Planeta Gayfolk

Vida cotidiana

La piscina municipal del planeta Gayfolk: el bañador de marca que voló, la toalla que reserva sitio y el mito del corte de digestión

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Fotograma del videoclip de «Me gusta el verano», de Mike Sain't Louis: dos chicos sin camiseta levantan los brazos cogidos de la mano bajo el chorro de un aspersor con un arcoíris al fondo, en la portada de «Turno de tarde»

Hay una frase que en el planeta se repite como un mantra cada vez que el termómetro de la calle Alcalá pasa de los treinta y cinco grados: «Me gusta el verano». Es el título de una canción del disco «El día de la liberación», con un videoclip de banderas arcoíris en la arena, patines con calcetines de rayas y dos chicos levantando los brazos bajo un aspersor. El diario ya la leyó en su despacho sideral sobre el verano y en su repaso de cómo es el verano en el planeta.

Pero el verano madrileño de verdad, el que no sale en los videoclips, no huele a mar. Huele a cloro, a crema solar de coco y a bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio desde las nueve de la mañana. Es el verano de la piscina municipal. Y en el planeta Gayfolk, como era de esperar, la piscina municipal es un ecosistema propio, con sus especies, sus rituales y sus tragedias. Este artículo es una guía de campo.

Cómo se entra: la cola, el QR y la pulsera

Antes, ir a la piscina era fácil: bajabas con la toalla al hombro y hacías cola al sol. Ahora la cola sigue existiendo, pero se ha vuelto digital. El Ayuntamiento de Madrid explicó en su nota de prensa de mayo de 2026 que la temporada de piscinas de verano iba del 15 de mayo al 6 de septiembre, con 25 piscinas al aire libre repartidas por la ciudad, y que el día de la apertura la entrada era gratis para todo el mundo, como ya es tradición.

El sistema tiene su liturgia. Hay tres turnos: mañana, de diez a tres; tarde, de cuatro a nueve, y jornada completa, de diez a nueve. Quien elige la jornada completa recibe una pulsera que debe llevar a la vista todo el día, como en un hotel con todo incluido pero sin barra libre. El 80 % de las entradas se vende por internet con hasta 49 horas de antelación, y el resto queda para la taquilla. El acceso se controla con un código QR y, desde hace un par de temporadas, también se vuelve a leer a la salida, para liberar plazas cuando alguien se marcha antes de tiempo.

Esto ha creado una figura nueva en el ecosistema: el que se levanta a las ocho menos cuarto para comprar entradas desde la cama, con el móvil en la mano y el corazón a mil, como si fueran entradas para la final de Eurovisión. Y su contrario, el que llega a la puerta a las doce y descubre, con cara de tragedia griega, que el aforo de su turno está completo.

Los precios, o por qué la piscina es el lujo más barato de Madrid

Hablemos de dinero, que en el planeta nunca sobra. Según la tarifa municipal de 2026, la entrada de adulto, de 27 a 64 años, costaba 2,25 euros en turno de mañana o de tarde y 4,50 euros en jornada completa. Los jóvenes de 15 a 26 pagaban 1,80 y 3,60. Los mayores de 65, apenas 0,70 o 1,35 euros. Y los menores de cinco años, nada.

Había, además, bonos de diez sesiones de jornada completa: 40 euros para adultos, 32 para jóvenes, 24 para menores de 15 y 12 para mayores. Hagamos cuentas: por lo que cuesta un cóctel en una terraza con vistas de la Gran Vía, un adulto puede pasarse cuatro días enteros a remojo. En una ciudad donde el alquiler devora el sueldo, la piscina municipal es una de las pocas cosas que siguen siendo, de verdad, para todo el mundo.

La guerra de las toallas

La primera ley de la piscina municipal es antigua y no está escrita en ninguna ordenanza: quien llega primero planta la toalla. La segunda es más cruel: la toalla llega antes que su dueño. En todas las piscinas de Madrid hay una especie concreta, la toalla sola, que aparece extendida a primera hora en el mejor trozo de césped, junto a la sombra del único árbol, sin rastro humano en un radio de cien metros. Su propietario está, según los rumores, «aparcando», «en la cola del bar» o «ahora viene».

