Vida cotidiana
La mudanza del planeta gayfolk: cajas de fruta, el sofá que no cabe, la vecina en el visillo y el contenedor más apartado
Por Mike Sain't Louis ·

Hay un momento en toda mudanza en que te sientas en el suelo, rodeado de cajas abiertas, con un rollo de cinta americana en la mano y la mirada perdida en un táper sin tapa, y te preguntas en qué momento decidiste que esto era una buena idea. Ese momento llega siempre. Da igual que te mudes a un ático con terraza o a un interior con vistas a la ropa tendida del vecino. Llega.
En el planeta gayfolk también nos mudamos. Y como todo en el planeta, la mudanza tiene su banda sonora. Hay una canción que se convierte en la vecina que mira desde la ventana de enfrente, «La vecina cotilla», y otra que lleva lo que ya no sirve hasta el contenedor, «Trasto viejo». Entre las dos se puede contar casi cualquier traslado: lo que te llevas, lo que tiras y quién está mirando mientras lo haces.
Esta es una guía de mudanza del planeta. Con humor, porque si no te ríes mientras subes una lavadora por un tercero sin ascensor, lloras. Pero también con algún dato útil de verdad, de esos que te ahorran una multa o un disgusto con el casero.
Fase uno: la negación
Toda mudanza empieza con una frase mentirosa: «Si yo no tengo tantas cosas».
Lo dices con convicción, mirando tu piso, que te parece casi zen. Cuatro muebles, la ropa, unos libros, la cocina. Una tarde, como mucho. Luego abres el primer armario y salen, por este orden: tres mantas que no recuerdas haber comprado, un juego de copas de cava al que le falta una, un adaptador de enchufe de una escapada a Londres de hace diez años, catorce bolsas de tela de supermercado, el cargador de un móvil que ya no existe y una caja de zapatos llena de cables que nadie sabe a qué aparato pertenecen.
Ahí empieza la negación de verdad. Te dices que esos cables seguro que sirven para algo. Que las mantas las vas a usar cuando vengan invitados. Que el adaptador, oye, nunca se sabe. Y lo metes todo en una caja con la etiqueta más honesta que vas a escribir en tu vida: «VARIOS».
La caja de «VARIOS» es la gran institución de cualquier mudanza. Viaja de casa en casa sin que nadie la abra. Hay cajas de «VARIOS» que han conocido tres códigos postales y siguen precintadas. Si alguna vez quieres saber qué cosas no necesitas, mira lo que hay en ella: es la respuesta exacta.
Fase dos: las cajas de fruta
Las cajas son el primer gasto que nadie presupuesta. Puedes comprarlas, claro, en esas tiendas que las venden planas, con asas troqueladas y la promesa de que aguantan veinte kilos. O puedes hacer lo que se ha hecho siempre en los barrios: ir a la frutería y al supermercado a pedir las que sobran.
Las cajas de fruta tienen ventajas evidentes. Son gratis, son resistentes y huelen un poco a mandarina, lo cual da a tu mudanza un toque mediterráneo inesperado. Tienen también inconvenientes: las de plátanos son estupendas, las de fresas no sirven para nada y las de naranjas tienen agujeros por donde se escapa cualquier cosa más pequeña que un mando a distancia.
Hay una ley física que todo mudancero conoce: una caja pequeña llena de libros pesa como una caja grande llena de piedras. Los libros van en cajas pequeñas. La ropa, en bolsas grandes, o directamente en la maleta. Los platos, de pie y envueltos en papel de periódico, que es lo único para lo que el periódico en papel sigue siendo imbatible.
Y la cinta americana. Hay que comprar el doble de la que crees que necesitas. Siempre se acaba a las once de la noche del día anterior, cuando todo está cerrado y lo único abierto es la tienda de la esquina, que tiene cinta de embalar marrón, de esa que no pega y que te deja las cajas abriéndose solas en la escalera.
La vecina en el visillo
Ninguna mudanza se hace en secreto. Puedes intentarlo a primera hora de un domingo, con sigilo de ladrón de guante blanco, pero en cuanto bajes la primera caja al portal habrá alguien mirando.

