Arte y mirada
Pasaporte con una barra en medio: «Mitad Venezuela, mitad Pakistán» y la cara partida en dos
Por Mike Sain't Louis ·

Ventanilla tres. «Nacionalidad.»
El funcionario levanta la vista del ordenador y se encuentra con una cara que no cabe en el formulario. La mitad izquierda es azul eléctrico, como un neón de farmacia de guardia. La mitad derecha es rosa chicle, como el envoltorio de un Boomer. El mismo pelo, el mismo abrigo de pelo, la misma cadena con una cruz colgando. Y detrás, asomando por encima de los hombros, unas alas negras.
«Mitad Venezuela, mitad Pakistán», contesta la cara.
El funcionario no tiene casilla para eso.
Así es la portada de «Mitad Venezuela, mitad Pakistán», una de las imágenes más gráficas de todo el planeta: una cara cortada justo por el centro, con cada lado viviendo, como dice Mike en su ficha, en un clima distinto. El título aparece en letras de grafiti, separado por una barra. Una barra como la de «y/o», como la de los formularios que no se deciden, como la de las fechas de nacimiento.
La letra de la canción no está publicada en la web. La ficha de /letras dice «próximamente». El planeta no va a inventarse lo que cuenta la canción ni a quién se refiere, si es que se refiere a alguien. Mike lo deja claro en su texto: lo que hay dentro te lo deja para cuando le des al play, mejor con volumen alto.
Lo que sí hay, a la vista de cualquiera, es una cara partida y un título que pega dos países que están a más de trece mil kilómetros el uno del otro. Con eso basta para una crónica.
Dos países que no se tocan
Venezuela está en el norte de Sudamérica, con el Caribe delante y los Andes al oeste. Pakistán está en el sur de Asia, entre Irán, Afganistán, China y la India. No comparten idioma, ni religión mayoritaria, ni continente, ni comida, ni huso horario. Cuando en Caracas es mediodía, en Karachi ya ha anochecido.
Juntarlos en una misma frase es un disparate geográfico. Y precisamente por eso funciona.
Mike describe el título como algo que juega con dos países muy lejanos entre sí y los pega en una sola frase, con la mezcla de descaro y cachondeo que tiene el planeta GAYFOLK. Es el tipo de frase que se suelta en una barra de bar cuando alguien te pregunta de dónde eres y no te apetece explicarlo. Mitad de aquí, mitad de allá. Mitad de un sitio que no tiene nada que ver con el otro.
En Madrid, esa respuesta es menos rara de lo que parece.
Madrid, ciudad de mitades
Cualquiera que haya cogido la línea 1 del metro de Madrid de punta a punta sabe que esta ciudad es de todas partes. En un solo vagón caben acentos de Bogotá, de Guayaquil, de Rabat, de Bucarest, de Lima, de Shanghái, de Caracas y de Carabanchel. Hay barrios donde la frutería es dominicana, la peluquería es china, el bar es gallego y la tienda de móviles es de un chico que nació en Lahore y habla castellano con acento de Usera.
La comunidad venezolana en Madrid ha crecido muchísimo en los últimos años. Se nota en las arepas de las cafeterías, en las panaderías con tequeños y en el acento caraqueño de los camareros de media ciudad. La comunidad pakistaní, más presente en Barcelona, también tiene su sitio en Madrid, en sus barrios, sus tiendas y sus mezquitas.
Y luego están los hijos. Los que nacieron aquí de padres de allá. Los que tienen una abuela en Maracaibo y otra en Getafe. Los que hablan un idioma en casa y otro en el instituto. Los que en verano viajan a un país donde les llaman españoles y en invierno vuelven a otro donde les preguntan de dónde son de verdad.
Para esa gente, la pregunta de la ficha de Mike no es un juego. Es el día a día: de dónde eres cuando eres de dos sitios a la vez, o de ninguno del todo.
El planeta tiene una página dedicada a Madrid, y en esa página caben todas estas mitades. Madrid es, al fin y al cabo, una ciudad de gente que vino de otro sitio. Los gatos de cuatro generaciones son una especie en peligro de extinción.
Jano, el dios de las puertas
La imagen de una cara con dos lados tiene antepasados muy viejos.

Los romanos tenían un dios llamado Jano, con dos caras mirando en direcciones opuestas. Era el dios de las puertas, de los comienzos y de los finales, de los pasos de un sitio a otro. Por eso el primer mes del año lleva su nombre: enero, januarius, el mes que mira a la vez al año que se va y al que llega.