Fotogramas del videoclip oficial de «Me gusta el verano», de Mike Sain't Louis

Hay variantes. La toalla con sombrilla, que delimita un territorio de diez metros cuadrados para una sola persona. La toalla de grupo, que extiende seis toallas en hilera como una pista de aterrizaje. Y la toalla marica, que se reconoce de lejos porque es de una marca cara, está perfectamente estirada, sin una arruga, y tiene al lado un neceser con tres cremas solares, unas gafas de sol de repuesto y un libro que nadie va a abrir.

En el planeta somos de toalla grande, eso sí. No por presumir. Es que el césped municipal pica, y uno no se ha depilado las piernas en mayo para acabar con la espalda llena de marcas de hierba.

El bañador de marca y el falso amore

Cualquier habitante del planeta sabe que el bañador no es una prenda: es una declaración de principios. Hay quien va con el bermudas de flores de toda la vida, quien lleva el slip deportivo de natación, quien apuesta por el bóxer ajustado y quien guarda en el cajón, como un tesoro, sus bañadores de marca.

Ese cajón tiene en el planeta una historia trágica. Una de las canciones más comentadas del primer disco, «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», cuenta el expolio con todo detalle. Su estribillo lo resume en una sola línea:

Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca

El diario ya contó esta canción como una colección de mentiras pequeñas, de esas que se descubren tarde. Y tiene una secuela, «Si Don AussieBum hablase», que imagina lo que contaría el propio bañador si pudiera hablar. Las dos dejan una lección práctica para la temporada de piscina: antes de irte de vacaciones con alguien, haz inventario del cajón.

Un dato para la cultura general del vestuario. La marca de bañadores más famosa del mundo nació en Sídney. Según la biblioteca municipal de Waverley y la historia oficial de la empresa, Alexander MacRae fundó en 1914 un negocio de géneros de punto que al principio vendía ropa interior, y en 1928 la empresa adoptó el nombre Speedo después de un concurso interno de eslóganes que ganó la frase «Speed on in your Speedos». Así que, técnicamente, el slip de piscina lleva casi un siglo intentando que vayamos más rápido. En el planeta, francamente, preferimos ir despacio y que nos miren.

Bestiario de la piscina municipal

Toda piscina municipal tiene su fauna, y el planeta la ha estudiado con rigor científico.

El socorrista. Sentado en su silla alta, con gafas de sol y un silbato que usa con autoridad. Es la única persona de la piscina que no se baña nunca y la que más sabe de lo que pasa dentro del agua. Es también, según una encuesta que nadie ha hecho, el objeto de más miradas por metro cuadrado de todo el recinto.

La familia del táper. Llega a las diez con una nevera portátil del tamaño de un frigorífico de piso de estudiantes. A las dos saca la tortilla, los filetes empanados, la ensalada de pasta y una sandía entera. A las cinco, la merienda. Nunca se sabe en qué momento se bañan.

El nadador serio. Gorro, gafas de competición y bañador de natación. Hace largos en línea recta y se indigna, en silencio, con todo el que se cruza en su calle imaginaria. No ha entendido que en una piscina de verano nadie va a nadar.

Las chonis de la orquesta. Las conocemos de «Croquetas en el crucero», donde el narrador se apunta a un crucero buscando sol y amor y se encuentra otra cosa:

y en la piscina, dos chonis montando una orquesta

El diario contó aquella travesía como un naufragio de bufé. La versión municipal es idéntica, solo que sin barco: dos amigas con un altavoz portátil a todo volumen, discutiendo sobre los novios de las demás mientras suena un reguetón que se oye desde la parada del autobús.

Y el grupo del planeta. Seis amigos con seis toallas de colores, un abanico, una bolsa de patatas fritas compartida y una conversación que empieza con «¿has visto al de la toalla roja?» y termina, tres horas después, con una teoría completa sobre la vida sentimental de todo el recinto.

El mito del corte de digestión

Ninguna tarde de piscina está completa sin la frase eterna: «¡No te bañes, que te corta la digestión!». Generaciones de niños españoles han pasado veranos enteros sentados en el bordillo, con los pies a remojo y el reloj en la mano, esperando que se cumplieran las dos horas sagradas.

