Escritura
Insultario del Planeta Gayfolk: pequeño diccionario del insulto creativo en las letras de Mike Sain't Louis
Por Mike Sain't Louis ·

El castellano tiene una de las tradiciones de insulto más ricas del mundo. Cualquiera que haya pasado una tarde en un mercado, en un atasco o en una reunión de comunidad de vecinos lo sabe. Hay insultos de una sílaba y de tres líneas, insultos con animales, con oficios, con partes del cuerpo y con santos. Hay insultos que hieren y otros que hacen reír incluso a quien los recibe.
Las letras de Mike Sain't Louis heredan esa tradición y la llevan a un sitio nuevo. En el planeta no se insulta con lo primero que sale. Se insulta con puntería: con un sitio, un oficio, un objeto o una medida exacta. El resultado es un vocabulario propio, que se repite de canción en canción hasta formar algo parecido a un diccionario.
Este texto es ese diccionario. Está ordenado por familias, como los buenos diccionarios temáticos, y cada entrada lleva su definición, la canción donde aparece y, cuando hace falta, una nota de uso. El libro de cabecera es «Carta de recomendación», del segundo álbum, que es casi un insultario en sí misma.
Advertencia de la casa, antes de abrir: todos los destinatarios de estos insultos son personajes inventados de las letras. Ninguno es una persona real. Y casi todos tienen algo en común: son narcisistas, mentirosos o abusones. El insultario del planeta no apunta a lo que alguien es, sino a lo que alguien hace.
Familia primera: la zoología
Los animales son la cantera más antigua del insulto. El planeta los usa, pero siempre con un apellido o una función que los saca de lo genérico.
Marrano. Persona sucia en lo moral, sobre todo en asuntos de pareja. Es el insulto más repetido del catálogo, casi siempre con su lugar de origen: «marrano de El Médano». Aparece en «Carta de recomendación», «Escupiré sobre tu tumba», «En un musical gay», «Karma», «Un puñetazo al día» y varias más. Nota de uso: sin el código postal, pierde la mitad de su fuerza.
Gorrino. Sinónimo de marrano, con un punto más doméstico. «No quiero en mi casa ya a otro Gorrino», en «Ese Pinocho nunca me comía el chocho». Nota de uso: se usa para cerrar la puerta de casa, literalmente.
Rata. Persona envidiosa y rastrera. En «Dientes, dientes», del primer álbum, aparece en un verso de contraste: «Yo soy un ave fénix y tu eres una rata». Nota de uso: funciona mejor enfrentada a un animal noble.
Cucaracha. Persona que sobrevive a todo y lo ensucia todo. Remate de «La casa de los mil cadáveres»: «Te mando un hasta nunca ¡ maldita cucaracha!». Nota de uso: se reserva para el final, como golpe de despedida.
Vampiro emocional. Persona que se alimenta de la energía de su pareja. Definido por extenso en «Como en la matanza de Texas»: «Eres un vampiro emocional, depredador sin piedad». Nota de uso: no es un insulto de barra, es casi un diagnóstico.
Familia segunda: los oficios de saldo
La gran invención del insultario del planeta es el oficio humilde convertido en arma. No se insulta al oficio en sí, que es honrado, sino a quien lo usa como disfraz de importancia.

Coordinador de mercadillo. Persona con un cargo pequeño que se da aires de grande. Es la entrada estrella del diccionario. Aparece en «Carta de recomendación», con su aviso a navegantes: «Cuidado, chicas y chicos, no se fíen de ese coordinador de mercadillo». Y en «Asqueroso coordinador», con pregunta incluida: «¿Sabes qué te digo, coordinador de mercadillo?». Nota de uso: la gracia está en el contraste entre «coordinador», que suena a despacho, y «mercadillo», que suena a lona y a calcetines de a euro.
