Salud mental
La rabia también es sana: «El descarte del narcisista» y la ira que se escribe en lugar de tragarse
Por Mike Sain't Louis ·

Un puño cerrado dentro del bolsillo del abrigo. Las uñas clavadas en la palma. La mandíbula apretada mientras alguien, en la cola del supermercado, habla de algo sin importancia. Nadie lo nota. Por fuera, una persona normal con una barra de pan y un cartón de leche. Por dentro, un incendio que no encuentra salida.
Así se vive a menudo la rabia después de un descarte. No se grita, no se rompen platos, no se pega un portazo. Se aguanta. Se traga. Se lleva puesta como una prenda que pica. Y en el planeta Gayfolk hay una canción que decidió hacer lo contrario: sacarla, entera, con insultos incluidos, y convertirla en música. Se llama «El descarte del narcisista» y es una de las piezas más crudas del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».
La emoción que tiene mala prensa
De todas las emociones, la rabia es la que peor fama tiene. La tristeza despierta compasión. El miedo, protección. La alegría, contagio. La rabia, en cambio, asusta. Se asocia a la violencia, a la pérdida de control, a lo peor de cada uno. Desde niños aprendemos que enfadarse está feo, sobre todo si eres de los que ya llamaban la atención por otras razones.
Para un niño acosado en el colegio, como lo fue Mike Sain't Louis, la rabia es además un lujo que no se puede permitir. Si te defiendes, empeora. Si contestas, te señalan más. Así que se aprende a convertirla en otra cosa: en silencio, en tristeza, en culpa, en ganas de desaparecer del patio. La rabia no se va; se esconde. Y espera.
Años después, cuando la vida adulta trae relaciones que hacen daño (Mike vivió dos desde los 22, con personas que con el tiempo entendió que eran narcisistas), esa rabia antigua se junta con la nueva. Y lo que sale, cuando sale, viene con intereses acumulados.
El descarte como herida específica
En el vocabulario que se ha popularizado sobre el abuso narcisista, el descarte es el momento final. Después de una fase de idealización y otra de desvalorización, la persona manipuladora se va. Pero no se va como se va cualquiera que deja una relación. Se va como si nada hubiera existido. Con frialdad absoluta. Sin explicaciones. A veces con otra persona ya esperando.
La canción lo describe con una exactitud que duele:
Conmigo también aplicó el descarte De la indiferencia más absoluta
La indiferencia más absoluta. No el odio, no el reproche, no la pelea final. La nada. Y la nada es, curiosamente, lo que más rabia produce. Porque contra el odio se puede discutir; contra la indiferencia no hay argumentos. Te deja hablando sola en una habitación vacía.
En el diario del planeta ya existe una lectura de esta canción como carta a la otra víctima. Esta crónica se fija en algo distinto: en la emoción que empuja la carta, en esa ira que recorre cada estrofa y en lo que pasa con ella cuando se pone por escrito.
Una carta a quien vino después
La canción tiene una estructura poco habitual. No le habla al narcisista, al menos al principio. Le habla a otra persona, a quien el mismo personaje descartó después. La conoce, sabe que está sufriendo, y le escribe para decirle que no está sola. Que a ella también le pasó lo mismo.
Pero yo estoy contigo ¡No estás sola!
Esa decisión de destinatario dice mucho de cómo funciona la rabia cuando se canaliza bien. En lugar de lanzarse contra quien hizo daño (que probablemente ni se inmutaría), se convierte en solidaridad con quien está sufriendo lo mismo. La ira cambia de dirección: de la venganza al cuidado.
Es un movimiento muy reconocible para cualquiera que haya pasado por grupos de apoyo o por conversaciones con otras personas que vivieron algo parecido. Descubrir que el mismo personaje hizo lo mismo con otros es, a la vez, terrible y liberador. Terrible porque confirma el patrón. Liberador porque te saca de la culpa: no era algo tuyo, era algo suyo.
Llorar todos los días
Antes de que llegue la rabia, la canción reconoce la tristeza. Habla de alguien que llora a solas, que llora porque no entiende nada, que siente que nadie la apoya ni la comprende, que piensa que todos mienten, incluso su propia gente. Es un retrato muy preciso del aislamiento que deja una relación así.

Ese orden importa. La rabia sana no se salta la tristeza. No es un atajo para no llorar. Viene después, o a la vez, y muchas veces es la tristeza la que, cuando se cansa de llorar, se pone de pie y se enfada. Como recuerda otro texto del planeta, llorar no es debilidad. Y enfadarse después de llorar tampoco lo es.
