Letras
«Montaña rusa»: la atracción que los rusos llaman americana y la musa que se baja en marcha
Por Mike Sain't Louis ·

«Hoy es el día montaña rusa / montaña rusa / montaña rusa / montaña ruuuuuuuuusaaaaaaaa».
Cuatro veces. La última, con la «u» y la «a» estiradas como el tren cuando llega arriba del todo y se queda un segundo quieto antes de tirarse. Ese segundo en que todo el vagón contiene la respiración y alguien, siempre hay alguien, grita «¡mamá!».
Así arranca «Montaña rusa», del primer disco de la trilogía GAYFOLK. No hay presentación ni nombre del ex. Hay un parte meteorológico del alma: hoy toca día de feria. Abróchate el cinturón, que no hay devolución del ticket.
Montañas americanas
Antes de subir, un dato de taquilla. La atracción se llama montaña rusa por los toboganes de madera y hielo que se construían en Rusia en invierno y por los que la gente se tiraba en trineo. Y aquí viene lo bueno: en Rusia no la llaman así. Según la entrada de montaña rusa en Wikipedia, los rusos la llaman «amerikánskiye gorki», montañas americanas. Cada país le echa la culpa del mareo al vecino.
La versión inglesa de la misma enciclopedia sitúa esas primeras «Russian Mountains» en el siglo XVII y cuenta que el estadounidense LaMarcus Adna Thompson patentó en 1885 uno de los primeros diseños sobre raíles, basado en la Switchback Railway que había abierto un año antes en Coney Island (roller coaster). Del trineo de hielo de los zares al parque de atracciones de Nueva York. Y de ahí, al estribillo de una canción escrita en Madrid.
Lo del nombre cambiado tiene su gracia aplicado a esta letra. Un día montaña rusa es exactamente eso: algo que te pasa a ti pero cuya culpa siempre parece de otro. ¿De quién es la culpa del día? De usted. Ahora llegamos.
La subida: contenerme a todas horas
Toda montaña rusa empieza con una subida lenta, de cadena, clac, clac, clac. La canción la tiene: «Y aunque intente contenerme a todas horas».
«A todas horas». No dice «un rato» ni «delante de la gente». Dice a todas horas, como el bar que no cierra. Es la confesión de alguien que lleva el día entero apretando los dientes en el metro, en la cola del Carrefour, en la reunión del trabajo. La subida de la atracción es eso: tensión acumulada, metro a metro.
Y arriba, la caída: «Se está muriendo la / muuuuuusaaaaaa».
El verso se parte justo antes de la palabra. «Se está muriendo la», salto de línea, y luego la musa, estirada. Es el vacío del estómago escrito en el papel. Te quedas colgado del artículo, de ese «la» que no sabe adónde va, y luego cae la palabra entera con todas sus vocales.
Hija de la memoria
¿Qué es una musa, si nos ponemos finos? En la mitología griega, las musas son las diosas que inspiran las artes, y la genealogía que recoge la entrada de Musa es de las que dan que pensar: son hijas de Zeus y de Mnemósine. Mnemósine es la memoria. Las musas son, literalmente, hijas de la memoria.
Ahora vuelve a leer el verso. Se está muriendo la musa el día en que quien narra no puede dejar de recordar a alguien. Si la musa es hija de la memoria, lo que la mata no es el olvido, es el exceso. Demasiado recuerdo de golpe, en el mismo vagón, sin espacio para nada más. La inspiración se ahoga en lo que no se puede dejar de pensar.
Esto la letra no lo dice. Lo dice Hesíodo. Pero pega como un guante con lo que sí dice la canción, que es poco y muy afilado.
Y luego el remate, con la palabra clave de la queja castiza: «que encima / aparte de estar muriendo la musa / se ha quedado también / muuuuuuuuuudaaaaaa».
Encima, aparte, también
Esta frase merece un minuto de gramática de barra. «Encima», «aparte de», «también». Tres palabras que dicen lo mismo, acumulación, metidas en una sola oración. Es una redundancia de queja de bar, de esas que se sueltan con el palillo en la boca: «Y encima, aparte de que llueve, también se me ha roto el paraguas».

Nadie habla así en un poema de manual. Todo el mundo habla así en la vida.
La redundancia sirve para inflar la desgracia hasta el ridículo. No basta con que la musa se muera. Además se ha quedado muda. Como si te dijeran que el paciente ha fallecido y, para colmo, no ha dejado dicho nada. Es humor negro de ventanilla de hospital, y es muy de este planeta.
