Planeta Gayfolk

Memoria

El mal paso y la orilla: «La Playa del Mal Pas» leída por su nombre

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Portada de «La Playa del Mal Pas», canción de Mike Sain't Louis

Mal pas. Dos palabras en valenciano. Mal paso.

Hay lugares que se llaman como lo que pasó en ellos, aunque nadie lo supiera al bautizarlos. «La Playa del Mal Pas» lleva ese nombre en el título y lo deja ahí, sin traducir, sin explicar, como quien pone la dirección de una casa en un sobre. Pero el planeta, que tiene la manía de mirar las palabras por dentro, no puede dejar de oírlo. Una playa que se llama mal paso. Una cala pequeña de Benidorm, escondida entre el puerto y el casco antiguo, donde según la letra alguien creció sin darse cuenta. Y donde, también según la letra, ese mismo alguien aprendió lo que era el narcisismo.

El diario ya escribió sobre esta canción y sobre el lugar que sigue igual cuando uno ya no. Aquella crónica hablaba del refugio y de la memoria. Esta quiere hacer otra cosa, más lenta. Quiere caminar la letra paso a paso, frase a frase, como se camina por una orilla con los pies descalzos: mirando dónde se pisa, porque hay piedras, porque hay conchas rotas, porque a veces el suelo se hunde un poco.

No hay chistes en este paseo. La canción no los tiene, y el planeta sabe cuándo callarse.

Primer paso: el nombre

Las palabras de lugar son las más viejas de una lengua. Antes de que hubiera hoteles, antes de que Benidorm tuviera rascacielos y despedidas de soltero y carteles en inglés, había pescadores que ponían nombre a las calas según lo que les pasaba en ellas. Donde se podía fondear. Donde no. Donde las piedras rompían las barcas. Donde el camino de la costa se volvía estrecho y había que andar con cuidado.

El planeta no sabe, ni va a inventar, por qué esta playa se llama así. Lo que sabe es lo que dicen las palabras. En valenciano, «mal pas» es un mal paso. Un tramo difícil. Un sitio donde se tropieza.

Y la canción, que no menciona el significado en ningún momento, termina contando exactamente eso. Una vida con un tropiezo dentro. Un lugar bonito donde se aprendió algo feo. Un refugio que también fue escenario de una herida.

Hay una manera de leer los nombres que es casi supersticiosa, la de quien cree que las cosas están escritas. El planeta no va por ahí. Prefiere una lectura más sencilla: que los nombres de los lugares acaban pareciéndose a nosotros porque los cargamos con lo que vivimos. La playa no sabía nada. Pero quien la recuerda, sí.

Segundo paso: el tamaño

«Una playa pequeña, escondida entre el puerto y el casco antiguo, donde crecí sin darme cuenta.»

Lo primero que dice la letra de la playa es su tamaño. Pequeña. Y lo segundo, su posición: escondida, entre dos cosas más grandes. El puerto, con sus barcos y su movimiento. El casco antiguo, con su iglesia blanca en lo alto y sus calles estrechas. Y entre las dos, una franja de arena que casi no se ve.

Hay algo en esa geografía que dice mucho de la canción. Benidorm es una ciudad de tamaños exagerados. Torres que parecen de Nueva York. Playas que se pierden de vista, como la de Levante o la de Poniente, llenas de sombrillas en filas perfectas. Hoteles con cientos de habitaciones. Todo es grande, todo es mucho, todo es más. Y en medio de eso, alguien elige como refugio lo más pequeño que hay.

No es casualidad, o al menos no lo parece. Los refugios suelen ser pequeños. Un hueco debajo de la escalera. Una caseta en el árbol. El rincón del patio donde no llega el sol. La cama con las sábanas por encima de la cabeza. Uno no se esconde en una plaza mayor. Se esconde en lo que cabe en la palma de la mano.

Y luego la frase que más le gusta al planeta de todo el arranque: «donde crecí sin darme cuenta». Crecer sin darse cuenta es la única forma de crecer. Nadie se ve crecer. Un día uno se mira en una foto vieja y entiende que aquel niño en bañador ya no existe. Que entre el verano de la foto y el de ahora pasaron treinta y tantos veranos, y en todos estuvo la misma playa.

Tercer paso: el horizonte

«Allí pasé la mayoría de los veranos que recuerdo: mirando el horizonte, soñando con escapar y sintiendo que, por un instante, todo encajaba.»

Fotogramas del videoclip oficial de «La Playa del Mal Pas», de Mike Sain't Louis

Esta frase tiene dos movimientos que tiran en direcciones opuestas, y el planeta quiere detenerse en los dos.