La canción, además, tiene un detalle conmovedor: una serie de murmullos sin palabras, un «mmmm» repetido que suena a quien no puede seguir hablando. Es un hueco en la letra, un momento en el que el lenguaje se rinde. Antes de la rabia hay un silencio con melodía. Cualquiera que haya llorado sabe que hay momentos así, en los que no hay nada que decir y solo queda un sonido.
Los antidepresivos en la letra
En una de las estrofas aparece una línea que se sale de la ficción habitual del planeta por su crudeza: el personaje que narra dice que el descarte le ha dejado con antidepresivos. Es una frase que mucha gente no se atrevería a escribir en una canción, porque todavía hay estigma alrededor de la medicación psiquiátrica.
Conviene recordar que en las letras de Mike los personajes son inventados, y que no se puede leer cada verso como autobiografía literal. Pero sí se puede leer el gesto: poner la palabra «antidepresivos» en una canción, sin vergüenza, como quien nombra cualquier otra cosa. Mike ha contado públicamente que a los 41 le diagnosticaron, entre otras cosas, una depresión mayor grave. Que en su catálogo aparezca la medicación con esa naturalidad es coherente con su decisión de hablar de salud mental sin tabúes.
Tomar medicación cuando un profesional la indica no es un fracaso ni una debilidad. Es un tratamiento. En el diario hay un texto sobre la depresión más allá de la tristeza que ayuda a entender por qué, a veces, hace falta algo más que voluntad.
La rabia con nombre propio
La parte final de la canción es pura ira. Insultos directos, amenazas de contar la historia en un programa de televisión inventado, la promesa de escribir un libro. Y una frase que funciona casi como firma:
Como si tengo que escribir un libro contando tu historia
Aquí la rabia encuentra su herramienta: la palabra. No hay violencia física, no hay venganza real. Hay la amenaza más temida por cualquier persona que vive de su imagen: que alguien cuente la verdad. Para un narcisista, cuya identidad depende de cómo lo ven los demás, que se sepa lo que hizo es peor que cualquier golpe.
En otra canción del catálogo, «El narcisista», Mike explora la batalla por contar la historia: quién tiene derecho a narrar lo que pasó. En «El descarte del narcisista» esa batalla se resuelve con un gesto sencillo: la víctima toma la palabra. Y la toma con toda su rabia, sin pedir perdón por el tono.
Por qué escribir la rabia funciona
Hay una diferencia enorme entre sentir rabia y actuarla. Sentirla es humano. Actuarla, a veces, destruye. Escribirla es un camino intermedio: le da salida sin causar daño. Y tiene efectos concretos.

Primero, la rabia escrita se vuelve observable. Mientras está dentro, es un calor difuso que se confunde con uno mismo. Cuando está en un papel, se puede leer. Se puede ver de qué está hecha: cuánto es dolor, cuánto es humillación, cuánto es miedo disfrazado.
Segundo, la rabia escrita tiene forma. Una canción tiene estrofas, rima, ritmo. Meter la ira en esa estructura obliga a ordenarla, a decidir qué va primero, qué se repite, qué se dice al final. Ese trabajo de oficio, casi artesanal, enfría la temperatura sin apagar el fuego.
Tercero, la rabia escrita se termina. La canción tiene un último verso. Después viene el silencio. Y ese final, aunque sea simbólico, recuerda que la ira también puede acabarse. No hace falta llevarla encima para siempre.
Componer como forma de pensar, ordenar recuerdos, elaborar pérdidas: así describe el proceso la web del planeta. La rabia es una de esas pérdidas que hay que elaborar. La pérdida de la versión ingenua de uno mismo, la que se creyó todo.
Un cuaderno para la ira
Para quien quiera probar el método de la canción sin necesidad de componer nada, existe una versión casera: un cuaderno dedicado solo a la rabia. Nada de diario bonito ni de reflexiones ordenadas. Un cuaderno barato, de los de espiral, donde se escribe a mano todo lo que enfada, con las palabras que salgan, sin corregir la ortografía ni suavizar los insultos.
Escribir a mano tiene algo físico que ayuda: la presión del bolígrafo, la letra que se tuerce cuando sube el enfado, las páginas que se llenan rápido. Al terminar, se cierra el cuaderno. No se relee esa noche. Quizá nunca. Lo importante no es lo que queda escrito, sino lo que ha salido del cuerpo para llegar al papel.
Las canciones de Mike son, en cierto sentido, páginas de ese cuaderno que decidió pasar a limpio y publicar, con los nombres cambiados y los personajes inventados. La mayoría de la gente no publicará nunca su cuaderno de la ira, y no hace falta. Basta con que exista.
