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Cultura pop

Locomía y quién es dueño de un nombre: el armario comercial, los contratos y los derechos de los artistas, leído con «Discutiendo con la IA» y otras letras del Planeta Gayfolk

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Portada de «Discutiendo con la IA», canción de Mike Sain't Louis

En un número de la revista Tiempo de agosto de 1989 se leía un titular que hoy suena a otra época: un grupo de jóvenes que «traduce en moda su libertad sexual». Eran los chicos de los abanicos. Venían de Ibiza, de la puerta de KU, con hombreras, zapatos de punta y una forma de moverse que no pedía permiso a nadie. Ese otoño llegaban al número uno de Los 40, y al año siguiente llenaban teatros en Buenos Aires.

Lo que vino luego es menos conocido y bastante más incómodo. Según contaron ellos mismos décadas más tarde, la libertad del titular se acabó en cuanto empezó el negocio. Y el nombre que habían inventado en una isla acabó, por contrato, en manos de otros.

Este texto no repite la historia del grupo, que el diario ya ha recorrido a cuenta de otra canción. Mira dos cosas que siguen pasando hoy: el armario que se impone por motivos comerciales y la pregunta de quién es dueño de un nombre artístico. Lo hace con el catálogo de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño que hace su música con herramientas de inteligencia artificial, cuyos personajes son inventados. Las citas se copian del archivo de letras de la web tal como están publicadas.

«Mientras escucho a Locomía»

En el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK, «El día de la liberación», hay una canción que discute con quien desprecia la música hecha con máquinas. Se llama «Discutiendo con la IA» y arranca con una renuncia:

Sin abanicos y sin más lavatomías

El estribillo da vueltas alrededor de una discusión que no termina, y en mitad aparece un nombre propio que funciona como banda sonora:

mientras escucho a Locomía

El diario ya explicó lo que hay detrás del botón, es decir, el trabajo real de pedir, escuchar y descartar. Aquí interesa otra cosa: por qué ese nombre, en una canción sobre quién tiene derecho a llamarse artista, trae consigo una historia muy concreta sobre quién decide cómo se presenta un artista y a quién pertenece lo que crea.

La canción no lo dice. No hace falta. Basta con colocar a Locomía de fondo para que se cuele toda una época en la que la industria tenía la última palabra sobre casi todo.

«La ambigüedad es comercial»

En julio de 2018, El Confidencial publicó un reportaje de Alfredo Pascual con un titular que se ha citado mucho desde entonces: «Nos prohibieron ser gais». En él, Xavier Font, fundador del grupo, contaba que su mánager de entonces repetía una frase como un mantra: «La ambigüedad es comercial; lo definido, sea lo que fuere, limita y reduce el público».

Font lo explicaba con un ejemplo cotidiano. Antes, cuando un periodista le preguntaba si tenía novia, él contestaba que sí, que tenía un novio guapísimo. Después, según su relato, tuvieron que dejar de expresarse con libertad, esconderse y ser ambiguos todo el tiempo. En ese mismo texto añadía que había perdido su derecho a comportarse como lo que era, una persona gay, y que ya no podía llevar sus trajes por la calle.

Lurdes Iribar, la diseñadora que acompañó al grupo y a la que muchos fans consideran la quinta integrante, ponía el contrapunto con humor: le parecía absurdo esconderlo, porque cuando iban por la calle con los abanicos era evidente que eran gais. Y contaba que en las giras por Argentina las fans la insultaban porque creían que era la novia de alguno.

Conviene leer esas frases como lo que son: testimonios de parte, contados treinta años después. El mánager tiene su propia versión de la historia, y la ficha de Wikipedia del grupo recoge sobre todo la parte contractual. Pero la frase de la ambigüedad comercial merece pararse, porque resume una lógica que no ha desaparecido.

El armario que no eliges

Salir del armario es una decisión personal. Nadie está obligado a contar con quién se acuesta, ni en una entrevista ni en la oficina. El problema aparece cuando esa decisión la toma otra persona por ti, y la toma por dinero.

