Letras
Censo de una noche: 88 nombres, 83 personas y una sola colilla en «La chusta nunca disgusta»
Por Mike Sain't Louis ·

Ding dong. Buenas tardes, vengo del padrón.
Ochenta y ocho timbres en un solo portal. Ochenta y tres apellidos que no se dicen. Cinco vecinos que están dos veces en el buzón, como si tuvieran piso doble o como si la portera se hubiera equivocado al rotular. Y en el descansillo, en el suelo, al lado del felpudo de «Hogar dulce hogar», una colilla todavía caliente.
Este es el edificio que levanta «La chusta nunca disgusta», y la crónica del planeta ha venido a empadronar a todo el mundo. Chaleco reflectante, carpeta con pinza, bolígrafo Bic sin capuchón. La funcionaria más pesada del universo GAYFOLK se ha propuesto contar, uno a uno, a todos los que viven dentro de esta letra.
Que nadie se esconda detrás de la puerta. Se oye la tele.
Planta baja: metodología del recuento
Antes de llamar a ningún timbre, la funcionaria explica su método, porque en este diario no se dice nada sin poder enseñarlo.
La letra publicada en la ficha del single y en el archivo de letras del sitio no tiene historia. No hay ex, no hay narcisista, no hay plató, no hay ataúd de neón. Hay nombres de pila, separados por comas, en grupos de cuatro por verso y de dieciséis por bloque. Entre bloque y bloque, un estribillo de cuatro palabras que se repite. Al final, el estribillo se queda solo y se repite más.
El recuento, hecho a mano y comprobado dos veces, da esto:
Ochenta y ocho nombres en total.
Ochenta y tres nombres distintos.
Cinco que repiten: Sergio, Carla, Raúl, Enrique y Mónica.
Catorce veces el verso «La chusta nunca disgusta».
Ni un solo apellido. Ni un solo adjetivo. Ni un solo verbo, salvo el del estribillo.
Lo de los adjetivos es lo que más le llama la atención a la funcionaria, que viene de leer otras letras del mismo autor. Mike Sain't Louis es un letrista que adjetiva como quien echa sal a unas patatas fritas de bar: con generosidad y sin miedo a la tensión arterial. El marrano de El Médano, el coordinador de saldo, la Shakira marica del Todo a un Euro. Aquí, nada. Ni guapo, ni feo, ni tóxico, ni encantador. Solo el nombre, desnudo, como en una lista de clase o en un acta de mesa electoral.
Eso, para un autor tan de apodos, es una decisión. La crónica la toma en serio.
Primero A: los vecinos de toda la vida
El primer bloque abre la puerta así:
«Sergio, Martina, Elías, Iván, / Carmen, Abel, Raquel, Julián»
La funcionaria apunta. Sergio, que abre la canción y que volverá a aparecer más tarde, como esos vecinos que bajan la basura dos veces al día para ver quién hay en el portal. Martina, que es un nombre de niña de ahora, de carrito con capota y mochila de Frozen. Elías, que tiene algo de profeta y algo de ferretería de barrio. Iván, que puede ser de Moratalaz o de Kiev. Carmen, que es el nombre más madrileño de España aunque sea de Sevilla. Abel, que tuvo un hermano complicado. Raquel, que es la que siempre organiza las cenas de empresa. Julián, que se jubiló de Telefónica y ahora riega los geranios.
Todo esto es invención de la funcionaria, que conste. La letra no dice nada de ninguno. Ese es precisamente el juego: la canción deja ochenta y ocho huecos vacíos y cada cual los rellena con su gente.
Porque todo el mundo conoce a un Sergio. Todo el mundo tiene una Raquel en el grupo de WhatsApp del trabajo, silenciado desde 2022. Todo el mundo ha tenido un Julián de vecino del cuarto que se queja del ruido de los tacones.
Y ahí la canción, sin decir nada, ya ha metido en su portal a medio país.
Segundo B: el registro de nacimientos de la última década
Si la funcionaria se fija bien, en la lista hay muchos nombres que se han puesto mucho a los bebés en España en los últimos años. Lucía, Martina, Sofía, Hugo, Martín, Valeria, Paula, Daniel, Pablo, Olivia, Emma. Son los nombres de los carritos que suben en el ascensor, de los dibujos en la nevera, de las tazas personalizadas de las tiendas de recuerdos que siempre se agotan antes que «Gertrudis».

Y al lado, nombres que ya casi nadie le pone a un recién nacido. Gerardo. Teresa. Enrique. Rosa. Ernesto. Julián. Los nombres de los abuelos, de los tíos del pueblo, de los señores que salen en las esquelas del periódico local con una cruz y una frase sobre la resignación cristiana.
