Planeta Gayfolk

Arte y mirada

Elogio de la rata con cresta: «La Alcantarilla» y la vida que sube desde el subsuelo

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Portada de «La Alcantarilla», canción de Mike Sain't Louis

Plic. Plic. Plic. Una gota que cae en un charco negro. El ruido sordo del tráfico allá arriba, filtrado por el hierro de una rejilla. Un olor que mejor no describir. Y, de pronto, desde la boca de una tubería, dos bigotes largos. Un hocico rosado. Unos ojos negros como cabezas de alfiler. Y encima de la cabeza, empapada pero en pie, una cresta punk teñida de rosa fucsia.

Esa es la protagonista de «La Alcantarilla». Una rata. Su autor lo dice sin rodeos en la ficha: no es una persona. Mojada, con bigotes largos, asomando con cautela mientras el agua brilla en el suelo. Y añade algo que al planeta le parece una declaración de amor: me encanta. Tierna y desagradable a la vez.

Es una pista de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», con estreno el 19 de junio de 2026. Su letra todavía está en la lista de espera de la web, así que el planeta no va a inventarse lo que dice. Lo que hará es bajar a la alcantarilla con una linterna y un par de botas de agua. Porque la rata de la portada merece un elogio. Y nadie se lo ha escrito todavía.

La peor reputación del reino animal

Empecemos por lo obvio. La rata tiene la peor prensa de todos los animales. Peor que la cucaracha, que al menos da risa. Peor que la serpiente, que tiene glamour bíblico. Peor que el lobo, que tiene a Caperucita. La rata no tiene a nadie. Se la asocia con la peste, con la suciedad, con la traición, con la avaricia. En castellano, llamar a alguien «rata» es decirle tacaño. Llamarle «rata de cloaca» es decirle lo peor que se puede decir de una persona.

Hay una canción del planeta que usa la palabra exactamente así, como insulto definitivo. Es «Dientes, dientes», una de las más afiladas del catálogo:

Yo soy el oro y tú no llegas ni a plata / Yo soy un ave fénix y tu eres una rata

El ave fénix contra la rata. Lo que renace de sus cenizas contra lo que se arrastra por el suelo. Es una jerarquía muy antigua, y la canción la usa para poner al otro en su sitio.

Y entonces llega «La Alcantarilla» y le da la vuelta. Ahora la rata es la protagonista. Ahora tiene cresta, tiene estilo, tiene portada propia. El planeta adora estas contradicciones dentro de su propia discografía, porque son señal de que hay vida. Un catálogo coherente al cien por cien sería un catálogo muerto. Aquí la rata es insulto en una canción y heroína en otra. Como pasa en la vida, donde la misma palabra que te lanzaron en el patio acaba siendo tu nombre de guerra.

Lo que la ciudad tira

¿Qué es una alcantarilla? Es el sitio adonde va todo lo que la ciudad no quiere ver. El autor lo dice en su ficha: lo que se tira, lo que se esconde. Las aguas sucias, los restos, lo que se arrastra con la lluvia. Una ciudad limpia arriba es una ciudad con una alcantarilla llena abajo.

El planeta lleva tiempo pensando en esa doble ciudad. La de arriba, con sus escaparates y sus terrazas y sus fachadas restauradas. Y la de abajo, la que nadie ve y que lo sostiene todo. Durante mucho tiempo, la vida de las maricas en este país estuvo en la ciudad de abajo. En los bares sin cartel, en los cuartos oscuros, en los parques a medianoche, en las saunas con la puerta discreta. No porque les gustara la oscuridad, o no solo, sino porque arriba no había sitio.

Su autor lo dice con una frase que el planeta subraya dos veces: a muchas personas queer se nos ha tratado como algo que había que mandar al subsuelo, y algunas aprendimos a salir de ahí con más estilo que nadie.

Esa es la rata de la portada. La que estaba abajo, entre lo que la ciudad tiraba, y que un día asoma por la tubería con la cresta recién teñida. No pide perdón por venir de donde viene. Se ha peinado para la fiesta.

Cresta rosa

Hablemos de la cresta, porque es el detalle que convierte una foto de plaga en un retrato.

Fotogramas del videoclip oficial de «La Alcantarilla», de Mike Sain't Louis

La cresta punk nació a finales de los setenta en Londres, entre chavales de barrio obrero que no tenían futuro y lo dijeron a gritos. Era una forma de convertir el cuerpo en una pancarta. Te miraban mal por la calle, y tú les dabas un motivo. En España, el punk llegó con los primeros años de la democracia, y en Madrid se mezcló con lo que luego se llamaría la Movida: grupos de nombre imposible, como Kaka de Luxe, donde andaba una jovencísima Alaska, locales pequeños, fanzines fotocopiados y mucha gente rara que por fin podía salir a la calle sin que la detuvieran por ello.

