Memoria
Parte de bajas del fin del mundo: «Otra pandemia» con cresta rosa
Por Mike Sain't Louis ·

¿Otra?
¿En serio?
Esa es la canción entera antes de darle al play. Dos palabras de título y un suspiro de persona que ya ha hecho cola en la farmacia con mascarilla, que ya ha aplaudido en el balcón a las ocho, que ya ha aprendido a decir «carga viral» sin bajar la voz en el bar. Una persona que ha sobrevivido a una cosa, luego a otra, y ahora mira el telediario con la misma cara con la que mira a su ex cuando aparece en la boda de una prima.
«Otra pandemia» no tiene todavía la letra publicada. En su página de letras pone «próximamente», y en este planeta no se rellenan los huecos con versos inventados. Así que lo que tenemos es la portada, el título, un videoclip de casi tres minutos y una pregunta que cualquiera de mi generación entiende sin explicación: cuántos fines del mundo caben en una vida.
Vamos a contarlos. Con cresta.
Una postal desde las ruinas
La portada es un apocalipsis de videoclub. Ciudad destrozada al fondo, columnas de humo que suben como si alguien hubiera dejado las lentejas en el fuego desde 2019, un sol rojo gigantesco en un cielo fucsia que no ha visto nunca ningún meteorólogo de la tele. Y delante, un chico con cresta punk rosa, chaqueta negra de flecos y un parche cosido en el brazo: una calavera con máscara de gas.
Mira por encima del hombro. No corre. No llora. No se esconde en un búnker con latas de fabada y papel higiénico (que ya sabemos todos lo que pasó con el papel higiénico). Mira hacia atrás con cara de haber salido de algo y de saber que ese algo puede volver.
Es una imagen de película de bajo presupuesto, de esas que daban en la segunda sesión de los cines de barrio, con un estilazo que no se compra. Y la combinación es muy de aquí: el fin del mundo, sí, pero con el pelo hecho.
Porque en este planeta, si se acaba el mundo, por lo menos que te pille peinado.
Un sol que no sale en el parte
Un detalle más de la portada, porque los apocalipsis también tienen meteorología.
El sol es enorme y rojo, como los atardeceres de las películas de catástrofes o como los que se ven en Madrid los días de calima, cuando el polvo del Sáhara pinta el cielo de naranja y la gente sale al balcón a hacer fotos con el móvil como si hubieran aterrizado en Marte. El cielo, en cambio, es fucsia. Ningún hombre del tiempo de la tele ha anunciado nunca un cielo fucsia, ni siquiera el más atrevido.
Ese fucsia es la firma del planeta. Es el color que aparece cuando el fin del mundo lo diseña alguien que se niega a que sea gris.
Porque los apocalipsis del cine suelen ser marrones, polvorientos, sucios, con supervivientes barbudos que se pelean por un bidón de gasolina. Este no. Este es rosa por arriba y rosa por la cabeza del protagonista. Si el mundo se acaba, que se acabe con la paleta de colores de una discoteca de Torremolinos.
Primera baja: la peste, con diez chavales en una casa de campo
Las pandemias son tan viejas como las ciudades, y la literatura tiene la costumbre de responder a cada una con una fiesta.
En 1348 la peste negra arrasa Florencia. Giovanni Boccaccio escribe poco después el «Decamerón», que empieza con diez jóvenes, siete chicas y tres chicos, que se largan de la ciudad apestada a una villa en el campo. Y allí, durante diez días, mientras fuera la gente muere a carretadas, se dedican a contarse cien historias. Muchas de amor. Bastantes de cama. Algunas de curas, monjas y maridos engañados que hoy nos parecerían guiones de «La que se avecina».
Siete siglos antes de que nadie inventara el confinamiento con Netflix, Boccaccio ya había entendido lo esencial: cuando fuera hay muerte, dentro se cuentan cosas. Y se cuentan con gracia, porque la gracia es lo único que no se contagia.
Ese es el primer documento de la tradición a la que «Otra pandemia» pertenece. La tradición de reírse con la puerta cerrada mientras suena la campana.
Segunda baja: el doctor con pico de pájaro
De aquella época, o de un par de siglos después, viene la imagen que a todo el mundo le sale cuando dice «peste»: el médico con máscara de pico. Un señor vestido de negro hasta los pies, sombrero de ala ancha, guantes, una vara para no tocar a nadie y una máscara con forma de pájaro rellena de hierbas olorosas, porque se creía que la enfermedad viajaba por el mal aire.