La lista los mezcla sin orden de edad. Lola, Pedro, Sofía, Matías. Una abuela, un padre, una nieta, un primo. La canción no hace generaciones: hace mesa camilla. Y eso, en un planeta que se ha pasado tres discos hablando de la familia que se elige frente a la que te toca, tiene su lectura. En esta lista no hay árbol genealógico. Nadie es hijo de nadie. Todos están al mismo nivel, en la misma coma.
Hay otra mezcla, menos evidente, que la funcionaria anota con interés: nombres de chico y de chica alternados sin regla fija. A veces dos chicos seguidos, a veces tres chicas. Alex y Alexis, que pueden ser de cualquiera. René, que en francés es de chico y en muchas casas de aquí de chica. El portal no tiene planta de hombres y planta de mujeres. Tiene escalera.
Tercero C: los que vienen de lejos
El quinto y el sexto bloque son los que más trabajo le dan a la funcionaria del padrón, porque hay nombres que no salen en el desplegable del formulario.
«Rosa, Enrique, Cecilia, Omar, / Mónica, Pablo, Leticia, Kunal»
Kunal es un nombre de origen indio. Omar y Amir llegan del árabe. Latoya y Edison suenan a Estados Unidos o a Caribe. Giselle tiene algo de ballet francés. Bianca podría ser de Milán o de Bucarest. Laia, en el primer bloque, es catalana de toda la vida. Y Tenesoya, en el último, es un nombre de raíz canaria, de los que en las islas se ponen para recordar a los que vivían allí antes de que llegaran los barcos de Castilla. El sitio tiene una página entera dedicada a Canarias, y la funcionaria, que es de Madrid, se pone un post-it para leerla con calma.
Lo que hace la letra con todos ellos es lo más sencillo y lo más difícil del mundo: no hacer nada. No los presenta como extranjeros. No los pone al final para quedar bien. No les dedica un verso aparte con banderita. Kunal va detrás de Leticia y delante del estribillo, igual que Tomás va detrás de Elena. Amir comparte verso con Gonzalo. Tenesoya rima con Latoya, una isla y otra orilla en la misma línea.
«Bianca, Amir, Gonzalo, Tenesoya, / Giselle, Edison, Eduardo, Latoya»
En cualquier oficina de extranjería de Madrid, estas cuatro personas estarían en cuatro colas distintas, con cuatro números de cita previa y cuatro funcionarios diferentes pidiéndoles cuatro fotocopias distintas del mismo papel. En esta canción comparten dos versos y una colilla.
La funcionaria deja de escribir un momento. Luego sigue, porque hay cola.
Cuarto D: los repetidos
Cinco vecinos aparecen dos veces. Sergio, Carla, Raúl, Enrique y Mónica.

La primera reacción de la funcionaria es profesional: error de registro, duplicidad, habrá que cruzar datos con Hacienda. La segunda es más humana. En cualquier grupo de más de cuarenta personas hay dos Sergios, y la ficha del autor en mikesaintlouis.com lo cuenta con la misma idea, que nadie sabe nunca a cuál de los dos se refieren cuando alguien dice «ha venido Sergio». El Sergio alto y el Sergio de Getafe. La Mónica del gimnasio y la Mónica de la academia de inglés. El Raúl que es primo de alguien y el Raúl que nadie sabe quién trajo.
La canción no los diferencia. No pone «Sergio dos» ni «Mónica la rubia». Los deja repetidos, tal cual, y que cada uno se las apañe.
La crónica tiene una teoría menos práctica. En un listado de ochenta y ocho, repetir a cinco es reconocer que la gente vuelve. Que la noche no es una lista que se recorre una vez y se archiva. Hay quien se va a por tabaco y regresa. Hay quien se despide en el primer bloque y sigue ahí en el cuarto, con otra copa en la mano, diciendo «que me voy, eh, que me voy ya». Sergio abre la canción y reaparece en el cuarto bloque. Sergio nunca se va. Todos conocemos a Sergio.
La colilla en el descansillo
Toca hablar del estribillo, que la funcionaria ha estado esquivando como quien esquiva una mancha sospechosa en la moqueta.
«La chusta nunca disgusta, / La chusta nunca disgusta»
La chusta es la colilla. El final del cigarro, lo que queda cuando ya casi no queda nada, eso que en algunas casas se apura hasta quemarse los dedos y en otras se pasa de mano en mano en un banco de parque o en el balcón de un piso compartido a las cinco de la mañana. La crónica no va a hacer aquí un informe de Sanidad, y tampoco va a fingir que no sabe lo que se fuma a veces en esos balcones. Se limita a constatar el uso: la chusta es lo último, lo que sobra, y la frase dice que nunca disgusta.