Fotogramas del videoclip oficial de «Discutiendo con la IA», de Mike Sain't Louis

Eso es lo que describe Font: no un silencio elegido, sino un silencio impuesto como parte del producto. La diferencia importa. Una cosa es que alguien prefiera no hablar de su vida privada. Otra muy distinta es que se le pida fingir una vida que no tiene para que el público objetivo no se incomode.

El diario tiene una nota entera sobre salir del armario y salud mental, y la idea central se puede trasladar aquí: vivir escondiendo una parte de uno mismo cansa. No por la falta de etiqueta, sino por la vigilancia constante. Qué dices, cómo te mueves, a quién miras, qué ropa te pones. Font lo resume en la imagen de los trajes que ya no podía llevar por la calle.

En los ochenta y noventa, el armario comercial era casi una norma en el pop. Hoy hay más artistas que hablan con libertad, pero la presión no ha desaparecido del todo: se ha vuelto más discreta. Ya no suele llegar como una orden. Llega como un consejo sobre «el mercado», «el público familiar» o «los países donde no conviene».

Lo que dicen los demás

No todo el mundo compra el relato del grupo. En 2024, un blog de crítica musical publicó una pieza titulada «El revisionismo con Locomía» que discutía precisamente la palabra «prohibir». Su argumento: nadie les prohibió nada por ley; fue una imposición de un mánager que ellos aceptaron para triunfar, como tantas otras que se tragan en cualquier trabajo para pagar el alquiler.

Es una objeción que merece respuesta, porque toca algo real. Es cierto que no había una ley que lo impidiera; la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social ya se había reformado a finales de 1978 para dejar de castigar la homosexualidad. Pero que algo no sea ilegal no significa que sea libre. Cuando la condición para trabajar es fingir, la elección existe solo sobre el papel.

Eso lo sabe cualquier persona LGTBI que haya tenido que decidir si cuenta o no en una entrevista de trabajo con quién vive. Nadie le prohíbe decirlo. Pero calcula. Y ese cálculo, cuando es constante, también pesa.

Lo honesto es dejar las dos lecturas a la vista. Una dice que fue un peaje aceptado. La otra, que un peaje así no se debería cobrar. Las dos pueden ser verdad al mismo tiempo.

«No me cambio ni me escondo»

En el segundo álbum de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», hay una canción que parece contestar a esa frase de la ambigüedad treinta y cinco años después. «Soy marica sideral» tiene un verso que es casi un contrato al revés:

No me cambio ni me escondo,

Y un poco más adelante pone el problema donde corresponde:

Y si no sabes mirarme, no es mi pluma el problema.

La narradora de la canción, que es un personaje, no negocia su forma de estar en el mundo. No pide que la acepten. Avisa de que no va a recortarse para caber en el gusto de nadie. El diario la leyó como una manera de brillar sin gritar, y la expresión encaja: no hace falta levantar el tono para no esconderse.

Si se pone esa letra al lado de la frase del mánager, el contraste es casi didáctico. Uno dice que lo definido limita al público. La otra contesta que si el público no sabe mirar, el problema no es la pluma.

El abanico como bandera

El abanico de Locomía era un accesorio de escena, pero también algo más. En una España que acababa de salir de una dictadura que había perseguido a los homosexuales, unos chicos paseando con abanicos gigantes por Ibiza eran una declaración. No hacía falta que dijeran nada en una entrevista: la ropa hablaba por ellos.

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «mientras escucho a Locomía» de «Discutiendo con la IA»

Por eso tiene tanto sentido que, cuando se les pidió ambigüedad, lo primero que se tocara fuera la imagen. En su segundo disco, «Loco Vox», de 1991, dejaron en segundo plano los zapatos puntiagudos, las hombreras y hasta los abanicos, y pasaron a chaleco y corbata. La ficha del grupo lo presenta como una madurez. Con lo que Font contó después, también se puede leer como otra cosa.

El planeta de Mike recoge ese objeto en otra canción del segundo álbum. «Marica chill» sale a la calle así:

Con un abanico y mi short transparente

Y remata con una frase que podría ser un eslogan de marca, pero propio:

Que me llamen loca, that’s my brand

Ahí está la diferencia entre una marca impuesta y una marca elegida. El diario lo contó en una nota sobre el derecho a ser ridículo: la narradora decide ella misma cuál es su imagen, y si a alguien le parece demasiado, que mire hacia otro lado.

