Planeta Gayfolk

Humor

La comida del domingo en el Planeta Gayfolk: suegras soñadas, preguntas incómodas y el táper de vuelta

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Fotograma del videoclip de «El concierto de Ismael Serrano», de Mike Sain't Louis, con dos hombres maduros gesticulando en plena discusión delante de una pared de madera, en la portada de «La comida del domingo»

Son las dos y media de la tarde de un domingo cualquiera. En la cocina huele a sofrito desde hace horas. Alguien ha sacado la mesa plegable del trastero y la ha unido a la del comedor, de modo que hay un escalón justo en medio del mantel. Las sillas no casan: tres del comedor, dos de la terraza, un taburete de la cocina y una butaca que nadie quiere porque deja la barbilla a la altura del plato. Suena el timbre. Llega el primo que siempre llega tarde, con una barra de pan como ofrenda de paz. Empieza la comida del domingo.

Pocas instituciones españolas son tan sólidas como esa. Ha sobrevivido a la televisión, a los móviles, a las dietas, a los divorcios y a las pandemias. Tiene sus propias leyes, no escritas pero conocidas por todos, y su propio reparto de personajes. En el Planeta Gayfolk, las canciones de Mike Sain't Louis también se sientan a esa mesa, aunque a veces lo hacen desde la fantasía: con una suegra soñada, con unos suegros condenados y con un jardín donde se come mejor que en cualquier comedor.

Este artículo es un manual en clave de humor para sobrevivir a la comida del domingo, con algunas pausas para lo que no tiene ninguna gracia.

La suegra que todos querríamos

Empecemos por el personaje más temido de la mesa: la suegra. En el planeta hay una canción que le dedica el título entero. En «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios», del primer álbum, el narrador hace balance de su último matrimonio y llega a una conclusión rotunda:

De mi última suegra mejor ni hablo,

Y a continuación imagina la alternativa. Carmina Barrios, la actriz sevillana que se hizo famosa con «Carmina o revienta» y que es madre de Paco León, como la suegra ideal. Con ella el plan sería otro:

y comer con ella en el jardín,

La comida del domingo, por tanto, existe en el universo del planeta. Pero en su versión soñada no se celebra en un comedor con sillas desparejadas, sino al aire libre, con una anfitriona que tiene gracia, carácter y ganas de defender a los suyos. El diario ya analizó a fondo esa suegra soñada y el humor andaluz de Carmina. Aquí nos quedamos con la escena del jardín: una mesa larga, un mantel de cuadros, el sol entrando entre las ramas y nadie preguntando lo que no debe.

Suegros y condenados

Si en la canción de Carmina la suegra ideal brilla por contraste, en «El concierto de Ismael Serrano» los suegros aparecen como castigo. El narrador se ha quedado plantado en la cola del concierto y lanza al ausente una profecía sobre su nuevo amor exprés:

Con nuevos suegros y condenados.

La frase es pura dinamita cómica. Quien se casa a toda prisa no solo adquiere pareja: adquiere también una familia política entera, con sus comidas de domingo, sus cumpleaños y sus opiniones. En la mente del narrador despechado, eso es una condena. El diario dedicó un análisis a esos plantones y diagnósticos, y la portada de este artículo sale precisamente de ese videoclip: dos hombres maduros discutiendo a gesto limpio, uno con el pulgar arriba y el otro con el dedo índice en alto. Si eso no es una sobremesa española, se le parece mucho.

El reparto de la mesa

Toda comida del domingo tiene su reparto fijo. Los nombres cambian de una familia a otra, pero los papeles se repiten con una precisión casi teatral.

Está la anfitriona, que lleva en pie desde las nueve, que dice que no ha hecho nada especial mientras saca cuatro fuentes y que no se sienta hasta el postre. Está el que trinchaba, que ahora corta el pan con una solemnidad de cirujano. Está la tía que todo lo sabe, con información actualizada de cada vecino del bloque, y la cuñada que todo lo opina, sobre todo de lo que no sabe. Está el niño que no come nada que sea verde, el adolescente que mira el móvil por debajo de la mesa y el abuelo que se queda dormido en el sofá antes del café.