El primero es el de mirar el horizonte soñando con escapar. Es la imagen clásica del niño de pueblo, o de ciudad pequeña, o de barrio, que mira lejos porque lo de cerca le aprieta. Cualquier marica que haya crecido en un sitio donde no podía ser del todo lo que era conoce esa mirada. El horizonte no es un paisaje. Es una promesa. Allí, al otro lado, hay un lugar donde no hará falta disimular. Madrid, Barcelona, Londres, cualquier sitio que no sea este.

El planeta tiene una canción entera dedicada a ese movimiento, «Madrid to Benidorm», aunque va en la dirección contraria y con otro tono. Y tiene muchas otras canciones donde alguien se va o sueña con irse. Escapar es uno de los verbos más conjugados en este universo.

Pero el segundo movimiento de la frase es el contrario. «Sintiendo que, por un instante, todo encajaba». No escapar. Quedarse. Estar en el sitio exacto, en el momento exacto, con la sensación de que las piezas están en su lugar. Es la quietud del que se tumba en la toalla con los ojos cerrados y el sol en la cara y durante un minuto no le falta nada.

Las dos cosas a la vez. Querer irse y sentir que todo encaja. El planeta no cree que sea una contradicción. Cree que es lo que pasa en los lugares que de verdad importan: son el punto de partida y el punto de calma al mismo tiempo. Desde allí se mira lejos. Y allí, mientras se mira, se está bien.

Cuarto paso: el tropiezo

Aquí la letra gira. Una frase corta, casi una bisagra: «Pero el tiempo y el dolor cambian la mirada.»

Y luego, la que da sentido al nombre de la playa sin nombrarlo: «En esa misma playa descubrí lo que era el narcisismo, y más tarde, el doble narcisismo.»

El mal paso.

La canción no da detalles. No dice quién, no dice cuándo, no cuenta la escena. Y el planeta no los va a añadir, porque no constan y porque no hacen falta. Lo que importa es la palabra «misma». En esa misma playa. El refugio de la infancia, el sitio donde todo encajaba, es también el sitio donde se aprendió lo peor. No hay un lugar bueno y un lugar malo. Hay un solo lugar, y en él pasaron las dos cosas.

Quien haya tenido un lugar así sabe lo que duele eso. El parque donde jugabas de niño y donde años después te dejaron. La casa de los abuelos donde fuiste feliz y donde luego se rompió la familia. La discoteca donde te besaron por primera vez y donde descubriste que te engañaban. Los lugares no eligen lo que pasa en ellos. Lo guardan todo junto, en el mismo cajón.

Y luego está esa expresión: «doble narcisismo». El planeta la lee con atención porque es rara. No es un término de manual que se oiga en la tele. Suena a algo que se nombró desde dentro, desde la experiencia, cuando la palabra narcisismo a secas ya no alcanzaba para describir lo que había pasado. Narcisismo, y más tarde, el doble. Como un aprendizaje en dos tiempos. Primero se entiende una cosa. Luego, con los años, se entiende que había otra encima, o al lado, o detrás.

Esta discografía ha hablado mucho de narcisistas. Los ha retratado con insultos, con canciones de terror, con burlas de plató, con cartas de recomendación envenenadas. Aquí no hay nada de eso. Aquí el narcisismo aparece nombrado en una sola línea, sin adjetivos, sin burla. Como se nombra algo que ya no hace falta gritar.

Un paso al lado: lo que la canción no dice

Antes de seguir, el planeta quiere hacer algo que casi nunca se hace en una crónica: enumerar lo que no está. Porque en una letra tan corta, lo que se calla pesa tanto como lo que se cuenta.

Mike Sain't Louis en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, con el verso «Cada ola me recuerda algo que ya no soy, pero también lo que he sobrevivido.» de «La Playa del Mal Pas»

La canción no dice nombres. No hay un ex con apellido, ni una ciudad de origen, ni una edad concreta del que hizo daño. No dice cuántos años duró lo que duró. No describe ninguna escena: ni una discusión, ni un portazo, ni un mensaje leído a escondidas. No dice si la herida fue de amor, de familia o de amistad. No pide venganza. No pide perdón. No insulta a nadie, y eso en esta discografía es casi un acontecimiento, porque el planeta tiene un repertorio de insultos creativos que ya quisieran muchos guionistas.

