Humor
Lunes sin resultados: «No me gusta el fútbol» y el vestuario del que nadie habla
Por Mike Sain't Louis ·

Lunes, nueve y cuarto, máquina de café del segundo piso. El vaso de plástico quema los dedos. Alrededor, tres compañeros comentan un penalti. Uno dice que era clarísimo; otro, que el VAR está comprado; el tercero se gira hacia ti y pregunta, como quien no quiere la cosa: «¿Y tú cómo lo ves?». Tú no viste el partido. No sabes ni quién jugaba. Sonríes, sorbes el café y dices la única frase que funciona siempre: «Uf, es que el árbitro…».
Funciona. Siempre funciona. Y así llevas veinte años.
Para todos los que han dicho esa frase alguna vez, el planeta tiene una canción con un título que es casi una terapia de choque: «No me gusta el fútbol». Su autor lo describe como una confesión en voz alta, de las que muchos hemos tenido que callar en la oficina el lunes por la mañana o en la comida familiar del domingo. La canción forma parte de «El día de la liberación» y su ficha la fecha el 19 de junio de 2026. Sus versos todavía no están colgados en la web, de modo que el planeta no va a citarlos. Pero el tema da para mucho, y tiene compañía en la discografía.
La portada: el templo y el intruso
Empecemos por la imagen, que es un chiste perfecto de los que se entienden sin explicación. Un chico con pinta de jugador duro. Barba. Tatuajes. Las rayas negras bajo los ojos que se ponen los de fútbol americano para que no les deslumbren los focos. Detrás, precisamente, focos de estadio. Hasta ahí, un anuncio de bebida isotónica.
Y entonces, los detalles. La cresta es rosa chicle. La camiseta, del número 80, también es rosa. Y en brazos no lleva un balón: lleva una Barbie rubia con un vestido que destella más que los focos.
El autor lo resume en su ficha con una frase que el planeta subraya: el decorado es el templo de la masculinidad de manual, y el protagonista lo ocupa a su manera, sin pedir perdón y con la muñeca bien agarrada. Eso es exactamente lo que hace la portada. No se va del estadio. No renuncia a la barba ni a los tatuajes. Se queda en el césped, pero con su juguete.
Hay mucha gente que cree que para ser marica hay que renunciar a ciertos espacios. Que el gimnasio, el estadio, el vestuario, son territorio de otros. La portada dice lo contrario: el templo también es nuestro, solo que lo decoramos de otra manera.
El vestuario del colegio
Para entender por qué un título así suena a confesión hay que volver atrás. Al patio del colegio. A la clase de educación física.
Cualquier marica de este país recuerda el momento de hacer equipos. Dos capitanes, normalmente los más altos y los más brutos, iban eligiendo por turnos a sus jugadores. Y siempre, siempre, había alguien que se quedaba para el final. El gordito, el de gafas, el que corría raro, el que tenía pluma. Ese momento, de pie junto a la canasta mientras te miran como a un mueble que nadie quiere, ha dejado más marcas que cualquier caída en el asfalto.
Y luego estaba el vestuario. El lugar donde se aprendía, a fuerza de bromas y empujones, qué era ser un hombre. Dónde mirar y dónde no. Qué decir. Cómo reírse de los chistes de maricas aunque el chiste fueras tú. El vestuario era una escuela, y no precisamente de fútbol.
Por eso «no me gusta el fútbol» no es una frase sobre un deporte. Es una frase sobre todo lo que rodeaba al deporte en la infancia de muchos chicos gais. El fútbol era el idioma de la normalidad masculina. No hablarlo era delatarse. Y hay quien se pasó la adolescencia memorizando alineaciones del Madrid o del Atleti como quien estudia un idioma extranjero para pasar desapercibido en otro país.
La comida del domingo
Si el lunes es la máquina de café, el domingo es la mesa de la abuela. Paella o cocido, según la casa. El mantel de hule, la tele encendida sin volumen, y a partir de las cuatro, la radio. En muchas casas de España la tarde del domingo tenía banda sonora propia: los carruseles deportivos, con sus locutores gritando «¡gol!» desde cinco estadios a la vez y sus anuncios de coñac entre partido y partido.