Y está, en muchas familias, el hijo o la hija del Planeta Gayfolk. El que llega con su ropa un poco más llamativa de lo habitual, con una tarta comprada en una pastelería cara para que nadie diga, y con una lista mental de respuestas preparadas para las preguntas de siempre.

Las preguntas de siempre

Porque las hay. Son tan previsibles como el arroz. Cualquier persona LGTBI que haya pasado por una comida familiar sabe que en algún momento, entre el primer plato y el segundo, llegará alguna de ellas.

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «y comer con ella en el jardín,» de «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios»

«¿Y tú qué, para cuándo una novia?». La clásica, la que aún se lanza a quien no ha contado nada o a quien lo ha contado y no le han querido escuchar.

«¿Y ese amigo tuyo, el que vino a la boda de tu prima?». La versión sutil, que en realidad no tiene nada de sutil.

«¿Vosotros pensáis casaros?». La que llega cuando la familia ya lo sabe y ha decidido que, puestos a aceptar, mejor con banquete.

«¿Y los niños, para cuándo?». La universal, que no distingue orientaciones y persigue a todo el mundo a partir de los treinta.

Hay muchas formas de contestar. Con una broma. Con una verdad tranquila. Con un cambio de tema descarado («¿quién ha hecho este flan, que está buenísimo?»). O con el silencio de quien sigue masticando y no tiene prisa. Ninguna respuesta es obligatoria. La comida del domingo no es un tribunal, aunque a veces se le parezca, y nadie está obligado a dar explicaciones sobre su vida entre una croqueta y otra.

Presentar al novio: protocolo de alto riesgo

Pocas escenas tienen tanta tensión dramática como la primera vez que alguien lleva a su pareja a la comida familiar. Es una prueba de fuego para todos: para quien presenta, que vigila cada gesto; para quien es presentado, que no sabe dónde sentarse ni cuánto servirse; y para la familia, que intenta parecer moderna y natural mientras, por debajo de la mesa, se dan codazos.

Hay detalles que delatan el esfuerzo. La madre que ha sacado la vajilla buena. El padre que, tras pensarlo mucho, decide hablar de fútbol y comprueba con alivio que el novio también es del Atleti, o con horror que es del Madrid. La abuela que lo llama por un nombre equivocado durante toda la comida y nadie la corrige. La tía que pregunta, con una curiosidad genuina y un poco excesiva, «¿y quién hace de mujer?». Silencio. El tenedor suspendido en el aire. El primo que se atraganta.

Cuando sale bien, es una de las victorias más bonitas que existen. Ver a la propia pareja riéndose con la familia, pasándole la ensalada a un hermano o ayudando a recoger la mesa vale por muchos años de comidas incómodas. Y cuando sale regular, siempre queda el consuelo de la canción de Carmina: ojalá hubiera tenido otra suegra.

El grupo familiar de WhatsApp

La comida del domingo no empieza el domingo. Empieza el miércoles en el grupo familiar de WhatsApp, ese lugar donde conviven felicitaciones con veinte emojis, cadenas de buenos días con flores, audios de cuatro minutos y debates sobre quién trae qué.

En el planeta hay una canción que retrata la frustración de mirar esa pantalla. En «El segundo exacto», el narrador hace recuento de quién ha visto sus estados sin decir nada:

20 estados vistos en Whatsapp, mi novio, su madre, mi hermana, mi suegro, mi ex.

Novio, suegra, hermana, suegro y hasta el ex, todos mirando y nadie contestando. Es una imagen perfecta de la familia contemporánea: presente en la pantalla, ausente en la conversación. Y es también el preludio de muchas comidas de domingo, donde nadie menciona lo que ha visto en los estados de los demás pero todo el mundo lo sabe.

El grupo de WhatsApp tiene su propio reparto. El que solo escribe para quejarse de la política. La que manda fotos de cada plato que cocina. El que lee todo y no contesta nunca. La que se equivoca de grupo y manda al familiar un mensaje que era para sus amigas. Y el que organiza la comida y acaba haciendo él todo, porque nadie ha respondido a la pregunta de quién traía el postre.

