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Humor

Tasación en el Rastro: lo que cotiza un ex según «Ni Un Pimiento»

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Portada de «Ni Un Pimiento», canción de Mike Sain't Louis

Una pizca de sal. Ahí empieza la tasación.

«El sufrimiento no vale ni una pizca de sal», dice el segundo verso de «Ni Un Pimiento», y con esa frase la canción hace algo que el planeta hace poco: le pone precio a las cosas. No precio de joyería ni de subasta en Christie's. Precio de mercadillo. De bandeja de cartón. De señora que te mira por encima de las gafas y te dice que eso, hijo, no vale ni dos euros.

Este diario ya contó en otra crónica cómo la canción cambia una pareja por un electrodoméstico y por qué ese desvío de la autoayuda a la cocina tiene tanta gracia. Hoy toca otra cosa. Hoy el planeta se levanta temprano un domingo, coge el metro hasta La Latina, baja por la Ribera de Curtidores con una riñonera y un café de máquina, y se pone a mirar la letra como quien mira un puesto del Rastro. Con desconfianza. Con ganas de regatear. Con la sospecha de que casi todo lo que hay en la manta es robado, roto o mentira.

Porque si uno lee la canción entera, de arriba abajo, se da cuenta de que está llena de unidades de medida. Una pizca. Un pimiento. Un bocado. Segunda mano. Caducado. Descartado. Es un catálogo de precios bajos. Y el artículo estrella, el que está en el centro de la manta con un cartelito escrito a boli, es un ex.

Vamos a tasarlo.

Primera pieza: una pizca de sal

La sal ha sido moneda. Eso lo sabe cualquiera que haya ido al colegio y haya oído aquello de que la palabra salario viene de ahí. Hubo un tiempo en que un puñado de sal pagaba un trabajo. Y la canción coge esa sal y la reduce a una pizca, que es lo que se echa con dos dedos en un huevo frito, sin mirar, sin medir, sin importancia.

El sufrimiento, dice, no vale ni eso.

Es una frase que en otra boca sonaría a pose de poeta maldito. Aquí suena a otra cosa, porque viene justo después de la pregunta que abre el tema: «¿Por qué parece que nada importa ya?». La canción empieza preguntando por qué todo ha perdido valor y la primera respuesta que da es una tasación a la baja. El dolor está devaluado. Hay inflación de lágrimas. Se ha llorado tanto, en tantas canciones, en tantos stories con filtro blanco y negro, que el llanto ya no cotiza.

Hay una lectura triste de eso y hay una lectura de mercadillo, y el planeta prefiere la segunda porque es la que la canción acaba eligiendo. Si el sufrimiento no vale una pizca de sal, no merece la pena pagarlo. Ni regatear por él. Se deja en la manta y se sigue andando.

Luego viene la pareja que «promete devoción total» y lo deja todo al azar, el cupido que dispara y falla, la gente que cruza los dedos y le reza al vecino. Rezarle al vecino es una de esas imágenes que solo se le ocurren a alguien criado en un bloque de pisos. No a un santo, no a la Virgen de la Paloma. Al del cuarto. Al que te devuelve el táper o no. A la vecina que sabe más de tu vida que tu madre. Este planeta tiene una devoción especial por esa figura, la de la vecina cotilla, y aquí aparece de refilón, convertida en altar.

Segunda pieza: el pimiento

Ahora la pieza que da título al puesto.

Fotogramas del videoclip oficial de «Ni Un Pimiento», de Mike Sain't Louis

El pimiento, en castellano de toda la vida, es la medida de lo que no vale nada. «Me importa un pimiento». «No vale un pimiento». Igual que el comino, el bledo, el rábano o el pepino, que la lengua española tiene una huerta entera dedicada al desprecio. Es curioso lo verdulero que es el insulto en este país. Nadie dice que algo le importa un diamante. Decimos que nos importa un pimiento porque el pimiento, en un mercado, iba a granel y se vendía por kilos, y uno suelto no era nada.

La canción elige el pimiento y lo convierte en estribillo: no vale un pimiento llorar por el pasado. Y ahí el planeta se para delante del puesto, porque el estribillo dice algo muy concreto. No dice que el pasado no valga nada. Dice que llorar por él no vale nada. Es una tasación del gesto, no del objeto. El objeto se tasará después, y saldrá peor parado todavía.