Todo ese silencio es una decisión. O lo parece. Hay heridas que se cuentan a gritos, con nombres y con detalles, para que todo el mundo se entere. Y hay heridas que se cuentan con una sola palabra, «narcisismo», y un lugar. Esta es de las segundas. El planeta no va a rellenar los huecos. Los deja abiertos, como deja la marea los charcos entre las rocas: pequeños, quietos, con algo vivo dentro que no se ve a primera vista.

Quinto paso: la cuenta

«A los 40 años uno entiende que la mitad de su vida fue mentira y la otra mitad soledad.»

Es la frase más dura de la canción. El planeta la ha leído muchas veces y cada vez pesa más.

Tiene la forma de una cuenta. Una vida partida en dos mitades, como una naranja. En una, mentira. En la otra, soledad. No queda espacio para nada más. Es una contabilidad brutal, de esas que solo se hacen a ciertas edades y a ciertas horas de la noche.

Y sin embargo, el planeta quiere fijarse en el verbo: «uno entiende». No dice «uno se entera con horror» ni «uno se derrumba». Dice que entiende. Entender es otra cosa. Es lo que pasa cuando las piezas que antes no encajaban, de repente, encajan, aunque el dibujo que forman no sea bonito. Es la misma sensación de la infancia en la toalla, «todo encajaba», pero al revés. Ahora también encaja todo. Solo que lo que encaja es triste.

También está ese «uno». No dice «yo», dice «uno». Es un pronombre que se usa para generalizar, para hablar de algo que le pasa a cualquiera. A los cuarenta, uno entiende. Como si fuera una ley. Como si la frase quisiera decir: esto no me pasa solo a mí. Esto le pasa a mucha gente. Y quizá sea verdad. Quizá a los cuarenta haya mucha gente sentada en una playa pequeña haciendo la misma cuenta.

El planeta no va a contradecir esa cuenta. No va a decir que no es para tanto, ni que la vida es bella, ni ninguna de esas frases de taza. Solo va a señalar que la canción no termina ahí. Que después de esa frase, hay otra.

Sexto paso: volver

«Y sin embargo, sigo volviendo allí, aunque sea con la memoria.»

Collage con un detalle de la carátula de «La Playa del Mal Pas» y las carátulas de «Madrid to Benidorm», «La primera drag de Benidorm», «Me Gusta el Verano»

Y sin embargo. Tres palabras que han salvado más textos que cualquier final feliz.

Después de la cuenta de la mentira y la soledad, la canción no se queda en el suelo. Se levanta un poco. No mucho. Lo justo para decir que sigue volviendo. A la playa del mal paso. Al sitio del refugio y de la herida. Aunque sea con la memoria, que es la forma de volver de los que ya no pueden, o no quieren, volver de verdad.

Hay gente que no vuelve nunca a los lugares que le hicieron daño. Los borra del mapa, cambia de ruta, evita la calle. Y hay gente que vuelve, una y otra vez, a mirar. No por masoquismo. Por algo más difícil de explicar. Porque el lugar sigue siendo suyo. Porque lo que pasó allí no le quita lo que también pasó allí.

La siguiente frase lo dice mejor de lo que el planeta podría decirlo:

«Cada ola me recuerda algo que ya no soy, pero también lo que he sobrevivido.»

Las olas son lo más repetitivo que existe. Vienen, se van, vuelven. Siempre iguales y siempre distintas. Y cada una, según la letra, trae dos cosas: lo que se perdió y lo que se aguantó. Las dos en la misma ola. Igual que la playa guarda las dos cosas en la misma arena.

Ese «sobrevivido» es la palabra más fuerte de la canción, y aparece sin ningún adorno. No dice «lo que he superado», que suena a manual de autoayuda. No dice «lo que he aprendido», que suena a lección. Dice «sobrevivido». Que es lo que se dice de quien sale vivo de un naufragio.

Séptimo paso: lo que vio la playa

«Esa playa pequeña lo vio todo: mis veranos, mis heridas y mis ganas de seguir vivo.»

Aquí la playa se convierte en testigo. Deja de ser un lugar y pasa a ser alguien que estaba mirando. Que vio los veranos, vio las heridas, vio las ganas de seguir.

Hay algo muy consolador en esa idea, y el planeta quiere decirlo con cuidado. Cuando uno ha pasado por cosas que nadie más vio, cosas que pasaron en privado, en silencio, sin testigos humanos, a veces se agarra a la idea de que algo sí lo vio. Un lugar. Un paisaje. El mar. La playa no puede contarlo, no puede declarar en ningún juicio, no puede dar la razón a nadie. Pero estaba ahí. Y eso, de alguna forma, hace que lo vivido sea más real.