Jano no tenía una cara buena y una mala. Tenía dos caras igual de suyas, cada una mirando a un lado. Era el dios de quien está en el umbral.
La portada de «Mitad Venezuela, mitad Pakistán» no tiene dos caras. Tiene una sola, partida en dos colores. Pero el efecto es parecido. Es una cara de umbral. De quien está en la puerta, con un pie a cada lado, sin decidir hacia dónde entrar.
Y para un marica, el umbral es un lugar conocido. Toda la vida en la puerta del armario, con un pie dentro y otro fuera.
Bergman y las dos actrices
Hay una imagen famosa del cine que se parece a esta portada sin parecerse.
En «Persona», la película de Ingmar Bergman de 1966, dos mujeres pasan un verano en una casa junto al mar. Una es actriz y ha dejado de hablar. La otra es la enfermera que la cuida. Poco a poco, las dos identidades se confunden. Y en uno de los planos más conocidos de la historia del cine, Bergman funde media cara de una con media cara de la otra en una sola imagen. Liv Ullmann a un lado, Bibi Andersson al otro, formando un rostro imposible.
La portada de Mike hace algo distinto. No funde dos caras distintas en una. Coge una cara y la parte en dos climas. Pero la pregunta de fondo es la misma: ¿cuántas personas caben en una sola cara?
En el planeta Gayfolk la respuesta suele ser: muchas más de las que el funcionario de la ventanilla tres está dispuesto a apuntar.
Azul a un lado, rosa al otro
Los colores de la portada no son inocentes.
Azul eléctrico a la izquierda. Rosa chicle a la derecha. Son, justamente, los dos colores con los que el siglo XX decidió separar a los niños de las niñas. Azul para él, rosa para ella. Los patucos, las cunas, los baberos, los carritos, las tarjetas de felicitación de los nacimientos.
Lo curioso es que esa convención es bastante reciente y no siempre fue así. A principios del siglo XX, algunas revistas de moda infantil de Estados Unidos recomendaban justo lo contrario: el rosa, por ser un color más decidido, para los niños, y el azul, más delicado, para las niñas. La regla se fijó después, y se fijó tanto que hoy parece eterna.
En la portada de Mike, el azul y el rosa están en la misma cara. No hay que elegir. El niño y la niña de la tarjeta de felicitación conviven en un solo rostro con abrigo de pelo.
Y quien quiera puede leer ahí también otras banderas. El azul y el rosa son dos de los tres colores de la bandera trans, la que diseñó Monica Helms en 1999. El planeta no dice que la portada se refiera a eso, porque la ficha no lo dice. Pero los colores están, y las lecturas son libres.
Las alas del Retiro
Detrás de la cara asoman unas alas negras. Mike las describe como alas de ángel caído de discoteca.
En Madrid, decir «ángel caído» es decir un sitio concreto. En el parque del Retiro, al final del paseo de Fernán Núñez, hay una fuente con una estatua de Lucifer cayendo del cielo, retorcido, con una serpiente enroscada. La esculpió Ricardo Bellver en el siglo XIX. Se dice mucho que es una de las pocas estatuas públicas del mundo dedicadas al diablo, y los guías turísticos lo cuentan con mucho gusto.
El Ángel Caído del Retiro es una figura muy marica, aunque nadie lo diga en las audioguías. Un chico guapo, desnudo, castigado por rebelde, expulsado del paraíso por no obedecer. Es la historia de muchos de nosotros contada en bronce.
Las alas de la portada son de ese linaje, pero con lentejuelas. Son de ángel caído que ha bajado del cielo directamente a la pista de baile, que ha cambiado el paraíso por un garito de Chueca y no se arrepiente. Un ángel que no ha caído: se ha tirado.
La cruz y el abrigo de pelo
Más detalles. El mismo abrigo de pelo a los dos lados. La misma cadena con cruz.

La cruz al cuello es un objeto que en este país tiene mil lecturas. Puede ser de primera comunión, regalo de la abuela, que se lleva por cariño aunque no se pise una iglesia desde hace años. Puede ser de traperos, que la llevan enorme y dorada encima de la camiseta. Puede ser de devoción sincera. Puede ser de pose.
En una cara partida entre dos países, uno de mayoría católica y otro de mayoría musulmana, la cruz se queda en medio, igual a los dos lados. El planeta no va a sacar conclusiones religiosas de una cadena. Solo apunta que está ahí, idéntica en el azul y en el rosa, como si fuera lo único que no cambia de clima.
