Salud mental
De David a Farinelli: «La música me está salvando» y tres mil años de música como remedio
Por Mike Sain't Louis ·

Israel, hace unos tres mil años, según el relato bíblico. El rey Saúl sufre unos ataques de angustia que el texto atribuye a un mal espíritu. Sus criados le aconsejan buscar a alguien que sepa tocar el arpa. Encuentran a un pastor joven de Belén. Se llama David. Y cada vez que el mal espíritu cae sobre el rey, David toma el arpa y toca. Saúl se alivia, se siente mejor, y el espíritu se aparta de él.
Lo cuenta el primer libro de Samuel, en el capítulo dieciséis. Es una de las escenas más antiguas que se conservan de una idea que la humanidad no ha dejado de repetir: la música cura.
Tres mil años después, en un planeta llamado Gayfolk, alguien lo grita a pleno pulmón:
«¡La música me está salvando! / ¡La música me está elevando!»
El diario ya dedicó un artículo entero a la lista larguísima que abre el estribillo, esa enumeración de todo lo que no ha salvado a la protagonista. Y otro a la música como terapia en general. Esta crónica hace otra cosa. Pone «La música me está salvando» al final de una fila muy larga. La de las historias en que alguien se salvó, o creyó salvarse, gracias a la música.
El arpa de David
Conviene detenerse un poco más en la escena de Saúl, porque tiene un detalle que la canción repite sin saberlo.
David no es médico. No es sacerdote. No es consejero del rey. Es un pastor que toca el arpa. Y sin embargo consigue lo que no consiguen los demás. La corte entera está ahí, con sus sabios y sus servidores, y el remedio llega de alguien que viene del campo con un instrumento.
La protagonista de «La música me está salvando» cuenta algo parecido. Antes de la música, ha probado con todos. La canción los enumera en una lista que no deja respirar: psicólogos, amigos, hermanos, psiquiatras, médicos, novios. Y al final, lo que funciona es otra cosa. Algo que no tiene título, ni consulta, ni receta.
El planeta no lee esa lista como un desprecio a los profesionales. El diario ha defendido muchas veces que pedir ayuda no es fracasar, y la canción, que es una exageración cómica, no dice que no haya que ir al médico. Lo que dice es que, en su caso, hubo algo más. Como en la corte de Saúl.
Un castrato en Madrid
La historia más española de la música como remedio tiene lugar en el siglo XVIII, en la corte de los Borbones.
El rey Felipe V, el primero de la dinastía en España, sufría desde hacía años episodios de una melancolía profunda. Pasaba días sin levantarse, sin lavarse, sin despachar los asuntos del reino. La reina, Isabel de Farnesio, buscaba remedios. Y en 1737 hizo llamar a Madrid al cantor más famoso de Europa: Carlo Broschi, conocido como Farinelli, el castrato italiano que llenaba los teatros de Londres.
Según los relatos de la época, Farinelli interpretaba para el rey cada noche, durante años, las mismas pocas piezas. Y el rey mejoraba. Se levantaba, se aseaba, volvía a gobernar. Farinelli se quedó en España más de veinte años, sirvió también a Fernando VI, organizó espectáculos en el palacio del Buen Retiro y en Aranjuez, y se convirtió en una de las personas más influyentes de la corte.
Es una historia extraordinaria, y el planeta la trae porque demuestra que la idea de la canción no es una exageración moderna. Un rey de España fue, si creemos a los cronistas, salvado por la música. Noche tras noche.
Repetir lo mismo
Hay un detalle de la historia de Farinelli que el planeta encuentra fascinante: las piezas eran siempre las mismas. Unas pocas arias, repetidas cada noche, durante años.

Cualquiera que haya pasado una mala época conoce esa costumbre. Poner la misma canción una y otra vez. Diez veces seguidas. Veinte. Hasta que se gasta. Hasta que ya no se oye y solo se siente. No hace falta variedad. Hace falta repetición.
La psicología de la música ha estudiado por qué ocurre esto, y hay muchas teorías, desde la búsqueda de lo predecible hasta la regulación de las emociones. El planeta no va a resumirlas porque no es su terreno. Pero sí puede decir que «La música me está salvando» tiene una estructura que favorece esa repetición. Su estribillo se repite, se alarga, se estira. Es una canción hecha para ponerse en bucle. Como las arias de Farinelli para Felipe V.
