Arte y mirada
Del patito feo al cisne con rímel corrido: «Mirror» y el espejo que no sale en la foto
Por Mike Sain't Louis ·

Había una vez un pato que no era pato.
Lo sabía todo el corral. Las gallinas lo picoteaban, los patos lo empujaban, la chica que traía el grano le daba patadas. Era demasiado grande, demasiado gris, demasiado raro. Se fue. Pasó un invierno entero helado en una ciénaga. Y en primavera, cuando se asomó al agua de un estanque para que lo mataran de una vez los cisnes, vio su reflejo.
Era uno de ellos.
Hans Christian Andersen publicó «El patito feo» en 1843, y desde entonces todos los niños raros del mundo han tenido un cuento en el que mirarse. Muchos maricas lo leímos sin saber por qué nos gustaba tanto. Lo sabíamos de otra manera, en el cuerpo, igual que se sabe que hace frío.
La portada de «Mirror» parece congelar al patito justo a mitad del cambio. Hay un chico con una boa blanca de plumas enroscada al torso, y Mike lo describe en su ficha como un cisne a medio transformar. Y en la cara, el maquillaje negro chorrea desde los ojos, como el rímel después de una noche larga o de un llanto que no se ha querido esconder.
Plumas de cisne abajo. Lágrimas de tinta arriba. Las dos cosas a la vez.
La letra no está publicada todavía. En /letras pone «próximamente», y el planeta no va a escribir ni un verso que Mike no haya escrito. Esta crónica tampoco va a repetir lo que ya contó el diario en su análisis largo de la portada, aquel que se fijaba en la mirada que no busca la cámara. Va a hacer otra cosa: buscar los antepasados de ese cisne. Tiene unos cuantos, y algunos son muy maricas.
El reflejo en el estanque
Lo primero que hay que decir es que en la portada no hay ningún espejo. Se llama «Mirror» y no sale un espejo.
Mike lo resuelve en su ficha con una idea que tiene mucha gracia: le gusta pensar que el espejo eres tú. Que la canción te pregunta qué ves cuando te miras, si al cisne o al rímel corrido. Y que la respuesta correcta es las dos cosas a la vez.
En el cuento de Andersen, el espejo es un estanque. El patito se asoma esperando ver un pato horrible y ve un cisne. La revelación llega por el reflejo, no por lo que le dicen los demás. Los demás llevaban un año entero diciéndole que era feo. El agua le dijo otra cosa.
Ese es el momento más importante del cuento, y casi nadie lo recuerda bien. El patito no se convierte en cisne. Ya lo era. Lo que cambia es que, por fin, se ve.
La portada de «Mirror» funciona como ese estanque. Te pone delante a alguien que está a medio camino, con las plumas puestas y el maquillaje arruinado, y te pregunta: ¿esto es un cisne o es un desastre? Y te obliga a mirar el tiempo suficiente para darte cuenta de que la pregunta está mal hecha.
Andersen, el señor de las cartas
Hay una historia que se cuenta poco en los colegios. Andersen, el autor del patito, escribió cartas muy apasionadas a hombres. La más conocida es la que le dirigió a su amigo Edvard Collin en los años treinta del siglo XIX, en la que le decía que lo añoraba como se añora a una muchacha hermosa de Calabria. Collin, que era de familia bien y no estaba por la labor, le contestó con frialdad y se casó.
Andersen no se casó nunca. Se enamoró de varias mujeres sin éxito y de varios hombres con todavía menos éxito. Los historiadores discuten mucho qué era exactamente, y el planeta no va a ponerle una etiqueta a alguien que vivió hace dos siglos. Lo que sí se puede decir es que el hombre que escribió el cuento del pato que no encajaba sabía muy bien de qué hablaba.
Y que buena parte de sus cuentos son historias de alguien que no puede decir lo que siente. La sirenita se queda sin lengua por amor. El soldadito de plomo se derrite junto a la bailarina sin haberle dicho nada. El patito pasa un año entero sin que nadie lo quiera.
Leídos con gafas de marica, los cuentos de Andersen son un catálogo de armarios con forma de cuento infantil.
El chico de la portada de «Mirror» parece haber salido de uno de ellos. Pero ya no está en el corral. Está en otra parte, envuelto en plumas, con la cara hecha un cristo, mirándote.
Los cisnes de Matthew Bourne
En 1995, en el teatro Sadler's Wells de Londres, el coreógrafo Matthew Bourne estrenó una versión de «El lago de los cisnes» que cambió el ballet para siempre.