El punk y las maricas tienen una relación más estrecha de lo que parece. Los dos venían de abajo. Los dos se vestían para provocar. Los dos hacían del rechazo una estética. Y los dos sabían que el maquillaje, el tinte y el imperdible eran formas de decir «aquí estoy» cuando el mundo prefería que no estuvieras.

Que la cresta de la rata sea rosa fucsia, y no verde o roja como en los pósteres clásicos, es la firma de la casa. El planeta tiñe todo de rosa: las portadas, las letras, las crestas. El rosa que antes era un insulto, el triángulo que se cosía en los uniformes de los campos de concentración, el color que no podían llevar los niños. Aquí es el color de la fiesta. La rata se lo ha puesto encima de la cabeza.

Una rata en París

Hay una rata famosa en la historia del cine reciente que el planeta no puede dejar fuera. Se llama Remy, es de Pixar, y sueña con ser chef en un restaurante de París. «Ratatouille» cuenta la historia de un bicho de cloaca que tiene más talento que todos los cocineros con gorro blanco de la cocina, pero que nadie puede ver porque es una rata. Tiene que esconderse debajo del gorro de un humano torpe y guiarle tirándole del pelo.

Es una de las mejores parábolas sobre el talento que viene de abajo y que el mundo no reconoce por su origen. Y el planeta no puede evitar leerla en clave propia. Cuántos creadores de barrio, cuántos maricas de pueblo, cuántos artistas sin padrinos han tenido que esconderse debajo del gorro de otro para que su trabajo se viera. O han tenido que oír «eso no puede ser tuyo» cuando era más suyo que nada.

La rata de «La Alcantarilla» no se esconde debajo de ningún gorro. Asoma con su propia cresta. Es Remy sin disfraz. Es la rata que ha decidido que, si el mundo no la va a ver como chef, al menos la va a ver como punk.

El flautista

Hay otra rata famosa, o mejor dicho, otras muchas: las del flautista de Hamelín. Un pueblo alemán invadido por una plaga, un músico que las encanta con su flauta y se las lleva al río, y un ayuntamiento que no le paga lo prometido. Así que el flautista vuelve, toca otra vez, y esta vez se lleva a los niños.

El planeta siempre ha pensado que ese cuento tiene una lectura queer escondida. Un músico raro que llega de fuera, al que el pueblo necesita y desprecia a la vez. Que hace el trabajo sucio, se le niega el pago y se venga llevándose el futuro del pueblo. Hay algo de eso en la relación de muchas comunidades con sus artistas raros: los usan cuando hace falta, no les pagan, y luego se escandalizan de lo que pasa.

La rata de la portada, en este cuento, no sigue a ningún flautista. Es ella la que pone la música. Y el planeta sospecha que, si sonara una flauta en la alcantarilla, la rata de la cresta no se tiraría al río. Se pondría a bailar.

Aquí abajo

El autor tiene otras canciones que suenan como si se hubieran escrito en una alcantarilla, en el mejor sentido de la palabra. Canciones de suelo, de charco, de cuerpo arrastrado. Una de ellas es «Aquí escupo», que tiene versos que parecen grafitis en una pared mojada:

Aquí escupo, / mi sangre de feria, / mis noches de polvo, / mis sueños de piedra.

Y la otra, prima hermana, es «La primera drag de Benidorm», que arranca con una imagen que podría ser la de la rata saliendo de la tubería:

Aquí me arrastro, / con tacones rotos, / escupiendo sueños / por cada semáforo.

El planeta lee estas dos letras como el diario íntimo de la rata. Lo que ella diría si hablara. Arrastrarse, escupir, sangrar, y aun así seguir. Tacones rotos, falda manchada, sueños de piedra. Es el lenguaje de quien ha vivido abajo y no tiene ninguna intención de fingir que no.

Lo seco, una vez: de la alcantarilla no se sale limpio. Se sale con estilo, que es otra cosa.

Las ratas se ríen

Aquí va un dato que el planeta aprendió con asombro y que cambia por completo la manera de mirar a la protagonista de la portada. Las ratas se ríen. Literalmente. Un neurocientífico estadounidense, Jaak Panksepp, pasó años estudiándolas en su laboratorio y comprobó que, cuando se les hacen cosquillas, emiten unos chillidos ultrasónicos que el oído humano no capta pero que los aparatos registran. Y que buscan la mano que les hace cosquillas para que se las vuelvan a hacer. Juegan. Se persiguen. Se ríen.