Quién es dueño de un nombre

La segunda parte de la historia de Locomía es legal y bastante seca, pero explica mucho. Según la ficha del grupo en Wikipedia, cuando el proyecto pasó de tribu urbana a grupo musical se firmó un contrato con la productora FTI Music por el que esta adquiría la representación y la explotación de la marca comercial hasta 1994. Font lo resumió en una entrevista a La Nación en 2022: les ofrecieron un contrato por un año que luego se extendió cinco años más.

En 1992, siempre según esa ficha, el grupo intentó separarse de la compañía y establecerse por su cuenta. La productora les demandó por incumplimiento y les impidió actuar como grupo. En abril de 1993, los integrantes firmaron ante notario un reconocimiento de incumplimiento, una compensación y la renuncia a usar el nombre en el futuro. A cambio, la demanda se retiró.

La compañía, que tenía la marca, lanzó después un tercer disco, «Party Time», con una formación nueva. Es decir: el nombre que habían inventado unos chicos en Ibiza siguió funcionando sin ellos. La misma ficha cuenta que, años después, la marca está registrada a nombre de otra empresa y en vigor hasta 2032.

Font lo vivió de otra manera. En la entrevista de La Nación, el titular recogía su frase: «Me querían robar el grupo». La ficha de Wikipedia, en cambio, insiste en que nunca hubo demanda de Font sobre la propiedad de la marca. Las dos versiones conviven, y aquí no toca decidir quién tiene razón. Toca entender cómo pudo pasar.

Una marca dura diez años y se renueva

En España, los nombres comerciales y artísticos se pueden registrar como marca en la Oficina Española de Patentes y Marcas. La Ley 17/2001, de Marcas, establece que el registro se concede por diez años y se puede renovar indefinidamente por periodos iguales. Quien figura como titular es quien puede impedir que otros lo usen.

Eso significa algo muy sencillo y muy poco romántico: el nombre de un grupo no pertenece automáticamente a quien lo inventó, ni a quien sale en el escenario. Pertenece a quien lo registra o a quien se le ceda por contrato. Y si la marca está a nombre de una empresa, la empresa puede montar una formación nueva con ese nombre.

Ocurre en la música, pero también en la noche. Drag queens, colectivos de fiesta, sesiones de club, nombres de fanzines. Muchas iniciativas LGTBI nacen entre amigos, sin papeles, y cuando crecen alguien se da cuenta de que el nombre no es de nadie. O peor: de que es de quien llegó a registrarlo primero.

Contratos que se firman con veinte años

Los chicos de Locomía eran muy jóvenes cuando dieron el salto. Francesc Picas, que entró en 1990, celebró sus veintidós años en el escenario de Viña del Mar en 1992, con todo el público de la Quinta Vergara felicitándole a la vez. A esa edad, un contrato con una gran compañía se parece más a un billete de lotería que a un documento que haya que leer con lupa.

Collage con un detalle de la carátula de «Discutiendo con la IA» y las carátulas de «Soy marica sideral», «En grupo mienten explotan siempre», «Marica chill»

Es una situación que se repite mucho. Hay artistas que firman su primer contrato sin abogado, deslumbrados por la posibilidad de salir en la tele. Hay cláusulas de exclusividad que atan durante años, prórrogas automáticas, derechos de imagen cedidos sin límite y obligaciones de gira que no se pueden cumplir sin romperse. Nada de eso es ilegal en sí mismo. El problema es firmarlo sin saberlo.

En el caso de un artista LGTBI se añade una capa. Si quien te contrata considera que tu orientación es un riesgo comercial, la presión para esconderla puede no estar escrita en ninguna cláusula, pero puede estar en cada reunión.

«¿Señor inspector es eso legal?»

En el primer álbum de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», hay una canción que convierte una consulta laboral en estribillo. «En grupo mienten explotan siempre» empieza con un trabajador que llama a la inspección porque le obligan a formarse en su tiempo libre sin pagárselo, y lanza la pregunta que da título a este apartado:

¿Señor inspector es eso legal?

