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Arte y mirada

Una silla de enea para la tristeza: «Mi Pena» y el derecho a sentarse con lo que duele

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Portada de «Mi Pena», canción de Mike Sain't Louis

Una pared desconchada. Una silla de enea. Un hombre sentado con la cabeza gacha. Eso es todo. No hay más objetos, no hay paisaje, no hay color. La foto es en blanco y negro y parece tomada en un patio de los de antes, o en una habitación que hace mucho que nadie pinta.

El hombre lleva una chaquetilla de terciopelo negro con bordados, como las de traje corto. Las manos, tatuadas, descansan sobre las rodillas. No se le ve la cara. No hace falta.

Esta es la portada de «Mi Pena», y su autor la presenta con una frase que el planeta ha subrayado: no necesita más para contarte en qué estado de ánimo vas a entrar. La canción se estrenó el 3 de julio de 2026 dentro de «El día de la liberación». Su letra aún está pendiente de publicar, así que el planeta no la conoce y no va a fingir que sí. Hoy no viene a analizar versos. Viene a acercar otra silla de enea, sentarse al lado de esta pena y quedarse un rato callado. Que es, según su propio autor, lo que la canción pide.

Dos palabras

El título tiene dos palabras. Mi pena. Sin exclamación, sin adjetivo, sin explicar de qué.

El autor lo dice en su ficha: es corto y rotundo, de los que parecen sacados de una copla antigua. Y añade algo sobre el posesivo que al planeta le parece fundamental. Mi pena, con posesivo, como algo que uno lleva encima y que es suyo y de nadie más.

Hay mucha diferencia entre decir «la pena» y decir «mi pena». La pena, con artículo, es un concepto. Algo que se estudia, que se define en el diccionario, que se puede discutir en una tertulia. Mi pena es otra cosa. Es un objeto personal, como un reloj heredado o una cicatriz. No se presta. No se compara. No se mide con la pena de los demás.

En una época en la que todo el mundo opina sobre cómo deberían sentirse los demás, reclamar la propiedad de la propia tristeza es un gesto casi político. Esta pena es mía. No es la tuya, no tienes que entenderla, no tienes que arreglarla.

La pena en la copla

La copla española está hecha de penas. Es casi su materia prima. Hay penas de amor, penas de madre, penas de cárcel, penas de emigrante. Penas que se llevan con la cabeza alta y penas que se esconden detrás de un abanico.

Una de las más conocidas es «Pena, penita, pena», firmada por el trío de autores Quintero, León y Quiroga y popularizada por Lola Flores en los años cincuenta. Con ese título se rodó también una película. El estribillo repite la palabra pena con diminutivo, como quien acaricia una herida para que no escueza tanto.

El planeta tiene en su catálogo una canción que, sin ser copla, abre exactamente con ese mismo gesto. Es «Before the Bells», escrita casi entera en inglés, pero que empieza con un lamento en castellano:

Aaaaaaayyyyy mi pena Ayyyyyyyyyyyy mi penita

Mi pena y mi penita. El posesivo otra vez, y el diminutivo de la copla. Dos líneas que parecen salir de un patio andaluz antes de que la canción se vaya a otro idioma y a otro paisaje. Al planeta le gusta pensar que «Before the Bells» y «Mi Pena» son primas. Una que se fue a vivir fuera y otra que se quedó en casa, sentada en la silla de enea.

Rafael de León y Miguel de Molina

No se puede hablar de copla en este planeta sin hablar de quienes la hicieron desde dentro del armario o fuera de él, cuando estar fuera costaba carísimo.

Rafael de León, uno de los grandes letristas de la copla, el León de Quintero, León y Quiroga, era un hombre homosexual en la España de la posguerra. Escribió decenas de letras que se convirtieron en himnos populares, muchas de ellas sobre amores imposibles, prohibidos o que no se podían nombrar. Muchos estudiosos han leído esas letras como un modo de contar su propia vida con las palabras de otras.

Miguel de Molina lo tuvo peor. Artista de copla de enorme éxito antes y durante la guerra, con una pluma que no escondía, fue perseguido y agredido en los años cuarenta, y terminó exiliándose en Argentina, donde vivió el resto de su vida. Su figura se ha recuperado en las últimas décadas como la de un pionero.

El hombre de la portada de «Mi Pena», con su chaquetilla bordada, pertenece de algún modo a esa genealogía. El autor lo dice: esa mezcla de tradición andaluza y tatuajes es muy de PLANETA GAYFOLK, lo de siempre, mirado desde otro sitio. Y el planeta añade: lo de siempre, mirado por fin por quienes siempre estuvieron dentro.