En el planeta tenemos nombre para esa figura. La canción lo dice sin rodeos:
Me he convertido en la vecina cotilla,
En la letra de Mike Sain't Louis, la vecina cotilla es quien mira a un vecino guapo por la ventana y se inventa bailes despacito con él. Pero el oficio de vecina cotilla da para mucho más, y una mudanza es su final de temporada. La vecina de la mudanza sabe cuántos viajes ha hecho la furgoneta, cuántas cajas pone «FRÁGIL», si el colchón es nuevo o viejo, si ha venido a ayudar el novio, el ex o el primo, y si el sofá ha salido entero o en dos piezas.
No hay que tenerle miedo. La vecina cotilla es, en el fondo, la notaria del barrio. Lo que ella no ha visto, no ha pasado. Y si tienes suerte, cuando llegues a tu casa nueva habrá otra esperándote al otro lado del rellano, que en dos días sabrá de ti más que tu madre. El diario del planeta le dedicó un texto entero a esa costumbre española de mirar sin ser vista, un elogio del visillo, que conviene leer antes de cualquier traslado para saber a qué te enfrentas.
Fase tres: el amigo con furgoneta
En toda red de amistades hay un amigo con furgoneta. No sabemos muy bien por qué la tiene. A veces es por trabajo, a veces por una afición rara, a veces porque la heredó de un tío. Pero existe, y en las semanas previas a una mudanza se convierte en la persona más solicitada de tu agenda.
El trato con el amigo de la furgoneta es sagrado y tiene sus normas no escritas. Se le paga en gasolina, en comida y en cerveza, por este orden. Se le avisa con tiempo. No se le dice «son cuatro cosas» cuando son cuarenta cajas y un armario de tres cuerpos. Y, sobre todo, se le devuelve el favor cuando le toque a él, aunque se mude a cien kilómetros y en agosto.
Un dato útil para quien vive en Madrid: si en lugar de la furgoneta del amigo contratas una empresa con un camión grande, el asunto cambia. El Ayuntamiento exige autorización para ocupar la vía pública con una mudanza cuando el vehículo supera los 3.500 kilos de masa máxima autorizada o cuando lleva montamuebles, trampillas elevadoras o aparatos parecidos. La solicitud se hace en la sede electrónica, y hay que presentarla al menos veinte días naturales antes de la fecha. Las empresas que se dedican a esto de forma habitual pueden tener una autorización anual. Si contratas una, pregunta si la tiene; si no, el papeleo es cosa tuya o suya, pero alguien tiene que hacerlo.
La furgoneta del amigo, si no pasa de ese peso y no lleva elevador, no entra en ese supuesto. Eso sí, tendrá que encontrar sitio para aparcar como cualquier otro vehículo, que en el centro de Madrid es la parte más épica de toda la mudanza.
El sofá que no cabe
Toda mudanza tiene un antagonista, y casi siempre es el sofá.
El sofá entró en tu casa hace años, montado por piezas o subido por dos chicos fornidos de la tienda que hacían maniobras imposibles con una facilidad insultante. Y ahora, cuando quieres sacarlo, se niega. No pasa por la puerta del salón. No gira en el pasillo. No cabe en el ascensor, ni de pie ni tumbado. Y en la escalera se queda atascado en el rellano del segundo, en diagonal, como una declaración de principios.
Hay una escena de una serie de televisión estadounidense de los noventa, muy citada, en la que un personaje grita «¡Pivota!» mientras intentan subir un sofá por una escalera estrecha. Cualquiera que haya hecho una mudanza la entiende. Pivotar no sirve de nada, pero gritarlo ayuda a soltar tensión.
Llegados a este punto, hay tres opciones. Desmontarlo, si se deja, con una llave Allen que nunca está donde debería. Sacarlo por el balcón con cuerdas, opción que solo recomendamos si tienes una empresa con elevador y la autorización correspondiente, porque lo de las cuerdas y el amigo de la furgoneta ha terminado mal en demasiadas sobremesas. O asumir que el sofá se queda, o que se va al contenedor.
Y aquí entra la segunda canción.
Lo que se queda en el contenedor
«Trasto viejo» es una de las canciones más rotundas del planeta. Su letra va directa al grano, enumerando todo lo que le pasa a un objeto que ya no sirve:

Trasto que molesta
Y termina siempre en el mismo sitio:
Contenedor más apartado
En la canción, el trasto tiene una lectura más profunda, que el diario ha contado como el momento del descarte: lo que se siente cuando a alguien le tratan como a un mueble que ya no hace falta. Aquí nos quedamos con la parte literal, la de la mudanza, que también tiene lo suyo.