Para el niño que no sabía nada de fútbol, esa radio era un ruido de fondo incomprensible y, a la vez, el sonido de la familia unida. El padre y el tío comentando, el abuelo con el transistor pegado a la oreja, la madre recogiendo la mesa con un ojo en la novela de la tarde. Y él, en una esquina, con un tebeo, intentando que nadie le preguntara de qué equipo era.
Porque esa pregunta llegaba siempre. «¿Y tú de quién eres?» Del Madrid, del Atleti, del Rayo, del Barça si había un primo catalán. Había que elegir un equipo igual que había que elegir una novia imaginaria para la cena de Navidad. Era parte del uniforme. El niño que respondía «de ninguno» recibía una mirada rara, la misma que recibiría años después cuando respondiera otras cosas.
El planeta piensa que muchos maricas de este país eligieron equipo a los ocho años por pura supervivencia. Y que algunos siguen siendo de ese equipo por lealtad a aquel niño asustado, aunque no hayan visto un partido entero en su vida. No hay que reírse de eso. Es una forma de ternura.
Lo que hace la canción, con ese título tan simple, es dar permiso para responder la verdad en la próxima comida familiar. De ninguno. No me gusta. Pásame el pan.
La pluma y el macho
Esa escuela de vestuario no se cierra al terminar el colegio. Se muda. Y uno de los sitios a los que se muda, paradójicamente, es a las propias aplicaciones de ligar entre hombres. El planeta lo retrata con una mala leche gloriosa en «Buscando el polvo perfecto», donde un perfil de Grindr suelta su catálogo de desprecios:
Tienes pluma y eres afeminado, / Yo soy deportista y un buen macho
Ahí está el vestuario otra vez, ahora en una pantalla de móvil. El deportista contra el afeminado. El «buen macho» contra la pluma. La misma jerarquía del patio del colegio, reproducida entre gente que, en teoría, había sufrido esa jerarquía en sus carnes. Es una de las ironías más tristes del ambiente: cuántos de los que fueron elegidos los últimos en el patio acaban, de mayores, poniendo en su perfil «solo masc, no plumas».
«No me gusta el fútbol», con su cresta rosa y su Barbie, es la respuesta a ese perfil. El chico de la portada tiene la barba y los tatuajes que el perfil pide, pero no renuncia a la pluma. Es las dos cosas a la vez. Y eso, para la lógica del vestuario, es lo más subversivo que hay.
Los que sí jugaban
Aquí el planeta se pone serio un momento, porque el tema lo merece. Hay hombres gais a los que sí les gusta el fútbol. Muchos. Que juegan, que lo siguen, que se saben las alineaciones sin necesidad de fingir. Y para ellos, el problema no es el deporte: es lo que el deporte les exige callar.
En el fútbol masculino profesional, salir del armario sigue siendo una rareza. El inglés Justin Fashanu lo hizo en 1990 y pagó un precio terrible. Hubo que esperar décadas para que otros se atrevieran mientras seguían en activo, como el australiano Josh Cavallo en 2021 o el checo Jakub Jankto en 2023, que había jugado en el Getafe. Se pueden contar con los dedos. En un deporte que mueve a cientos de millones de personas, el silencio dice más que cualquier estadística.
El diario del planeta tiene una nota sobre la homofobia en el deporte que lo trata con más calma. Aquí basta con la idea seca: si en el deporte más popular del mundo casi nadie puede decir quién es, el problema no lo tienen los que no lo ven. Lo tiene el estadio.
La grada
Hay otra cosa que muchos maricas recuerdan del fútbol aunque nunca hayan pisado un campo: los gritos de la grada. Se oyen desde los bares, desde la tele del salón del abuelo, desde los coches que pasan pitando después de un partido. Y en esos gritos, durante décadas, ha estado la palabra «maricón» usada como el peor insulto posible contra un árbitro, un jugador rival o un portero que se ha dejado meter un gol tonto.
El planeta tiene una relación complicada con esa palabra. En sus canciones aparece mucho, casi siempre con cariño o como arma propia: «Mucha suerte, maricón», «hazlo tú maricón». Es la operación de siempre: quitarle el insulto al que lo usaba y devolvérselo con lazo. Pero en la grada de un estadio, gritada por miles de personas a la vez, la palabra no tiene lazo. Tiene puño.
Por eso hay algo de pequeña revancha en una canción que dice, sin más, que no le gusta el fútbol. No es un manifiesto contra nadie. Es una forma de bajarse de esa grada. De decir: no voy a estar ahí, no voy a gritar con vosotros, no voy a reírme cuando la palabra sea yo.
