IA y autoría
La música hecha con IA ya lleva etiqueta: lo que el colectivo LGTBI sabe de que te pongan nombre desde fuera
Por Mike Sain't Louis ·

En dos semanas de octubre, la música hecha con inteligencia artificial ha dejado de ser un rumor de sobremesa y ha pasado a llevar etiqueta. El 13 de octubre, Deezer anunció un interruptor para que cada oyente pueda sacar de sus búsquedas la música generada íntegramente con IA. El 14, YouTube Music empezó a mostrar en el reproductor un aviso para las canciones creadas «principalmente» con IA generativa. El 20, Spotify hizo balance de un año de medidas: créditos de IA, insignias para los artistas verificados y otras para los perfiles cuya identidad es sintética.
Para Planeta Gayfolk no es una noticia ajena. Es la casa. Mike Sain't Louis escribe todas las letras del universo GAYFOLK y la música se crea con herramientas de IA, algo que el proyecto cuenta desde el principio y sin letra pequeña. Así que esta nota del diario se pregunta qué significa este nuevo sistema de etiquetas para un artista independiente y abiertamente gay. Y por qué el colectivo LGTBI, que lleva décadas lidiando con nombres puestos desde fuera, tiene algo que decir sobre cómo se etiqueta a la gente.
Qué ha cambiado este mes: tres plataformas, tres etiquetas distintas
Lo primero es separar las piezas, porque cada plataforma etiqueta una cosa diferente.
YouTube Music explicó en su blog oficial que, desde el 14 de octubre, quien escuche un tema en el que la IA «tuvo un papel significativo» verá un aviso en la página del reproductor. Pone un ejemplo: usar un modelo generativo para crear la composición y las voces. Para asignarlo trabaja con sus socios musicales y con herramientas de detección propias, y anuncia que la etiqueta llegará también a la aplicación principal de YouTube.
Deezer, en su sala de prensa, fue más lejos. La plataforma francesa ya detectaba y etiquetaba desde junio de 2025 los temas generados por completo con IA, y los dejaba fuera de sus recomendaciones y de sus listas editoriales. Ahora promete, antes de que acabe 2026, un interruptor que permitirá ocultar también de las búsquedas esas canciones, sus álbumes y los artistas asociados. Las cifras que da son de vértigo: casi 90.000 temas íntegramente generados con IA cada día, más de la mitad de todo lo que recibe en los días de más entregas. Según la misma nota, hasta el 85 % de las escuchas de esos temas fueron fraudulentas en 2025. Y añade un matiz que importa: la herramienta está pensada para la música «totalmente» generada, mientras que la que incluye elementos de IA dentro de un proceso creativo humano más amplio «se trata de forma diferente».
Spotify, en su balance del 20 de octubre, no pone un sello en la canción. Lo que hace es pedir créditos: desde abril, los artistas pueden declarar qué papeles e instrumentos de un tema se hicieron con IA, y el oyente lo ve en los créditos de la canción. Además, marca con una insignia los perfiles cuya identidad es generada por IA, y los saca por defecto de las recomendaciones.
Por debajo de todo está el marco europeo. Desde el 2 de agosto de 2026 se aplican las obligaciones de transparencia del artículo 50 del Reglamento de IA, que obligan, entre otras cosas, a marcar técnicamente el contenido sintético. El aire de época es claro: lo que hace una máquina tiene que poder saberse.
Un artista que se puso la etiqueta antes de que existiera
Mike Sain't Louis es un artista musical independiente con base en Madrid y el creador de GAYFOLK, un proyecto musical, audiovisual y narrativo construido alrededor de un planeta queer imaginario. Publica música desde 2024, el año en que «Tan Cateto» se hizo viral en TikTok. En 2026 cerró la trilogía GAYFOLK: tres álbumes y 275 pistas, de «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK» a «El día de la liberación».
El reparto del trabajo está escrito en esta misma web desde hace meses, en una nota que lleva un título sin rodeos: «Las letras son mías; la música, de la máquina». Las letras las escribe él, y muchas son autobiográficas. La música y la interpretación vocal se hacen con IA. En su web oficial lo detalla todavía más en «Avisar al oyente: transparencia y confianza»: escribe todas las letras, produce la música con Suno, elige entre las versiones que le propone la herramienta y deja claro que la voz que se oye no es la suya.
Es decir: cuando las plataformas han empezado a pedir la etiqueta, este planeta ya la llevaba cosida por dentro. Y eso permite mirar el debate desde un sitio poco habitual. No desde el miedo a que te descubran, sino desde la pregunta de qué pasa cuando una etiqueta que uno se pone con orgullo pasa a ser un filtro que otros pueden activar.
El colectivo LGTBI ya conoce los filtros
Hay una palabra que en el colectivo hace saltar las alarmas: filtro.
En marzo de 2017, YouTube tuvo que pedir disculpas porque su Modo restringido, pensado para proteger a menores de contenidos inapropiados, estaba ocultando vídeos de creadores LGTBQ que no tenían nada de explícito: historias de salir del armario, parejas, charlas sobre identidad. La compañía reconoció que la herramienta no funcionaba como debía y la corrigió. Pero el episodio dejó una lección: un filtro automático, por bien intencionado que sea, aprende los prejuicios de quien lo diseña o de los datos con los que se entrena. Y lo primero que suele tapar es lo que se sale de la norma.