Collage con un detalle de la carátula de «La Alcantarilla» y las carátulas de «Aquí escupo», «Dientes, dientes», «La primera drag de Benidorm»

El planeta no sale de su asombro. El animal más despreciado de la ciudad, el símbolo de la peste y de la miseria, resulta que tiene sentido del humor. Que juega cuando nadie la ve. Que se ríe a una frecuencia que nosotros no podemos oír.

Si eso no es una metáfora de la vida marica en la clandestinidad, el planeta no sabe qué lo es. Durante décadas, en los bares sin cartel y en los pisos con las persianas bajadas, había risas que la ciudad de arriba no oía. Fiestas, chistes, motes, pluma a raudales. Una frecuencia propia, ultrasónica, que solo captaban los de dentro. Desde fuera, todo parecía silencio y vergüenza. Desde dentro, había carcajadas.

La rata de la portada, con su cresta y su mirada de pillastre, tiene cara de estar a punto de reírse. El planeta está convencido. Solo que no la oímos.

Ratas de compañía

Hay gente que tiene ratas como mascotas, y quien las tiene habla de ellas con una ternura que desconcierta. Dicen que son listísimas, que reconocen su nombre, que se suben al hombro, que se acurrucan en el bolsillo de la sudadera para dormir la siesta. Que son limpias, que se asean como los gatos, que se ponen tristes si están solas porque son animales muy sociables.

El planeta no tiene rata, ni la va a tener, por lo ya confesado sobre el andén de Tribunal. Pero le parece fascinante que el mismo animal pueda ser plaga en la alcantarilla y compañía en el sofá. Que dependa tanto del sitio y de la mirada. La rata de la cloaca y la rata del bolsillo son la misma especie. Lo que cambia es quién la mira y con qué ojos.

Esto también pasa con las personas. El mismo chico puede ser «el raro» en su pueblo y «el más gracioso de la fiesta» en una casa de Chueca. Puede ser una vergüenza para su familia y un tesoro para sus amigos. La especie es la misma. Lo que cambia es el sitio. Y a veces, para cambiar la mirada, hay que cambiar de barrio.

El Madrid de abajo

Madrid tiene su propia ciudad subterránea, y el planeta, que es muy madrileño, no puede dejar de recorrerla un momento. Está el metro, claro, con sus kilómetros de túneles y sus estaciones de azulejos. Y está una estación fantasma, la de Chamberí, que se cerró hace décadas y que hoy se puede visitar como museo: andenes con anuncios antiguos de cerámica, taquillas de madera, el reloj parado. Los trenes de la línea 1 pasan por delante sin detenerse, y quien va dentro ve durante un segundo, a través de la ventanilla, una estación iluminada y vacía, como un decorado de otra época.

El planeta piensa mucho en esa estación. En lo que significa que una ciudad conserve, bajo tierra, un trozo de su pasado tal cual, sin restaurar del todo, para que se vea lo que fue. Y piensa que la memoria marica de Madrid necesitaría algo parecido. Una estación fantasma donde se conservaran los bares que cerraron, los carteles de las fiestas, las fotos de las primeras manifestaciones, los nombres de los que no llegaron a ver la ciudad de hoy.

Mientras no exista, la memoria se guarda en sitios como este. En canciones con títulos de cloaca y portadas de rata. En diarios de planetas inventados. Abajo, donde la ciudad de arriba no mira.

Sobrevivir a todo

Dicen que las ratas sobreviven a todo. Que cuando no quede nada en el planeta Tierra, quedarán las cucarachas y las ratas. Que se adaptan a cualquier sitio, comen cualquier cosa, aguantan cualquier clima. Es una fama que se dice con asco, pero que esconde un elogio.

El planeta prefiere decirlo con orgullo. Sobrevivir a todo es una virtud. Las maricas de las generaciones anteriores sobrevivieron a cárceles, a terapias de conversión, a familias que las echaban, a una epidemia que se llevó a una generación entera mientras los gobiernos miraban a otro lado. Sobrevivieron abajo, en las alcantarillas de la historia, comiendo lo que había. Y salieron. Con cresta.

Rata, el insulto

En castellano, llamar «rata» a alguien tiene un sentido muy concreto: es decirle tacaño. El que no invita a una ronda, el que divide la cuenta hasta el último céntimo, el que guarda los sobres de azúcar del bar. «Qué rata eres» es una frase de sobremesa que todo el mundo ha oído alguna vez. Y luego está el otro sentido, más grave, el de rata como traidor, el que se va del barco cuando se hunde, el que delata.

