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La A-31 con purpurina en el salpicadero: «Madrid to Benidorm» leída kilómetro a kilómetro

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Portada de «Madrid to Benidorm», canción de Mike Sain't Louis

Kilómetro cero. Puerta del Sol, la placa en el suelo, un turista haciéndose una foto con el pie encima como si fuera una alfombra roja. De ahí salen todas las carreteras radiales de España, y de ahí, si uno se deja llevar por la letra, sale también esta canción. El destino está en el título, sin misterio y sin metáfora: «Madrid to Benidorm». Cuatrocientos y pico kilómetros de autovía, una botella de agua caliente rodando bajo el asiento del copiloto y, al fondo, el skyline más absurdo del Mediterráneo esperando con los brazos abiertos.

La crónica del planeta ha decidido leerla así: como una hoja de ruta. No porque la canción hable de peajes, que no habla, sino porque su estribillo tiene forma de cartel de autovía. Una ciudad de salida, una ciudad de llegada y, en medio, todo lo que pasa cuando un montón de gente decide ir de un sitio a otro sin pedir permiso.

Abróchate el cinturón.

Salida por la A-3, con el depósito lleno de purpurina

Lo primero que llama la atención es el idioma. Mike Sain't Louis tiene en la trilogía GAYFOLK títulos que son frases de bar de Malasaña, insultos con código postal y coplas recicladas, y de repente aparece esta, escrita entera en inglés. La letra arranca así:

«From the vibrant streets of Spain, / Where the spirit can't be tamed»

Las calles de España, el espíritu que no se deja domar. Dicho en castellano sonaría a eslogan de la Diputación; dicho en inglés suena a otra cosa, a pancarta de carroza, a camiseta de despedida de soltera que se ha ido de madre. Y eso tiene su gracia, porque el destino del trayecto es precisamente la ciudad española que más inglés habla sin haberlo estudiado nunca. En Benidorm se pide «a pint, please» con acento de Alcorcón y se contesta «of course, darling» con acento de Albacete. Es el idioma del menú plastificado con fotos de la paella, el idioma de los carteles de «full english breakfast» a cuatro euros cincuenta, el idioma de las jubiladas de Manchester que bailan en la terraza a las once de la mañana con un vestido de lentejuelas.

Escribir este himno en inglés es, de alguna manera, hablarle a Benidorm en su lengua materna adoptiva.

Hay otra lectura más seca. El inglés es también el idioma del pop internacional del Orgullo, el de las listas de reproducción que suenan en todas las carrozas del mundo, de Sídney a Chueca. Escribir en inglés es meterse en esa conversación global sin quitarse el carné de madrileño. La primera estrofa lo deja claro: el corazón que late fuerte es el de Madrid, «we're here to stay». Aquí nos quedamos. El pasaporte puede estar en inglés; el empadronamiento sigue en la capital.

El corazón de Madrid, que late con el volumen alto

Madrid sale en la letra antes que Benidorm, y no es casual. La ciudad tiene en el planeta su propia página, la de Madrid, y su propio single, y aparece en las letras de Mike como escenario de casi todo: el primer miedo, el primer bar, la primera vez que uno se atreve a bajar a Chueca solo. En otra canción, «La despedida», la letra recuerda a Camela sonando la primera vez que fue solo a Chueca «pensando que me iban a pegar». Ese es el Madrid de antes. El de «Madrid to Benidorm» es el de después, el que ya no tiene miedo y sube el volumen.

«Madrid's heart beats loud». El corazón de Madrid late fuerte, dice la letra.

Cualquiera que haya estado en la Gran Vía la tarde del desfile del Orgullo sabe que no es una forma de hablar. Late fuerte de verdad: los altavoces de las carrozas hacen vibrar los escaparates de Primark, el suelo de la calle Alcalá tiembla, y hay un momento, hacia Cibeles, en el que ya no sabes si lo que te retumba en el pecho es el bajo de una canción de Rosalía o tu propio corazón, que no está acostumbrado a tanto. Luego vienen los vasos de plástico, las coronas de cartón y un señor de sesenta años con un abanico enorme diciéndole a un chaval de veinte que eso, en su época, era impensable. El chaval asiente sin escucharle. El señor sigue abanicándose. Ese diálogo de sordos también es el Orgullo.

