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Censo de Marías en la orilla: quién ocupa cada toalla en «María María»

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Portada de «María María», canción de Mike Sain't Louis

Nueve de la mañana. La arena todavía está fría. Un hombre con chaleco naranja rastrilla la orilla con un tractor pequeño, y el socorrista sube la bandera verde con la parsimonia de quien sabe que hoy no va a pasar nada.

Entonces llega la primera toalla.

Así empieza esta crónica, porque así empieza «María María»: sin conflicto, sin nadie a quien reñir, con una playa y un nombre.

«En la playa, María, / sol y brisa, alegría.»

En el diario ya se contó lo esencial de esta canción, que es la calma como tema: la rima que se mece en «ía», la postal sin trama, el hueco que deja la letra para que cada cual ponga a su María. El planeta no va a repetir esa lectura. Va a hacer otra cosa, mucho más de verano: un censo.

Porque una playa en la que alguien grita «María» desde la orilla es una playa en la que se giran veinte cabezas. Y en la historia de la música popular hay tantas Marías que, si se presentaran todas a la vez en la misma arena, no cabría ni un cubo de playa más. Así que el planeta ha sacado la libreta, se ha puesto la gorra y ha ido toalla por toalla apuntando quién estaba.

Este es el censo.

Toalla número uno: María de la O

La primera en llegar es la más antigua y la más dramática. Trae sombrilla de encaje negro, abanico, un bolso de piel que no pega con la arena y cara de haberse peleado con el destino antes del desayuno.

Es María de la O, la de la copla de Salvador Valverde, Rafael de León y el maestro Quiroga. La gitana a la que le dicen que tiene oro y joyas y todo lo que quiso, y que aun así es desgraciada, porque se ha casado con quien no quería. Una copla que lleva casi un siglo saliendo de las radios, de las tabernas y de los programas de la tele de los domingos.

María de la O se sienta lejos del agua, por supuesto. A ella el mar no le interesa. Le interesa su pena.

Y aquí el censo hace su primera observación. La María de la O y la María de la canción del planeta no podrían ser más distintas. Una tiene todo y no tiene paz. La otra no tiene nada más que sol y brisa, y encuentra paz cada día. Si se cruzaran en la orilla, la de la copla miraría a la otra con una mezcla de envidia y desprecio. Y la otra, probablemente, le ofrecería un poco de crema solar.

El planeta tiene mucho de copla. Lo dice sin pudor en su página de lo camp y en buena parte de su catálogo. Pero en esta canción la copla se queda en la toalla de al lado, sin molestar.

Toalla número dos: Mª Isabel, con sombrero

La segunda llega con ruido. Mejor dicho, llega con un transistor encendido a todo volumen, que en esta playa viene a ser lo mismo.

Es Mª Isabel. La de Los Payos, la de 1969, la de «coge tu sombrero y póntelo, vamos a la playa, calienta el sol». La canción del verano antes de que existiera la etiqueta «canción del verano». Medio país la ha bailado en una verbena, en una boda o en una excursión de autobús con el conductor dando palmas.

Mª Isabel trae nevera, tortilla de patatas envuelta en papel de plata, una sandía y tres sobrinos. Se instala a dos metros de la orilla y monta un campamento que ya quisieran en la Legión.

De todas las Marías del censo, esta es la que más se parece a la del planeta, y el parecido es revelador. Las dos van a la playa. Las dos tienen sol. Las dos piden poco. Pero Mª Isabel lo pide con jaleo, con chiringuito y con coro. La del planeta lo pide en voz baja:

«Arena blanca, melodía, / sueños libres, armonía.»

Cincuenta y tantos años separan las dos toallas. En medio caben la Transición, los apartamentos de Benidorm, la Movida, el boom del turismo, Internet, el móvil y el miedo a quemarse con el sol. Y al final del recorrido, la canción de playa ha pasado de «vamos a la playa, calienta el sol» a «paz encuentro, cada día». Del grito al susurro.

El planeta no sabe si eso es progreso. Sabe que es otra cosa.

Toalla número tres: la María de Ricky Martin

La tercera llega corriendo, en bañador de licra, con el pelo mojado antes de meterse en el agua y una energía que agota a las dos anteriores en diez segundos.

Fotogramas del videoclip oficial de «María María», de Mike Sain't Louis

Es la María de Ricky Martin, la de 1995. La del «un, dos, tres», la que puso a bailar a medio planeta con un ritmo que no se podía dejar quieto ni en un funeral. Es la María que lo quiere todo ahora mismo: el baile, la mirada, el escándalo.