Mientras tanto, el estribillo hace lo que hacen los estribillos de ánimo. Ríe alto, que el mundo está marcado. Lo que te han dejado es lección tatuada. Eres un guerrero listo para lo inesperado. Si uno se queda ahí, con esas cuatro líneas, parece la canción que suena en la clase de spinning del gimnasio de barrio a las ocho de la tarde, con el monitor gritando que no se rinda nadie. Un tatuaje de lección, un guerrero, el mundo marcado. Frases que caben en una taza de Mr. Wonderful.

Y el planeta las mira con cariño, de verdad, porque todo el mundo ha necesitado alguna vez una taza así. Pero también sabe que en este universo las tazas de ánimo duran lo que tarda en llegar la siguiente estrofa.

El artículo estrella: caducado, segunda mano, toqueteado

Aquí está. El centro de la manta.

«Si es que encima estaba caducado y era de segunda mano, estaba toqueteado».

Tres defectos de fábrica, dichos como los diría alguien que devuelve un yogur en el Mercadona y quiere que la cajera lo entienda rápido. Caducado: ha pasado la fecha. Segunda mano: ya tuvo otro dueño. Toqueteado: lo han manoseado más de la cuenta. El ex, en esta letra, no es una persona que se fue. Es un producto que alguien compró sin mirar la etiqueta.

La palabra que más gracia le hace al planeta es «encima». Porque «encima» es la palabra de quien ya está harto. Es la palabra de la madre que dice «y encima me contestas». Es la palabra que convierte una lista de quejas en un agravio. No solo te dejó, no solo prometió devoción total, no solo dejó todo al azar: encima estaba caducado.

Hay un humor muy de barrio en tratar al amor como mercancía defectuosa. El planeta lo conoce bien. Lo hizo «3 Años de Garantía», que trata a un moreno como un electrodoméstico con su garantía. Lo hace «Trasto Viejo», desde el propio título. Y lo hace esta canción, que va más lejos porque no reclama ninguna garantía. No pide devolución. No quiere hoja de reclamaciones. Solo informa, con la voz de quien tasa en el Rastro, de que aquello no valía lo que se pagó.

Si el ex tuviera ficha en Wallapop, sería algo así. Estado: usado. Fecha de caducidad: vencida. Observaciones: manoseado por varios propietarios anteriores. Precio: ni un pimiento. Envío: no se hace. Recogida en mano en la boca de metro, y que no se retrase.

El buen samaritano que recoge cosas de la calle

Ahora viene la parte que más dice de quien la escribe.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «Si es que encima estaba caducado y era de segunda mano, estaba toqueteado» de «Ni Un Pimiento»

«Y yo como soy el buen samaritano / Lo salvé cuando lo habían descartado».

Todo el que ha vivido en Madrid conoce esa costumbre de la noche anterior a la recogida de muebles. La gente baja a la acera un sillón con una pata coja, un colchón con historia, una estantería del IKEA sin las espigas. Y siempre hay alguien que pasa por la mañana, lo ve y piensa: esto con una manita de pintura queda precioso. Se lo sube a casa. Lo restaura. Le pone ilusión. Y a las tres semanas entiende por qué lo había tirado el anterior dueño.

Ese alguien, en la canción, es el narrador.

Y la letra lo cuenta con una escena digna de película de domingo por la tarde en Antena 3: el pasado estaba en el suelo, lo habían tirado, y estaban a punto de aplastarlo con las botas «del malo de naturaleza violenta». Hay un villano con botas. Hay una víctima en el asfalto. Hay un héroe que llega a tiempo. Y el chiste es que la víctima era el caducado, el toqueteado, el de segunda mano. El narrador se jugó el tipo por un artículo de saldo.

Esa es la autoparodia que el planeta reconoce en tantas letras de esta casa. El buen samaritano no sale como santo. Sale como pringado. Como el que se lleva el sillón de la basura y luego se queja de que tiene chinches. La canción se ríe de él primero, antes de reírse de nadie más. «Yo como soy el buen samaritano»: ese «como soy» tiene tono de excusa, de suspiro, de «qué le voy a hacer, si es que soy así de tonto».

Y el planeta, que ha recogido muchos sillones de la acera en su vida, asiente.

Porque esto no tiene nada de chiste cuando se mira de cerca. Hay gente que se enamora de lo que está roto porque cree que su cariño lo va a arreglar. Que confunde rescatar con querer. Que se pasa años barnizando un mueble podrido. La canción no lo dice así, no da lecciones de psicología de revista. Lo dice con botas, con suelo, con un descarte. Y con eso basta.

La frase rara del medio

Hay una línea en mitad de esa escena que el planeta no sabe muy bien cómo tasar, y la deja tal cual, porque está ahí: «las muertes son buenas sí, pero que lenta».