La silla de enea

La silla merece su propio apartado. La enea es una planta de ribera, de tallos largos, que se seca, se trenza y se convierte en asiento. Las sillas de enea han estado en todas las casas del sur durante generaciones: en las cocinas, en los patios, en las puertas de las casas en verano, cuando los vecinos sacaban las sillas a la calle para tomar el fresco al caer la tarde.

Fotogramas del videoclip oficial de «Mi Pena», de Mike Sain't Louis

Es una silla humilde. No es un sillón. No es un trono. Es la silla donde se pelan patatas, donde la abuela cose, donde se sienta el que espera noticias del hospital. Una silla de diario.

Que la pena de la portada esté sentada en una silla de enea dice mucho. No es una pena de ópera, aparatosa, en un escenario de terciopelo rojo. Es una pena doméstica. De patio. De esas que se sientan en la puerta de casa y ven pasar a los vecinos sin decir nada. El planeta reconoce esa pena. La ha visto en muchas puertas.

El terciopelo y la tinta

Luego está la ropa. Una chaquetilla de terciopelo negro con bordados, como de traje corto. El traje corto andaluz es el que se usa en ferias, en romerías, para montar a caballo. Es la ropa de la fiesta. Y el hombre la lleva puesta mientras agacha la cabeza.

Al planeta le conmueve esta mezcla. Vestirse de fiesta para estar triste. O estar triste después de la fiesta, sin haberse cambiado aún. Cualquiera que haya vuelto a casa de madrugada con la ropa buena puesta y el corazón roto sabe exactamente qué momento retrata esta foto.

Y las manos. Tatuadas. Apoyadas sobre las rodillas, quietas. Las manos tatuadas no pertenecen al imaginario clásico de la copla. Son de otra época, de otro barrio, de otra estética. Ponerlas sobre un traje de terciopelo bordado es lo mismo que hace el disco entero: juntar lo antiguo con lo de ahora sin pedir permiso a ninguno de los dos.

El blanco y negro

La foto no tiene color. El autor lo apunta y el planeta se queda pensando por qué funciona tan bien.

El blanco y negro es el color de la memoria. Las fotos de los abuelos, las películas antiguas, los periódicos. Una imagen sin color parece que viene de antes, aunque se haya hecho ayer. Coloca la escena fuera del tiempo.

Y también es el color de la tristeza en su versión más elegante. No hay rojos que griten, no hay amarillos que distraigan. Solo luz y sombra. La pared desconchada se vuelve textura. La chaquetilla se vuelve una mancha de negro profundo. Las manos tatuadas se vuelven dibujo. Todo queda en silencio, como si la foto también tuviera la cabeza gacha.

Tomar el fresco

Las sillas de enea tienen un uso que el planeta echa de menos y que todavía sobrevive en muchos pueblos. Al caer la tarde, en verano, los vecinos las sacan a la puerta de casa y se sientan a tomar el fresco. Se habla de todo y de nada. Se comenta quién pasa. Se cuentan las penas sin dramatizarlas, entre un abanico y un vaso de agua.

En 2021, el ayuntamiento de Algar, un pueblo de Cádiz, propuso que esas charlas al fresco fueran reconocidas como patrimonio cultural inmaterial. La noticia dio la vuelta a España y a medio mundo, porque en una época de pantallas, un pueblo reivindicaba la costumbre de sentarse en la calle a hablar con los vecinos.

Al planeta le encanta esa noticia. Y le hace pensar en lo que pasaba con las penas en esas reuniones. Nadie las arreglaba. Nadie mandaba a nadie a terapia ni le recomendaba un libro de autoayuda. Simplemente, la pena se sacaba a la puerta, se sentaba en una silla de enea y pasaba un rato acompañada. Después cada uno se iba a su casa un poco más ligero.

Eso es, exactamente, lo que el autor de «Mi Pena» describe como su función. Una canción para sacar la pena a la puerta.

El negro de la chaquetilla

La chaquetilla es negra, y en el sur el negro nunca es un color neutro. Durante generaciones fue el color del luto, y el luto tenía sus normas: cuánto tiempo, quién, cómo. Las viudas se vestían de negro durante años, a veces para siempre. Había medio luto, con algo de gris o de morado, para cuando la pena empezaba a aflojar.