Coordinador de saldo. Variante de la anterior, con zona geográfica: «coordinador de saldo de Villaverde», en «Que no pienso decir que mis trajes son de Zara». Nota de uso: «saldo» rebaja todavía más que «mercadillo».
Coordinador de la mentira y de la cicatriz. Variante poética, de «Igual que en las pelis slasher»: «coordinador, sí, pero de la mentira y de la cicatriz». Nota de uso: aquí el insulto se vuelve verso. El cargo existe, pero lo que coordina es el daño.
Comercial de saldo. Persona que se vende a sí misma como producto defectuoso. Aparece en «Doña Rogelia», del segundo álbum, dentro de una de las enumeraciones más logradas del catálogo: «Liante, farsante, comercial de saldo, / diez por ciento verdadero, / noventa por ciento falso, / diez por ciento original / y noventa por ciento falsificación, / sección de taras procedente de una devolución». Nota de uso: es el insulto como etiqueta de grandes almacenes. Quien lo recibe queda colgado en la percha de las taras.
Familia tercera: muebles, objetos y prendas
Otra especialidad de la casa: comparar a la persona con un objeto inútil. El objeto no hace daño; simplemente ocupa sitio.
Novio cojín. Pareja que no aporta nada, que solo está ahí, en el sofá, para apoyarse. Da título a «No quiero otro novio cojín», del primer álbum: «Esto se ha acabado, / El chollo se te ha terminado. / No quiero otro novio cojín». En «Carta de recomendación» aparece su versión matrimonial: «marido cojín». Nota de uso: es de los pocos insultos del planeta que casi suena cariñoso, y por eso duele.
Calcetín. Persona rebajada al nivel de una prenda que se pierde en la lavadora. Remate de la misma canción: «Has quedado a la altura de un calcetín». Tuvo secuela propia, «El calcetín», en el tercer álbum, cuyo texto la presenta así: «Después del "novio cojín" llega el calcetín». Nota de uso: el calcetín es el final de una caída. Del sofá, al cajón.
Colilla. Lo que queda de alguien cuando el otro ha terminado con él. No es un insulto al destinatario, sino una advertencia sobre su conducta: «A los siete años te tirará como una colilla», en «Carta de recomendación». Nota de uso: insultar describiendo lo que el otro hace con la gente.
Pinocho. Mentiroso compulsivo, con referencia al muñeco al que le crece la nariz. Da título a «Ese Pinocho nunca me comía el chocho» y aparece como despedida en «La música me está salvando»: «Hasta nunca pinocho». Nota de uso: insulto de cuento infantil, que por eso mismo humilla más.
Familia cuarta: el teatro y la farsa
Muchos villanos del planeta son actores sin talento. Fingen, representan y se disfrazan. El insultario tiene una familia entera de palabras de teatro.
Farsante. Persona que representa un papel en su propia vida. «Liante, farsante», en «Doña Rogelia»; «parejas farsantes que siempre te engañan», en «Judith Bécker».
Embaucador. Seductor que engaña para sacar provecho. «Ya no me das pena, embaucador, ahora el que va a acabar con lágrimas vas a ser tú», en «Carta de recomendación». Nota de uso: palabra antigua, casi de novela del siglo XIX, que el planeta rescata con gusto.
Embustero. Mentiroso, en su versión más castiza. En «Me hago una folclórica engañada» llega con una orden de descarte: «¡Pues Next! Embustero». En «Los ojos de Eduardo Casanova», con un pimiento: «Eso te la importa un pimiento embustero».
Payaso. Persona ridícula que se cree graciosa o importante. «Si hubiera captado que tú eras un payaso / te habría dejado totalmente solo en tu fracaso», en «La casa de los mil cadáveres».
Impostor. Quien se hace pasar por otro. Título de «El impostor», del primer álbum. Nota de uso: la palabra más seria de esta familia.