Es de esas frases que suenan a improvisación, a verso que se cuela en la grabación sin pedir permiso. Tiene el tono del cine de terror que tanto aparece en esta discografía, el de «Como en la matanza de Texas» o el de la casa de los mil cadáveres. Una muerte lenta. Un villano que se recrea. Y en medio del melodrama de supermercado, un escalofrío.

El planeta no la explica. Hay cosas en una manta del Rastro que uno no sabe qué son, ni para qué sirven, ni de dónde salieron. Un aparato de latón. Una llave sin cerradura. Esta frase es eso. Se queda en la manta, brillando un poco, y le da al puesto un aire raro que lo hace más interesante.

La estafa ya te la han dado

«Que la estafa emocional ya te la han dado», dice la canción en la vuelta del estribillo, y esa frase es la que cambia la tasación entera.

Hasta aquí, el puesto vendía cosas baratas. Ahora resulta que el comprador ya pagó. Ya le timaron. Ya se llevó el producto a casa y ya descubrió que estaba caducado. No hay nada que hacer con el dinero perdido, salvo una cosa: no seguir pagando. Y llorar por el pasado es seguir pagando. Es pagar intereses por una deuda que no era tuya.

Esa es la economía doméstica de la canción. Lo dice sin gráficas y sin términos de banco, pero lo dice: ya te estafaron una vez, no te estafes tú la segunda. No vale un pimiento llorar por el pasado. Mejor ríe alto.

Aquí el planeta suelta el regateo un momento y se pone serio. Porque «estafa emocional» es una expresión que no está en la canción por casualidad. Aparece en muchas letras de esta discografía, en las de narcisistas, en las de manipulación, en todo ese territorio que este diario ha recorrido tantas veces. La estafa emocional es eso que pasa cuando alguien te vende devoción total y te entrega un producto vacío. Y lo peor no es perder lo invertido. Lo peor es seguir invirtiendo porque te da vergüenza admitir que te engañaron.

Una línea seca para cerrar el puesto: reconocer la estafa también es dejar de pagarla.

Otros puestos de la misma calle

En el Rastro hay calles enteras dedicadas a lo mismo: una de pájaros, una de cuadros, una de herramientas, una de ropa usada. El planeta también tiene sus calles, y esta canción está en una muy concurrida.

Collage con un detalle de la carátula de «Ni Un Pimiento» y las carátulas de «Ojete Calor en versión low cost», «El calcetín», «Trasto Viejo»

A pocos pasos está «Ojete Calor en versión low cost», que en la lista de vídeos del canal sale justo antes de esta y que comparte con ella la palabra mágica del comercio barato. Low cost, segunda mano, caducado. Este universo tiene una relación muy seria con lo barato, porque sabe que lo barato es donde vive casi todo el mundo. No en las boutiques de Serrano. En el Primark de Gran Vía. En el Todo a 1 euro. En los chinos de la esquina, que tienen de todo y abren los domingos.

Un poco más allá está el calcetín, el de «El calcetín», otra prenda de uso diario convertida en metáfora. La discografía de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, tiene esa costumbre de bajar el amor al cajón de la ropa, a la nevera, a la lista de la compra. No por falta de grandeza. Porque sabe que el amor de verdad se juega ahí, en quién compra el papel higiénico y quién se olvida de sacar la basura.

Y en el puesto de enfrente, el álbum entero: «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», el segundo de la trilogía, donde esta canción ocupa su sitio. Según la ficha del single, salió el 5 de junio de 2026, con el mismo sello propio de siempre, el que lleva el nombre del autor en mayúsculas. En la discografía completa del planeta es la pista 175 de 273. Hay que caminar mucho por la calle para llegar a ella.

El remate: un bocado

La canción termina como terminan las discusiones en un mercadillo cuando alguien se harta de regatear. Con un insulto.

«Ni un pimiento, como si fueras con un ladrón de años», dice, y luego llega el final, que el planeta cita entero porque no se puede cortar sin estropearlo: «preferiría comerme un excremento de un bocado a darte un beso.»

Aquí la tasación se vuelve a la baja definitivamente. El ex ya no vale ni un pimiento. Vale menos que un excremento. Y no un excremento cualquiera: uno comido de un bocado, sin masticar, de golpe, con tal de no pasar por el beso.