Todo llega
En medio de los insultos aparece una frase que funciona como bisagra entre la ira y la esperanza:
Pero todo en esta vida llega
Es una frase de abuela, de refranero, de cocina con hule a cuadros. Todo llega. Lo bueno y lo malo. La justicia, si llega, y la calma, que llega casi siempre. En el contexto de la canción tiene un doble sentido: por un lado, una promesa de que el personaje recibirá lo suyo; por otro, una promesa a quien sufre de que el dolor tampoco es eterno.
La rabia sana se parece mucho a esa frase. No necesita ver el castigo del otro para descansar. Le basta con saber que el tiempo pondrá cada cosa en su sitio, y mientras tanto, ocuparse de uno mismo. Recuperarse es, en el fondo, la mejor respuesta al descarte.
El cuerpo enfadado
La rabia no vive solo en la cabeza. Vive en el cuerpo: en la mandíbula, en los hombros, en el estómago, en los puños. Por eso, además de escribirla, conviene moverla. Caminar rápido, bailar, hacer deporte, golpear un cojín, gritar en un sitio donde nadie oiga. En el diario hay un texto sobre caminar y salud mental que explica por qué el movimiento ayuda a regular emociones intensas.
En el planeta, las canciones de rabia suelen tener ritmo para bailarse. No es casualidad. La rabia pide movimiento, y una pista de baile es un lugar perfecto para soltarla sin hacer daño a nadie. Saltar, sudar, gritar el estribillo con los brazos en alto. Al salir de la discoteca, el puño del bolsillo está abierto.
La ira que no se convierte en odio
Hay un riesgo con la rabia, y conviene nombrarlo: que se enquiste y se convierta en odio. El odio es rabia que se ha quedado a vivir. Ocupa espacio, consume energía, mantiene a la persona atada a quien le hizo daño. Paradójicamente, odiar a alguien es seguir en relación con él.

La canción, a pesar de su dureza, no se queda en el odio. Se mueve. Empieza en la tristeza, pasa por la solidaridad, explota en rabia y termina con un grito casi cómico: «¡Pelota!». Ese final rebaja la tensión. Es un insulto de patio de colegio, casi infantil, que suena más a burla que a odio. La ira ha salido, se ha dicho todo, y lo que queda es una carcajada.
Esa evolución es la que muchos profesionales describen en los procesos de recuperación: la rabia como fase necesaria, no como destino final. Se atraviesa. Se sale por el otro lado.
Las personas LGTBI y la rabia heredada
Hay una rabia colectiva en la historia LGTBI, y es una rabia justa. La de quienes fueron perseguidos, encarcelados, insultados, expulsados de sus casas. Esa rabia ha sido, en muchos momentos, el motor de los cambios: las revueltas, las manifestaciones, las leyes conquistadas. En el diario hay un texto sobre salud mental LGTBI que explica cómo el rechazo social acumulado afecta a la salud emocional del colectivo.
La rabia individual de una canción como esta no es política en sentido estricto. Es íntima. Pero comparte algo con aquella rabia colectiva: la negativa a seguir callando. Las personas LGTBI han aprendido, a lo largo de generaciones, que el silencio no protege. Que tragar no sirve. Que hay que decir las cosas, aunque incomoden. Esta canción aplica esa lección a una historia de pareja.
Cuando la rabia se vuelve contra uno
Hay una forma de rabia especialmente peligrosa: la que se dirige hacia dentro. Muchas personas que no pudieron enfadarse con quien les hizo daño acaban enfadadas consigo mismas. Se culpan, se castigan, se desprecian. En las personas que fueron acosadas de niñas o que sufrieron abusos, este giro es frecuente.
Por eso es tan importante que la rabia encuentre su destinatario correcto. La canción lo tiene claro: el responsable es el personaje que descarta, no quien fue descartado. Esa claridad protege. Si la ira sabe a dónde ir, no se vuelve contra quien la siente.
Si notas que tu rabia se ha vuelto contra ti, que te castigas, que te haces daño o piensas en hacértelo, busca ayuda ya. Llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible a todas horas. En una emergencia, 112. El Teléfono de la Esperanza (717 003 717) escucha sin juzgar. Si eres menor o te preocupa uno, la Fundación ANAR está en el 900 20 20 10. Si estás fuera de España, findahelpline.com te muestra la línea gratuita de tu país.
Lo que la rabia protege
Los psicólogos suelen explicar que la rabia tiene una función: proteger. Aparece cuando algo importante para nosotros ha sido atacado. Un límite, un valor, la dignidad. Es la alarma que avisa de que nos han pisado. Sin rabia, no sabríamos cuándo defendernos.
Quien creció en un ambiente donde enfadarse era peligroso suele tener esa alarma desconectada. No salta cuando debería. Aguanta desprecios que a otros les harían levantarse de la mesa. Tolera lo intolerable porque nunca aprendió que tenía derecho a no tolerarlo. En las relaciones con personas manipuladoras, esa alarma desconectada es justo lo que se aprovecha.