Aquí el censo tiene que hacer un apunte que en un diario como este no se puede saltar. Ricky Martin salió del armario públicamente en 2010, quince años después de aquella María. Durante todo ese tiempo, la canción sonó en bodas, en comuniones y en discotecas de toda España, y miles de chavales la bailaron sin saber que el chico de la portada era, por así decirlo, de este planeta. Muchos lo sospechaban. Otros lo deseaban. Algunos lo deseaban sin saber qué era exactamente lo que deseaban.

Esa es una de las historias más repetidas del colectivo: la de los ídolos que bailamos antes de saber que eran de los nuestros, y la de nosotros mismos bailándolos antes de saber que éramos de los suyos.

La María de Ricky no se tumba. No para. En el censo consta como «de paso». Al fondo de la playa, alguien la sigue con la mirada.

Toalla número cuatro: Maria Maria, con dos

La cuarta toalla tiene un problema: se llama igual que la canción del planeta. Maria Maria, dos veces, aunque sin tilde.

Es la de Santana, la de 1999, con Product G&B. Una guitarra que se reconoce a la primera nota y una historia de una chica que vive en un barrio difícil y sueña con salir de allí. Ganó un Grammy y sonó en todas partes durante meses. Si en el año 2000 entrabas en un bar de copas de España, había bastantes probabilidades de que estuviera sonando.

El censo se detiene aquí con curiosidad de funcionaria. Dos canciones con el mismo título, separadas por veintitantos años y un océano. La de Santana repite el nombre para llamar a alguien que está atrapada. La del planeta lo repite para llamar a alguien que ya está a salvo. Una es una canción de huida. La otra es la llegada.

Si hubiera que poner las dos toallas juntas, la de Santana estaría mirando al mar como quien mira una salida. La del planeta estaría mirando al mar porque sí, porque es bonito, porque no tiene que ir a ningún sitio.

«María, María, María, / paz encuentro, cada día.»

Ese «cada día» es lo que diferencia las dos toallas. La paz de esta María no es un premio al final de una película. Es rutina. Se encuentra todos los días, como el pan.

Toalla número cinco: Maria, la de West Side Story

La quinta llega de noche, aunque sea por la mañana. Viene de otra época y de otra ciudad, de un Nueva York de escaleras de incendios y bandas rivales.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «Arena blanca, melodía, sueños libres, armonía.» de «María María»

Es la Maria de «West Side Story», el musical de Leonard Bernstein y Stephen Sondheim estrenado en Broadway en 1957 y llevado al cine en 1961. Tony la ve una vez en un baile y se pasa una canción entera repitiendo su nombre, como si fuera la palabra más bonita del mundo. Sin tilde, con acento puertorriqueño y con un final que todo el mundo conoce y nadie quiere recordar.

Esta Maria tiene una relación especial con el planeta, y no por la trama. Stephen Sondheim, el letrista, era gay, y escribió aquellas palabras de amor heterosexual en una época en que no podía escribir las suyas en un escenario de Broadway. Esa historia, la de los letristas que ponían en boca de otros los amores que no podían decir con sus nombres, es una de las más largas y más tristes de la cultura popular del siglo XX.

En el censo, la Maria de Sondheim se sienta a la sombra, con un libro, sin bañarse. Tiene la piel muy blanca y la mirada de quien ya sabe cómo acaba su historia.

Aquí la crónica pierde un momento la sonrisa. Durante décadas, muchísimos maricas escribieron canciones de amor dirigidas a Marías que no existían. El planeta escribe a una María porque le da la gana. Esa diferencia costó mucho.

Toalla número seis: Maria, la de Blondie

La sexta toalla es de las que se ponen con gafas de sol aunque esté nublado. Debbie Harry y los suyos, en 1999, con una canción titulada simplemente «Maria», que llegó al número uno en el Reino Unido veinte años después de sus grandes éxitos de los setenta.

Es la María inalcanzable, la chica que pasa y todos miran, la que nunca se gira. Un clásico del pop: el nombre como misterio.