Collage con un detalle de la carátula de «Me gusta el verano» y las carátulas de «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», «Si Don AussieBum hablase», «Croquetas en el crucero»

La ciencia ha matizado bastante esta tradición. Un artículo de El País de agosto de 2022 lo resumía en el titular: lo peligroso es el choque térmico, no los cortes de digestión. Los médicos consultados en distintos reportajes explican que no hay pruebas de que haga falta esperar un tiempo fijo después de comer. Una revisión del comité científico asesor de la Cruz Roja estadounidense, publicada en 2011, rastreó la literatura médica desde 1960 y llegó a una conclusión parecida: no encontró ningún caso documentado de ahogamiento causado por haber comido antes de nadar, y los experimentos de los años sesenta con nadadores que comían y esperaban media hora, una o dos no mostraron diferencias. Su recomendación final fue que restringir la comida antes de bañarse es innecesario.

Lo que sí existe es el síncope por hidrocución, un desmayo provocado por el contraste brusco de temperatura cuando alguien se tira de golpe al agua fría con el cuerpo muy caliente, sea por el sol, por el ejercicio o, también, por una comida copiosa. Por eso la recomendación sensata no es mirar el reloj, sino entrar poco a poco, mojarse antes la nuca, la cara y los brazos y no saltar al agua después de una hora tostándose en el césped.

Dicho esto, en el planeta respetamos a las abuelas. Si la tuya te pide que esperes, espera. Es la excusa perfecta para quedarse en la toalla cotilleando un rato más.

El bar de la piscina, ese templo

Ninguna piscina municipal que se precie carece de su bar, y en el planeta el bar es casi más importante que el agua. Allí se forma, a eso de las dos, una cola que mezcla a los que buscan una caña, a los que quieren un helado de hielo con forma de cohete y a los que preguntan, con una esperanza conmovedora, si quedan bocadillos de calamares.

El bar tiene su propio idioma. «¿Me pones una con limón?» significa clara. «¿Tienes algo sin?» puede significar sin alcohol, sin gluten o sin gas, y el camarero tiene que adivinarlo. Y «ahora te pago» significa que el grupo del planeta va a pasarse diez minutos discutiendo quién llevaba el monedero.

El momento cumbre llega a media tarde, cuando aparece por la puerta del bar alguien con la piel roja como una gamba, pidiendo hielo para ponérselo en los hombros. Todo el mundo sabe lo que ha pasado. Nadie dice nada. Y eso nos lleva al siguiente capítulo.

Crema, crema y más crema

Otra liturgia obligatoria. La Academia Española de Dermatología y Venereología recomienda aplicar el fotoprotector en cantidad generosa y renovarlo cada dos horas y después de cada baño, aunque el envase diga que es resistente al agua. También pide no olvidar zonas como las orejas, los labios o el cuero cabelludo.

En la práctica, en la piscina municipal hay tres tipos de personas. Las que siguen al pie de la letra esa recomendación y se untan con método, como si fueran a cocinarse al horno. Las que se ponen crema una vez, a las once, y vuelven a casa con un dibujo de las tiras de la camiseta tatuado en los hombros. Y las que piden a un desconocido que les ponga crema en la espalda, que es una de las técnicas de ligue más antiguas de la historia del verano.

El planeta tiene una postura clara: crema siempre, ligue opcional. Una quemadura no es un bronceado, por mucho que en septiembre queramos lucir moreno en la oficina.

El cuerpo, ese gran tema

Hay que decirlo: para mucha gente LGTBI, la piscina es también un lugar complicado. Quitarse la camiseta delante de cientos de desconocidos no es fácil cuando uno lleva años escuchando lo que debería ser un cuerpo. El diario ha hablado de autoestima y cuerpo, y la piscina es el sitio donde esas inseguridades se ponen en remojo.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Me gusta el verano», de Mike Sain't Louis

El planeta propone un ejercicio sencillo. Mira a tu alrededor un sábado cualquiera de julio: cuerpos de todas las edades, tallas y colores, barrigas, cicatrices, tatuajes desteñidos, piernas sin depilar y piernas depiladas. Nadie, absolutamente nadie, tiene el cuerpo de los anuncios de bañadores. Y casi todo el mundo está más pendiente de su bocadillo que del tuyo. En «El espejo de enfrente», otra canción del planeta, el narrador se mira con más ironía que crueldad. Es una buena actitud para la toalla.

Una piscina sobre el Manzanares

Un poco de historia, que también hay. Madrid tuvo durante unos años una de las piscinas más bonitas de Europa, y estaba en mitad del río. Se llamaba La Isla y la diseñó el arquitecto Luis Gutiérrez Soto en un islote del Manzanares. ABC y el archivo de la Universidad Politécnica de Madrid la describen como una obra racionalista con forma de trasatlántico: dos piscinas al aire libre en proa y popa, cubierta central, cafetería, gimnasio y sala de fiestas.