Collage con un detalle de la carátula de «Mi Pena» y las carátulas de «Before the Bells», «Dark Corners», «Ni un pimiento»

El luto era una pena pública, una pena que se vestía. Todo el pueblo sabía, con mirar la ropa, quién estaba triste y por qué. Hoy esa costumbre casi ha desaparecido, y el planeta no la echa de menos en su versión más rígida. Pero sí reconoce que tenía algo valioso: le daba a la tristeza un sitio visible y un tiempo propio. Nadie te pedía que estuvieras bien a la semana.

El hombre de la portada lleva negro, pero no de luto. Lleva negro de fiesta, de terciopelo bordado. Es un negro que mezcla las dos cosas: la celebración y la pérdida. Al planeta le parece el color perfecto para una pena moderna. Una pena que se viste bien.

Y tiene algo de desafío. En una época que exige estar siempre bien, siempre productivo, siempre sonriendo en las fotos, vestirse de terciopelo negro para sentarse a estar triste es una pequeña rebeldía. Una forma de decir: esto también merece ropa buena. Esto también merece una foto. Esto también es parte de mi vida, y no pienso esconderlo en el cuarto de atrás.

Acompañar en vez de arreglar

La frase más importante de la ficha está al final. El autor dice que esta es de las canciones que se ponen cuando una tristeza quiere que la acompañes un rato en vez de intentar quitártela de encima.

El planeta lleva días dándole vueltas, porque es una idea poco habitual. Vivimos rodeados de consejos para quitarse la tristeza de encima. Sal a correr. Haz planes. No pienses en eso. Ponte una canción alegre. Hay listas enteras de música para levantar el ánimo, y casi ninguna para acompañar el bajón sin pretender curarlo.

Y sin embargo, cualquiera que haya estado triste de verdad sabe que a veces lo peor es que te intenten animar. Que lo que necesitas es alguien que se siente a tu lado, en otra silla, y no diga nada. Que no te dé soluciones. Que no te cuente que hay gente peor. Que simplemente esté.

Eso es lo que propone «Mi Pena», según su autor. Una compañía. El planeta piensa que pocas cosas hay más generosas que eso.

Una pena en la pista

El catálogo tiene otra canción que habla de esta misma pena, pero en un sitio muy distinto. Es «Dark Corners», una canción de pista de baile con el corazón en el suelo, mezclando inglés y castellano. En medio, dos versos que podrían estar escritos para el hombre de la silla, si en vez de en un patio estuviera en una discoteca:

La pista es mía, la pena igual Nadie la nota, es tan banal

La pista es mía, la pena igual. Otra vez el posesivo. La pena como propiedad. Y la queja de que nadie la nota, porque está escondida detrás del baile, de los tacones, de las luces.

La portada de «Mi Pena» hace lo contrario. Saca la pena de la pista y la sienta en una silla, en blanco y negro, para que se vea. Sin luces que la tapen. Son dos maneras de estar triste: una bailando para que no se note, otra sentado para que se note. El planeta ha probado las dos y sabe que ambas tienen su momento.

La tristeza marica

Hay una tristeza muy concreta en la vida de muchas personas queer, y el planeta quiere nombrarla con cuidado. No es una tristeza de manual ni un diagnóstico. Es una pena de fondo que viene de muchos sitios: de lo que no se pudo decir a tiempo, de los amores que no se pudieron vivir, de las personas que se fueron sin que se les despidiera como merecían, de las fiestas en las que uno se sintió solo en medio de la gente.

La copla supo contar esa pena antes que nadie, aunque fuera con los pronombres cambiados. Y quizás por eso tantas generaciones de maricas se han sentido en casa escuchando coplas. Porque ahí había una tristeza adulta, digna, vestida de gala, que no pedía perdón por existir.

La portada de «Mi Pena» recoge esa herencia y la deja en una silla. Sin explicarla. Sin pedir que se entienda.

Cuando toca levantarse

Para que este diario no se quede solo en el bajón, el planeta recuerda que en el catálogo también existe la canción que llega después. La que se pone cuando la pena ya ha estado sentada el tiempo suficiente y es hora de levantarse. Es «Ni un pimiento», y tiene una frase que funciona como despertador:

Ficha de la canción «Mi Pena» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

No vale un pimiento llorar por el pasado

El planeta no la pondría justo después de «Mi Pena». Sería brusco, como encender la luz del techo en mitad de una conversación íntima. Pero sí la pondría al día siguiente, o a la semana. Porque las penas, por muy nuestras que sean, también tienen derecho a terminar. Y cuando terminan, viene bien una canción que te recuerde que el pasado, a veces, no vale ni un pimiento.

