Cultura pop
Diccionario del lalala: de Massiel y el «Aserejé» a «Lai»
Por Mike Sain't Louis ·

Lara-li. Loora-li. Lai.
Tres golpes de lengua contra el paladar y un nombre al final. Si alguien lo escribiera en la pizarra de una academia de idiomas, el profesor lo borraría pensando que es una errata. Si alguien lo tararea en la cola de la panadería, la señora de delante se gira con cara de no saber si sonreír o cambiarse de cola.
Es el estribillo de «Lai», y es, en apariencia, lo menos importante que se puede escribir en una canción: sílabas sin diccionario.
«Lara-li, loora-li, Lai...»
El diario ya contó lo esencial de este tema, que es lo único que nadie más puede contar: que lleva el nombre de la sobrina de Mike, y que todo ese tarareo va a parar siempre a ella. Esta crónica no va a entrar en la familia, que es cosa de la familia. Va a hacer otra cosa, mucho más de planeta. Va a abrir un diccionario que no existe: el de las sílabas sin significado de la música popular. El del lalala.
Porque resulta que España tiene una relación muy seria con el lalala. Tan seria que ganó su primer Eurovisión con él.
Entrada primera: «la, la, la»
Abril de 1968. Royal Albert Hall de Londres. Una chica madrileña de veintiún años con un vestido corto y una canción titulada, literalmente, «La, la, la». La compusieron Manuel de la Calva y Ramón Arcusa, del Dúo Dinámico, y su estribillo es eso: la, la, la, una detrás de otra, con una alegría de verbena que no se podía parar.
La chica era Massiel. Y ganó. España ganaba Eurovisión por primera vez con tres sílabas que no significan nada.
La historia tiene su trastienda, como todas las buenas historias de Eurovisión. El elegido en un principio para defender la canción era Joan Manuel Serrat, que quería interpretarla en catalán. Aquello no gustó en las alturas de la España de entonces, y a última hora el encargo pasó a Massiel, que se aprendió el tema en pocos días y se plantó en Londres. Desde entonces, cada vez que alguien en este país dice «lalala», hay una parte del cerebro colectivo que ve un vestido corto y un escenario británico.
El planeta, que tiene una debilidad conocida por Eurovisión, apunta en su diccionario la primera acepción.
Lalala (del español eurovisivo, 1968). 1. Sílabas sin significado capaces de ganar un festival europeo. 2. Recurso de emergencia cuando el idioma en que se quería decir algo no estaba permitido.
Esa segunda acepción no es broma. Hay veces en que el lalala aparece porque no se puede decir otra cosa.
Entrada segunda: el «Aserejé»
Saltamos a 2002. Tres hermanas de Córdoba, hijas del guitarrista flamenco Juan Muñoz, El Tomate, publican una canción con un estribillo que nadie entiende: «Aserejé, ja, deje, dejebe tu dejebere». Se llamaban Las Ketchup. Y aquello se convirtió en un fenómeno mundial, con su baile de manos que hacían por igual las tías en las bodas y los camareros en los chiringuitos.
El truco del «Aserejé» es precioso, y el planeta lo cuenta con cariño. La canción habla de un tal Diego, un chico que llega a la discoteca y se pone a corear el comienzo de «Rapper's Delight», el clásico del hip hop de The Sugarhill Gang de 1979. El problema es que Diego no sabe inglés. Así que lo corea tal como le suena. Lo que en el original es una presentación rapeada, en boca de Diego se convierte en «aserejé, ja, deje».
Eso es, exactamente, lo que hemos hecho en España con la música en inglés durante décadas. Corearla de oído, sin entender nada, poniendo las sílabas que nos sonaban. Cualquiera que fuera adolescente en los ochenta y los noventa tiene en la cabeza estribillos enteros de Madonna o de los Pet Shop Boys en un inglés inventado que no aguanta un examen.
Aserejé (del español de discoteca, 2002). 1. Lalala con forma de inglés. 2. Lengua propia de quien ama una canción que no entiende.
Y aquí el planeta se ríe de sí mismo. Las palabras sueltas en inglés que aparecen en «Lai», esos «serene», «veil», «dream», «shine», tienen algo de Diego en la discoteca. No porque estén mal, que están bien. Sino porque el inglés, en este catálogo, es casi siempre un idioma de sonido antes que de significado. Se elige por cómo suena en la boca. Como hacía Diego.
Entrada tercera: el scat
El diccionario tiene que ir más atrás, a Chicago, en los años veinte. Ahí aparece una palabra que los aficionados al jazz pronuncian con respeto: scat.