Hay una filosofía entera en esas cuatro palabras.
Lo último nunca disgusta. El final de algo, cuando se comparte, sabe mejor que el principio. La última patata frita del cartucho, la que nadie se atreve a coger por vergüenza. El último trago de calimocho de la botella, caliente y con poso. El último autobús búho, el N26 o el que te toque, donde se acaba conociendo a gente que de día ni te miraría. La última canción de la verbena, cuando ya han encendido las luces y la orquesta toca algo de Raphael para echar a la gente.
Lo que sobra, lo que nadie quería, lo que va de mano en mano. Eso es la chusta.
Y luego está la rima, que es de patio de colegio, «chusta» con «disgusta». Suena a refrán de los que se dicen en un bar sin saber de dónde salen, como «a nadie le amarga un dulce» o «el que no corre vuela». La funcionaria comprueba en el refranero de su abuela y no aparece, así que la apunta como refrán de nueva creación con origen en el planeta. Si dentro de cincuenta años lo dice alguien en un mercado de Lavapiés sin saber de quién es, la crónica habrá cumplido.
Entresuelo: un autor que piensa en listas
La funcionaria hace una parada técnica en el entresuelo, que es donde viven los que no son ni de planta baja ni de primero, y repasa sus apuntes de otras visitas al planeta.

Resulta que este autor enumera mucho. En otras letras hace listas de agravios, de gente que no ha contestado, de cosas que se ha comprado en tiendas baratas, de programas de televisión, de familiares que han visto un estado de WhatsApp sin darle a «me gusta». Su forma natural de construir un verso es ir amontonando cosas concretas hasta que el montón se cae solo y deja ver la herida, o el chiste. Es un recurso que la guía de estilo del propio diario apunta como uno de sus rasgos de fábrica: la lista larga y el remate corto.
«La chusta nunca disgusta» es ese recurso llevado al extremo. Quita la herida. Quita el chiste. Quita el remate largo. Deja solo la lista y un remate de cuatro palabras que se repite hasta perder el sentido y recuperarlo.
Es como si un pintor que siempre pinta bodegones con un cuchillo clavado en el melón un día pintara solo el melón. Y lo colgara. Y le pusiera un título de bar.
A la funcionaria, que es de oficio, eso le parece honradez. Un autor que conoce su propia manía y la expone sin adornos, como quien enseña el cuaderno de borradores. Aquí están los ingredientes con los que hago todo lo demás: nombres, comas, ritmo de cuatro y una frase de barrio para cerrar. Con eso se hacen las otras doscientas setenta y tantas canciones. Con eso, también, se hace esta.
Hay quien dirá que es una canción vacía. La funcionaria, que ha visto padrones de pueblos de cuarenta habitantes, sabe que una lista de nombres nunca está vacía. Lo vacío es una casilla sin nombre.
Ático: el sentido de un censo sin datos
Llegados al último piso, la funcionaria se sienta en el escalón, se quita el chaleco reflectante y se hace la pregunta que se hace cualquiera que escucha esta canción por primera vez: ¿para qué?
¿Para qué ochenta y ocho nombres sin historia?
La respuesta más fácil es la del juego. Escuchar la lista con amigos y ver a quién le toca, gritar cuando sale tu nombre, hacer pucheros cuando no. Funciona, y la ficha del propio autor lo plantea así. Es una canción de grupo, de esas que se ponen para que pase algo en la habitación.
Pero la crónica, que nunca se conforma con la respuesta fácil, encuentra otra en el sitio donde la encuentra siempre: en el resto del catálogo.
Este es un autor que ha escrito muchas canciones con un solo destinatario. Un ex con nombre y apellido, un narcisista con dirección postal, un hater con su comentario copiado literal. Canciones de uno a uno, de cuchillo, de carta certificada. Y en mitad de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía, aparece esta, que no le habla a uno sino a ochenta y ocho. Que no señala a nadie. Que no cobra ninguna deuda.
Hay algo de alivio en eso. Después de tanto nombre propio usado como dardo, aquí el nombre propio es una invitación. Estás en la lista. No por lo que hiciste, ni por lo que te hicieron. Solo por estar.
En un disco que se llama así, «El día de la liberación», la crónica no se atreve a decir que esto sea casual.
Sótano: lo que no figura en el padrón
Todo censo tiene una zona oscura. Lo que no se cuenta.