Lo que se come: el menú inamovible

Cada familia tiene su menú sagrado. En unas es paella, hecha por el mismo tío desde hace treinta años, que no deja que nadie se acerque al fuego. En otras es cocido, con su liturgia de vuelcos: primero la sopa, luego los garbanzos con la verdura, luego la carne. Hay casas de lentejas, de arroz al horno, de pollo asado con patatas, de canelones el día de San Esteban, de lacón con grelos, de migas, de salmorejo en verano.

Collage con un detalle de la carátula de «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios» y las carátulas de «El concierto de Ismael Serrano», «El segundo exacto», «Croquetas en el crucero»

Y luego están los entrantes, que en realidad son una comida entera: jamón, queso, croquetas, ensaladilla, aceitunas, gambas si la cosa se pone seria. La trampa de los entrantes es conocida por todos y aun así todos caen en ella. Cuando llega el plato principal, nadie tiene hambre, pero se come igual, porque la anfitriona mira y porque dejar comida en el plato está muy mal visto.

En el planeta, las croquetas tienen un papel estelar, aunque no precisamente en una comida familiar. En «Croquetas en el crucero», el narrador se queja del buffet de un barco por el Mediterráneo:

pero en el buffet solo había croquetas y queso malo

Moraleja para la comida del domingo: unas croquetas caseras pueden ser gloria, pero si es lo único que hay en la mesa, alguien se va a quejar. Y si encima el queso es malo, peor.

La sobremesa, ese territorio sin ley

Cuando se termina de comer, empieza lo mejor, o lo peor, según se mire: la sobremesa. Esa palabra que tanto cuesta traducir a otros idiomas resume una costumbre muy nuestra. Quedarse sentados alrededor de la mesa, con el café, las copas, los turrones fuera de temporada o las pastas que alguien trajo, hablando durante horas.

La sobremesa es el momento de las confesiones y las discusiones. Es cuando el tío saca la política. Es cuando la madre cuenta por enésima vez la anécdota del bautizo. Es cuando alguien propone jugar a las cartas y otros dos se van a echar la siesta. Es también, a veces, el momento en que se dice algo importante, algo que no se ha dicho en meses, protegido por el ambiente distendido del café.

Para las personas LGTBI, la sobremesa puede ser un campo de minas o un refugio. Hay quien aprovechó una sobremesa para contar quién era, y hay quien prefirió levantarse a fregar justo en ese momento para no oír ciertas opiniones. Ambas cosas son legítimas. La valentía no se mide por cuánto aguantas sentado escuchando barbaridades.

Quién friega

Llegados a este punto, aparece una de las grandes cuestiones de la civilización: quién friega. En muchas casas sigue habiendo un reparto que habría que revisar, con las mujeres recogiendo y los hombres en el sofá viendo la tele. En otras, el lavavajillas ha traído una paz relativa, aunque siempre hay alguien que lo carga mal y alguien que lo vuelve a colocar en silencio.

El hijo del planeta suele tener aquí una estrategia: ofrecerse a fregar. No por altruismo, o no solo. La cocina es un territorio neutral, lejos de las preguntas de la sobremesa, donde se puede charlar con la hermana o la prima de confianza mientras el agua corre. Muchas confidencias familiares han sucedido con las manos en el estropajo. Y quien friega, además, tiene derecho a llevarse el mejor táper.

El táper de vuelta

Porque ninguna comida del domingo termina sin táper. Es una ley universal. La anfitriona ha hecho comida para un regimiento, a sabiendas de que sobraría, y ahora reparte los restos en recipientes de plástico de todos los tamaños, algunos con tapa, otros sin tapa, muchos con la tapa de otro.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «y haber puesto finos a los de OkDiario. Fíjate lo que te digo,» de «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios»

El táper tiene su propio drama. Hay que devolverlo. Siempre. Y no vacío, idealmente, sino con algo dentro, como muestra de gratitud. Hay tápers que viajan durante años entre casas, perdiendo y ganando tapas, hasta que nadie recuerda de quién eran. Hay madres que llevan un registro mental exacto de cuántos tápers tienen fuera y quién los tiene.