Narci de cutre culebrón. Narcisista cuya vida parece una telenovela barata. Título de «Narci de cutre culebrón», del segundo álbum, que lo explica con una revelación: «Se descubrió el pastel narci de cutre culebrón», y una conclusión de control de calidad: «¡Era una falsificación!». Nota de uso: combina tres insultos en tres palabras. «Narci», «cutre» y «culebrón».
Hipócritas. Gente que finge virtud. Plural y en coro, en «Mentes diabólicas»: «Hipócritas, personas cínicas / Hipócritas, gente mísera». Tiene su propia canción, «Hipócritas», en el tercer álbum, cuyo texto lo deja claro: no es una canción, «es un ajuste de cuentas».
Familia quinta: los clásicos castizos
El planeta no desprecia el insulto de toda la vida. Lo usa con medida, normalmente como remate de una lista.

Patán. Persona torpe y grosera. Es el golpe final de «La música me está salvando»: «¡Patán!». También en «No quiero otro novio cojín»: «Adiós, patán». Nota de uso: palabra de dos sílabas, ideal para cerrar.
Pringado. Persona que se queda fuera de la diversión. Aparece en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk» y en «Buscando el polvo perfecto»: «Que si no te diviertes ya estás sentenciado... ¡pringado!». Nota de uso: es el insulto de la pista de baile.
Pelota. Adulador. Cierre de «El descarte del narcisista»: «¡Pelota!». Nota de uso: insulto de oficina, de quien hace la pelota al jefe.
Bastardo. Insulto clásico, siempre con algo más. «Bastardo canario», en «Carta de recomendación»; «egoísta bastardo» y «¡Hasta nunca, bastardo!», en «Asqueroso coordinador». Nota de uso: en el planeta nunca va solo.
Malnacido. Persona sin entrañas. «Si hubiera sabido que eras un malnacido», en «La casa de los mil cadáveres». Nota de uso: de los más duros del diccionario, usado en condicional, como lamento.
Familia sexta: medidas y porcentajes
El planeta mide. Y a veces la medida es el insulto.
Medio metro miserable. Villano de corta estatura y peor conducta. Apodo central de «Igual que en las pelis slasher»: «El medio metro miserable / Me está amenazando otra vez». Nota de uso: no se burla de la estatura en sí, sino de alguien que, según «Carta de recomendación», usa «plantillas elevadoras» para aparentar lo que no mide. Lo que se insulta es la mentira.
Doble cara. Persona que dice una cosa delante y otra detrás. «El doble cara miserable que deja siempre herida», en la misma canción.
Diez por ciento verdadero. Insulto estadístico de «Doña Rogelia». Ya citado arriba, merece entrada propia porque inventa un género: el insulto en porcentajes. Nota de uso: quien lo recibe queda reducido a una etiqueta de composición.
Familia séptima: el cuerpo como prueba
Hay una familia de insultos que habla del cuerpo, y conviene leerla con cuidado, porque es la que más fácilmente podría volverse cruel. En el planeta casi nunca se burla de un cuerpo por ser como es. Se burla de lo que el villano hace con él para engañar.

Lentillas de colores. Ojos falsos para una mirada falsa. «No te fíes de sus ojos azules, son lentillas de colores», en «Carta de recomendación». Nota de uso: el insulto tiene eco en otra canción, «Los ojos de Eduardo Casanova», donde el contraste es con unos ojos de verdad: «ese brillo no lo tienen las lentillas de colores». El planeta lleva la cuenta de sus propias metáforas.
Canas teñidas. El pelo como coartada. «Por cierto, tiene muchas canas, tiene teñidos tanto el pelo como la barba», también en la carta. Nota de uso: teñirse no tiene nada de malo. Lo que se señala es la suma: los años que se quita, el pelo que se tiñe, la altura que se inventa. Cada detalle por separado es inocente. Juntos, forman un retrato de alguien que miente en todo.