El abrigo de pelo es otra cosa. Es puro exceso. Es el abrigo de diva de los años setenta, de rapero de videoclip, de señora de Serrano en enero. Es la prenda que dice «tengo frío pero sobre todo tengo estilo». Llevarlo a los dos lados de la cara es una manera de decir que, sea de donde sea, este chico no renuncia al glamur.
El grafiti y la barra
El título está en letras de grafiti. Y entre los dos países hay una barra.
El grafiti es el idioma de la calle. En Madrid tiene un nombre propio que cualquiera de más de cuarenta años recuerda: Muelle, el chaval que en los años ochenta llenó la ciudad de su firma con una flecha en espiral. Muelle convirtió las paredes de Madrid en su cuaderno y acabó siendo una leyenda de la Movida. Hoy queda alguna de sus firmas protegida, que es la forma que tiene una ciudad de reconocer que el vandalismo, a veces, era arte.
Un título en grafiti dice: esto no viene del despacho. Viene de la pared del barrio.
Y la barra dice otra cosa. La barra es el signo de los que no eligen. Venezuela barra Pakistán. Él barra ella. Español barra extranjero. Es el signo que ponemos cuando las dos opciones son verdad a la vez. Los gramáticos la miran con desconfianza. Los formularios la usan cuando no saben qué poner.
En la portada de Mike, la barra es la línea que parte la cara en dos. Literalmente. El título y la imagen se dan la mano.
Telenovela a un lado, Lollywood al otro
Si cada mitad de la cara tuviera una tele encendida, el planeta sabe qué estaría viendo.
En la mitad venezolana, una telenovela. Venezuela fue durante décadas una de las grandes fábricas de culebrones del mundo, y España se tragó unos cuantos. A principios de los noventa, media España se sentaba después de comer a ver «Cristal» en TVE, con sus hijas perdidas, sus madres secretas y sus diálogos de rodillas en el suelo. Luego llegaron más: «Kassandra», con su gitana de circo, y una procesión de herederas, mayordomos malvados y gemelas separadas al nacer. Las abuelas españolas aprendieron palabras como «chévere» sin haber pisado Caracas.
El culebrón venezolano es una de las raíces secretas del camp español. Nadie llora como se llora en una telenovela. Nadie abofetea con ese giro de muñeca. Nadie dice «tú no eres mi madre» con esas pausas.
En la mitad pakistaní, otra pantalla. La industria de cine de Lahore se conoce como Lollywood, igual que la de Bombay se llama Bollywood. Melodramas enormes, números musicales con decenas de bailarines, amores imposibles entre familias enfrentadas, lágrimas en primer plano. Y en la radio de al lado, la música qawwali, la música devocional de los sufíes, que un intérprete como Nusrat Fateh Ali Khan llevó a escenarios de medio mundo.
Telenovela y Lollywood. Dos formas de melodrama a trece mil kilómetros de distancia, las dos con los sentimientos al máximo volumen. Puestas en una misma cara, no se pelean. Se entienden perfectamente.
El drama es un idioma universal. Y el planeta Gayfolk lo habla con fluidez.
Volumen alto
Mike termina su ficha con una instrucción muy concreta: ponerla con el volumen alto.
No es un consejo menor. Hay canciones que se escuchan bajito, con cascos, en el autobús, como quien lee un mensaje que no quiere que vea nadie. Y hay canciones que piden altavoz.
Una cara partida en azul eléctrico y rosa chicle, con alas negras y un título de grafiti, no es una portada para escuchar en voz baja. Es una portada de ventanilla bajada, de altavoz en la terraza, de fiesta en un piso compartido de Lavapiés con vecinos de cinco países distintos asomados al patio.
Subir el volumen tiene algo de declaración. Es decir: soy esto, mitad y mitad, y no lo voy a susurrar.
Durante mucho tiempo, a la gente de dos sitios se le pidió lo contrario. Que bajara la voz en el autobús cuando hablaba con su madre por teléfono en otro idioma. Que no pusiera su música en la terraza. Que no cocinara con tanto olor, que se notaba en la escalera. Que se integrara, que es una palabra muy bonita que muchas veces quiere decir «que no se te note».
A los maricas nos pidieron lo mismo con otras palabras. Que no se nos notara la pluma. Que no nos diéramos la mano en el metro. Que no pusiéramos a Raffaella Carrà a todo trapo en el coche.
