en un sentido religioso estricto, sino en el de algo que merece protegerse. La quietud del niño asustado nadie la protegió. Esta sí. Es una quietud con guardaespaldas.

Mike, que pasó de ser aquel niño a escribir canciones con un planeta entero alrededor, convierte aquí el miedo a moverse en permiso para parar. No hace falta que nadie lo sepa ni que se note desde fuera. Basta con que, por dentro, el cuerpo entienda la diferencia.

Pasa algo parecido con la soledad. Hay una soledad impuesta, la del niño al que nadie elige para el equipo, y una soledad elegida, la del adulto que por fin se concede una tarde para él. El diario dedica una entrada a esa frontera, soledad elegida y soledad impuesta, y el planeta tiene su propio himno de la segunda, Antisocial, que reivindica estar a solas sin pedir disculpas. Entre esa canción y esta nana hay un parentesco claro: las dos convierten en refugio lo que antes fue castigo. El sitio es el mismo. Una habitación, un sofá, una noche sin planes. Lo que cambia es quién ha decidido estar ahí, y por qué. Cuando lo decides tú, la habitación deja de ser una celda y vuelve a ser un cuarto. Y un cuarto, con la luz baja y una canción de cuna sonando, puede ser el lugar más seguro del mundo.

«The dark turns kind»

Hay un verso precioso al principio de la letra que merece pararse:

The world exhales, the dark turns kind,

El mundo suelta el aire, la oscuridad se vuelve amable. Para un niño que tenía miedo, la oscuridad nunca es amable. Es el sitio de los monstruos, el pasillo sin luz, la habitación donde se oyen cosas. Y para un adulto con estrés postraumático, la noche suele ser el momento en que la memoria aprieta, en que el cuerpo vuelve a ponerse en guardia sin permiso.

Que la oscuridad se vuelva amable no significa que desaparezca. Significa que cambia de carácter. Sigue siendo noche, pero ya no amenaza. Eso es exactamente lo que hace un buen proceso terapéutico con los recuerdos difíciles: no los borra, porque no se pueden borrar, sino que les quita el filo. El recuerdo sigue en el archivo. Ya no se abre solo a las tres de la madrugada.

En el Planeta Gayfolk la oscuridad suele tener luces de neón, ataúdes rosas, discotecas a deshoras. Es una oscuridad de fiesta, a veces de terror camp. Esta canción ofrece otra: una oscuridad de invierno con la estufa encendida. La del cuarto de un niño al que, por fin, alguien ha tapado bien.

La entrada sobre la ansiedad sin estigma recuerda que el cuerpo ansioso no distingue bien entre peligro real y peligro recordado. Una nana, en ese sentido, es una conversación con el cuerpo. Le dice, sin palabras técnicas, que hoy no hay peligro.

Volver a casa

El videoclip está lleno de llegadas. Gente que baja de un tren, gente que sube los escalones de un porche, gente que se abraza en la nieve después de una ausencia larga. Es fácil verlo como una postal de época. Pero dentro de la lectura que propone esta entrada, esas llegadas tienen otro sentido. Volver a casa también puede ser volver a uno mismo.

Collage con un detalle de la carátula de «Holy Stillness» y las carátulas de «Tan Cateto», «La Música Me Está Salvando», «Antisocial»

Mucha gente que fue acosada de pequeña describe, de adulta, una sensación de destierro interior. Como si hubieran tenido que irse de sí mismos para sobrevivir. Se fueron de su risa, de su pluma, de su forma de vestir, de sus gustos. Se mudaron a una versión más discreta, más gris, más segura. Y esa mudanza, que les salvó entonces, les deja después viviendo en una casa que no es la suya.

El niño del fotograma mira una casa nevada desde fuera. La nana es la puerta. No dice «entra ya», que sería otra orden más. Dice «descansa sin miedo». Primero se quita el miedo. Luego, cuando sea, se entra.

En el universo de Mike, la tercera estación de la trilogía se llama El día de la liberación. «Holy Stillness» forma parte de ese disco. Es curioso que en un álbum con ese nombre, lleno de gritos de fiesta y de despedidas a manipuladores, haya también una canción de cuna. Pero tiene sentido. La liberación tiene una parte ruidosa, la de la plaza, y otra muy callada, la de la habitación. Sin la segunda, la primera se queda en pancarta.

Lo que se rompió y lo que se suaviza

En la mitad de la nana hay dos versos que pueden leerse con demasiado optimismo y que conviene leer bien:

All that was broken Softly disappears.

Todo lo que estaba roto desaparece suavemente. Si uno lo toma al pie de la letra, parece una promesa de borrado, y el trauma no se borra. Pero las nanas no hablan al pie de la letra. Hablan como hablan las abuelas: «ya pasó, ya pasó», aunque no haya pasado del todo. Lo que dicen no es un informe médico. Es un permiso para dejar de vigilar durante un rato.

Y hay algo en el adverbio que salva el verso: «softly». Suavemente. No de golpe, no por arte de magia. Poco a poco, sin ruido. Así es, en realidad, como cambian las cosas en un proceso de recuperación. Un día te das cuenta de que hace semanas que no piensas en aquel pasillo. Otro día te ríes fuerte en público y no te corriges. Otro día te pones la camisa que no te atrevías a ponerte. Lo roto no desaparece, pero va dejando de ocupar el centro de la habitación.