Lo que el planeta no sabe

Conviene repetirlo. La letra de «Mi Pena» no está publicada todavía. El planeta no sabe de qué pena habla, si es de amor, de pérdida, de nostalgia o de algo completamente distinto. Todo lo que se ha escrito aquí sale de la portada, del título y de las palabras de su autor.

Puede que la canción, cuando se lea, contradiga alguna de estas impresiones. Así son las portadas: abren una puerta y la canción decide qué hay dentro. El planeta prefiere quedarse en el umbral con honestidad antes que entrar inventándose los muebles.

La pared desconchada

Antes de levantarse, un último vistazo a la pared. Está desconchada. La cal se ha ido cayendo a trozos y deja ver lo que hay debajo, capas de pintura antigua, ladrillo, yeso.

Las paredes desconchadas tienen mala fama. Se asocian al abandono, a la falta de dinero, a la dejadez. Pero el planeta las mira de otra manera. Una pared desconchada cuenta su propia historia. Enseña las capas, los arreglos anteriores, los colores que tuvo. Es una pared que ha vivido.

Igual que las personas. Llega un momento en que se nos cae la capa de cal que nos pusimos para quedar bien, y aparece lo de debajo. A veces eso coincide con una pena muy grande. Y no siempre es malo. A veces lo que aparece debajo es más verdadero que lo que había encima.

Las manos quietas

Hay algo más en la portada que el planeta no ha dicho y que, mirándola despacio, se ha vuelto lo más importante. Las manos están quietas. No se tapan la cara. No se agarran el pelo. No aprietan un pañuelo. Descansan sobre las rodillas, abiertas o casi, como quien ha dejado de pelear con algo.

Es la postura de quien ya no se resiste. No de quien se rinde, que es distinto. De quien acepta que la pena está ahí y que hay que dejarla estar un rato. Las manos quietas sobre las rodillas son las de alguien que espera. Que no tiene prisa. Que sabe que esto también pasará, pero que no piensa empujarlo.

Al planeta le parece una postura muy sabia. Muy de persona mayor, aunque el hombre de la foto no lo sea. Una sabiduría que se aprende en los patios, mirando a las abuelas sentadas en sus sillas de enea al caer la tarde, con las manos en el regazo, mirando al frente, pensando en sus cosas.

Cómo escucharla

El autor da instrucciones claras: pide luz baja y nada de prisas. El planeta añade poco.

Una lámpara pequeña, mejor que la del techo. Una silla, aunque no sea de enea. El móvil en silencio. Y nada de hacer otra cosa mientras suena: ni fregar, ni contestar mensajes, ni mirar redes. Sentarse y escuchar, como el hombre de la portada.

La canción está en Spotify y tiene videoclip oficial. Quien quiera seguir con el hilo de la copla y lo queer tiene en el diario del planeta una entrada sobre la copla y lo queer, y quien prefiera quedarse en el blanco y negro puede pasear por la galería noir. Para saber quién escribe todo esto, la ficha de prensa lo explica: letras propias, escritas sin máquinas, y sonido y voces producidos con herramientas de inteligencia artificial.

La otra silla

El planeta se queda sentado un rato más. No dice nada. El hombre de la chaquetilla tampoco. La luz baja un poco más en el patio. Alguien, en otra casa, pone la radio.

Al rato, el planeta se levanta, deja la silla donde estaba y se va sin despedirse, para no romper nada. Mañana volverá. Las penas de verdad agradecen que alguien vuelva al día siguiente. Y el planeta, que ha aprendido eso en muchos patios y muchas puertas, piensa volver con otra silla, un vaso de agua fresca y la misma canción sonando bajito.

Preguntas frecuentes

¿Cómo es la portada de «Mi Pena»?

En blanco y negro: una silla de enea, una pared desconchada y un hombre sentado con la cabeza gacha, con una chaquetilla de terciopelo negro bordada, como de traje corto, y las manos tatuadas sobre las rodillas.

¿Qué dice su autor de la canción?

Que el título parece sacado de una copla antigua, que el posesivo convierte la pena en algo propio, y que es de las canciones que se ponen cuando una tristeza quiere compañía en vez de que intenten quitártela.

¿Hay letra para leer?

Todavía no, la web la anuncia como próxima. Los versos citados en esta entrada pertenecen a otras canciones publicadas del catálogo.

¿Dónde y cuándo se publicó?

Salió el 3 de julio de 2026 en «El día de la liberación», con videoclip oficial y disponible en Spotify. Su autor es Mike Sain't Louis, que escribe las letras sin IA y usa herramientas de inteligencia artificial para sonido y voces.

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