Lo más fino viene al final de la canción. En las vueltas anteriores, la palabra «muda» se estira hasta el infinito: «muuuuuuuuuudaaaaaa». En la última aparición, la letra publicada la escribe sin una sola vocal de más: «Muda». Seca. Con mayúscula y punto.
La musa se calla de verdad en el último verso. La canción hace lo que dice.
Diecinueve letras para decir rusa
Si coges la letra publicada y cuentas letras, sale un pequeño electrocardiograma. «Ruuuuuuuuusaaaaaaaa», en el estribillo, ocupa diecinueve letras. «Muuuuuusaaaaaa», la musa que se muere, catorce. «Muuuuuuuuuudaaaaaa», la musa que se queda muda, dieciocho. Y la última «Muda», cuatro.
Diecinueve, catorce, dieciocho, cuatro.
Ese es el trazado de la atracción, dibujado con vocales. El pico más alto es la propia montaña: la palabra «rusa» es la que más se estira de toda la canción, como si el día fuera más grande que la pena. La musa que muere se estira menos, casi con vergüenza. La musa muda vuelve a subir, porque quedarse sin voz se dice gritando. Y el último vagón entra en la estación con cuatro letras justas.
Hay una ironía bonita en eso. La palabra más larga de toda la letra es la que nombra el silencio. Para decir que la musa se ha quedado muda hacen falta dieciocho letras. Nadie se calla tan alto como un madrileño despechado.
Llorar tanto porque
Antes del usted hay un salto de línea que merece lupa: «No puedo evitar llorar / tanto porque». La palabra «tanto» se queda colgando al principio del verso, y eso permite leer la frase de dos maneras.
Primera lectura: no puedo evitar llorar tanto. La cantidad va con el llanto. Lloro a chorros, lloro como la fuente de Cibeles cuando gana el Madrid.
Segunda lectura: tanto porque. Es decir, sobre todo porque, en buena parte porque. La cantidad va con la causa. Lloro, y en gran medida es porque yo sí le quería.
La letra publicada no pone coma ni en un sitio ni en el otro, así que las dos lecturas conviven. Y las dos son verdad a la vez: se llora mucho y se llora por eso. El salto de línea hace de vagón que se balancea entre una curva y la siguiente. Un poema de manual habría elegido. Esta letra prefiere el bamboleo.
Y fíjate en «Como quién dice», que en la letra publicada lleva tilde en «quién», como si fuera pregunta. Se cita tal cual, sin corregir. Hay algo de verdad en ese despiste, porque la coletilla suena casi a interrogación: ¿le quería? Como quién dice. Hasta hace tres días.
Yo, a diferencia de usted
Entre subida y bajada, la letra suelta la frase que convierte la atracción de feria en ajuste de cuentas: «No puedo evitar llorar / tanto porque / yo a diferencia de usted / Si le quería».

Ese «Si» va sin tilde en la letra publicada, y se cita tal cual. Lo que dice es «sí le quería», con afirmación enfática. Yo sí. Usted no.
El «usted» tiene más historia de la que parece. Según recoge la entrada de Usted a partir de la RAE, viene de «vuestra merced», que pasó a «vusted» y acabó en el «usted» de hoy. Es decir, tratar de usted al ex es, por pura etimología, llamarle «vuestra merced». Como a un hidalgo. Como al señor marqués que no saluda.
Y ojo al «le». «Si le quería» es te quería, pero en formal: el pronombre de usted. La letra no se sale del registro ni para confesar el amor. Hasta para decir que le quiso, quien narra mantiene la distancia del notario.
El planeta usa mucho ese recurso. En la canción que va justo antes en el disco, «Un puñetazo al día», el ex también acaba tratado de usted: «Usted bien escondidito». Es la cortesía como cuchillo. Se le habla con respeto a quien ya no merece confianza, igual que se le pone corbata a un muerto.
Como quién dice, hasta hace tres días
Y después de la confesión, el freno de mano: «Como quién dice / Hasta hace tres días».
El diario ya le dedicó una nota a esta canción desde el oficio de escribir, «rusa, musa, muda», y allí se cuenta la gracia de esa coletilla. Aquí interesa otra cosa: el número.
Tres días. No tres años, ni tres meses. Tres días es el tiempo de un catarro o de un pan de molde abierto. Es poquísimo. Y por eso es demoledor y gracioso a la vez. Si le quería hasta hace tres días, ¿qué pasó el cuarto? La letra no lo cuenta. Deja el hueco y que cada cual ponga su lunes.
También funciona como broma contra uno mismo. Quien narra está llorando «tanto», a todas horas, con la musa agonizando, por un amor que, bien mirado, se le acabó anteayer. Es la autoparodia del dramático: sí, estoy fatal, pero no os penséis que llevo años. Es de esta semana. Fresquito.