Su vida fue corta y accidentada. Las crónicas cuentan que un obús la dañó durante la Guerra Civil, que se reconstruyó y que las riadas de 1947 volvieron a castigarla. Acabó demolida en los años cincuenta con las obras de canalización del río. Hoy queda en fotografías en blanco y negro de bañistas con bañadores de lana y gorros de goma, mirando a la cámara desde la barandilla de un barco que no navegaba.

A cualquiera del planeta le habría encantado. Un trasatlántico de cemento en el centro de Madrid, con sala de fiestas incluida, es lo más parecido a un crucero de croquetas que ha tenido nunca la capital.

Lo serio: el socorrista importa

Entre tanta broma, conviene un momento de seriedad. La Real Federación Española de Salvamento y Socorrismo publica cada año su Informe Nacional de Ahogamientos. El cierre de 2025 contabilizó 472 muertes por ahogamiento no intencional en España, el segundo peor año de la serie. La mayoría ocurrió en playas, pero 49 personas murieron en piscinas. La federación subraya que 220 fallecimientos se produjeron en lugares sin servicio de socorrismo y otros 200 en sitios que no tenían vigilancia activa en ese momento. En la Comunidad de Madrid, el informe registró cinco muertes en todo el año.

Las cifras invitan a algo muy sencillo: bañarse donde hay socorrista, no perder de vista a niñas y niños ni un segundo, no mezclar alcohol y agua profunda y avisar enseguida si alguien tiene problemas. Ante cualquier emergencia, el número es el 112. El Ayuntamiento de Madrid, por cierto, organiza en verano talleres gratuitos de reanimación cardiopulmonar para mayores de edad en sus centros deportivos. Aprender RCP una tarde de julio es probablemente lo más útil que se puede hacer con un turno de piscina.

Clases exprés y otras novedades municipales

La piscina municipal madrileña, por cierto, no se ha quedado quieta. En 2026 el Ayuntamiento estrenó un programa de clases exprés gratuitas en las piscinas de verano: sesiones de media hora, sin inscripción previa, con propuestas como gimnasia acuática, aquafitness, movilidad y estiramientos. Se celebraban de lunes a viernes, una por la mañana y otra por la tarde, y estaban incluidas en el precio de la entrada.

Esto abre un mundo de posibilidades para el planeta. Imaginemos la escena: veinte personas en el agua levantando los brazos al ritmo de una monitora entusiasta, mientras el grupo del planeta, desde la toalla, comenta la coreografía como si fuera un número de un musical. Lo más probable es que al tercer día alguien del grupo se apunte, y al quinto ya esté en primera fila, marcando el paso como una vedete.

El mismo programa municipal recordaba otro dato llamativo: desde la llegada del actual alcalde se habían reformado 18 recintos de piscinas de verano, y se habían construido dos nuevas, en Barajas y en Tetuán, las primeras que levantaba el Ayuntamiento en más de treinta años. Que una ciudad siga construyendo piscinas públicas es, a su manera, una buena noticia para todo el mundo que no tiene chalé con jardín.

Ligar en la piscina: manual de uso

Y ahora, la pregunta que todo el mundo se hace en silencio: ¿se liga en la piscina municipal? La respuesta del planeta es que sí, pero con técnicas propias.

Ficha de la canción «Me gusta el verano» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

La técnica de la crema, ya mencionada, es clásica pero arriesgada: si la persona elegida no entiende el código, acabarás untando la espalda de un desconocido que solo quería protegerse del sol. La técnica del préstamo consiste en pedir algo pequeño y devolverlo con conversación: el mechero, la hora, la contraseña del wifi que no existe. La técnica del baño sincronizado es más sutil: entrar al agua justo cuando entra la otra persona y comentar lo fría que está. Funciona mejor de lo que parece, porque el agua siempre está fría y siempre hay algo que comentar.

Y existe la técnica pasiva, la favorita del planeta: tumbarse boca abajo con el libro que nunca se lee y esperar a que alguien se acerque a preguntar qué estás leyendo. Si nadie lo hace, al menos has avanzado tres páginas.

Una advertencia, eso sí: si alguien empieza a fijarse demasiado en tu bañador de marca, mira bien de quién se trata. La experiencia del planeta dice que hay amores que llegan por el bañador y se van con el cajón entero.