La canción no nombra nada de eso. No nombra la Gran Vía, ni Cibeles, ni Primark. Pero deja el hueco. Y la crónica lo rellena, porque para eso está.

Every color, every hue: la paleta de un área de servicio

La segunda estrofa se pone cromática: todos los colores, todos los matices, juntos y fuertes. Es la parte más clásica del himno, la que podría estar en cualquier canción de Orgullo de cualquier país. Y está bien que esté, porque los himnos se hacen con frases que pueda corear un estadio, no con aforismos de Instagram.

Fotogramas del videoclip oficial de «Madrid to Benidorm», de Mike Sain't Louis

Pero la crónica, que es retorcida, no puede evitar imaginarse esos colores en el sitio más feo posible: un área de servicio de la autovía de Alicante a las cuatro de la tarde de un viernes de agosto. La gasolinera con su tejado rojo. El bar con el expositor de bocadillos de tortilla envueltos en film. Las máquinas de peluches con gancho que nunca coge nada. Los botijos de souvenir, los toros de Osborne en llavero, la vitrina de las navajas de Albacete. Y de pronto, en medio de ese paisaje de fluorescente y polvo, se baja de un coche un grupo de cinco amigas con plumas, gafas de corazón y una bandera arcoíris atada como capa. Piden cinco cafés con hielo. El camarero las mira. Ellas le miran a él. Nadie dice nada.

Eso, para la crónica, es «every color, every hue». La bandera fuera de Chueca, en mitad de la Mancha, en una barra donde no la esperaba nadie.

Y luego un detalle de la letra que pasa desapercibido: «In every city, me and you». En cada ciudad, tú y yo. No dice «en las grandes ciudades». Dice en cada una. Eso incluye Madrid y Benidorm, claro, pero también incluye todo lo que hay en medio y que la autovía atraviesa a ciento veinte. Los pueblos donde uno no se atreve a cogerle la mano a nadie en la plaza. Los polígonos. Las rotondas con escultura municipal. Ahí también.

El estribillo, o cómo se dice «carroza» en inglés

Llega el estribillo, que es el corazón de todo, y conviene copiarlo entero:

«Let's dance under the rainbow, Madrid to Benidorm, / With pride in our voices, through every storm.»

Bailemos bajo el arcoíris, de Madrid a Benidorm, con orgullo en la voz, a través de cualquier tormenta.

La palabra que importa es «storm». Tormenta. Un himno de fiesta que se acuerda de que hay mal tiempo. No es un estribillo de purpurina ciega; es un estribillo de quien ha visto llover. La tormenta puede ser la del barrio, la de la familia, la de los comentarios en YouTube o la de la propia cabeza a las tres de la mañana. La letra no especifica, y hace bien, porque cada uno trae la suya de casa.

Y luego está la imagen del arcoíris que se estira trescientos y pico kilómetros. Un arcoíris que empieza en la Puerta del Sol y acaba en la playa de Levante tiene que ser, por fuerza, el arcoíris más largo de la historia de la meteorología. Ni el telediario de Roberto Brasero se ha atrevido a tanto. La crónica se lo imagina saliendo por encima del Palacio Real, cruzando Aranjuez, sobrevolando los molinos de La Mancha como si fuera un cartel de una película de Almodóvar, bajando por Almansa y aterrizando en la arena entre una sombrilla de rayas y una nevera portátil.

El himno pide bailar debajo de eso. A ciento veinte por hora no se puede, pero se intenta.

El que conduce y el que pone la música

Toda carretera tiene sus papeles. Está el que conduce, que no bebe y no se queja, y que acaba odiando la canción porque la han puesto diecinueve veces seguidas. Está la que pone la música, que tiene el móvil conectado al Bluetooth y el poder absoluto sobre el ambiente del coche. Está el que se duerme a la altura de Ocaña con la boca abierta y amanece en Villena con una marca del cinturón en la cara. Y está la que lleva la nevera con los sándwiches de pan Bimbo y el táper de filetes empanados que le ha dado su madre, porque su madre no se fía de los bares de carretera desde 1987.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «From the vibrant streets of Spain, Where the spirit can't be tamed» de «Madrid to Benidorm»

La crónica sostiene que «Madrid to Benidorm» está escrita para la que pone la música.