Lo único que se sigue: los cotilleos
Ahora la autoparodia, que ya tocaba. Hay una parte del fútbol que el planeta sí sigue, y con mucha atención: la de las revistas del corazón. Las bodas, las novias, los divorcios, las canciones de despecho. Cuando un futbolista sale en Telecinco no por un gol sino por una ruptura, el planeta está en primera fila con las palomitas.

La prueba está en la discografía. «La Shakira y el Piqué de todo a 1 euro» coge la ruptura más comentada del fútbol español reciente y la convierte en material para una pareja gay de barrio:
Mírales que monos ellos / y qué fashion, qué modernos / son la pareja gay del año / salen mucho ahora en Telecinco
El planeta lo confiesa sin rubor: de Piqué sabe más por las canciones de su ex que por los partidos. Y no es el único. Hay toda una generación de maricas que sigue el fútbol exclusivamente a través de la prensa rosa, y que podría ganar un concurso sobre las parejas de los jugadores de la selección sin saber en qué posición juega ninguno.
Esto también es una forma de ocupar el templo. Si el estadio no es nuestro, el plató sí. Y desde el plató, todo el fútbol cabe en una tertulia.
El beso tapado
Hay un momento de la vida de muchas parejas gais que tiene que ver con el fútbol de una manera indirecta: el bar lleno durante un partido. La televisión enorme en la pared, las bufandas, los gritos. Y una pareja de chicos en una esquina que no se atreve a darse la mano. Porque nunca se sabe. Porque basta con que gane el equipo equivocado para que alguien busque con quién desahogarse.
El planeta tiene una canción que retrata ese miedo con rabia, «Tan paleto», y que arranca así:
Que te molesta que vayamos de la mano / Y me señalas con el dedo de juez acusador
El dedo de juez acusador. La mirada del que se cree con derecho a decidir quién puede besarse en público. En la canción, el narrador no se achanta: le llama cateto y paleto y no le da más explicaciones. En el bar del partido, muchas parejas no tienen ese valor, y nadie puede reprochárselo. Pero la canción les presta la voz que no tuvieron.
«No me gusta el fútbol», leída al lado de «Tan paleto», tiene ese mismo fondo. No es odio al deporte. Es cansancio de los espacios donde el deporte se usa como excusa para vigilar a los demás.
Las chicas sí
Hay un capítulo de esta historia que el planeta no puede dejar fuera, porque pone las cosas en su sitio. En el fútbol femenino, la presencia de jugadoras abiertamente lesbianas o bisexuales es mucho mayor que en el masculino. Hay capitanas de selección que hablan de sus parejas con toda naturalidad, jugadoras que se besan con sus novias en la celebración de un título, aficiones que llevan banderas arcoíris a la grada sin que nadie se escandalice demasiado.
Y en 2023, la selección española femenina ganó el Mundial. El planeta, que no es aficionado, se enteró como se entera de todo lo deportivo: por los telediarios y por las redes. Pero se enteró. Y no fue el único marica que esa temporada cayó en la cuenta de que, a lo mejor, lo que no le gustaba no era el fútbol, sino un cierto tipo de fútbol. El de la grada que insulta, el del vestuario que vigila, el de los hombres que no pueden decir quiénes son.
Esto no cambia el título de la canción, que sigue siendo una confesión rotunda. Pero matiza el decorado. El problema nunca fue el balón. Fue lo que se construyó alrededor del balón para dejar fuera a los que no encajaban. Las jugadoras lo han ido desmontando a su manera, con goles y con besos en la banda. Ojalá los chicos aprendan pronto.
El número 80
Una pregunta que el planeta se ha hecho mirando la portada: ¿por qué el 80? Su autor no lo explica en la ficha, y el planeta no va a inventar una respuesta. Puede ser un guiño a una década, a un año de nacimiento ajeno, a nada en absoluto. A veces un número es solo un número que queda bien en una camiseta rosa.

Pero el planeta, que tiene imaginación de sobra, se permite jugar. En el fútbol, los números tienen significados: el 9 es el delantero, el 1 el portero, el 10 el genio. El 80 no es de nadie. No hay posición asignada. Es el número de quien no tiene sitio fijo en el once titular y se lo inventa. Visto así, es el dorsal perfecto para el chico de la cresta: alguien que está en el campo sin pertenecer a ninguna de sus casillas.