La leyenda, que los historiadores del jazz repiten con una ceja levantada, dice que en 1926, durante la grabación de «Heebie Jeebies», a Louis Armstrong se le cayó la hoja con la letra en mitad de la toma. Y que, en lugar de parar, siguió improvisando sílabas sin sentido con la misma gracia que si las tuviera escritas. Sea verdad o no, aquella grabación hizo famoso el scat, ese arte de poner la voz a hacer de trompeta con sílabas como «ba-dee-ba-doo».
Lo que importa de la leyenda no es si es cierta. Es lo que dice. Que el lalala aparece cuando se cae la letra. Cuando no hay papel. Cuando lo que se quería decir ya no está a mano y hay que seguir de todas formas.
Scat (del inglés del jazz). 1. Sílabas improvisadas que imitan a un instrumento. 2. Lo que se hace cuando se pierde el papel y el disco tiene que seguir.
En «Lai» no se ha caído ningún papel. Pero hay algo parecido. La letra apenas tiene palabras con significado. Las que hay son pequeñas, en inglés, casi susurradas:
«Serene, serene... / Veil, veil...»
Y luego el lalala lo ocupa todo. Como si el papel se hubiera ido cayendo verso a verso y lo único que quedara al final fuera un nombre.
Entrada cuarta: el «tiriti tran»
El diccionario no puede ser solo de importación. España tiene su propio lalala, y no está en Eurovisión sino en Cádiz.
Quien haya oído unas alegrías flamencas reconocerá ese «tiriti tran, tran, tran» con el que tantas veces se arranca el palo. No significa nada. Es un ritmo hecho sílaba, una manera de entrar en la música antes de que llegue la letra. Hay quien dice que imita una guitarra, hay quien dice que es solo un calentamiento de la garganta. Da igual. Funciona.
El planeta tiene mucho cariño a las alegrías, por razones obvias: es difícil encontrar un palo con un nombre más adecuado para este diario. Y le gusta pensar que el «lara-li, loora-li» de la sobrina tiene algo de primo lejano del «tiriti tran», aunque uno venga de Cádiz y el otro de un sitio donde se habla en inglés con acento de nana.
Tiriti tran (del flamenco). 1. Sílabas rítmicas sin significado para arrancar unas alegrías. 2. Prueba de que el lalala también puede tener duende.
Entrada quinta: la lengua inventada
Hay grupos que se han tomado el lalala tan en serio que han acabado inventando idiomas. Los escoceses Cocteau Twins, en los ochenta, tenían a Elizabeth Fraser haciendo con la voz unas palabras que nadie conseguía identificar en ningún diccionario, y aun así medio mundo se emocionaba sin entender una sola. Años después, los islandeses Sigur Rós bautizaron su propio idioma sin significado, al que en inglés se le llama «Hopelandic», la lengua de la esperanza.

Lo que estos grupos demostraron es una cosa que el planeta sabe bien. Que se puede emocionar a alguien sin decirle nada concreto. Que una sílaba bien colocada hace a veces más que un párrafo.
Lengua inventada (del pop de los márgenes). 1. Idioma que solo existe en una canción. 2. Refugio para quien no quiere que lo entiendan a la primera.
Y aquí hay una conexión con el colectivo que no se puede dejar pasar. Durante mucho tiempo, los maricas también tuvimos nuestra lengua inventada. Palabras en clave, expresiones que solo entendían los del barrio, códigos para reconocernos sin que se enterara nadie más. El lalala, en cierto modo, es la forma musical de esa clave: un sonido que dice algo solo a quien sabe escucharlo.
En «Lai», el que sabe escucharlo es una sola persona. Y el resto escuchamos de prestado.
Entrada sexta: «la la la» de Kylie
Ninguna crónica del planeta sobre el lalala puede saltarse a Kylie Minogue. En 2001 publicó «Can't Get You Out of My Head», con un estribillo que empieza con un «la la la» tan pegajoso que es probable que a alguien se le esté metiendo en la cabeza solo por leer esta línea. Perdón.
Kylie es, para el colectivo, una de esas figuras que no necesitan presentación. Ha sido icono de pistas de baile durante décadas, y ese «la la la» se ha bailado en todas las discotecas de Chueca, de Benidorm y de cualquier ciudad con una barra y una bola de espejos.
La la la, de Kylie (del pop de discoteca, 2001). 1. Lalala con plataforma. 2. Prueba de que tres sílabas pueden ser lo más sexy de una canción.
Lo curioso es que el «la la la» de Kylie habla de no poder quitarse a alguien de la cabeza. Y el de «Lai», a su manera, también. Solo que el de Kylie es obsesión de pista y el de Lai es cariño de casa.