Es una canción para darle al play justo cuando el coche sale de la M-30 y la ciudad empieza a quedarse atrás. Para bajar las ventanillas aunque haga treinta y ocho grados. Para gritar «Benidorm» en el estribillo como si el pueblo te pudiera oír desde la Meseta. La propia ficha del autor, en su blog de mikesaintlouis.com, imaginaba el tema sonando desde una carroza con gente gritando la parte de Benidorm. La crónica se queda con la versión pobre: un Seat León del 2009 con la pintura del capó quemada por el sol y cuatro amigos desafinando a gritos.

Sobre desafinar, un apunte de servicio. En la grabación no hay garganta de Mike: él es letrista, compositor y productor, y la música y las voces del tema se hicieron con herramientas de IA, entre ellas Suno. Lo que hay de Mike es el texto, el título, la idea del trayecto y la elección de cada frase. Que lo que suena en el coche sea una voz sintética coreada por cuatro gargantas reales y roncas a la altura de La Roda tiene algo de justicia poética. La máquina pone la melodía. La gente pone el grito.

Hand in hand: cogerse de la mano en la plaza del pueblo

La segunda mitad de la letra se pone épica. Callejones, sol, «we're the many, we're the one». Somos muchos y somos uno. Y luego un verso que en cualquier otro contexto sonaría a anuncio de compañía telefónica, pero que aquí pesa:

«Hand in hand, we pave the way, / For brighter nights and braver days»

De la mano, abrimos camino, para noches más luminosas y días más valientes.

Coger a alguien de la mano por la calle. Para la mayoría de la gente es el gesto más tonto del mundo, lo que hace una pareja de setenta años para cruzar un paso de cebra. Para una pareja de dos chicos o dos chicas, todavía hoy, en un montón de sitios, es una decisión. Se mira antes a los lados. Se calcula quién hay en la esquina. Se suelta la mano al pasar delante del bar del pueblo donde están los de siempre jugando al mus. Y se vuelve a coger dos calles más allá, cuando ya no mira nadie.

«Braver days». Días más valientes. Ahí está el chiste que no es un chiste. La valentía, para algunos, consiste en algo tan pequeño como no soltar una mano.

La crónica no tiene datos de nadie concreto y no se los va a inventar. Pero cualquiera que lea esto sabe de qué se habla. Y sabe también que hay ciudades donde esa mano se suelta menos. Benidorm, por razones que tienen más que ver con el turismo y la costumbre que con la ideología, es una de ellas. Por eso tiene sentido que el trayecto acabe allí.

Benidorm, capital mundial de la chancla con calcetín

Hablemos de Benidorm, porque la canción la nombra en cada estribillo y merece su párrafo.

Benidorm es una ciudad que ha decidido no tener vergüenza de nada. Ha levantado rascacielos donde otros pueblos de costa levantaban chiringuitos. Ha convertido a los jubilados británicos en una institución y a las despedidas de soltero en una industria. Tiene una televisión británica que le dedicó una serie entera con su nombre, «Benidorm», protagonizada por turistas en un hotel con todo incluido. Tiene playas con nombre de orientación, Levante y Poniente, como si fueran dos bandos de una telenovela. Tiene un casco antiguo lleno de bares donde a medianoche se mezclan drag queens, matrimonios de Bilbao, motoristas holandeses y un señor de Murcia que no sabe muy bien cómo ha llegado hasta ahí.

En el planeta, Benidorm no es un decorado nuevo. Ya salió en «La primera drag de Benidorm», otra canción del universo GAYFOLK con escenario en esa misma costa, y en la galería del sitio hay una imagen titulada Punk Benidorm, con su estética de neón y cresta. Hay algo en esa ciudad que le va al camp como un guante de lentejuelas: lo exagerado sin pedir perdón, el exceso vertical, la piscina con forma de riñón en el ático de un edificio de cuarenta plantas. Si alguien necesita la teoría, el sitio tiene una página entera dedicada al camp. Benidorm es la práctica.

Y luego está lo otro, lo que no sale en las postales. Benidorm es, desde hace mucho, una ciudad a la que mucha gente LGTBI ha ido a ser quien no podía ser en casa. Un fin de semana. Una semana de agosto. Un puente de diciembre. La ficha del autor lo dice con una frase limpia: la canción va dedicada a quien viaja kilómetros para poder ser quien es, aunque sea solo un fin de semana.