Nada indica que las etiquetas de IA de este otoño vayan en esa dirección. Responden a un problema real, el fraude y la avalancha de música fabricada en serie para cobrar escuchas, que perjudica justamente a los artistas pequeños. Pero la memoria del colectivo invita a hacer preguntas incómodas. ¿Qué cuenta como «íntegramente» generado? ¿Quién decide dónde está la frontera entre una herramienta y un autor? ¿Hay una vía clara para que un artista corrija una etiqueta equivocada? Deezer reconoce que la música con aportación humana «se trata de forma diferente». Lo que todavía no se ve desde fuera es cómo se mide esa diferencia, canción a canción.
Este diario no ha comprobado cómo aparece cada tema del catálogo en cada plataforma, ni lo va a suponer. Lo que sí puede decir es que GAYFOLK es el caso exacto que esas fronteras tienen que saber leer: letras escritas por una persona, sobre su vida, dentro de un universo que solo existe porque alguien decidió inventarlo.
Nombrarse antes de que te nombren
Cualquier persona LGTBI sabe la diferencia entre decir «soy gay» y que te lo griten desde la otra acera. La palabra puede ser la misma. Lo que cambia es quién la pronuncia, para qué y con qué tono.
Durante buena parte del siglo XX, en España, la etiqueta la ponía la ley. «Tan Cateto», la canción que le abrió a Mike la puerta de TikTok, ha servido en este diario para recorrer lo que ha cambiado en la ley española desde que un beso entre dos hombres era escándalo público hasta que la agresión LGTBIfóbica pasó a ser delito de odio. El mismo beso, castigado antes y protegido ahora. Las etiquetas no son neutras: cambian de manos, y con ellas cambia el poder.
Por eso salir del armario se parece tan poco a que te saquen. Quien se nombra a sí mismo marca el tono. Quien es nombrado desde fuera tiene que pasarse el resto de la conversación defendiéndose. Los estudios sobre estrés de minoría lo explican bien: parte del peso de ser LGTBI no viene de serlo, sino de vigilar todo el rato cómo te van a leer los demás.
Con la IA está pasando algo parecido, a otra escala y sin que nadie se juegue la cárcel. El artista que declara cómo trabaja controla el relato. El que lo esconde vive pendiente de que un algoritmo o un comentarista lo descubra. GAYFOLK eligió la primera vía, y no por estrategia de mercado: su política editorial se basa en contar las cosas como son.
Lo que la etiqueta no dice
Una etiqueta cuenta lo que hizo la máquina. No cuenta lo que hizo la persona.
Un aviso en el reproductor no explica que una canción sobre el acoso la escribió alguien que lo sufrió. No dice que un estribillo camp es una forma de devolver un insulto con purpurina. Ni que detrás de un disco de 99 pistas hay horas de escribir, descartar, escuchar versiones y decidir. El universo GAYFOLK, su vocabulario, sus personajes inventados, el orden de la trilogía y lo que se publica y lo que no: nada de eso lo decide una herramienta.
El planeta ya ha hablado en otras notas de lo que pasa cuando el debate se queda en la superficie. En el bestiario de la caja de comentarios aparecen las especies que opinan sin escuchar. Y hay una ironía histórica que conviene recordar ahora: la prueba más famosa para saber si una máquina puede pasar por humana la inventó en 1950 Alan Turing, un matemático gay al que su país persiguió por serlo. El diario la jugó al revés con «Mi último ex era una IA disfrazada». La pregunta de quién es humano y quién no lleva mucho tiempo atravesando la historia queer.
Por eso, cuando un sello dice «hecho con IA», al oyente le falta la otra mitad de la frase: hecho con IA por quién, para contar qué. Los créditos detallados, como los que propone Spotify, se acercan más a esa verdad que un sello genérico. Separan la letra de la música, la voz de la producción, y dejan ver dónde está la mano humana.
Qué pedir a las plataformas
Desde un medio pequeño, independiente y queer, la posición de Planeta Gayfolk es sencilla: transparencia, sí; filtros a ciegas, con cuidado.
Transparencia, sí, porque el oyente tiene derecho a saber qué escucha, y porque la avalancha de música fabricada en serie para inflar escuchas perjudica a quien hace canciones de verdad, con o sin IA. Que las plataformas persigan el fraude es una buena noticia para los artistas independientes.
Con cuidado, porque una etiqueta poco precisa puede meter en el mismo saco a una granja de pistas automáticas y a un letrista que escribe sobre su propia vida. Y porque el colectivo LGTBI ya ha visto qué pasa cuando un sistema automático decide qué es «apto» sin entender lo que está mirando. Hay tres peticiones razonables: que la etiqueta distinga entre lo totalmente generado y lo creado con ayuda de IA; que los créditos digan quién escribió la letra; y que el artista tenga una vía clara para corregir los errores.
Y una petición al público, que no cuesta nada: antes de activar el interruptor, darle al play una vez. Escuchar de qué habla la canción. Luego, que cada uno decida.
Una etiqueta cosida por dentro
Hay prendas que llevan la etiqueta por fuera, como un sello de origen, y otras que la llevan cosida en la costura, donde solo la ve quien se la prueba. Planeta Gayfolk siempre ha preferido la primera opción: decir desde el principio cómo se hacen sus canciones, quién escribe y qué hace la máquina.
Este otoño, las plataformas han empezado a coser etiquetas a toda la música a la vez. Ojalá aprendan lo que el colectivo LGTBI aprendió a base de golpes: que un nombre puede servir para encerrar o para encontrarse, y que la diferencia casi siempre está en quién lo pone. En este planeta, la etiqueta la puso su autor. Lo demás, como siempre, lo cuentan las letras.