Ficha de la canción «La Alcantarilla» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

El planeta, que es muy aficionado a dar la vuelta a los insultos, ha pensado en qué haría la rata de la portada con estas acepciones. Y ha llegado a una conclusión. La rata de la cresta no es tacaña: comparte lo que encuentra con toda la colonia, porque las ratas viven en grupo y se cuidan entre ellas. Y no abandona el barco: el barco la abandonó a ella primero, la tiró por la alcantarilla, y ella se construyó otro abajo.

Así funcionan los insultos cuando se les da la vuelta. Pierden el veneno y se convierten en bandera. Pasó con «marica», que el planeta usa con orgullo en cada entrada. Pasó con «loca». Puede pasar con «rata». Basta con que alguien se ponga una cresta rosa, se plante en la portada y mire a cámara sin pedir perdón.

Y si alguien insiste en usarlo como insulto, el planeta tiene la respuesta preparada. Sí, rata. Rata de alcantarilla, rata con cresta, rata que se ríe a una frecuencia que tú no oyes. Rata que sobrevivió a todo lo que la ciudad de arriba le tiró encima. Rata con colonia, con amigas, con club a las cinco de la mañana. Llámala como quieras. Ella ya tiene su propio nombre, y lo lleva escrito en la portada.

Club a las cinco de la mañana

El autor dice que las letras rosas sobre fondo negro de la portada completan un aire de club underground a las cinco de la mañana. El planeta conoce bien esa hora y esos clubs.

Son los sitios donde se acaba cuando ya han cerrado todos los demás. Se baja por una escalera estrecha. Hay un portero que no sonríe. Dentro, humedad, humo de máquina, música que no se sabe si es techno o una lavadora centrifugando. Y gente. Mucha gente rara, que es la mejor gente. Drags que vienen de actuar en otro sitio, camareros que han terminado su turno, chicos de pueblo que han perdido el último autobús y han decidido que da igual.

Esos sitios son alcantarillas en sentido literal: están bajo tierra, huelen a cerrado, nadie de arriba sabe que existen. Y han sido, durante décadas, los sitios donde más libre se ha sentido una cierta forma de ser marica. Donde se podía besar sin mirar alrededor. Donde nadie te pedía explicaciones.

La rata de la portada viene de ahí. O va hacia ahí. Con la cresta lista para la pista.

La autoparodia subterránea

El planeta confiesa que, cuando vio la portada por primera vez, dio un respingo. Las ratas le dan un asco ancestral, de los que no se curan con argumentos. Una vez vio una en el andén del metro de Tribunal y se subió al primer vagón que pasó aunque no era su línea. Acabó en la otra punta de Madrid, en una estación que no conocía, sintiéndose ridículo.

Así que este elogio está escrito con un pequeño esfuerzo. Que conste. No es fácil defender a la rata cuando uno da saltitos al verla. Pero precisamente por eso merece la pena. Los elogios fáciles no valen. Los difíciles, sí.

Escucharla a oscuras

La canción tiene videoclip oficial y está en Spotify. El autor recomienda escucharla a oscuras y termina su ficha con una frase que es casi una invitación a bajar: ya me dirás qué encuentras ahí abajo.

Quien quiera saber más de quien firma estas letras, escritas a mano y vestidas después con herramientas de inteligencia artificial para el sonido, tiene la ficha en prensa. Y si alguien prefiere seguir con la estética del subsuelo, la galería de la zona radiactiva del planeta tiene el mismo aire de sitio donde no se debería estar.

El planeta sube por la escalerilla, empuja la tapa de hierro y sale a la calle. Arriba hace sol. La gente pasa con bolsas de la compra. Nadie sabe lo que hay abajo.

Pero la rata sí. Y esta noche, a las cinco, saldrá otra vez. Peinada.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «La Alcantarilla»?

Su autor la presenta con una portada protagonizada por una rata mojada con cresta punk rosa fucsia que asoma desde una tubería. La lee como un autorretrato colectivo: muchas personas queer fueron tratadas como algo que había que mandar al subsuelo y aprendieron a salir de ahí con más estilo que nadie.

¿Hay letra publicada?

Por ahora no; la web la anuncia como próxima. En este post solo aparecen versos de otras canciones del catálogo con el mismo aire de cloaca y de barrio.

¿Cuándo salió?

Su ficha la fecha el 19 de junio de 2026, dentro de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Tiene videoclip oficial de algo más de tres minutos.

¿Quién la firma?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Sus letras no pasan por ninguna IA; el sonido y las voces, sí, con herramientas de inteligencia artificial.

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