El táper es, en el fondo, una forma de amor. Cuando una madre o una abuela te da comida para la semana, te está diciendo, sin decirlo, que se preocupa por ti, que quiere que comas bien aunque vivas lejos o aunque no apruebe del todo tu vida. A veces es la única manera que tienen de decirlo, y conviene aprender a escucharla.

La comida de los domingos en verano

Hay una variante estacional que merece capítulo propio: la comida del domingo en verano. Se traslada al pueblo, a la casa de la playa o al patio de la abuela, y cambia de reglas. La mesa se pone a la sombra de una parra o bajo un toldo que da más calor del que quita. El menú se aligera en teoría, con gazpacho y ensaladas, aunque luego aparece la barbacoa del cuñado con chuletas para cuarenta. Las sobremesas se alargan hasta que baja el sol y alguien propone ir a la verbena.

En verano aparecen también los parientes que solo se ven una vez al año, con sus preguntas acumuladas durante doce meses. «Qué mayor estás». «¿Sigues en lo mismo?». «¿Y aquel chico tan majo?». Y hay piscinas hinchables, siestas en hamacas, avispas que rondan el melón y discusiones sobre si hace más calor que el año pasado. Es la comida del domingo en su versión más expansiva, con más gente, más ruido y más tápers todavía.

Cuando la mesa tiene sillas vacías

No todas las comidas de domingo son divertidas, y sería deshonesto no decirlo. Para muchas personas LGTBI, la familia de origen fue un lugar de rechazo. Hay quien dejó de ir a esas comidas porque no podía soportar los comentarios, y hay quien directamente no fue invitado nunca más después de contar quién era. Hay mesas donde falta alguien y nadie pronuncia su nombre.

Mike Sain't Louis conoce también esa ausencia, aunque por otro camino. Ha contado que perdió veinte años de su vida con dos parejas narcisistas y que, cuando sus máscaras cayeron, consiguieron poner en su contra a parte de su gente. Es una de las consecuencias más dolorosas del abuso narcisista y de la que menos se habla: la víctima no solo pierde una relación, pierde también amistades y entorno, porque el agresor se encarga de contar primero su versión. Las canciones fueron la forma que encontró Mike de contar la suya. Hoy, con diagnósticos de estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad, sigue tratamiento psiquiátrico y psicológico, y una de sus misiones es dar visibilidad a ese tipo de maltrato.

Contarlo aquí no rompe el tono del artículo. Lo completa. Porque detrás de muchas mesas aparentemente normales hay silencios de este tipo, y porque una comida del domingo también puede ser el lugar donde alguien empieza a recuperar a los suyos, poco a poco, con una conversación pendiente y un plato de lentejas.

La familia elegida también come los domingos

Para quien no tiene una mesa familiar a la que volver, o para quien la tiene pero necesita otra, existe la familia elegida. El diario del planeta le dedicó un artículo a la familia elegida, esa red de amistades que se convierte en hogar cuando el hogar de origen falla.

Ficha de la canción «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

La familia elegida también tiene sus comidas de domingo, y a veces son las mejores. Se celebran en pisos compartidos con la mesa de Ikea, en terrazas con sillas de camping, en el parque con una tortilla envuelta en papel de aluminio. Cada uno trae algo. Nadie pregunta por la novia. Se habla de lo que importa y de lo que no, se ríe mucho, se llora a veces, y al final también hay táper, porque las costumbres buenas se heredan aunque se cambie de familia.

El jardín de Carmina, en el fondo, es eso. Una mesa donde comer con alguien que te quiere tal como eres y que, además, te defendería ante cualquiera. No hace falta ser hijo de Carmina Barrios para tenerla. Hace falta encontrar a tu gente.

Cuidarse antes, durante y después

Para quien las comidas familiares supongan un esfuerzo grande, algunas ideas que no salen de ningún manual oficial, solo del sentido común.

Antes: decidir cuánto tiempo vas a quedarte y decírtelo a ti mismo. Tener una excusa preparada para irte si la cosa se tuerce. Acordar con alguien de confianza un mensaje de rescate.