«Mis ganas de seguir vivo». Esa expresión no se escribe a la ligera. El planeta la deja tal cual, sin comentario, porque hay frases que no necesitan que nadie las explique.

Octavo paso: desde lejos

Y el final, que este diario ya citó en otras crónicas y que vuelve a citar porque no hay forma de hablar de esta canción sin él:

Ficha de la canción «La Playa del Mal Pas» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

«Hoy la miro desde lejos. / Sigue siendo la misma, aunque yo ya no lo sea. / Y eso, quizás, también es amor.»

Desde lejos. La distancia como forma de mirar. No desde dentro, metido en el agua, como en la infancia. No desde la orilla, tumbado en la toalla. Desde lejos. Como se mira un sitio desde un mirador. Como se mira a alguien a quien se quiso y con quien ya no se puede estar.

Muy cerca de esta cala, por cierto, en lo alto de la punta donde se asoma el casco antiguo, está el mirador más famoso de Benidorm, ese balcón blanco sobre el Mediterráneo que sale en todas las postales. El planeta no sabe si la letra piensa en él. Pero la imagen está ahí: una playa pequeña, abajo, y un sitio alto desde donde mirarla.

Y luego, ese «quizás». Es la palabra más honesta de toda la canción. No dice «eso es amor». Dice «quizás también es amor». Con duda. Con humildad. Como quien no está seguro de haber encontrado la palabra justa pero la deja ahí por si acaso. El planeta tiene mucha más fe en los «quizás» que en las certezas. Las certezas se venden en las tiendas de recuerdos. Los «quizás» hay que ganárselos.

La otra cara de Benidorm

Benidorm tiene en este planeta una presencia constante. Es la ciudad del camp, de la noche, de las drags, de los excesos. Está en «La primera drag de Benidorm», está en la estética de la galería del planeta, está en tantos despachos y bitácoras del diario. Es la ciudad de los neones y de la purpurina.

Esta canción enseña la otra cara. La de la cala pequeña a la hora en que no hay nadie. La del niño que mira el mar sin saber lo que le espera. La del adulto que vuelve con la memoria. Es la Benidorm que no sale en los vídeos de despedidas de soltero ni en los reportajes de verano de los telediarios.

El planeta ya escribió alguna vez sobre el verano en el planeta, sobre esa estación de fiestas y de playas que no siempre es tan alegre como parece. Esta canción es la prueba más clara de eso. Un verano puede ser, a la vez, el mejor recuerdo y el lugar de la herida.

Datos de la orilla

Lo que consta, para quien quiera ir a buscarla.

La canción está en «El día de la liberación», uno de los tres álbumes de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single la fecha el 22 de mayo de 2026, con el sello propio del autor. En la discografía completa del planeta ocupa la pista 250 de 273.

Tiene videoclip oficial, de algo más de tres minutos, que se puede ver en la sección de vídeos. La ficha del single permite escuchar un fragmento, ir a Spotify, a YouTube o a Deezer, y descargarla gratis, sin registro.

La letra, que aquí es casi un texto en prosa, es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y la escribió él, sin inteligencia artificial. La música y las voces están hechas con herramientas de IA, entre ellas Suno. La historia del proyecto y de la trilogía está contada en la sala de prensa.

La huella en la arena

Las huellas en la orilla duran poco. Una ola, dos, y desaparecen. Por eso hay algo de milagro en las canciones como esta: son huellas que no se borran.

Alguien caminó por una playa pequeña de Benidorm durante muchos veranos. Miró el horizonte. Soñó con irse. Sintió que todo encajaba. Tropezó, en el sitio que se llama mal paso, con algo que tardó años en nombrar. Hizo la cuenta a los cuarenta. Y siguió volviendo.

La playa sigue en su sitio, entre el puerto y el casco antiguo.

El paso ya está dado.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «La Playa del Mal Pas»?

De una playa pequeña de Benidorm, entre el puerto y el casco antiguo, que el narrador describe como su refugio secreto. La letra recorre los veranos de la infancia, el descubrimiento del narcisismo y del «doble narcisismo» y una mirada adulta, a los cuarenta, que vuelve a ese lugar con la memoria.

¿Qué significa «Mal Pas»?

En valenciano, «mal pas» quiere decir «mal paso». La crónica juega con ese significado para leer la letra, sin atribuirle a la canción una intención que no declara.

¿En qué disco está?

En «El día de la liberación», uno de los álbumes de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 22 de mayo de 2026.

¿Quién la ha escrito?

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.

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