Las cinco reglas de oro de la piscina del planeta

Para terminar, un decálogo reducido a cinco, porque en agosto nadie tiene paciencia para diez.

Primera: compra la entrada por internet la víspera. Las 49 horas de antelación existen para algo.

Segunda: la toalla se planta cuando llegas tú, no antes. Las toallas solas son la versión acuática de dejar el abrigo en una silla del bar.

Tercera: entra al agua poco a poco. Moja la nuca, la cara y los brazos. Tu abuela y la ciencia estarán de acuerdo, por una vez.

Cuarta: crema cada dos horas y después de cada baño. El cangrejo no es un estilo.

Quinta: guarda tus bañadores de marca bajo llave. O, al menos, no se los prestes a quien todavía no conoces bien.

La vuelta a casa

La piscina no termina al salir por el torniquete. Hay una segunda parte, menos fotogénica, que todo habitante del planeta conoce: la vuelta a casa. Empieza con la bolsa de deporte mojada, que deja un rastro de gotas en el asiento del autobús y una mancha húmeda en el pantalón de quien la lleva en las rodillas. Sigue con el pelo, que el cloro ha convertido en una escoba de paja, y con ese olor inconfundible que acompaña durante horas, aunque uno se haya duchado dos veces.

Después llega el descubrimiento de la noche: la marca blanca del bañador. Ese rectángulo de piel que ha quedado sin sol y que, en el espejo del baño, parece un mapa del día. Hay quien lo luce con orgullo y quien se pasa el resto de agosto intentando igualarlo.

Y, por último, el inventario. La toalla, la crema, las gafas, el libro sin abrir, el táper vacío. Siempre falta algo. Unas chanclas, un coletero, un cargador. En el planeta, cuando falta un bañador de marca, ya sabemos a quién llamar. O, mejor dicho, a quién no volver a llamar.

Epílogo: la última hora de la tarde

Hay un momento mágico en la piscina municipal que no aparece en ninguna guía. Es la última hora del turno de tarde, entre las ocho y las nueve, cuando el sol baja, las familias recogen las neveras, el socorrista empieza a mirar el reloj y el agua se queda casi vacía. El césped huele a crema y a sandía, alguien dobla una toalla con cuidado y, por un rato, la piscina parece de uno.

Es en esa hora cuando «Me gusta el verano» tiene más sentido. No por el calor, que a esas alturas ya se ha vuelto soportable, sino por la sensación de haber pasado un día entero sin pedirle permiso a nadie, en bañador, rodeado de desconocidos que tampoco tienen el cuerpo de los anuncios y que, sin embargo, también están contentos.

La canción está en Spotify para ponerla en los auriculares mientras se seca la toalla. Y quien quiera conocer el resto del universo de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, encontrará su biografía y material gráfico en la página de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Cuánto cuesta la piscina municipal de verano en Madrid?

En la temporada de 2026, que fue del 15 de mayo al 6 de septiembre, la entrada de adulto (27 a 64 años) costaba 2,25 euros en turno de mañana o de tarde y 4,50 euros en jornada completa. Los mayores de 65 pagaban desde 0,70 euros y los menores de cinco años entraban gratis. Había también bonos de diez sesiones de jornada completa.

¿Hay que esperar dos horas después de comer para bañarse?

No hay pruebas de que haga falta un tiempo fijo. Lo que los especialistas consideran peligroso es el choque térmico o síncope por hidrocución: meterse de golpe en agua fría con el cuerpo muy caliente por el sol, el ejercicio o una comida copiosa. La recomendación es entrar poco a poco y mojarse antes la nuca, la cara y los brazos.

¿Cada cuánto hay que ponerse crema solar en la piscina?

La Academia Española de Dermatología y Venereología recomienda aplicar el fotoprotector en cantidad generosa y renovarlo cada dos horas y después de cada baño, aunque el producto sea resistente al agua.

¿Cuántas personas mueren ahogadas en piscinas en España?

Según el Informe Nacional de Ahogamientos de la Real Federación Española de Salvamento y Socorrismo, en 2025 hubo 472 muertes por ahogamiento no intencional en España, 49 de ellas en piscinas. La mayoría se produjo en lugares sin socorrista o sin vigilancia activa en ese momento.

¿Qué canción del planeta acompaña este artículo?

«Me gusta el verano», del disco «El día de la liberación» de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, con apariciones de «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca» y «Croquetas en el crucero».

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