La empresa de la canción es inventada, igual que sus personajes, pero la escena la reconoce cualquiera que haya trabajado en precario. El estribillo lo dice sin rodeos:

Que en grupo mienten se quedan con tu dinerito

El diario la leyó como una consulta convertida en cántico obrero. Puesta junto a la historia de Locomía, tiene algo de recordatorio: el mundo del espectáculo también es un mundo laboral. Que el trabajo sea bailar con abanicos en una discoteca no lo convierte en un juego. Hay horarios, dinero, contratos y abusos posibles.

Y el narrador termina como terminan las buenas consultas, animando a los demás a hacer lo mismo, porque sabe que eso es lo que más molesta:

Que eso les da miedo y les disgusta

Cinco preguntas antes de firmar

Nada de esto es asesoramiento legal, y cada caso necesita a alguien que lo mire de verdad. Pero hay preguntas básicas que cualquier artista, colectivo o persona que empieza un proyecto con nombre propio puede hacerse antes de firmar:

  1. ¿A nombre de quién está o estará registrada la marca? Si la respuesta es «de la compañía», conviene saber qué pasa con ella si la relación termina.
  2. ¿Cuánto dura el contrato y cómo se prorroga? Las prórrogas automáticas pueden convertir un año en seis.
  3. ¿Qué derechos de imagen se ceden, para qué usos y durante cuánto tiempo?
  4. ¿Qué pasa si una de las partes quiere salir? Las penalizaciones por incumplimiento pueden ser más caras que el propio éxito.
  5. ¿Hay alguna condición, escrita o no, sobre cómo debes presentarte en público? Si alguien te sugiere esconder tu orientación o tu identidad, eso también es información sobre con quién vas a trabajar.

Para dudas sobre derechos, existen asesorías jurídicas de organizaciones LGTBI y servicios de orientación de los colegios de abogados. FELGTBI+ atiende en el 913 604 605 y puede orientar sobre a quién acudir.

Lo que se paga después

La historia de Locomía tiene también una parte dolorosa que conviene contar con cuidado. Luis Font, hermano de Xavier y uno de los fundadores, explicó en una entrevista recogida por Clarín en 2024 que salir del grupo le había llevado a un pozo, con una depresión y una adicción muy fuertes. Varios medios contaron en 2024 que vivía en la calle tras una operación.

No hay que convertir eso en espectáculo. Pero sí hay que decir algo que se repite en muchas biografías del pop: cuando se pierde de golpe la fama, el grupo y el nombre, lo que queda es una persona sin red. Y si esa persona además ha tenido que esconder durante años quién era, la caída puede ser todavía más dura.

Francesc Picas, el chico del cumpleaños de Viña del Mar, tomó otro camino. Dejó su carrera en solitario, volvió a Barcelona, se licenció en Psicología y publicó varios libros de poesía en catalán y castellano. Murió en noviembre de 2023, a los 53 años. Su trayectoria es un recordatorio de que hay vida después del escenario, aunque no salga en las revistas.

Sin discográfica

Hay una presentación en la página de «Tus letras son basura» en la que Mike explica cómo trabaja. Es texto del vídeo, no letra de canción:

Ficha de la canción «Discutiendo con la IA» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

No las firma una discográfica, no las corrige un productor, y desde luego no las escribe una máquina.

Leída después de la historia de Locomía, esa frase cobra otro peso. El planeta GAYFOLK no tiene un mánager que decida qué es comercial ni una productora que posea su nombre. Las canciones salen con su pluma, sus personajes y su humor, sin que nadie le pida rebajar nada para no asustar a un público imaginario. El diario dedicó una nota a lo que supone construir una obra masiva fuera de la industria.

Eso tiene un coste, claro: no hay campaña de promoción ni gira pagada. Pero tiene una ventaja que a Font, según su propio relato, le faltó: nadie puede quitarle el nombre ni pedirle que se esconda.