Es asqueroso. Es grosero. Es exactamente lo que diría alguien en una barra de Chueca a las tres de la mañana, con el segundo gin-tonic, cuando le preguntan si volvería con su ex. Ni de coña. Antes me como una mierda. Y la gente de alrededor se ríe, porque todo el mundo ha tenido un ex así y todo el mundo ha dicho alguna vez una frase así.

Este planeta lo ha visto muchas veces: después del chiste más bruto viene la herida. Pero aquí no. Aquí la canción se queda en el bruto, sin pedir perdón, sin línea triste final. Es una de esas letras que termina en la carcajada y cierra la persiana. Y eso también es un tipo de dignidad. La de no darle al ex ni el regalo de un último verso melancólico.

«Ladrón de años», por cierto, es la expresión más dura de todo el texto y pasa casi de puntillas. Un ladrón de años no roba la cartera. Roba tiempo. Roba los años que uno le dio creyendo que eran una inversión. Esa es la mercancía que de verdad se perdió, y la canción lo sabe, aunque no se detenga en ello. Lo suelta entre el pimiento y el excremento, como quien deja caer una moneda de dos euros entre la calderilla.

La lista de precios, colgada en el puesto

Si hubiera que dejar un cartelito escrito a boli en la manta, para que los clientes supieran a qué atenerse, sería este:

Ficha de la canción «Ni Un Pimiento» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Sufrimiento: ni una pizca de sal. Llorar por el pasado: ni un pimiento. El pasado mismo: caducado, segunda mano, toqueteado, a precio de saldo. El esfuerzo del buen samaritano: incalculable, pero mal invertido. La estafa emocional: ya cobrada, sin devolución. Un beso del ex: más caro que comerse un excremento. Reírse alto: gratis.

Esa última línea es la única cosa que la canción regala.

Y conviene fijarse en el orden, porque el orden también es una tasación. La canción empieza por lo abstracto, el sufrimiento, la nada que importa, y va bajando hacia lo concreto hasta acabar en lo más concreto que existe, que es el cuerpo y lo que el cuerpo expulsa. Del alma a la taza del váter en tres minutos. Es el recorrido inverso al de las baladas de radio fórmula, que empiezan en un bar y terminan en las estrellas. Aquí se empieza en las estrellas, con ángeles caídos y cupidos, y se termina en el suelo, con botas y con un bocado que nadie quiere dar. El planeta tiene debilidad por ese descenso. Es más honesto. Las estrellas quedan muy bien en los pósters, pero la vida se vive a ras de acera.

El planeta vuelve a casa por la Ribera de Curtidores con las manos vacías, sin haber comprado nada, que es lo mejor que se puede hacer en algunos puestos. Ha mirado mucho, ha tocado poco, ha regateado con la letra y se ha reído en voz alta delante de una manta llena de cosas rotas. Que es, más o menos, lo que pide el estribillo.

Antes de cerrar la manta

Unas cuantas cosas para quien quiera seguir mirando después de esta crónica.

La canción tiene videoclip oficial, de unos tres minutos, y se puede ver en el canal del planeta. En la ficha del single se puede escuchar un fragmento de treinta segundos, se puede ir a Spotify o a YouTube y Deezer, y se puede descargar gratis, sin registro y sin pagar nada. En este planeta lo gratis no es una oferta. Es una costumbre.

Sobre la autoría, lo de siempre, porque conviene repetirlo cada vez: la letra es de Mike Sain't Louis, escrita por él sin inteligencia artificial. La música y las voces están hechas con herramientas de IA, entre ellas Suno. El propio autor se presenta con la etiqueta de «el primer cantautor IA», entre comillas y con guiño. Quien quiera la versión oficial de todo esto, con fechas, fotos y la historia de la trilogía, la tiene en la sala de prensa.

Y para quien haya llegado hasta aquí con ganas de más mercadillo sentimental, el diario del planeta tiene cientos de crónicas. Unas tasan, otras lloran, otras se ríen. Casi todas regatean.

Se recoge la manta. Se dobla la tela. Lo que no se ha vendido vuelve a la furgoneta.

El ex se queda en la acera.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Ni Un Pimiento»?

De lo poco que vale llorar por un pasado que, según la propia letra, ya venía «caducado» y «de segunda mano». Empieza con un tono casi solemne, pasa por un estribillo de ánimo y acaba en una burla feroz contra el ex.

¿En qué disco está?

En «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single en el planeta lo fecha el 5 de junio de 2026.

¿Quién la ha escrito?

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.

¿Dónde se puede escuchar?

En Spotify, YouTube y Deezer, y en la ficha del single en gayfolkplanet.com, donde además se puede descargar gratis y sin registro.

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