La Barbie
Último detalle de la portada, y el más dulce: la Barbie. El planeta no puede evitar recordar que, hace no tanto, una película entera sobre esa muñeca se convirtió en un fenómeno mundial, pintando de rosa los cines de medio planeta. Hubo hombres hechos y derechos que fueron al estreno vestidos de rosa, y más de uno lo hizo por primera vez sin miedo a lo que dijeran.
La Barbie de la portada tiene ese mismo valor de bandera. Es el juguete que a muchos niños se les negó, que se escondía debajo de la cama, que se pedía a los Reyes en voz baja y que nunca llegaba. El chico del número 80 la sostiene como un trofeo. Como la copa que el fútbol nunca le dio.
Hay una lectura más, y el planeta la deja aquí sin subrayarla demasiado: el chico no ha tirado el balón por desprecio. Simplemente ha elegido otra cosa que llevar en brazos. Eso es todo lo que pide la canción, según su título. No que nadie deje de ver el fútbol. Solo que nadie te obligue a verlo para ser un hombre.
Instrucciones para el cuñado
El autor, en su ficha, deja una recomendación de uso que el planeta considera de utilidad pública: ponérsela al cuñado durante el próximo partido. Conviene desarrollar el protocolo, porque la operación tiene su técnica.
Primero, elegir bien el momento. No vale el descanso, que es cuando todo el mundo va al baño o a la nevera. Hay que esperar a un momento de tensión: un córner en el minuto ochenta y tantos, una tanda de penaltis, el VAR revisando una jugada dudosa. Ahí, cuando el cuñado está con el cuerpo inclinado hacia la pantalla y la lata de cerveza a medio camino de la boca, se le da al play desde el móvil, con el altavoz al máximo.
Segundo, no dar explicaciones. Si pregunta qué es eso, se contesta con el título. Nada más. El título lo explica todo y, dicho en voz alta en mitad de un partido, tiene el efecto de una bengala en la grada.
Tercero, aguantar la mirada. Esta es la parte difícil. El cuñado mirará como se mira a un perro que ha hablado. Hay que sostener esa mirada con la tranquilidad del chico de la portada, que sostiene a su Barbie en mitad del estadio sin despeinarse la cresta.
Y cuarto, si el equipo del cuñado marca justo en ese momento, retirarse discretamente a la cocina. El planeta no se hace responsable de lo que pase después. Aunque, puestos a apostar, lo más probable es que el cuñado, al día siguiente, tararee el estribillo en la ducha sin saber de dónde le viene. Así funcionan estas cosas. La pluma se contagia como un catarro de oficina.
El lunes que viene
La canción tiene videoclip oficial, de algo más de dos minutos, y está en Spotify. El autor recomienda ponérsela al cuñado durante el próximo partido. El planeta suscribe la recomendación y añade una variante para los más tímidos: ponerla en los cascos el lunes por la mañana, de camino a la máquina de café.
Y cuando el compañero pregunte cómo viste el penalti, probar una respuesta nueva. Sin mencionar al árbitro. Algo tan sencillo como: «Pues no lo vi. No me gusta el fútbol».
El silencio que viene después dura dos segundos. Luego alguien se ríe, alguien cambia de tema y la vida sigue. Pero en esos dos segundos, el chico del colegio que se quedaba el último junto a la canasta se pone por fin la cresta rosa.
Todo lo demás sobre quien escribe estas canciones, Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño que firma sus letras sin IA y hace la música y las voces con herramientas de inteligencia artificial, está en la sala de prensa. Allí no se habla de fútbol. Ni de penaltis. Ni de árbitros.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «No me gusta el fútbol»?
El título es una confesión que muchos hombres gais han tenido que callar en la oficina o en la comida familiar. Su autor describe la portada así: un chico con pinta de jugador duro, con barba, tatuajes y focos de estadio, pero con cresta rosa chicle, camiseta rosa del número 80 y una Barbie rubia en brazos en vez de un balón.
¿Está publicada la letra?
Todavía no. En la sección de letras figura como «próximamente», así que este post no cita versos suyos y se apoya en otras letras publicadas del autor.
¿En qué disco está?
En «El día de la liberación», uno de los álbumes de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 19 de junio de 2026 y tiene videoclip oficial.
¿Quién la ha escrito?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Escribe las letras sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.