Y vuelve a cerrar el círculo de «Discutiendo con la IA». Una canción sobre quién tiene derecho a firmar su obra, con Locomía de fondo. Un grupo al que le dijeron cómo tenía que presentarse, sonando en los cascos de alguien que ha decidido presentarse como quiere.

La libertad del titular

Aquel titular de 1989 hablaba de unos jóvenes que traducían en moda su libertad sexual. Lo que vino después demostró que la libertad, en la industria, podía tener fecha de caducidad y cláusula de rescisión.

Hoy las cosas han cambiado bastante. Hay artistas que hablan de sus parejas con naturalidad, contratos que se revisan con abogados y leyes como la Ley 4/2023 que protegen frente a la discriminación por orientación sexual también en el trabajo. Pero la frase de la ambigüedad comercial sigue apareciendo, con otras palabras, en reuniones de marketing de todo el mundo.

Por eso merece la pena contar estas historias con calma. No para juzgar a nadie treinta años después, sino para que quien empieza ahora sepa qué preguntar.

Si estás pasándolo mal

Esconder quién eres durante mucho tiempo, perder un proyecto al que diste tu vida o sentir que te han quitado algo tuyo puede doler mucho. Si estás en ese punto, no tienes que cargarlo en soledad. En España, el 024 es la línea de atención a la conducta suicida del Ministerio de Sanidad: gratuita, confidencial y disponible las 24 horas, también para quien está preocupado por otra persona. Si hay un peligro inmediato, llama al 112. El Teléfono de la Esperanza atiende en el 717 003 717, y FELGTBI+ en el 913 604 605. Fuera de España, llama al número de emergencias local o busca la línea de crisis de tu país.

Ficha

«Discutiendo con la IA» pertenece a «El día de la liberación», tercer álbum de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis, y se puede escuchar en Spotify. Se citan también «Soy marica sideral» y «Marica chill», del segundo álbum, y «En grupo mienten explotan siempre», del primero, además de la presentación de «Tus letras son basura». Los testimonios de Xavier Font y Lurdes Iribar proceden del reportaje de El Confidencial de 22 de julio de 2018; la entrevista a Font, de La Nación de 28 de junio de 2022; los datos contractuales, de la ficha de Loco Mía en Wikipedia, que recoge la versión de la productora; y el régimen de marcas, de la Ley 17/2001. Para prensa y contacto, la página de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Es verdad que a Locomía le prohibieron decir que eran gais?

Es lo que contó Xavier Font, fundador del grupo, en un reportaje de El Confidencial de julio de 2018: que su mánager les repetía que «la ambigüedad es comercial» y que tuvieron que esconder su orientación. Es su testimonio y el de Lurdes Iribar, que lo acompaña en ese artículo. Hay críticos que discuten la palabra «prohibir» y recuerdan que fue una imposición laboral aceptada para triunfar.

¿Quién es el dueño del nombre Locomía?

Según la ficha de Wikipedia, la productora FTI Music tuvo por contrato la explotación de la marca hasta 1994, y en 1993 los integrantes firmaron ante notario que no usarían el nombre. La misma ficha dice que hoy la marca está registrada a nombre de otra empresa, con vigencia hasta 2032. Las versiones de las partes no coinciden en todo.

¿Puede un grupo perder su propio nombre?

Sí. En España un nombre artístico puede registrarse como marca en la Oficina Española de Patentes y Marcas, y quien figura como titular controla su uso. Por eso conviene saber, antes de firmar, a nombre de quién se registra la marca del grupo y qué pasa con ella si la relación se rompe.

¿De qué trata «Discutiendo con la IA»?

Es una canción del tercer álbum de la trilogía GAYFOLK, «El día de la liberación», en la que el narrador responde a quien desprecia la música hecha con inteligencia artificial mientras escucha a Locomía de fondo. Mike Sain't Louis escribe las letras y produce la música; las voces se generan con IA.

¿Dónde pido ayuda si estoy mal?

En España, el 024 atiende la conducta suicida las 24 horas, gratis y de forma confidencial, y el 112 es para emergencias. El Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717 y FELGTBI+ en el 913 604 605. Fuera de España, llama al número de emergencias local.

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