Aunque sea solo un fin de semana. Ahí se acaba la broma de la chancla.

La tormenta, otra vez

Conviene volver a la palabra del estribillo, porque es la que separa este himno de un jingle de agencia de viajes.

Collage con un detalle de la carátula de «Madrid to Benidorm» y las carátulas de «La primera drag de Benidorm», «Madrid», «El día de la liberación»

«Through every storm». A través de cualquier tormenta.

El puente de la canción la lleva todavía más lejos. Habla de cada corazón al que se le ha negado algo, «every heart that's been denied», y le promete un océano de amor en el que dejarse llevar por la marea. Es el momento más serio de la letra, y está colocado justo antes de que la canción se pierda en el mar. Primero la carretera, después la orilla, y al final el agua.

La crónica, que suele reírse de todo, aquí se pone las gafas de sol y se calla un rato.

Porque los corazones a los que se les negó algo no son una abstracción. Son el primo al que no invitaron a la boda con su novio. La chica a la que su madre le dijo que «eso» no se contaba en el pueblo. El señor de sesenta años del abanico, el de la Gran Vía, que en su época no podía ni pensarlo. La canción no los nombra porque no hace falta. Los mete a todos en el mismo océano y les dice que floten.

Hay otros temas de la trilogía que se ocupan de la tormenta con nombre y apellido: el narcisista, el ex, el hater, el castigo del silencio. «Madrid to Benidorm» no. Esta se ocupa de lo que viene después de la tormenta, cuando uno ya ha salido de casa, ha llenado el depósito y ha puesto rumbo al sur.

El día de la liberación, con parada técnica en Villena

El tema forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. Los tres álbumes tienen nombre de etapa: el primero encuentra un planeta, el segundo desea viajar hasta él y el tercero celebra la liberación. Visto así, «Madrid to Benidorm» es casi la canción que mejor resume el tercer acto: ya no se fantasea con ir, se va. Se coge el coche. Se compra el billete de ALSA. Se pide el día libre en el trabajo aunque el jefe ponga mala cara.

Dentro de ese mismo disco hay canciones que van a cuchillo, otras que lloran y otras que se ríen de todo. Esta es la que abre las ventanillas. Si el tercer álbum fuera una casa, «Madrid to Benidorm» sería la terraza con el tendedero lleno de toallas de playa.

La ficha del single en gayfolkplanet.com la coloca en el catálogo con fecha de 5 de junio de 2026, que es casi como decir la víspera del verano. No hay que ser muy listo para ver ahí una intención: junio es el mes del Orgullo, la temporada de carrozas, el momento en que las marcas se pintan de arcoíris para quitárselo el uno de julio. La canción llega antes y se queda después. Un himno que sirve para junio y para un martes de noviembre en el que alguien necesita acordarse de que no está solo.

Love wins, come what may (y el táper de filetes empanados)

Hay un verso de la tercera estrofa que, puesto por escrito, parece un cartel de manifestación: «Love wins, come what may». El amor gana, pase lo que pase.

En otra letra del planeta esto saldría con retranca. Mike es el autor que le puso al amor tres años de garantía, como a una lavadora. Aquí no. Aquí el amor gana y punto. Es una de las pocas veces en la trilogía en las que la frase grande se deja tal cual, sin chiste detrás, sin «¡pringado!» de remate.

La crónica, como no puede evitarlo, le busca la grieta. Y la encuentra en la nevera portátil.

Porque si el amor gana, gana también el de la madre que no entiende del todo por qué su hijo se va a Benidorm con «sus amigos» en junio, pero que le prepara el táper de filetes empanados igual. Gana el del padre que no pregunta pero deja el depósito del coche lleno la noche antes. Gana el de la abuela que dice «a mí me da igual con quién vayas, pero llévate una chaqueta, que por la noche refresca». No son amores de pancarta. Son amores de táper. Y también ganan.

Puede que esto sea leer demasiado. Puede que no.

Familia elegida en el asiento de atrás

Cuatro amigos en un coche son, en el fondo, una familia elegida con el aire acondicionado roto. El sitio tiene una nota entera sobre esa idea, la de la familia elegida, y esta canción podría ser su banda sonora de carretera.