En la versión clásica de Chaikovski, los cisnes son bailarinas con tutú blanco. Delicadas, de puntillas, con los brazos haciendo olas. Bourne hizo algo que nadie se había atrevido a hacer en un escenario grande: los cisnes eran hombres. Torso desnudo, pantalones de plumas, pies descalzos, y una fuerza que no tenía nada de delicada. El príncipe se enamoraba de un cisne macho.
El montaje fue un éxito enorme y se ha representado durante décadas por medio mundo. Y llegó a un público muchísimo mayor gracias a una película que casi todo el mundo ha visto. Al final de «Billy Elliot», estrenada en 2000, el chaval minero que quería bailar aparece ya adulto, a punto de saltar al escenario en el papel de cisne, en el montaje de Bourne. Su padre y su hermano, mineros que no entendían nada, lo miran desde la butaca.
Esa escena ha hecho llorar a muchos maricas con padres mineros, metafóricos o literales.
La boa blanca de la portada de «Mirror» tiene algo de ese cisne varón. No es el cisne tierno de la bailarina. Es un torso de hombre envuelto en plumas, que no pide permiso para ser bonito. El planeta tiene un rincón dedicado a la estética del universo GAYFOLK, y esta portada encaja ahí como la pieza que faltaba.
El cisne negro
Hay otro cisne que acecha por esta portada, y es más oscuro.
En «El lago de los cisnes» existe un doble: Odile, el cisne negro, la hermana malvada que engaña al príncipe haciéndose pasar por la blanca Odette. Muchas compañías hacen que la misma bailarina interprete los dos papeles. El bien y el mal en un solo cuerpo, separados por un cambio de vestuario.
En 2010, Darren Aronofsky llevó esa idea al extremo en «Cisne negro», con Natalie Portman como una bailarina que se va rompiendo por dentro mientras prepara los dos papeles. Portman ganó el Óscar. La película termina con plumas negras brotando de la piel y un espejo roto.
La portada de «Mirror» tiene plumas blancas y maquillaje negro. Es un cisne blanco por debajo y un cisne negro en la cara. Mike lo dice en su ficha con otras palabras: belleza y desastre en el mismo plano, y ninguno de los dos pide perdón por estar ahí.
El planeta encuentra en eso algo muy sano. Durante mucho tiempo, a los maricas se nos ofrecieron solo dos papeles: el cisne blanco que se porta bien o el cisne negro que acaba mal. La portada se niega a elegir.
Lágrimas negras
El rímel corrido es una imagen con mucha historia.
Hay un bolero cubano, compuesto por Miguel Matamoros a finales de los años veinte, que se llama «Lágrimas negras». Lo han versionado decenas de artistas, y en España se hizo enormemente popular en 2003 cuando Bebo Valdés y Diego el Cigala grabaron un disco entero con ese título. Es la canción de alguien que llora por un amor que se va, y las lágrimas son negras porque son de pena profunda.
En el cine, el rímel corrido es la marca de la mujer que lo ha perdido todo. La actriz que sale de la fiesta con el maquillaje destrozado. La novia plantada. La diva que se mira en el espejo del camerino después de una mala función.
Y en el mundo drag, el rímel corrido es otra cosa. Es el final de la noche.
Mike lo apunta en su ficha: la portada tiene mucho de drag de madrugada desmaquillándose a medias. Cualquiera que haya estado en un camerino de bar de ambiente a las cinco de la mañana conoce esa imagen. La peluca en la mano, las pestañas postizas despegadas por una esquina, el corsé desabrochado y la cara a medio limpiar con toallitas de bebé del Mercadona. El momento en que la reina vuelve a ser un chico cansado.
Es el momento más honesto de toda la noche. Y casi nadie lo ve.
En el catálogo de Mike, esa madrugada ya tiene canción propia: «La primera drag de Benidorm», una letra sobre la reina que inauguró la noche en la costa. «Mirror» parece contar lo que pasa después, cuando se apagan los focos.
Espejito, espejito
Ningún texto sobre espejos puede terminar sin la madrastra de Blancanieves.

«Espejito, espejito, ¿quién es la más bella del reino?». La pregunta de la reina de los hermanos Grimm, popularizada por Disney en 1937, es probablemente la frase sobre espejos más famosa del mundo. Y es una pregunta de narcisista de manual: no quiere saber cómo es, quiere que le confirmen que es la mejor.