Porque una mudanza es, sobre todo, un examen de lo que guardas. Cada objeto pasa por un tribunal improvisado en el que tú eres juez, fiscal y abogado defensor. ¿Este jarrón lo uso? No. ¿Me gusta? Tampoco. ¿Me lo regaló alguien importante? Sí. Se queda. ¿Esta silla coja? Lleva cuatro años coja. Se va.
Para lo que se va, en Madrid hay buenas noticias. El Ayuntamiento recoge gratis muebles y enseres de particulares, previa solicitud, por el 010, por la web de Avisos Madrid o por la aplicación Madrid Móvil. Hay que dar un teléfono y la lista de lo que quieres tirar, con un límite: menos de tres metros cúbicos y un máximo de seis elementos, por ejemplo un colchón, un frigorífico y un par de cosas más. Te llaman para quedar, normalmente por la mañana, y te dicen el punto de recogida, lo más cerca posible de tu portal. La recogida tiene que poder hacerse en un plazo máximo de tres días desde que llamas, y solo se admite una solicitud por semana.
Existe además una recogida programada, una vez al mes, por distrito. Ese día concreto se pueden dejar los muebles en la acera, junto al contenedor de residuos más cercano y sin estorbar el paso, entre las nueve y las once de la noche. Lo que no se puede, ni ese día ni ninguno, es dejar el sofá abandonado en la calle cuando te viene bien: la ordenanza municipal de limpieza lo prohíbe.
Así que, en Madrid, el «contenedor más apartado» de la canción tiene horario oficial. De nueve a once de la noche, el día que toca en tu calle. Hay algo muy poético en eso.
El objeto que no sabes dónde poner
Hay una categoría de objetos que no entra en ninguna caja: los que no te atreves a tirar ni a desembalar.
La propia «La vecina cotilla» guarda uno de esos objetos en su letra. Entre miradas a la ventana de enfrente y sueños de bailes lentos, aparece un reloj de pared con una procedencia muy concreta:
El padre de mi ex
Un regalo así es el ejemplo perfecto del objeto incómodo de mudanza. No es tuyo del todo, porque viene de otra historia. Tampoco es de nadie más. Funciona, da la hora y hace su «din don» con puntualidad. Y cada vez que lo envuelves en papel de periódico te preguntas si de verdad tiene que venirse contigo a la casa nueva.
No hay respuesta universal. Hay gente que lo cuelga en la cocina nueva sin darle más vueltas, porque un reloj es un reloj. Hay quien lo regala, quien lo vende en una aplicación de segunda mano y quien lo deja en la caja de «VARIOS», que para eso está. La única regla del planeta es esta: decide tú, sin prisa y sin que nadie te diga lo que tienes que sentir por un reloj.
Fase cuatro: la fianza
Si te mudas desde un piso de alquiler, hay un momento de la mudanza que da más miedo que el sofá: la visita del casero para la devolución de llaves.

Un dato que conviene tener claro: en España, la Ley de Arrendamientos Urbanos fija para los alquileres de vivienda una fianza de una mensualidad de renta, que se entrega al firmar. Al terminar el contrato, el casero tiene que devolver lo que corresponda. Si pasa un mes desde que entregas las llaves y no te ha devuelto la cantidad que toca, esa cantidad empieza a generar el interés legal del dinero. Y lo que puede descontar son deudas y daños justificados, no el desgaste normal de vivir en una casa.
Traducido al idioma del planeta: haz fotos de todo antes de irte. De las paredes, del suelo, de la encimera, del interior del horno, del baño. Con fecha. Las fotos son tu mejor abogada, y la vecina cotilla, tu mejor testigo.
Y limpia. Limpia como si fuera a venir tu suegra, o tu madre, o alguien que te inspire ese mismo respeto. Hay una satisfacción extraña en dejar impecable una casa en la que ya no vas a vivir. Es una forma de despedirse con elegancia.
La primera noche en la casa nueva
La primera noche en la casa nueva siempre se parece. Hay un colchón en el suelo, porque la cama aún no está montada. No hay cortinas, así que el vecino de enfrente, si es tan guapo como el de la canción, puede verte comer pizza en calzoncillos sentado en una caja. Las bombillas del salón no funcionan o son de esas blancas de quirófano. Y no encuentras las sábanas. Nunca encuentras las sábanas.