Bailar contra la tarántula
En el sur de Italia, sobre todo en la región de Apulia, existió durante siglos una creencia popular llamada tarantismo. Se pensaba que la picadura de la tarántula provocaba un mal extraño, con angustia, tristeza, agitación y desmayos. Y que la única cura era bailar.
La persona afectada, casi siempre una mujer, bailaba durante horas, a veces durante días, al ritmo de una música concreta tocada por músicos que se iban turnando. De ahí viene el nombre de la tarantela, el baile rápido del sur de Italia. Cuando por fin caía rendida, el mal se había ido. Hasta el año siguiente, en que a menudo volvía.
En el siglo XX, el antropólogo italiano Ernesto de Martino estudió el fenómeno y llegó a la conclusión de que la picadura era, en buena parte, simbólica. Que el tarantismo era una forma que tenía una comunidad pobre y rural de dar salida a sufrimientos que no tenían otro nombre: frustraciones, duelos, conflictos familiares, deseos imposibles. El baile era la terapia que esa cultura había inventado.
El planeta piensa en la tarantela cuando escucha la canción. Porque «La música me está salvando» tampoco es una canción para escuchar sentado. Es una canción para moverse. Para sacar algo del cuerpo.
Pitágoras y el joven borracho
Entre las leyendas que la Antigüedad contaba sobre Pitágoras hay una que recogieron autores como Jámblico y, siglos después, Boecio. Una noche, el filósofo se encontró con un joven borracho que, enloquecido de celos, quería prender fuego a la casa de su amante. Un flautista tocaba cerca una melodía agitada. Pitágoras le pidió que cambiara a un ritmo lento y grave. Y el joven, al oírlo, se calmó y se fue a casa.
Es una leyenda, y así hay que tomarla. Pero dice mucho de lo que los antiguos pensaban: que cada tipo de música producía un efecto distinto en el alma, y que bien elegida podía apagar un incendio emocional. Los pitagóricos, según esas mismas fuentes, usaban melodías concretas por la mañana para despertar el ánimo y por la noche para serenarlo.
El planeta encuentra en esa leyenda un detalle que tiene que ver con la canción. El joven de Pitágoras estaba loco de celos, por amor, por una relación que le quemaba. Y la música lo apartó del fuego. La protagonista de «La música me está salvando» también viene de una relación que quemaba. Y también ha encontrado una melodía que la aparta de ella.
Ni rezos ni ayunos
En la lista de lo que no ha funcionado hay, además de profesionales y familia, remedios de otro tipo. La canción menciona rezar de rodillas y los ayunos totales. Remedios del alma, de la tradición religiosa, de la penitencia.

Es curioso, porque en la historia de David y Saúl la música aparece precisamente dentro de un contexto religioso. El mal del rey es un espíritu, y el remedio es un arpa. En la tradición cristiana, durante siglos, la música fue parte de la oración: los salmos, el gregoriano de los monasterios, los himnos.
La canción separa esas dos cosas. Por un lado, el rezo y el ayuno, que no han bastado. Por otro, la música, que sí. Es como si sacara la música de la iglesia y la dejara sola, sin oración alrededor. No es una canción contra la religión. Es una canción que dice que, para esta persona, la música ha funcionado mejor sin intermediarios.
Lo estoy flipando
La canción arranca con una expresión muy de la calle española: «Lo estoy flipando». Y añade: «Y tú lo estarás mucho, mucho más».
Flipar es un verbo que entró en el castellano coloquial desde el inglés, del verbo «flip», y que durante los años setenta y ochenta se asoció a los efectos de ciertas sustancias. Hoy se usa para cualquier sorpresa grande, buena o mala. Lo estoy flipando es: no me lo puedo creer.
El arranque tiene algo de despertar. Alguien que de repente se da cuenta de lo que está pasando. Y lo que está pasando es que está mejor. Que algo ha cambiado. Que el otro, el que le hizo daño, se va a quedar más sorprendido todavía.
Y entonces llega una palabra que el planeta adora por lo antigua que suena: «¡Patán!». Un patán es, según el diccionario, un hombre zafio y tosco. Es un insulto de comedia clásica, de entremés, casi de Lope de Vega. En medio de una canción tan moderna, suena a otra época. Y por eso funciona. Es un insulto con encaje de bolillos.
La lista y el cuerpo
El diario ya habló de la lista, pero el planeta quiere añadir una observación desde el lado de la historia.
En todas las historias de música como remedio, la música llega después de otros remedios. A Saúl lo atienden sus criados antes de que llegue David. A Felipe V lo vieron médicos de toda Europa antes de que llegara Farinelli. A las tarantate de Apulia las llevaban a la iglesia, al santo, al curandero, antes de que sonara la tarantela.