Hay algo en esa María que al planeta le hace gracia. Es una canción de una banda que ya había sido enorme, que volvía después de muchos años sin publicar nada y que, contra todo pronóstico, volvía a lo más alto de las listas británicas. Una resurrección pop en toda regla. Debbie Harry, además, lleva décadas siendo icono de muchísimas maricas y de muchísimas drags, con su rubio platino imposible y su cara de no estar impresionada por nada. Que una de sus últimas grandes canciones se llamara María, simplemente María, sin apellido y sin historia, encaja muy bien en esta playa.

En el censo consta como «no habla con nadie». Se tumba boca abajo, se desabrocha la parte de arriba del bikini y no vuelve a moverse hasta las siete de la tarde.

La María del planeta es casi lo contrario. No es inalcanzable. Es una compañía. Lo dice la letra en uno de sus versos más sencillos: «olas suaves, compañía». No hay misterio que resolver. Hay alguien al lado.

Toalla número siete: las Marías sin canción

El censo no estaría completo si solo contara Marías famosas. En cualquier playa de España, a media mañana, hay una cantidad de Marías que haría palidecer a cualquier registro civil.

Collage con un detalle de la carátula de «María María» y las carátulas de «La playa del Mal Pas», «En Canarias No Existen las Sirenas»

María Dolores, que ha venido en autobús desde Alcorcón y se ha traído la silla plegable de rayas. María José, que trabaja en una gestoría de Murcia y lleva tres días sin mirar el correo. María Jesús, que se baña con gorro de flores. María del Carmen, Mari Carmen, Maricarmen, Carmen a secas para los amigos, Menchu para la familia. Una María Teresa que hace sudokus. Una Marisa que se pone bronceador de zanahoria como en 1987.

Y luego están los Marías del colectivo, que no son pocos. Porque en el barrio de Chueca, en los camerinos de los bares de espectáculos y en los grupos de amigas de toda la vida, «María» lleva generaciones usándose como apelativo entre maricas. «Ay, María, no me cuentes». «María, que nos vamos». «Pero, María, ¿tú has visto eso?». Es una palabra que no designa a nadie concreto y a todas a la vez.

El planeta no dice que la canción vaya de eso. La letra no lo dice. Pero tampoco lo descarta. Quien haya oído a dos amigos llamarse «María» en una terraza de la plaza de Chueca sabe que ese nombre, repetido tres veces, también puede ser un saludo de los nuestros.

La toalla que no tiene nombre

Y ahora llega la última. La toalla del planeta.

Es una toalla sencilla. Ni de marca ni de equipo de fútbol ni con la cara de un dibujo animado. Lisa. Puede que blanca, como la arena del verso. Encima, alguien que no hace nada.

No tiene nevera, como Mª Isabel. No tiene pena, como María de la O. No sale corriendo, como la de Ricky. No mira al mar buscando una salida, como la de Santana. No sabe su final, como la de Sondheim. No se esconde detrás de unas gafas, como la de Blondie.

Simplemente está.

«Verde hoja, fantasía, / olas suaves, compañía.»

Si hay algo radical en esta canción, dentro de un catálogo como el de Mike Sain't Louis, es eso. El planeta está lleno de ex con nombre y apellido, de narcisistas con lentillas, de cruceros con sardinas en el minibar, de casas con mil cadáveres. Es un catálogo ruidoso, que se ríe muy alto y llora más alto todavía. Y en medio de todo eso, en «El día de la liberación», aparece una canción en la que nadie hace daño a nadie. La ficha completa del disco está en su página, «El día de la liberación», y conviene leer la lista de temas de arriba abajo para entender el contraste.

Es como si, en mitad de una fiesta interminable, alguien abriera una ventana.

Lo que dice el socorrista

A las dos de la tarde, el socorrista baja de su silla y se acerca a la orilla a mirar el censo por encima del hombro. Es un chico de Cádiz con la nariz quemada y un tatuaje de un ancla en el gemelo.

Mira las toallas. Mira la libreta. Y pregunta lo único sensato que se ha preguntado en toda la mañana: «¿Y cuál es la buena?».

El planeta no contesta. Porque la respuesta tiene trampa. Todas son buenas, cada una para su día. Hay días de María de la O, en los que todo lo tienes y nada te vale. Hay días de Mª Isabel, con nevera y sobrinos. Hay días de Ricky, con prisa y bañador mojado. Y hay días, menos de los que nos gustaría, de la María del planeta. Días en los que no hay que demostrar nada. En los que basta con sol, brisa y alguien al lado.