En el planeta Gayfolk los narcisistas tienen mala prensa. Llenan canciones enteras. Hay letras sobre el narcisista que castiga con el silencio, sobre el que te hace luz de gas, sobre el que se mira en ti como en un espejo y luego lo rompe. El diario ya habló de eso a propósito de «El espejo de enfrente», otra canción del catálogo con espejo en el título, donde el reflejo era cruel.
La portada de «Mirror» va al revés. El chico no pregunta quién es el más bello. No le importa. Tiene el rímel destrozado y no se lo arregla. Si es un narcisista, es el peor narcisista del mundo.
Esa es, quizá, la diferencia entre el espejo de la madrastra y el espejo de Mike. El primero sirve para compararse. El segundo sirve para verse.
Narciso, versión con plumas
Ya que estamos con espejos, hay que pasar por Narciso.
En las «Metamorfosis» de Ovidio, Narciso es un joven tan hermoso que rechaza a todos los que le quieren, entre ellos a la ninfa Eco. Como castigo, se enamora de su propio reflejo en una fuente y se queda ahí, mirándose, hasta morir. En el sitio donde estaba brota una flor.
Es un mito que se ha usado mucho contra nosotros. Durante buena parte del siglo XX, el psicoanálisis más torpe explicó la homosexualidad como una forma de narcisismo: el hombre que desea a otro hombre, decían, se desea a sí mismo. Una tontería que hizo mucho daño en consultas y en familias.
El chico de la portada de «Mirror» no está enamorado de su reflejo. Ni siquiera parece mirarse. Mira a quien le mira. Y lo hace con el maquillaje arruinado, que es lo contrario de la vanidad.
Si Narciso se hubiera visto con el rímel corrido, quizá se habría levantado de la fuente a tiempo.
A medio transformar
Hay una expresión en la ficha de Mike que el planeta no quiere dejar pasar: cisne a medio transformar.
Las historias de transformación suelen contarse por los extremos. Antes y después. El patito y el cisne. La cenicienta en la cocina y la princesa en el baile. Los programas de cambio de imagen de la tele de la tarde viven de eso: una señora con chándal entra por la izquierda y sale por la derecha con mechas y tacones, y el público aplaude. Nadie enseña el rato de en medio, cuando el tinte todavía está puesto y la cara está a medio maquillar.
Ese rato de en medio es el que sale en la portada.
Cualquiera que haya salido del armario sabe que la cosa no ocurre en un día. Hay años de a medias. Lo sabe tu mejor amiga pero no tu madre. Lo sabe tu madre pero no tu padre. Lo sabe tu familia pero no tu jefe. Vas a Chueca un sábado y el lunes vuelves a la oficina a hablar de fútbol. Tienes la boa puesta en una parte de tu vida y el traje gris en otra.
Ese estado intermedio cansa muchísimo. Es como llevar las plumas a la espalda todo el día y fingir que no pesan.
La portada no lo arregla ni lo juzga. Lo enseña. Y enseñarlo ya es bastante, porque casi nadie lo hace.
Cinco espejos donde ponerla
Mike recomienda escucharla delante de tu propio espejo. El planeta, que es muy de listas, propone cinco espejos concretos.
El del ascensor de tu edificio, ese que siempre te pilla con mala cara a las ocho de la mañana.
El del probador de Zara, con su luz de interrogatorio que hace que cualquier pantalón parezca un error.
El retrovisor del coche, en un semáforo en rojo, cuando aprovechas para mirarte los dientes y el de al lado te ve.
El del baño de una discoteca a las cinco, con la cola detrás y el rímel, si lo llevas, en plena huida.
Y el de casa de tus padres, el del pasillo, el que te vio crecer y no sabía nada.
Cinco espejos, cinco versiones de la misma cara. La canción, según su autor, pregunta qué ves. La respuesta cambia según el espejo.
Autoparodia frente al espejo del baño
Una confesión: el planeta ha llorado con rímel una vez. Una sola. Fue en una boda, en Toledo, con una máscara de pestañas que la dependienta juró que era resistente al agua.

No lo era.
Las fotos de esa boda siguen circulando por un grupo de WhatsApp familiar. En todas sale alguien que parece un mapache con traje de chaqueta. El planeta tardó tres meses en volver a mirarlas. Ahora le hacen gracia.