Ficha de la canción «Madrid to Benidorm» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

«We stand united, side by side». Juntos, uno al lado del otro.

En el asiento de atrás de un coche camino de la costa caben muchas cosas: la que acaba de dejar a su novia y llora en silencio mirando los girasoles; el que nunca ha ido a una fiesta del Orgullo y va con miedo; la que lleva diez años yendo y se sabe todos los bares; el que solo viene por la playa y ha prometido que no va a ligar, y miente. Lo que los une no es la sangre. Es el trayecto, la lista de reproducción compartida y la conciencia de que, durante cuatro horas, nadie de fuera les va a juzgar.

La crónica tiene una teoría sobre los trayectos largos: es donde se cuentan las cosas que no se cuentan en ningún otro sitio. Hay algo en mirar la carretera, sin mirarse a la cara, que facilita confesarlo todo. Por eso tantas salidas del armario ocurren dentro de un coche. No hay que sostener la mirada. Solo hay que decirlo y seguir mirando al frente mientras el otro procesa, con el intermitente puesto, que tu mejor amigo de toda la vida le gustan los tíos.

Llegada: playa de Levante, una de la tarde

Y por fin, Benidorm. El cartel de la entrada. Los primeros rascacielos. El olor a crema solar y a fritura que entra por las ventanillas antes de que se vea el mar. El atasco final en la avenida del Mediterráneo, que es como la M-30 pero con gente en bañador.

La canción termina en el océano, con la marea llevándose a todo el mundo. La crónica termina en la orilla, con las zapatillas en la mano, los pies hundidos en la arena caliente y la bandera arcoíris convertida en toalla. La de la nevera reparte los últimos filetes. El que conducía se duerme por fin, boca abajo, con la marca del volante en las manos. La que ponía la música vuelve a darle al play, una vez más, la vigésima, y nadie protesta.

El estribillo suena desde un altavoz del Mercadona apoyado en una sombrilla:

«Let's dance under the rainbow».

Y ahí, en esa orilla de la playa de Levante, entre una familia de Leeds con la piel color langosta y un grupo de chicos de Vallecas jugando a las palas, la canción se cumple. De Madrid a Benidorm. Del miedo a la orilla.

Para la vuelta

Toda ida tiene vuelta, y la vuelta siempre es peor. El domingo por la tarde, la A-31 en dirección Madrid es un cementerio de caras quemadas por el sol y resacas de chupito de hierbas. Nadie pone música. Nadie habla. Se para en la misma área de servicio, en la misma barra, con el mismo camarero, y esta vez nadie lleva la bandera como capa: va doblada en la mochila, con arena.

Pero la canción sigue ahí, guardada en el móvil, para el próximo puente. Se puede volver a ella cuando haga falta. Se puede escuchar en Spotify, ver con su videoclip oficial o descargar gratis desde la ficha del single. Quien necesite datos para escribir sobre Mike Sain't Louis, la trilogía o el sello tiene el material completo en la página de prensa. Y quien quiera seguir celebrando sin esperar a junio tiene en el diario la nota sobre el Orgullo cada día, que viene a decir lo mismo que esta canción con menos kilómetros.

Lo que la crónica no puede ofrecer es el coche, el táper y los cuatro amigos. Eso lo tiene que poner cada uno.

Arranca.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Madrid to Benidorm»?

Es un himno de orgullo en inglés que une la capital y la costa: bailar bajo el arcoíris de Madrid a Benidorm, con orgullo «through every storm», y llamar desde España a todo el que quiera escuchar. No hay ex ni despecho: es celebración y comunidad.

¿En qué disco está «Madrid to Benidorm»?

En «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. La ficha del single en gayfolkplanet.com lo fecha el 5 de junio de 2026.

¿Quién escribe la letra de «Madrid to Benidorm»?

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces de la grabación están hechas con herramientas de inteligencia artificial, entre ellas Suno.

¿Por qué la canción está en inglés?

La letra no lo explica. La crónica propone una lectura: Benidorm lleva décadas hablando un inglés de turista, y el estribillo usa ese idioma para meter a cualquiera que llegue, venga de donde venga.

¿Dónde se puede escuchar?

En Spotify, en YouTube con su videoclip oficial y en la ficha del single en gayfolkplanet.com, donde además se puede descargar gratis.

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