Una portada a todo color y una canción a todo volumen son la respuesta a esas dos peticiones a la vez.
Autoparodia de genealogía
El planeta, para que conste, es mitad Vallecas, mitad Albacete. Un cuarto de la familia viene de un pueblo de Cuenca del que nadie recuerda el nombre y otro cuarto se pierde en un bisabuelo que, según la tía Puri, era hijo ilegítimo de un marqués.

Nadie se lo cree. Pero en las comidas de Navidad la tía Puri levanta la barbilla al hablar de él.
Toda familia tiene una mitad que se inventa y otra mitad que se calla. La portada de «Mitad Venezuela, mitad Pakistán» al menos lo dice a la cara, a todo color y con alas.
El primer acto, la pista cinco
«Mitad Venezuela, mitad Pakistán» está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el disco que abre la trilogía. En la discografía de la web es la pista 5, justo después de «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios» y justo antes de «Licores modernos». Es de las primeras canciones del universo.
Según la ficha de mikesaintlouis.com, el videoclip se subió al canal en febrero de 2025, cuando el planeta todavía estaba en sus primeros meses. Eso la convierte en una pieza casi fundacional. Una de las primeras cosas que el planeta enseñó al mundo fue una cara partida en dos.
Tiene sentido. El primer acto de la trilogía, según la nota de prensa sobre la narrativa en tres actos, es el del descubrimiento. Y lo primero que uno averigua cuando encuentra su planeta es que no es de un solo sitio.
Para quién es esta cara
El planeta no sabe qué dice la letra, pero sabe a quién le va a mirar esta portada desde el móvil.
Al chaval que en el instituto es «el venezolano» y en casa de su abuela en Valencia, Venezuela, es «el españolito».
A la chica que reza en un idioma y liga en otro.
Al marica hijo de migrantes que tiene que salir del armario dos veces, una en cada cultura, y que a veces no sabe cuál de las dos le da más miedo.
A cualquiera que haya rellenado un formulario y no haya encontrado su casilla.
Y a los que no son de dos países pero sí de dos mundos: el del pueblo y el de la ciudad, el de la familia y el de los amigos, el del lunes y el del sábado.
Si te sientes tan partido que no sabes por dónde empezar, que sepas que hay gente con la que hablarlo. El diario tiene una nota sobre el orgullo de cada día, que va de eso, de ser quien eres cuando nadie te aplaude. Y si la cosa pesa demasiado, en España existe el 024, gratis y a cualquier hora.
Los datos, sin aduana
El single tiene videoclip oficial, de 2:45, en la sección de vídeos del planeta. La ficha del single lo fecha el 6 de julio de 2026. Se puede escuchar en Spotify y bajarlo gratis de la web.
La letra es de Mike y está escrita sin IA. La música y las voces se han hecho con herramientas de inteligencia artificial como Suno, algo que la página de prensa cuenta con todas las letras.
Cuando la letra se publique, el planeta volverá a la ventanilla tres a ver qué responde la cara. A lo mejor habla de un amor con dos pasaportes. A lo mejor habla de una noche. A lo mejor es todo cachondeo y el título no esconde nada más que el gusto por pegar dos palabras que no pegan. Lo que diga la canción manda.
Sello y firma
Último trámite. El funcionario mira la cara otra vez. El azul, el rosa, las alas, la cruz, el abrigo.
Duda. Busca en el desplegable del ordenador. No encuentra nada.
Al final escribe a mano, en el margen del formulario, con letra de médico: «Ver portada».
Y sella.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Mitad Venezuela, mitad Pakistán»?
La letra todavía no está publicada en gayfolkplanet.com, así que este post no la cita ni la resume. La portada sí está publicada: un mismo rostro partido por el centro, con la mitad izquierda en azul eléctrico y la derecha en rosa chicle, alas negras detrás y el título en letras de grafiti separado por una barra. Mike la describe como una pregunta sin respuesta cerrada sobre de dónde eres cuando eres de dos sitios a la vez.
¿En qué disco está?
En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer acto de la trilogía GAYFOLK. Es la pista 5 de la discografía de la web y la ficha del single lo fecha el 6 de julio de 2026.
¿Tiene videoclip?
Sí, un videoclip oficial de 2:45. Según mikesaintlouis.com, se subió al canal en febrero de 2025.
¿Quién la ha hecho?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.