Por eso todo mudancero con experiencia prepara la caja de supervivencia: una caja pequeña, marcada con letras enormes, que va contigo en el coche y no en la furgoneta. Dentro: sábanas, una toalla, el cepillo de dientes, el cargador del móvil, papel higiénico, una lámpara pequeña, un destornillador, unas tijeras, algo de comer y, en el planeta, unos auriculares con una lista de canciones para montar muebles.
Esa lista importa. Montar un armario de cajones con instrucciones en forma de dibujos es una prueba de carácter. Hay piezas que sobran. Siempre sobran. Hay un tornillo que no encaja en ningún agujero. Y hay un momento, a la una de la madrugada, en que el armario por fin se sostiene, ligeramente torcido, y te sientes capaz de cualquier cosa.
El calcetín que se perdió en el camino
Toda mudanza deja víctimas. Una taza que llega rota. Un cuadro con el cristal rajado. Y un calcetín.
Siempre se pierde un calcetín. Puedes mudarte con la ropa en bolsas al vacío, perfectamente organizada por colores, y al llegar a la casa nueva habrá un calcetín sin pareja. Nadie sabe dónde se queda el otro. Quizá en la casa vieja, debajo del radiador. Quizá en la furgoneta del amigo. Quizá, como sugiere el planeta, simplemente hay calcetines que no merecen el viaje.
En el planeta, el calcetín tiene canción propia: «El calcetín», que llega después de «No quiero otro novio cojín» como su secuela directa. En ambas, lo que se queda atrás no es precisamente un objeto. El diario le dedicó una órbita al calcetín y otra lectura al gofio de calcetín y el novio cojín. Pero para la mudanza vale la versión literal: hay prendas que se pierden por el camino y no pasa nada. Te compras otras.
Mudarse con alguien por primera vez
Hay una modalidad de mudanza que merece capítulo propio: la de dos personas que juntan sus cosas en un mismo piso por primera vez. Es un examen de pareja más exigente que cualquier viaje de fin de semana.
Lo primero que sale a la luz es que hay cosas por duplicado. Dos tostadoras. Dos tablas de planchar. Dos juegos de sartenes, cada uno con sus manías. Y empieza la negociación, que tiene algo de cumbre diplomática. Tu tostadora es mejor, pero la suya fue un regalo de su abuela. Tus sartenes son más nuevas, pero las suyas son de hierro y «con los años cogen sabor». Al final se queda la tostadora de la abuela y tú guardas la tuya en el altillo, por si acaso, que es la manera elegante de decir «para la caja de VARIOS».
Lo segundo es el reparto del armario. Nadie en la historia de la humanidad ha considerado justo el reparto del armario. Siempre hay alguien que ocupa dos tercios y defiende que «es que mis camisas son más anchas». En el planeta lo sabemos bien: hay quien tiene un traje de lentejuelas para cada ocasión y quien tiene cinco camisetas negras iguales. La convivencia consiste en que las lentejuelas y las camisetas negras compartan barra sin pelearse.
Lo tercero, y más delicado, son los objetos del pasado. Cada uno llega con su historia, y en esa historia hay cosas que el otro no tiene por qué entender: una taza desconchada que no se tira, una camiseta de un concierto de hace quince años, una figura horrorosa que alguien querido regaló. La regla de oro es la misma que con el reloj de pared de la canción: cada uno decide sobre lo suyo, y el otro opina con cariño o se calla.
Y lo cuarto: las etiquetas de las cajas. Hay quien escribe «COCINA - VASOS - FRÁGIL» con letra de imprenta y quien escribe «cosas» con un rotulador que se está acabando. Si sois de los dos tipos, felicidades: os complementáis. Si sois los dos del segundo, preparad una tarde entera para abrir cajas buscando el abrelatas.
¿Tan estresante es mudarse?
Se repite a menudo que mudarse es una de las cosas más estresantes de la vida. Hay algo de verdad, pero con matices.

En 1967, los psiquiatras estadounidenses Thomas Holmes y Richard Rahe publicaron una escala de acontecimientos vitales que se ha citado muchísimo desde entonces. Asignaron a cada suceso una puntuación según el reajuste que exige en la vida de una persona. En lo más alto está la muerte del cónyuge, con 100 puntos. El cambio de residencia aparece con 20. No está entre los primeros puestos, pero suma, y la escala se pensó precisamente para eso: para sumar. Si te mudas a la vez que cambias de trabajo, empiezas o terminas una relación y encima te toca organizar las vacaciones, la cuenta sube rápido.