La atracción en dos vueltas
Si pones la letra entera delante, la estructura es de feria pura. Hay dos vueltas completas, y cada vuelta tiene el mismo recorrido: estribillo de cuatro «montaña rusa», la subida de contenerse, la caída de la musa, la frase de usted, el freno de los tres días, otra vez el estribillo y el remate de la musa muda.
Dos vueltas iguales. Como en el parque de atracciones, cuando pagas el ticket doble porque la primera no te ha dado tiempo ni a gritar.
La canción no tiene puente ni giro final. No le hace falta. Una montaña rusa no cambia de trazado a mitad de recorrido: lo que cambia es cómo te sienta la segunda vez. La primera vuelta la pena es nueva; en la segunda ya te sabes la caída, y aun así te tira el estómago.
Lo único que cambia al final es esa «Muda» sin estirar. El tren entra en la estación y frena en seco.
Entre un entierro y un señor de Murcia
Toca mirar alrededor. En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía, «Montaña rusa» es la pista 54. Va después de «Un puñetazo al día», pista 53, y antes de «Envejecer», pista 55. El trío de canciones es un pequeño culebrón de tres capítulos.

En «Un puñetazo al día», alguien celebra en Madrid el entierro de su exmarido con su mejor amigo y con Ismael Serrano al lado, y lleva en el maletero del coche una corona de flores. Montalvo suelta: «Será un cadáver». Carcajada. Esa canción es la fiesta del duelo.
Pero la fiesta tiene fondo. En mitad de las bromas, «Un puñetazo al día» suelta una imagen que es pura película de gánsteres: «me has dejado atado, / en los tobillos, dos pesas de trescientos kilos, / y después me has tirado al mar. / Nunca se supo más». Y el título sale de ahí, de una comparación que no perdona: «Esto es peor que día tras día / te den un puñetazo».
Fíjate en ese «Nunca se supo más». Es otra forma de quedarse mudo. El de las pesas se hunde y no dice nada; la musa de la pista siguiente se muere y tampoco. Dos canciones seguidas que terminan en silencio, una bajo el agua y otra en la feria.
Luego llega «Montaña rusa», que es la resaca del día siguiente. Ya no hay corona ni amigos: hay un día que sube y baja y una musa que se muere.
Y después, «Envejecer», que tiene el verso más triste de ese tramo del disco: «Estaba tan seguro que juntos íbamos a envejecer». Ahí ya no hay ironía ni coletilla de bar.
«Envejecer» está construida sobre una pregunta que se repite como un disco rayado: «¿Por qué me preguntabas si me imaginaba los dos viejitos cogidos de la mano?». Y la respuesta llega tarde, con la letra rota en palabras sueltas: «Te voy a contestar / cuando ya es demasiado tarde / síiiiiiii / sí / lo imaginaba».
Ponlo al lado de «Montaña rusa» y el reloj cuadra de una forma rara. En una canción, quien narra le quería «hasta hace tres días». En la otra, se imaginaba de viejito con él. Tres días contra cuarenta años. Lo que se pensaba que iba a durar una vida dura lo que un yogur abierto, y las dos canciones se dan la mano en el disco como los viejitos que ya no van a ser.
De la fiesta a la resaca, y de la resaca al luto. El disco no va al psicólogo: va del tanatorio a la feria.
En el listado de singles de la web el orden es otro y también cuenta algo. Allí «Montaña rusa» es la pista 196 de 273 y va entre «La casa de los mil cadáveres», el sainete de escalera del ex comparado con una cucaracha, y «Hoy toca escuchar a Ismael Serrano». Otra vez Ismael Serrano, ahora con el nombre en el título. Del portero sobornado al llanto de feria y del llanto a la terapia de discos. Hay días que se programan solos.
Cuando no es una metáfora
Hay que decir una cosa en serio, una sola vez.
A veces la montaña rusa no es una forma de hablar. Un ataque de pánico se parece mucho a esa caída: el corazón que se dispara, el aire que no llega, la sensación de que te vas a morir aunque no pase nada grave. El diario de gayfolkplanet.com lo explicó con calma en su nota sobre ataques de pánico, y allí cita precisamente este título como imagen de esas subidas y bajadas que no se controlan. Si los días montaña rusa se repiten, o empiezas a evitar sitios por miedo a que te pase, merece la pena consultar. En España, si estás en un mal momento, el 024 atiende gratis a cualquier hora.
Dicho queda. Volvemos a la feria.