Durante: elegir bien el asiento, lejos del pariente más conflictivo y cerca de la persona más amable. Salir a tomar el aire si hace falta. Ofrecerse a fregar, que, como hemos visto, es un recurso estratégico de primer orden.

Después: darte algo bonito. Un paseo, una serie, una llamada a una amiga. Y recordar que no tienes que volver cada domingo si te hace daño. Las tradiciones existen para acompañar, no para castigar.

Hablar de cómo nos sentimos con la familia no siempre es fácil. El diario dedicó un texto a hablar de salud mental en familia, con ideas para abrir esas conversaciones. Y si alguna vez el peso se hace demasiado grande, conviene saber que no hay que cargarlo a solas: el 024 atiende de forma gratuita y confidencial a cualquier hora, el 112 está para las urgencias y la Fundación ANAR escucha a menores y jóvenes en el 900 20 20 10. Pedir ayuda es una forma de seguir adelante, y mucha gente que lo ha hecho cuenta que las cosas mejoraron.

Pequeño diccionario de la comida del domingo

Para terminar, unas definiciones según el planeta.

Mantel de hule: superficie plastificada con estampado de frutas que resiste cualquier mancha y cualquier discusión.

Entrantes: comida completa que se sirve antes de la comida completa.

Silla de la terraza: asiento reservado para el último en llegar, normalmente el primo.

Sobremesa: prórroga indefinida de la comida, con café, copa y debate político incluido.

Táper: recipiente de plástico que viaja entre casas durante años y que expresa, sin palabras, lo que algunas madres no saben decir.

Suegra soñada: Carmina Barrios, según el planeta.

Suegros condenados: los de cualquiera que se case en un mes, según el narrador de la canción de Ismael Serrano.

Vecina cotilla: la persona que, desde el balcón de enfrente, sabe a qué hora se levantó la mesa y quién se fue enfadado. Tiene canción propia en el planeta, «La vecina cotilla».

El último café

Son las siete de la tarde. La luz ha cambiado. El abuelo se ha despertado de la siesta y pregunta si ya han comido. Los niños están en el suelo con una tableta. La anfitriona, por fin, se ha sentado y se toma un café con leche en el vaso de siempre. Alguien empieza a recoger los abrigos. Hay besos, promesas de repetir pronto, tápers en bolsas de supermercado y la frase de despedida obligatoria: «Avisa cuando llegues».

La comida del domingo es imperfecta, ruidosa, a veces incómoda y a veces maravillosa. Como las familias. Como las canciones del planeta, que mezclan la carcajada y la herida en el mismo estribillo. Y si un domingo la mesa se hace cuesta arriba, siempre se puede cerrar los ojos un segundo e imaginar un jardín, un mantel de cuadros y a Carmina Barrios sirviendo otra ración.

«Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios» está en Spotify. La trayectoria y los datos de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, están en la página de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Qué canción del planeta habla de suegras?

Sobre todo «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios», del primer álbum. El narrador fantasea con comer en el jardín con la actriz sevillana después de una mala experiencia con su última suegra. También aparecen suegros en «El concierto de Ismael Serrano» y en «El segundo exacto».

¿Quién es Carmina Barrios?

Es una actriz sevillana, madre de Paco León, que se hizo popular como protagonista de la película «Carmina o revienta» (2012). En la canción del planeta es la suegra ideal, simpática y combativa, que el narrador habría querido tener.

¿Cómo contestar a las preguntas incómodas en una comida familiar?

Con calma y sin obligación de dar explicaciones. Una frase corta y amable, un cambio de tema o una broma suelen bastar. Nadie tiene que salir del armario, anunciar una boda o justificar su vida entre el primer plato y el postre.

¿Qué hacer si las comidas familiares te generan mucha ansiedad?

Ponerse límites también es cuidarse: llegar más tarde, irse antes o pedir apoyo a alguien de confianza. Si el malestar se hace muy grande, el 024 ofrece atención gratuita y confidencial las 24 horas, y en caso de emergencia está el 112.

¿Quién escribe las canciones del Planeta Gayfolk?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, creador del universo Planeta Gayfolk.

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