Plantillas elevadoras. Centímetros prestados. «Por si lo preguntan las aseguradoras, no mide uno setenta y cinco, / usa plantillas elevadoras». Nota de uso: la mención a las aseguradoras convierte un detalle íntimo en un trámite administrativo. Es el humor de la carta en estado puro.
Narcisista de la almorrana. El insulto más escatológico del diccionario, de «Que no pienso decir que mis trajes son de Zara». La almorrana reaparece en otras letras como apodo y como anécdota. Nota de uso: es un insulto de rebaja total. Al narcisista, que se cree un dios, se le identifica por la dolencia menos gloriosa que existe.
Nota de uso de toda la familia: el cuerpo, en el insultario del planeta, es una prueba en un juicio. Se presenta para demostrar que alguien miente, no para avergonzar a nadie por cómo ha nacido.
Familia octava: las despedidas
Un buen insultario necesita fórmulas para terminar. El planeta tiene varias, todas con portazo.
Hasta nunca. La fórmula base, con complemento: «Hasta nunca pinocho», «¡Hasta nunca, bastardo!», «Te mando un hasta nunca ¡ maldita cucaracha!».
¡Pues Next! Despedida de aplicación de citas: pasar a la siguiente foto. En «Me hago una folclórica engañada».
Un besiño. Despedida envenenada con diminutivo gallego: «Hasta nunca, mi niño. Un besiño, marrano de El Médano», en «Escupiré sobre tu tumba». Nota de uso: el beso más frío del catálogo.
Mucha suerte, maricón. Frase que aparece en mitad de «Carta de recomendación», dirigido al ex: «Que el primer acto lo protagonicé yo. / Ahora queda el acto dos. / Mucha suerte, maricón». Nota de uso: el insulto que el mundo usó contra los maricas, devuelto con ironía y con una sonrisa de teatro.
Familia novena: el insulto vuelto hacia dentro
La última familia es la más honesta del diccionario. Son los insultos que la voz de la canción se dedica a sí misma.
Tonto, tonta. «Pero ¿Cómo soy tan tonto?», en «La casa de los mil cadáveres». «Pero como soy tan tonta», en «Al fuego».
Fracasado. «Pero ¿Cómo soy tan fracasado?», en la misma casa de los cadáveres. «Tú tan p, yo tan fracasado», en «Mi novio de Albacete».
Gilipollas. «He sido una gilipollas», en «Al fuego».
Nota de uso de toda la familia: estos insultos no son de odio, sino de vergüenza. Son lo que se dice uno al espejo después de haber creído a quien no debía. Y tienen una función importante: hacen que los demás insultos del diccionario sean justos. Quien se insulta a sí mismo primero puede insultar al otro después sin parecer un matón.
El libro de cabecera: «Carta de recomendación»
Si hubiera que elegir una sola canción para estudiar este diccionario, sería «Carta de recomendación». Su planteamiento ya es una burla: una carta de recomendación, el documento más formal del mundo laboral, escrita para avisar a la próxima pareja del ex de todo lo malo que le espera.
En pocas líneas caben casi todas las familias. Hay oficio de saldo («Tu ex marido, el coordinador de mercadillo»), hay zoología («el marrano de El Médano»), hay clásico castizo («Le corrijo, bastardo canario, son cincuenta y tres años»), hay teatro («Ya no me das pena, embaucador»), hay objeto («A los siete años te tirará como una colilla»), hay mueble («marido cojín») y hay despedida («Mucha suerte, maricón»). Es un insultario completo en formato carta.
Y tiene algo más que lo hace especial: el insulto va siempre acompañado de un dato. No dice «es un mentiroso». Dice que se quita años, que usa lentillas de colores, que lleva plantillas, que tiene canas teñidas. El insulto creativo del planeta no vive del adjetivo, sino de la prueba.
Reglas del insultario
Después de leer el diccionario entero, se pueden sacar unas cuantas reglas que el planeta cumple casi siempre.