El llanto que se hace ritmo
El planeta tiene otras canciones de no poder más. «Otro bombardeo» es la más cercana en tono, con su «Estoy tan triste / Y no puedo parar de / Llorar» y su genial tropiezo final: «Yo ahora mismo no puedo "Gua" "Guantar"». Las dos repiten. Las dos estiran. Las dos se ríen un poco de sí mismas mientras se caen.

La diferencia es el escenario. «Otro bombardeo» es una guerra. «Montaña rusa» es una feria. En la guerra no eliges entrar; en la feria pagaste la entrada. Hay algo de eso en la letra: nadie obligó a quien narra a enamorarse, y ahora le toca aguantar el recorrido completo, con su subida, su caída y su usted.
Esa es la única lección del tema, y la letra ni siquiera la dice. La deja en la cola de la atracción.
Napy, la boina y el Katapult
Para quien se haya criado en Madrid, una montaña rusa tiene dirección postal: Casa de Campo, zona de Batán. Allí está el Parque de Atracciones de Madrid, que según su entrada en Wikipedia se inauguró el 15 de mayo de 1969. En 1990 estrenó una montaña rusa llamada Katapult, y durante años la mascota fue Napy, un oso con chaqueta, boina y pañuelo blanco al cuello, impreso en las calcomanías que hacían de tique para montar.
Un oso con boina. Es difícil imaginar algo más castizo para vigilar la cola del mareo.
La canción no menciona ningún parque, y aquí no se va a inventar que lo haga. Pero el título juega en casa. En Madrid, decir «montaña rusa» es decir domingo y bocadillo de tortilla envuelto en papel de plata. Es una palabra de familia. Por eso funciona tan bien para un desamor: es una diversión que pagas, que te sabes de memoria y que, aun así, te deja temblando las piernas al bajar.
Un día tarde para el lunes triste
Otro dato de calendario, de esos que el planeta colecciona. Según mikesaintlouis.com, el videoclip de «Montaña rusa» se publicó el 21 de enero de 2025. Un día antes, el 20, fue el tercer lunes de enero, el que la publicidad bautizó como Blue Monday, el supuesto día más triste del año.
La propia entrada de Blue Monday recuerda que el invento apareció en 2005 en un comunicado de prensa de Sky Travel, con una ecuación firmada por Cliff Arnall, y que se considera pseudociencia. Una agencia de viajes decidió qué día te tocaba estar triste para venderte una escapada. Camp en estado puro.
No hay ninguna prueba de que la fecha de la canción tenga que ver con eso, así que se queda en casualidad. Pero es una casualidad deliciosa: el día oficial de la tristeza pasa y, al siguiente, aparece una canción diciendo que hoy, precisamente hoy, es el día montaña rusa. La pena de verdad no consulta el calendario del marketing. Llega cuando le da la gana, normalmente un martes.
Instrucciones de uso
Escúchala en Spotify o descárgala gratis desde su ficha. El videoclip oficial está en la página del vídeo, dura 3:45 y es el 222 de 276 en la transmisión del planeta, justo después del de «Envejecer». Según mikesaintlouis.com, se publicó el 21 de enero de 2025.
Con la letra delante, prueba esto: cuenta las veces que aparece «montaña rusa». Son dieciséis, cuatro por cada estribillo. Dieciséis veces la misma palabra y no cansa, porque cada vez significa un poco distinto. Las primeras son descripción. Las últimas ya son mantra, de esos que se repiten en el baño del trabajo mirándote al espejo para no llorar delante del jefe.
Y fíjate en el final. Después de tanta vocal estirada, la última palabra llega corta.
Muda.
Cuando una canción sobre quedarse sin palabras termina quedándose sin palabras, no hay más que añadir. Bueno, sí: la próxima vez que el día se ponga montaña rusa, recuerda que en Rusia la llaman americana. A lo mejor tu día tampoco es tuyo. A lo mejor es de usted.
Preguntas frecuentes
¿Qué dice la letra de «Montaña rusa»?
Que «Hoy es el día montaña rusa», que aunque quien narra intenta «contenerme a todas horas» se le está muriendo la musa, y que llora porque, «a diferencia de usted», sí le quería, «como quién dice / hasta hace tres días».
¿Por qué se llama montaña rusa la atracción?
Por los grandes toboganes de hielo que se construían en Rusia en invierno. Curiosamente, en ruso se llaman «montañas americanas».
¿En qué disco está?
Es la pista 54 de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer álbum de la trilogía GAYFOLK, entre «Un puñetazo al día» y «Envejecer».
¿Quién la ha hecho?
Letra de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Música y voces producidas con herramientas de inteligencia artificial, entre ellas Suno, como explica el press kit.