La música, en esas historias, nunca es lo primero. Es lo que aparece cuando lo demás no ha bastado. No sustituye a lo anterior, se suma. Y suele llegar por un camino que nadie había previsto.
La lista de la canción cumple esa misma función. Ni psicólogos, ni amigos, ni médicos, ni novios. No porque no sirvan, sino porque no han bastado. Y la música aparece al final, con toda la fuerza de lo inesperado.
Elevar
El estribillo usa tres verbos seguidos: salvando, elevando, subiendo. Y luego un cuarto: «La música me ha llevado al cielo».
Todos van hacia arriba. Es una canción vertical. La música no consuela, no acompaña, no abraza. Eleva. Sube. Lleva al cielo.
Esa verticalidad tiene una historia larga en la manera de pensar la música. En muchas tradiciones religiosas, la música es lo que conecta la tierra con el cielo. Los coros de ángeles, los himnos, el órgano de las catedrales que hace vibrar el aire hacia arriba. La música sube porque el sonido parece salir del cuerpo y elevarse.
La canción juega con eso, pero lo saca de la iglesia. El cielo al que la lleva la música no es el de los ángeles. Es el de la pista, el del estado de ánimo, el de sentirse de nuevo arriba. Y lo marca con una vocal que se alarga y se alarga en el estribillo, como si la palabra cielo no terminara nunca.
Por los suelos
Y frente al cielo, el suelo. «Y a ti te está dejando por los / ¡suelos!».

La canción coloca a sus dos personajes en los dos extremos de la verticalidad. Ella arriba, en el cielo. Él abajo, en el suelo. Y la música es lo que produce esa separación. La misma música que la eleva a ella lo deja a él por los suelos.
Es una imagen de justicia poética muy de copla, muy de canción de despecho. El que hizo daño acaba abajo. El que lo sufrió acaba arriba. No hace falta venganza activa. Basta con que la vida, o en este caso la música, coloque a cada uno en su sitio.
El planeta nota además un truco formal precioso. La frase se corta justo antes de la última palabra. «Por los...», y luego un silencio, y luego «¡suelos!». Es el mismo efecto que en el teatro, cuando el actor hace una pausa antes del final del chiste. Y la palabra cae como cae el otro: de golpe.
El plan de acción
Hay un verso en la segunda estrofa que el planeta lee con una sonrisa: «¿Te esperabas esto en tu plan de acción, / Mentiroso cabrón?».
Plan de acción es lenguaje de empresa. De reunión de equipo, de PowerPoint, de consultor. Meterlo en una canción de despecho tiene mucha gracia, porque sugiere que el otro tenía una estrategia. Que su manera de comportarse no era espontánea, sino calculada. Y que en esa estrategia no estaba previsto que la víctima se salvara.
La respuesta es todavía mejor: «Pues ve improvisando, que las cosas van cambiando». Contra el plan, la improvisación. Contra el cálculo, el cambio.
Y aquí hay una ironía musical. La improvisación es uno de los grandes recursos de la música. El jazz, el flamenco, la música de baile en directo. Decirle al otro que improvise es decirle que entre en el terreno de la música. El terreno donde ella ya se mueve bien y él, con su plan de acción, no.
Catarsis
Los griegos tenían una palabra para lo que la música hace en esta canción. Aristóteles la usó en su Poética para hablar de la tragedia, y en su Política para hablar precisamente de la música: catarsis. Una purificación, una descarga de las emociones que deja al espectador más limpio.
Aristóteles pensaba que ciertas melodías, las más entusiastas, podían provocar en quien las escuchaba una especie de arrebato del que salía calmado, como si hubiera recibido un tratamiento. Es una idea muy cercana a la del tarantismo, y también a la de cualquier noche de discoteca en la que uno entra roto y sale ligero.
«La música me está salvando» es una canción de catarsis en ese sentido literal. No analiza el dolor, no lo explica. Lo descarga. Grita, enumera, insulta, sube. Y al final, el oyente sale de ella con una sensación de alivio parecida a la que describía Aristóteles.
Salvar y elevar
Hay una diferencia sutil entre los dos primeros verbos del estribillo. Salvar y elevar.
Salvar es sacar a alguien de un peligro. Es un verbo de emergencia. El socorrista salva al bañista. El bombero salva a la familia. La música, en la canción, primero salva: saca a la protagonista del pozo.