En esta lista no aparece nadie que se llame Mike, ni Miguel, ni Miguel Ángel. El autor no se empadrona en su propia canción. Puede ser modestia, puede ser despiste, puede ser que alguien tiene que sostener la carpeta mientras los demás pasan.
Tampoco aparece ningún nombre de los que en otras letras del planeta funcionan como insulto. No hay rastro de los exes, de los coordinadores, de los vampiros emocionales. Si estaban en el edificio, se han mudado. O la funcionaria, que es lista, ha decidido no llamar a su timbre.
Y no aparece nadie con apellido. Eso es lo que más conmueve a la crónica de todo el recuento. Sin apellidos no hay familias, ni herencias, ni linajes, ni el «¿tú de quién eres?» de los pueblos. Sin apellidos, Gonzalo y Amir son exactamente lo mismo: alguien con nombre que está aquí. En un país donde el segundo apellido todavía sirve para adivinar de dónde viene uno y cuánto dinero tenía su abuelo, una lista sin apellidos es casi una utopía.
Pequeña. De cuatro minutos. Pero utopía.
Sobre quién llama a los timbres
El trabajo de la funcionaria tiene una nota a pie de página que conviene no olvidar.
Mike Sain't Louis es letrista, compositor y productor musical madrileño, y la letra de este tema es suya, nombre a nombre. La música y las voces de la grabación se han hecho con herramientas de inteligencia artificial, entre ellas Suno, como el resto de su catálogo. Eso tiene aquí una gracia especial: una lista de ochenta y ocho nombres humanos recitada por una voz que no es de nadie. Ninguno de esos nombres es el de quien los dice.
Es el padrón leído por una máquina. Como en el ayuntamiento, vaya.
Pero la elección de cada nombre, el orden, la rima de Tenesoya con Latoya, la decisión de repetir a Sergio y de no repetir a Kunal, eso no lo ha hecho ninguna máquina. Lo ha hecho alguien sentado delante de un cuaderno, probablemente diciendo los nombres en voz alta para ver si cuadraban en el compás. La crónica se lo imagina así, aunque no lo sabe. Lo que sí sabe es que el sitio tiene una nota de prensa sobre autoedición, proceso creativo e IA que cuenta cómo trabaja el sello, y que quien tenga dudas puede tirar de ahí.
Diligencia de cierre
La funcionaria baja las escaleras. Ha llamado a ochenta y ocho timbres. Le han abierto ochenta y tres personas distintas y cinco le han abierto dos veces, con otra camiseta, para despistar.
En el portal, al salir, se encuentra la colilla del descansillo. Ya no está caliente. Alguien la ha recogido, la ha apurado y la ha vuelto a dejar, con una marca de pintalabios rojo en el filtro. No hay forma de saber quién ha sido. Puede haber sido Lola. Puede haber sido Kunal. Puede haber sido Sergio, el primero o el segundo.
Nunca disgusta.
La funcionaria firma el acta, la mete en la carpeta y se va a su casa en metro, por la línea 1, contando caras. Ahí también hay una Carmen, un Iván, una Sofía y un señor que podría llamarse Gerardo. Ninguno sabe que está en una canción.
Si quieres comprobar si estás en el padrón, la canción completa se puede escuchar en Spotify, ver en su videoclip oficial o descargar gratis desde la ficha del single. Para los datos del autor y de la trilogía, con fechas y fotos, está la página de prensa. Y quien piense que celebrar a la gente porque sí es un derecho y no un capricho tiene en el diario una nota sobre la alegría queer como derecho que va en la misma dirección que este censo.
Si no sales en la lista, tranquilo. Hay sitio en el ático.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «La chusta nunca disgusta»?
La letra es una lista de nombres de pila en bloques de cuatro por verso, interrumpida por el estribillo de cuatro palabras que da título al tema. No hay historia ni personajes: hay gente, uno detrás de otro, y una frase de barrio que se repite.
¿Cuántos nombres salen en la canción?
En la letra publicada en gayfolkplanet.com hay 88 nombres. Cinco aparecen dos veces (Sergio, Carla, Raúl, Enrique y Mónica), así que son 83 nombres distintos. El verso «La chusta nunca disgusta» suena 14 veces.
¿Qué significa «chusta»?
En la jerga de la calle, la chusta es la colilla, el último trozo de un cigarro que se apura o se pasa de mano en mano al final de la noche.
¿En qué disco está?
En «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. La ficha del single lo fecha el 8 de junio de 2026.
¿Quién ha hecho la canción?
La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de IA, entre ellas Suno.