Por eso, para alguien que viene de ahí, sentir rabia por fin puede ser una buena noticia. Significa que la alarma vuelve a funcionar. Que algo dentro ha decidido que lo que pasó no estuvo bien. Que la dignidad, aunque magullada, sigue ahí y reclama su sitio. La canción suena furiosa, pero esa furia es, en el fondo, una señal de salud: la de alguien que ya no acepta que lo traten como un rollo de una noche que se usa y se tira.
Rabia con humor de barrio
Una de las cosas que hacen única esta canción es la mezcla de registros. Hay insultos gruesos, hay dolor real, hay solidaridad, y de repente aparece un detalle cómico: la amenaza de ir a contarlo a un programa de televisión de cotilleo inventado, como si eso fuera lo más grave que le pudiera pasar al personaje. Es una salida de tono muy madrileña, muy de patio de vecinos, muy de tertulia de bar.

Ese humor no rebaja la rabia; la hace habitable. Una ira pura, sin ningún respiro, sería difícil de escuchar y probablemente difícil de escribir. El chiste abre una ventana en medio del incendio para que entre aire. Y además recuerda algo que el planeta repite en muchas canciones: que el humor es una forma seria de decir la verdad.
Quien haya estado muy enfadado con alguien reconocerá ese momento en el que, en mitad de la indignación, se le escapa una carcajada por lo absurdo de todo. Ese momento suele ser el principio del final de la rabia. Cuando uno puede reírse de lo que le enfurecía, el enfado empieza a perder poder.
Una mitología con criaturas
En la mitología del planeta, Gayfolk se describe como una geografía con personajes que reaparecen hasta convertirse en gramática. El narcisista es uno de esos personajes recurrentes: aparece en decenas de canciones con nombres distintos, oficios distintos, defectos distintos. Siempre inventados. Siempre reconocibles.
Esta canción añade a esa mitología una figura nueva: la otra víctima. La persona que vino después. En muchas historias reales, la relación con esa otra persona es complicada: celos, rivalidad, desconfianza. La canción elige otro camino, el de la hermandad. Somos dos personas a las que el mismo monstruo hizo daño. No somos enemigas. Estamos en el mismo bando.
Esa decisión convierte la rabia en algo casi luminoso. La ira contra el monstruo se transforma en ternura hacia quien también sufrió. Y esa ternura, al final, pesa más que la rabia.
Lo que se queda después
Cuando la canción termina, ¿qué queda? Queda una persona que ha dicho todo lo que tenía que decir. Que ha llorado, se ha enfadado, ha consolado a otra, ha amenazado con contarlo todo y ha terminado con un insulto de patio. Queda, sobre todo, alguien que ya no lleva el puño cerrado en el bolsillo.
La rabia escrita no desaparece por arte de magia. Volverá, seguramente, en algún momento: un recuerdo, una foto, una canción en la radio. Pero cada vez que vuelva encontrará el camino abierto. Ya sabe por dónde salir. Ya sabe que puede convertirse en palabras, en ritmo, en baile. Ya sabe que no hace falta tragarla.
Ficha
La canción está en Spotify. Sus personajes, igual que el programa de televisión que se menciona, son inventados. Mike Sain't Louis escribe la letra, compone y produce; el sonido, interpretación vocal incluida, sale de una inteligencia artificial. El acoso de su infancia, las dos relaciones fallidas y el diagnóstico de depresión a los 41 son hechos que él ha hecho públicos. Este texto acompaña, no reemplaza una consulta. Más información en prensa.
Preguntas frecuentes
¿Es normal sentir rabia después de una relación con un narcisista?
Sí. La rabia es una reacción esperable ante el engaño y el desprecio. Reconocerla y canalizarla sin hacer daño (escribiendo, hablando, haciendo ejercicio, en terapia) suele ser parte de la recuperación.
¿Qué es el «descarte» en el lenguaje sobre narcisismo?
Se llama así al momento en que la persona manipuladora abandona a su pareja de forma brusca y fría, a menudo con indiferencia total, como si la relación no hubiera importado.
¿De qué trata la canción?
Es una carta con música, entre la rabia y el consuelo, a otra persona descartada por el mismo personaje: le dice que también llora, que no está sola y que todo llega. Pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». La letra es de Mike; el sonido, incluida la interpretación vocal, lo crea una IA.
¿Qué hago si la rabia me desborda?
Busca ayuda profesional en tu centro de salud o en servicios LGTBI como COGAM. Si temes por tu vida o la de otros, llama al 112; si tienes ideas de hacerte daño, al 024. Fuera de España, findahelpline.com.