Mismas sílabas. Otra temperatura.
Y una confesión que el planeta hace sin ningún pudor: esta crónica ha tenido que parar dos veces mientras se escribía porque el «la la la» de Kylie se había instalado en la cabeza y no había forma de sacarlo. Ni con café, ni con la radio, ni poniendo de fondo un debate del Congreso. El lalala, cuando está bien hecho, es una ocupación ilegal del cerebro. Y no hay desahucio que valga.
Entrada séptima bis: «ea»
Antes del nombre, una entrada que cualquier abuela española echaría de menos si no estuviera. «Ea, ea, ea». Las dos vocales con las que se ha dormido a generaciones enteras de niños en este país, acompañadas de un balanceo de brazos y de una paciencia infinita.
«Ea» no significa nada. O significa muchísimo, según cómo se diga. Puede ser un consuelo, una orden suave, una manera de decir «ya está, ya pasó». Puede ser también, en boca de una tía de Jaén, el remate de una discusión: «Y ea». Fin. No hay más que hablar.
Ea (del español de cuna). 1. Dos vocales para dormir a un niño. 2. Punto final de cualquier discusión familiar en la que la tía tiene razón.
El planeta la mete en su diccionario porque «Lai», con todo su inglés y su lara-li, está mucho más cerca de un «ea, ea» que de un estribillo de discoteca. Es una pieza para bajar el volumen. Para mecer. Para alguien pequeño o para el niño pequeño que cualquier adulto lleva dentro a las once de la noche de un martes.
Entrada séptima ter: la vocal estirada
Y una última antes del nombre, que es de la casa. El planeta tiene su propio lalala, y no está hecho de sílabas sino de vocales que se estiran hasta romperse.

Quien conozca el catálogo de Mike Sain't Louis lo habrá notado. En «Almodóvar», el «yo» y el «quiero» del estribillo se alargan tanto que en la letra escrita ocupan media línea. En otras canciones, la vuelta a los infiernos o el corazón congelado de un narcisista se escriben con una ristra de oes y de es que parece un error del teclado. Es la marca de la casa: el drama dicho con tanta intensidad que la palabra se queda sin consonantes.
Vocal estirada (del planeta). 1. Lalala del despecho. 2. Momento en que una palabra deja de significar y empieza a quejarse.
Lo curioso es que «Lai» no estira ninguna vocal. Es la única de la familia que no tiene drama que alargar. Sus sílabas son cortas, redondas, de ida y vuelta. Lara-li, loora-li. Como un columpio.
Si las vocales estiradas son el lalala de la rabia, el de «Lai» es el lalala de la calma. Y en un catálogo tan dado al grito, eso también es una noticia.
Entrada octava: «Lai»
Y llegamos a la última entrada, la que justifica todo este diccionario.
Lai (del planeta, «El día de la liberación»). 1. Nombre de una sobrina. 2. Sílaba final de un estribillo que empieza sin significado y termina en una persona.
Ese es el truco de la canción, y es un truco de los buenos. El «lara-li, loora-li» es puro lalala, sílabas sin diccionario, como las de Massiel, como las de Diego en la discoteca, como el tiriti tran. Pero el estribillo no se queda ahí. La tercera sílaba es un nombre. El sinsentido desemboca en alguien.
Es como si todo el diccionario anterior, de Londres a Cádiz y de Chicago a Islandia, hubiera estado preparando esa última palabra. El lalala sirve para no decir nada. Aquí sirve para llegar a decir una sola cosa.
«Glimmer, glimmer, fade...»
Las palabras en inglés que aparecen entre estribillo y estribillo van todas en la misma dirección, como ya se contó en el diario: calma, velo, brillo suave, niebla, silencio. Son palabras que se apagan. Brillan y se desvanecen. Y luego vuelve el nombre.
Lo que no puede poner nadie más
Aquí la crónica se pone seria un momento, porque «Lai» toca un asunto que en este planeta se discute mucho: la autoría.

Mike Sain't Louis es letrista, compositor y productor musical madrileño. Sus letras son suyas, escritas sin IA, y la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno. Él no pone la voz en ningún tema. Lo explica con detalle en la sección de prensa, y el diario ya ha contado cómo usa la IA como herramienta creativa.
Mucha gente piensa que en una canción hecha con IA la persona solo aprieta un botón. «Lai» es probablemente la mejor respuesta del catálogo a esa idea. Porque es una canción con poquísimas palabras, y precisamente por eso se ve con total claridad cuál es la parte que no puede poner ninguna máquina: a quién va dirigida.