Primera: el insulto lleva apellido. Un sitio, un oficio, una medida. «Marrano» es poco; «marrano de El Médano» es inolvidable.
Segunda: el insulto apunta a una conducta. Se insulta al que miente, al que engaña, al que se aprovecha. No a quien es diferente.
Tercera: el insulto va al final. Casi siempre cierra una lista o una estrofa. Es el remate, no el principio.
Cuarta: el insulto convive con la autoparodia. Antes o después de insultar al otro, la voz se insulta a sí misma. Eso lo equilibra todo.
Quinta: el destinatario es un personaje. Nadie con nombre y apellidos reales recibe estas palabras. El planeta insulta a sus villanos de ficción, que para eso los ha inventado.
Sexta: el insulto tiene memoria. Las palabras vuelven de una canción a otra. El «marrano de El Médano» atraviesa el catálogo de punta a punta, de despedida en despedida; el «coordinador de mercadillo» aparece en cartas, en canciones de despedida y en presentaciones de circo; el «novio cojín» tiene secuela en forma de calcetín. Quien escucha el catálogo entero acaba reconociendo a los personajes por su apodo, como en una serie larga en la que cada villano tiene su sintonía.
Séptima, y quizá la más importante: el insulto hace reír. Si no hace reír, no está terminado. El planeta prefiere el insulto que provoca una carcajada al que solo provoca una herida, porque la carcajada se comparte y la herida, no.
Para qué sirve insultar así
Queda la pregunta de fondo: ¿no hay algo feo en un catálogo de insultos? La respuesta del planeta, si se leen las letras con atención, es que el insulto creativo cumple una función muy concreta en historias de maltrato emocional.
Quien ha salido de una relación con un narcisista suele salir con la autoestima en el suelo y con la sensación de que el otro tenía siempre la última palabra. El insulto bien construido devuelve esa última palabra. Y lo hace con humor, que es la forma de quitarle al villano su aire de amenaza. Es difícil tener miedo de un «coordinador de mercadillo». Es imposible tomarse en serio a un «novio cojín». Y quien no da miedo deja, poco a poco, de mandar en la cabeza de quien lo sufrió.
Además, el insulto creativo exige atención. Para llamar a alguien «diez por ciento verdadero, noventa por ciento falso» hay que haberle observado, haberle medido, haber sacado cuentas. En el fondo, el insultario del planeta es un ejercicio de lucidez: después de mucho tiempo sin ver claro, la voz de las canciones por fin ve, y pone nombre a lo que ve.
Para consultar
Todas las entradas de este diccionario se pueden comprobar en el archivo de letras, donde están las canciones completas. Y «Carta de recomendación», el libro de cabecera, pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK; se puede escuchar en Spotify. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.
Como todo diccionario, este está incompleto, y seguramente le faltan entradas que cualquier oyente atento podría añadir con su lápiz. El planeta sigue escribiendo, y cada ex nuevo trae palabras nuevas.
Preguntas frecuentes
¿Por qué hay tantos insultos en las letras de Mike Sain't Louis?
Porque muchas canciones son ajustes de cuentas con exparejas narcisistas o con gente que hizo daño. El insulto creativo convierte la rabia en humor y en una imagen fácil de recordar.
¿A quién van dirigidos esos insultos?
A personajes inventados de las letras, como el «marrano de El Médano» o el «coordinador de mercadillo». No son personas reales.
¿Cuál es la canción con más insultos?
«Carta de recomendación» es un catálogo: «bastardo canario», «embaucador», «coordinador de mercadillo», «marido cojín». «Doña Rogelia» también es un buen ejemplo.
¿Qué es un «novio cojín»?
Una expresión del planeta para la pareja que no aporta nada y solo ocupa sitio en el sofá. Aparece en «No quiero otro novio cojín», que termina con «Has quedado a la altura de un calcetín».
¿En qué disco está «Carta de recomendación»?
En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», segunda parte de la trilogía GAYFOLK.