Por eso la portada de «Mirror» le cae tan bien. Hay quien se ve con el rímel corrido y huye del espejo. Hay quien lo convierte en portada de un single. Lo segundo es bastante más sano y mucho más divertido.
Plumas para todos
La boa de plumas merece un apunte final.
Es la prenda más camp que existe. La llevaban las vedettes del Paralelo de Barcelona, las coristas del Molino, las estrellas de revista que bajaban la escalera iluminada en el Teatro Martín de Madrid con aquel quintal de plumas a la espalda. La llevó Liberace en Las Vegas. La llevan las drag de cualquier pueblo con fiesta del Orgullo. Y la lleva media España en las despedidas de soltera, con una diadema de penes al lado.
Una boa de plumas no se puede llevar con seriedad. Es imposible. Te la pones y el cuerpo entero se convierte en un chiste, en un gesto, en una pose. El diario tiene una nota que explica el camp desde ese tipo de objetos: cosas que se toman tan en serio su propio exceso que acaban siendo una forma de verdad.
Lo raro de la portada de «Mirror» es que la boa no da risa. Está ahí, enroscada al torso, pero acompañada de un llanto. Es una boa de funeral, de fin de fiesta, de quien se la ha dejado puesta porque no tiene fuerzas para quitársela.
Ese contraste es lo mejor de la imagen. Plumas de cabaré y cara de después.
El tercer acto de un patito
«Mirror» vive en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. La página de prensa cuenta la estructura: descubrimiento, deseo de viaje y liberación.
En el cuento de Andersen, la liberación llega al final, cuando el patito se mira en el estanque. Es la última página. Después solo queda la frase de los cisnes viejos inclinando la cabeza ante el nuevo.
Que una canción llamada «Mirror» esté en el disco de la liberación tiene toda la lógica del mundo. Liberarse, muchas veces, consiste en mirarse por fin sin el filtro de lo que te han dicho. Ni el pato feo del corral ni el cisne perfecto del ballet. Lo que hay. Con plumas y con churretones.
Mike lo dice en la última línea de su ficha, como una instrucción de uso: escúchala delante de tu propio espejo. Con plumas, si tienes.
El planeta añade una cosa. Si no tienes plumas, también vale. Y si estás pasando un mal momento y lo que ves en el espejo te hace daño, no te quedes solo con eso. En España, el 024 atiende gratis a cualquier hora a quien está pensando en hacerse daño. A veces hace falta otra persona para ver el cisne.
Los datos, sin purpurina
El single tiene videoclip oficial, de 2:42, en la sección de vídeos del planeta. Según la ficha de mikesaintlouis.com, se subió al canal en octubre de 2025. La ficha del single lo fecha el 17 de junio de 2026. Se puede escuchar en Spotify y bajarse gratis desde la web.
La letra la firma Mike y no hay IA en ella. La música y las voces sí se han hecho con herramientas de inteligencia artificial como Suno, cosa que él cuenta sin esconderse.
Cuando la letra se publique, el planeta volverá al estanque a ver qué dice el cisne. A lo mejor habla del espejo. A lo mejor habla de alguien que le hizo llorar. A lo mejor habla de otra cosa que esta crónica no ha sabido imaginar. Lo que diga la letra manda.
La última página del cuento
En el final de «El patito feo», Andersen escribe que al cisne nuevo no se le subió a la cabeza. Que era demasiado feliz para eso, porque un buen corazón no se vuelve orgulloso.
Es una frase un poco cursi, del siglo XIX, pero tiene su miga.
El chico de la portada de «Mirror» tampoco parece orgulloso. Parece cansado, herido, envuelto en plumas que pesan. Y aun así está ahí, mirando de frente, sin limpiarse la cara.
Hay cisnes que se descubren en un estanque limpio, en primavera, con el sol de cara.
Y hay cisnes que se descubren a las cinco de la mañana, en el espejo de un baño, con el rímel por la barbilla.
Los dos valen.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Mirror»?
La letra todavía no está publicada en gayfolkplanet.com, así que este post no la cita. La portada muestra a un chico envuelto en una boa blanca de plumas, como un cisne a medio transformar, con el maquillaje negro corriéndole desde los ojos. Mike propone en su ficha que el espejo del título es quien mira la imagen.
¿En qué disco está?
En «El día de la liberación», el tercer acto de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 17 de junio de 2026.
¿Tiene videoclip?
Sí, un videoclip oficial de 2:42 en la sección de vídeos de gayfolkplanet.com.
¿Quién la ha hecho?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.