Una herramienta puede generar sílabas. Puede generar un «lara-li» y un «loora-li» y mil variantes más. Lo que no puede hacer es saber que al final tiene que ir un nombre, y cuál. Eso solo lo sabe quien tiene una sobrina.
Y hay más. Fíjate en las dos sílabas que preceden al nombre. No son «la-la» y «la-la», que habría sido lo fácil. Son «lara-li» y «loora-li». Una con a, otra con o doble. Una que se abre y otra que se redondea, como quien cambia de postura en la cama. Esa diferencia tan pequeña es una decisión. Alguien eligió que la segunda vuelta del columpio sonara más grave que la primera, para que el nombre, al llegar, cayera en el sitio justo.
Eso es escribir. Aunque no haya sujeto, verbo ni predicado. Aunque la frase no aguante un análisis sintáctico en un instituto de Getafe. Escribir es también decidir qué sonido va antes y cuál después, cuántas veces se repite y cuándo se calla. Los letristas de copla lo sabían, los del Dúo Dinámico lo sabían cuando metieron tres «la» en un estribillo de Eurovisión, y lo sabe cualquiera que haya intentado dormir a un bebé y haya comprobado que no vale cualquier «ea»: vale el que funciona.
El planeta, que se pasa el día defendiendo sus letras de quienes dicen que «eso lo hace una máquina», encuentra en esta canción un argumento sin palabras. Que es, curiosamente, el más difícil de rebatir.
El lalala es de todos. El nombre es de uno.
Instrucciones de uso del diccionario
Como todo diccionario que se precie, este tiene un apéndice práctico. Aquí van cinco usos del lalala en la vida cotidiana de cualquier habitante del planeta, para que nadie diga que esta crónica no sirve para nada.
Uno: tararear un lalala cuando no te acuerdas de la letra de la canción que suena en el Mercadona y no quieres que la cajera se dé cuenta.
Dos: soltar un «lalalá» con retintín cuando alguien en la cena de Navidad dice algo que no merece una respuesta con palabras. Funciona mejor si se acompaña de una mirada al techo.
Tres: hacer un «tiriti tran» en la ducha a las ocho de la mañana para convencerte de que hoy va a ser un buen día, aunque sea lunes y tengas reunión con tu jefe.
Cuatro: corear un «aserejé» en una boda en la que no conoces a nadie, para tener algo que hacer con las manos.
Cinco: inventarte un lalala con el nombre de alguien a quien quieres y tararearlo cuando estés lejos. Este es el uso que propone «Lai». Es el único de la lista que no tiene chiste.
Cierre de la edición
Quien quiera escuchar la canción tiene el videoclip oficial de «Lai», y también puede ponerla en Spotify. El disco donde vive, con el resto de sus temas, está en la página de «El día de la liberación», y las letras de todo el catálogo, incluidas las que tienen muchas más palabras que esta, están en la sección de letras. Para quien quiera seguir el hilo de la familia que uno elige y la que le toca, el diario tiene una entrada sobre la familia elegida.
El planeta cierra su diccionario con una observación de lexicógrafa.
En 1968, España ganó Eurovisión con tres sílabas que no significaban nada, y lo celebró como si hubiera conquistado Europa. En 2002, medio mundo bailó un estribillo que era inglés mal oído. Durante un siglo, el lalala ha servido para festivales, para discotecas, para el jazz, para el flamenco y para grupos que inventaban idiomas.
Y un día, en un planeta pequeño y rosa, alguien cogió ese mismo recurso, el más gastado de la música popular, y lo usó para lo único para lo que no se había usado tanto. Para decir un nombre con cuidado.
Lara-li. Loora-li.
Lai.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Lai»?
Es una pieza tranquila casi sin letra: unas pocas palabras sueltas en inglés, como «Serene» o «Glimmer, glimmer, fade», y un estribillo que repite «Lara-li, loora-li, Lai». Lai es el nombre de la sobrina de Mike Sain't Louis.
¿En qué disco está «Lai»?
En «El día de la liberación», uno de los tres álbumes de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿Quién escribió la letra?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.
¿Qué canción ganó Eurovisión para España por primera vez?
«La, la, la», interpretada por Massiel en 1968 en el Royal Albert Hall de Londres. La compusieron Manuel de la Calva y Ramón Arcusa, del Dúo Dinámico.
¿Qué significa «Aserejé»?
Nada en concreto. El estribillo de Las Ketchup, de 2002, imita de oído el comienzo de «Rapper's Delight», de The Sugarhill Gang, tal como lo entendería alguien que no habla inglés.