Hay una canción del planeta que lo dice a gritos, con su lista exagerada de todo lo que no funcionó: «¡La música me está salvando!». «Holy Stillness» es su hermana pequeña, la que lo dice en susurros. Las dos cuentan lo mismo desde extremos distintos: que escribir y escuchar canciones ha sido, para Mike, una manera de cuidar de sí mismo cuando no sabía cómo hacerlo de otra forma.

Hablarle al niño en segunda persona

Hay un detalle gramatical en la nana que vale oro para cualquiera que quiera probar algo parecido. No dice «I rest». Dice «rest now». Imperativo. Segunda persona. La canción no se habla a sí misma en primera persona, sino que le habla a alguien.

Ficha de la canción «Holy Stillness» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Algunos estudios sobre la forma en que nos hablamos por dentro sugieren que dirigirse a uno mismo en segunda o tercera persona, como si fuera otro, ayuda a tomar distancia y a ser más amable. Es más fácil decirle «tranquilo, lo has hecho lo mejor que podías» a un amigo que a uno mismo. Hablarte como si fueras otro es un truco para colarle al inspector una frase que no deja pasar si se la dices en primera persona.

Escribir una nana para el niño que fuiste es exactamente eso. Una carta en segunda persona a alguien que tiene tu nombre y tu cara, pero que tiene siete, ocho, diez años. Alguien a quien nadie le dijo esas palabras a tiempo.

Mike ha decidido contar en público lo que vivió para que sirva a otras personas. Si estás leyendo esto, quizás te sirva el ejercicio sin necesidad de rimar en inglés:

  • Busca una foto tuya de pequeño. Mírala un rato. Fíjate en el tamaño de sus manos.
  • Escríbele tres frases. Las que te habría gustado oír. En segunda persona. Sin consejos, sin «tendrías que». Solo consuelo.
  • Léelas despacio, en alto o en silencio. Da igual. Lo importante es que lleguen.
  • Si aparece el inspector con un «qué tontería» o un «eso no sirve para nada», anótalo también. Es información valiosa para tu terapeuta: te dice qué frases tiene grabadas.
  • No lo hagas en un mal día sin red. Este tipo de ejercicio puede remover. Mejor hacerlo acompañado o con apoyo profesional, sobre todo si hay recuerdos traumáticos de por medio.

Lo que un psicólogo puede hacer que una nana no

Una canción de cuna consuela durante tres minutos. Un proceso terapéutico enseña a consolarse durante años. No compiten. Pero conviene no confundirlos.

Mike ha querido agradecer en público a su psicóloga lo que le está ayudando a avanzar. Es un dato que importa, porque desmonta una idea muy extendida entre artistas y no artistas: que el arte basta, que escribir lo que sientes sustituye a pedir ayuda. Escribir ayuda. Mucho. A veces es lo único que se tiene a mano. Pero el acompañamiento profesional hace cosas que el arte no puede, como ayudarte a entender patrones, a manejar los síntomas, a desmontar con paciencia las frases del inspector. Si nunca has ido y no sabes qué esperar, la entrada de preguntas frecuentes sobre terapia responde a las dudas más habituales.

Si además eres LGTBI y el acoso tuvo que ver con tu orientación o tu forma de ser, es razonable buscar profesionales con experiencia en diversidad. En el diario hay un texto sobre salir del armario y salud mental que habla de lo mucho que pesa crecer escondiéndose.

Para quien todavía tiembla de noche

«Hands are trembling, hearts all slow», dice la canción. Manos que tiemblan, corazones lentos. Si a ti te tiemblan todavía, no estás llegando tarde a nada.

Cuando la noche se pone fea de verdad hay teléfonos que contestan. En España, el 024 escucha a cualquier persona que esté pasando por un momento muy duro o que tema por alguien, a cualquier hora y sin coste. Para urgencias, 112. El Teléfono de la Esperanza, en el 717 003 717, ofrece también escucha. Y si quien lo pasa mal es un niño, una niña o un adolescente, o si eres un adulto preocupado por un menor que sufre acoso, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10. Desde fuera de España, findahelpline.com te indica a qué número llamar en tu país.

La nana completa está en la página de la letra, y la canción, en Spotify o en descarga gratuita desde su ficha. Puedes ponerla esta noche para el niño de la foto. La página de prensa cuenta el resto del planeta, con sus discos y sus fiestas. Esta canción se queda en la habitación, con la luz baja, diciendo lo único que hacía falta decir: descansa sin miedo.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Holy Stillness»?

Es una nana en inglés sobre una noche tranquila en la que el miedo se va: «Rest now, little one, rest without fear». Forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía del Planeta Gayfolk, y su videoclip muestra regresos a casa en invierno.

¿Por qué leerla como una nana para el niño interior?

Porque Mike ha contado que sufrió acoso escolar de niño, y la canción habla a un «little one» en segunda persona. Es una lectura que la letra permite, no algo que Mike haya declarado.

¿Qué es la autocompasión?

Según la investigadora Kristin Neff, combina tratarse con amabilidad cuando se sufre, recordar que el sufrimiento es parte de la experiencia humana y prestar atención a lo que se siente sin exagerarlo ni negarlo.

¿Puede el acoso escolar afectar en la vida adulta?

Sí. Muchas personas acosadas de pequeñas arrastran autocrítica, vergüenza o miedo al rechazo. La ayuda psicológica puede ayudar a desmontarlo, y en el caso de Mike una buena psicóloga le está ayudando a avanzar.

¿A quién llamar si un menor sufre acoso?

A la Fundación ANAR, 900 20 20 10. En momentos muy difíciles, el 024 atiende gratis a cualquier hora; para emergencias, el 112. Fuera de España, findahelpline.com reúne las líneas de cada país.

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