O sea, que no, no eres una exagerada por ponerte de mal humor en plena mudanza. Pero tampoco es el fin del mundo. Es una semana mala, o dos, con mucha cinta americana y mucho bocadillo de pie en la cocina.
El planeta tiene un consejo sencillo para esos días: no lo hagas sola, o solo, si puedes evitarlo. Pide ayuda. Al amigo de la furgoneta, a la prima que sabe montar muebles, a quien sea. Y si alguien se ofrece, acepta, aunque te dé vergüenza que vea tu caja de «VARIOS».
Pequeño glosario de la mudanza gayfolk
Caja de «VARIOS»: caja que se precinta en una casa y se abre, con suerte, en la siguiente. O en la de después.
Amigo de la furgoneta: figura central del traslado. Se le paga en gasolina, comida y gratitud eterna.
Vecina cotilla: notaria oficial del barrio. Lleva el recuento exacto de cajas, viajes y acompañantes.
El sofá: villano de la función. Entra por piezas, sale a la fuerza o no sale.
Contenedor más apartado: destino final de los trastos. En Madrid, con horario municipal.
Caja de supervivencia: la única que importa la primera noche. Lleva sábanas. Siempre sábanas.
El tornillo que sobra: misterio sin resolver de la ingeniería sueca.
El calcetín huérfano: víctima inevitable. No se le busca. Se le despide.
Epílogo: la casa nueva y el balcón de enfrente
Al final, todas las mudanzas acaban igual. Una tarde, semanas después, te das cuenta de que ya sabes dónde está cada cosa. Que la cafetera tiene su sitio, que el armario ya no está torcido, que las cortinas han llegado y que has dejado de abrir los cajones equivocados. La casa nueva ya es casa.
Y entonces te asomas a la ventana, con la taza en la mano, y ves al vecino de enfrente. Quizá haga deporte en pantalón corto. Quizá no. Pero ya te has convertido, sin quererlo, en la vecina cotilla de tu nuevo bloque. Es el ciclo de la vida en el planeta gayfolk: unos se mudan y otros miran.
Mike Sain't Louis es de Madrid, y la canción tiene ese sabor de bloque de barrio, de patio interior y de ventanas que se miran de frente, el mismo que recorre «Madrid». Para escucharla mientras desembalas, «La vecina cotilla» está en Spotify. Y los datos de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical, están en la página de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Cómo me deshago de un sofá viejo en Madrid?
El Ayuntamiento recoge muebles y enseres de particulares gratis. Se pide por el 010, la web de Avisos Madrid o la aplicación Madrid Móvil, con un máximo de seis elementos y menos de tres metros cúbicos. También existe una recogida programada mensual por distrito: ese día se dejan los muebles junto al contenedor más cercano entre las 21 y las 23 horas. Abandonarlos en la calle cualquier otro día no está permitido.
¿Necesito permiso para aparcar el camión de la mudanza en Madrid?
Hace falta autorización municipal de ocupación de la vía pública cuando el vehículo supera los 3.500 kilos de masa máxima o lleva montamuebles o plataforma elevadora. Se pide en la sede electrónica al menos veinte días naturales antes. La furgoneta de un amigo, por debajo de ese peso y sin elevador, no entra en ese supuesto.
¿Cuándo tienen que devolverme la fianza del piso?
La Ley de Arrendamientos Urbanos fija una fianza de una mensualidad para vivienda. Si pasa un mes desde que entregas las llaves y no te han devuelto lo que corresponde, esa cantidad empieza a generar el interés legal del dinero. El casero solo puede descontar deudas o daños justificados.
¿Es verdad que mudarse es de lo más estresante?
En la escala de acontecimientos vitales de Holmes y Rahe, de 1967, el cambio de residencia vale 20 puntos, lejos de la muerte del cónyuge, que encabeza la lista con 100. No es lo peor que te puede pasar, pero suma, y más si coincide con otros cambios.
¿Qué pinta «La vecina cotilla» en una mudanza?
La canción de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical, cuenta la vida de alguien que se ha convertido en la vecina cotilla del bloque. En una mudanza siempre hay una, asomada al visillo, haciendo inventario de tu vida mientras bajas las cajas.