Quien escribió esta letra, Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, no explica quién es su María. La letra es suya, escrita sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno. Él no pone la voz; escribe, compone y produce. Está todo contado en la sección de prensa, para quien quiera los datos oficiales en lugar de las toallas.

Inventario de lo que falta

Un censo de verdad también apunta lo que no aparece. Y la toalla del planeta destaca, sobre todo, por lo que no lleva encima.

Ficha de la canción «María María» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

No hay móvil. Ni boca arriba ni boca abajo, ni metido en una bolsa de plástico para que no le entre arena. En una playa española de 2026, eso es casi un milagro. Nadie mira si el otro ha visto el estado. Nadie comprueba la última conexión. No hay doble check azul, que en otras canciones del catálogo es casi un personaje con frase propia.

No hay ex. Ni con nombre, ni con apellido, ni con municipio. No hay narcisista con lentillas de colores, ni coordinador de nada, ni casado que se esconde. En un catálogo donde los ex suelen llegar con ficha policial, que en esta playa no haya ninguno es una noticia.

No hay Grindr, ni cuadrícula de caras a trescientos metros, ni mensajes de «¿qué buscas?». No hay chupitos, ni jarra, ni after. No hay resaca, aunque la canción suene a mañana después de algo.

No hay chiste. Esto es lo más raro de todo. El planeta casi nunca escribe sin un chiste escondido en alguna esquina, un insulto creativo, una marca de supermercado, una referencia a un programa de la tele. Aquí no. La letra no se ríe de nadie, tampoco de sí misma.

Y no hay prisa. Ese es el último objeto ausente, y el más difícil de conseguir. Ninguno de los versos tiene un verbo que empuje hacia delante. Son parejas de palabras sueltas, verde hoja, olas suaves, arena blanca, que se quedan quietas como quien se queda tumbado.

El censo apunta todo esto en la columna de «observaciones», con letra pequeña, y la funcionaria que lleva dentro el planeta se queda un rato mirando la página sin saber qué poner al final.

Pone esto: sin incidencias.

En una playa del planeta, eso es lo más difícil de escribir.

La otra playa del planeta

El censo tiene una nota al margen. Esta no es la única playa del catálogo. Hay otra, mucho más seria, que el diario ha recorrido varias veces: la de «La playa del Mal Pas», que es una playa de memoria, de los cuarenta años, de mirar desde lejos un sitio que sigue igual aunque uno ya no lo sea.

Si se ponen las dos canciones juntas, se ve que el planeta sabe ir a la playa de dos maneras. A una se va a recordar. A la otra se va a descansar. En la del Mal Pas, la arena pesa. En la de María, se escurre entre los dedos y no pasa nada.

El planeta tiene debilidad por las dos. Pero hoy, por una vez, se queda en la segunda.

Recogiendo las toallas

Siete de la tarde. El sol baja detrás de los edificios de apartamentos. María de la O se ha ido sin despedirse, como era de esperar. Mª Isabel recoge la nevera con ayuda de los sobrinos. La de Ricky hace rato que se fue a una discoteca. La de Santana ha cogido el último autobús. La de Sondheim cierra el libro. La de Blondie sigue boca abajo, nadie sabe si dormida.

La toalla del planeta es la última en levantarse.

El videoclip oficial, para quien quiera ver esa playa con colores, está en la página del vídeo de «María María». La canción se puede escuchar en Spotify y la letra entera, que cabe en una servilleta de chiringuito, está en la sección de letras.

Y el censo, como todos los censos, termina con un número. Ocho toallas, contando la del planeta. Un número de Marías que ningún funcionario sería capaz de cerrar. Y una sola que no pedía nada.

Ese es el dato.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «María María»?

De una mañana de playa sin conflicto. La letra encadena imágenes breves como «sol y brisa», «verde hoja» o «arena blanca» y repite el nombre de María en el estribillo junto a la idea de encontrar paz cada día.

¿Quién es la María de la canción?

La letra no lo aclara. Puede ser una persona, un recuerdo o la propia playa; el nombre funciona como una llamada desde la orilla que cada oyente rellena con su María.

¿En qué disco está «María María»?

En «El día de la liberación», uno de los tres álbumes de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.

¿Quién escribió la letra?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

¿Qué otras canciones famosas se llaman María?

Entre muchas, la copla «María de la O», «Mª Isabel» de Los Payos, «María» de Ricky Martin, «Maria Maria» de Santana y la «Maria» del musical «West Side Story». Este diario las reúne en una playa imaginaria.

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