Elevar es otra cosa. Es llevar más alto de lo que se estaba. Ya no se trata de volver al punto de partida, sino de superarlo. La música no solo la saca del pozo, la sube por encima del suelo donde estaba antes.
El planeta cree que ese es el orden real de muchas recuperaciones. Primero se sale del peligro. Luego, a veces, uno se da cuenta de que ha llegado más lejos de lo que se estaba antes de caer. Como si el pozo hubiera servido para coger impulso.
Una canción que se salva a sí misma
En el planeta hay otra canción que habla de algo que salva, «Mi salvador», y el diario ha escrito sobre lo que le pedimos a la pista. El planeta no va a mezclar las dos. Pero sí puede señalar algo que «La música me está salvando» tiene de particular.

Es una canción sobre la música que se salva. Es decir, es música hablando de sí misma. Cuando la protagonista dice que la música la está salvando, la música que lo dice es esa misma canción. Hay un bucle ahí, un espejo. La canción es a la vez el remedio y el anuncio del remedio.
Eso la emparenta con una tradición muy antigua de canciones sobre la música: himnos a la música, poemas sobre el arte de los músicos, piezas que celebran su propio arte. Lo que tiene esta de diferente es que no lo hace con solemnidad. Lo hace con un insulto, una lista absurda y un grito de euforia. Es un elogio de la música escrito por alguien que acaba de salir de una pelea.
Lo que la música no hace
El planeta no quiere terminar sin una advertencia, porque la canción, que es exagerada a propósito, no la necesita, pero quien la escucha quizá sí.
La música no sustituye a la ayuda profesional cuando hace falta. Farinelli no curó a Felipe V, que siguió teniendo episodios de melancolía hasta su muerte. El tarantismo volvía cada verano. David tuvo que tocar muchas veces para Saúl, y la historia de los dos acabó mal. La música alivia, acompaña, eleva. Pero no siempre basta.
El diario tiene una página con preguntas frecuentes sobre la terapia para quien la necesite. Y la canción, bien escuchada, tampoco dice lo contrario. Dice que la música la está salvando, en gerundio. Todavía. Es un proceso, no un milagro instantáneo.
El disco
«La música me está salvando» está en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK. Es uno de sus momentos de mayor euforia, una canción que estalla después de otras más oscuras.
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escribió la letra con un tono a medio camino entre la catarsis y la comedia. La música y las voces están hechas con inteligencia artificial, y hay una paradoja bonita en eso: una canción sobre la música que salva, hecha con herramientas nuevas, que siguen la tradición más vieja del mundo.
Tiene vídeo en la web y está en Spotify. En la sala de prensa hay más información sobre el proyecto.
La fila
Volvamos a la imagen del principio. Una fila larguísima de gente que se salvó, o creyó salvarse, gracias a la música. Un rey de Israel con su pastor arpista. Un rey de España con su castrato. Unas campesinas de Apulia bailando contra una tarántula. Los griegos de Aristóteles saliendo del teatro más ligeros. Y millones de personas anónimas que, en algún momento de su vida, pusieron una canción en bucle para no hundirse.
Al final de esa fila, por ahora, hay una marica de Gayfolk gritando que la música la está salvando. Y la fila sigue. Porque siempre habrá alguien que, después de probar con todo, descubra que lo que le levanta es una canción.
Lo estoy flipando, dice la canción al principio. Y el planeta también. Tres mil años después, seguimos haciendo lo mismo que hacía David.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «La música me está salvando»?
De alguien que sale de una relación con un mentiroso y se da cuenta de que lo que le está ayudando a salir adelante es la música. La letra enumera, con humor, todo lo que no le ha servido igual y celebra que la música le eleva mientras al otro le deja «por los suelos».
¿Qué tiene que ver con Farinelli?
Farinelli, el castrato italiano más famoso del siglo XVIII, llegó a la corte de Madrid en 1737 llamado por la reina Isabel de Farnesio para aliviar con su música la melancolía del rey Felipe V. Se quedó más de veinte años en España. Es uno de los ejemplos históricos más citados de la música usada como remedio.
¿Qué es el tarantismo?
Es una creencia popular del sur de Italia, sobre todo de Apulia, según la cual la picadura de la tarántula se curaba bailando durante horas con una música concreta, de donde viene la tarantela. Fue estudiada en el siglo XX por el antropólogo Ernesto de Martino.
¿En qué disco está?
En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. La ficha del single la fecha el 26 de junio de 2026.