Si lo piensas, es el primer look apocalíptico de la historia. Y es carísimo de hacer en casa.
El parche de la chaqueta de la portada cuenta la misma historia en versión moderna. La calavera ya no lleva pico; lleva máscara de gas. Es la iconografía de la guerra química, del punk de los ochenta, de las camisetas de grupos que nunca escuchaste pero llevabas igual porque quedaban bien con los vaqueros rotos. El miedo cambia de máscara cada pocas generaciones. La calavera debajo es la misma.
Baja intermedia: el soldado de Nápoles
Antes de saltar a los ochenta hay que pasar por 1918, porque esa pandemia lleva el nombre de este país y casi nadie sabe por qué.
La llamaron «gripe española» y no empezó aquí. Pasó que España era neutral en la Primera Guerra Mundial y su prensa no estaba censurada como la de los países en guerra, así que los periódicos de Madrid contaban los muertos con todo detalle mientras los de París o Berlín callaban. El resultado fue que el mundo entero pensó que la enfermedad era cosa nuestra. Ser el único que dice la verdad tiene esas cosas: te quedas con el sambenito.
Y ahora viene la parte que el planeta adora. En Madrid, aquella gripe tuvo un apodo popular: «el soldado de Nápoles». Venía de una canción pegadiza de la zarzuela «La canción del olvido», de José Serrano, estrenada poco antes, que todo el mundo silbaba por la calle. La gripe era igual de pegadiza que la canción, decían, y se te metía igual de rápido.
Es decir: este país, en mitad de una de las pandemias más mortíferas de la historia, le puso a la enfermedad el nombre de un éxito de zarzuela.
Si eso no es el antecedente directo de una canción pop titulada «Otra pandemia», que venga Boccaccio y lo vea.
Tercera baja: 1981, cinco chicos en Los Ángeles
Ahora toca bajar la voz y hablar en serio, porque aquí la palabra pandemia no es una broma de portada.
El 5 de junio de 1981 los Centros para el Control de Enfermedades de Estados Unidos publicaron un informe breve sobre cinco hombres jóvenes, gais, de Los Ángeles, con un tipo de neumonía muy rara. Fue el primer aviso oficial de lo que después se llamaría sida. Lo que vino luego lo sabe todo el mundo, o debería saberlo: miles y miles de muertos durante los ochenta y los noventa, en Estados Unidos, en España y en todas partes, y sobre todo un estigma que convirtió a los enfermos en culpables. Los periódicos hablaron de «peste rosa». Hubo familias que no fueron a los entierros. Hubo hospitales donde dejaban la bandeja de comida en la puerta.
Una generación entera de maricas perdió a sus amigos, a sus novios, a los que les habían enseñado dónde estaban los bares y cómo se ligaba con la mirada. Esa generación aprendió a hacer duelo sin que el resto del país supiera que estaba de luto.
El diario del planeta ya habló de esto con calma en «VIH: memoria y presente», y lo repito porque hay que repetirlo: hoy una persona con VIH en tratamiento puede tener una vida larga, y con carga viral indetectable no transmite el virus por vía sexual. Indetectable es igual a intransmisible. La PrEP previene la infección de forma muy eficaz. Y la prueba es fácil, gratuita y confidencial en muchos centros de salud y asociaciones.
Lo que no se ha curado del todo es el miedo de los demás.
Y ahí está la primera razón por la que el título de esta canción pesa tanto. Para quien viene de esa historia, una pandemia nunca es la primera. Siempre es otra.
Cuarta baja: los ochenta en Madrid, cuando el punk se puso cresta
Mientras al otro lado del Atlántico pasaba eso, en Madrid se inventaba una forma de estar vivo a toda prisa.
Después de la dictadura llegó lo que luego se llamó la Movida. En 1977 ya había en la ciudad grupos punk como Kaka de Luxe, de donde salieron nombres que después serían enormes. Alaska con su pelo de colores, los fanzines fotocopiados, los conciertos en salas que olían a tabaco y a calimocho, Almodóvar rodando «Pepi, Luci, Bom» con cuatro duros y muchas ganas de molestar. El punk de aquí tenía menos rabia de clase obrera inglesa y más pluma. Era un punk que se maquillaba.
La cresta rosa de la portada viene de ahí, de esa mezcla tan madrileña de rebeldía y purpurina. No es la cresta verde del punk londinense de imperdible en la mejilla. Es una cresta fucsia, como las uñas de una tía divertida. Es el punk dicho por alguien que también ha visto mucha copla.
Y tiene sentido que el chico del apocalipsis la lleve. Esa generación bailó mientras a su alrededor caían amigos. No porque no le importara. Porque bailar era la única manera que encontró de seguir.
Hay gente que llama a eso frivolidad.
En el planeta se llama supervivencia con tacones.
La lista de la compra del apocalipsis
Un inciso doméstico, porque todo fin del mundo se decide en el pasillo del supermercado.

Cada vez que el telediario pone música dramática, este país hace la misma compra. En 2020 fueron el papel higiénico, la levadura, las legumbres de bote y el alcohol de farmacia. Hubo quien salió del Mercadona con cuarenta rollos y una sola barra de pan. Hubo quien compró harina de fuerza sin haber encendido el horno en su vida. Hubo un señor en cada barrio que se llevó todas las latas de atún y luego las regaló en Navidad porque no sabía qué hacer con ellas.
El chico de la portada no lleva bolsas. No lleva carro. No lleva mochila de supervivencia con linterna, pilas y navaja suiza. Lleva una chaqueta de flecos y una cresta que necesita, como mínimo, medio bote de laca al día.
Esa es su lista de la compra. Laca, purpurina y unas botas que aguanten escombros.
Y quien diga que eso no es prioritario no ha intentado nunca salir de casa sin peinarse en un día malo. El pelo hecho es la primera barricada.
Quinta baja: el balcón de las ocho
Avancemos cuarenta años de golpe. Marzo de 2020.
El 14 de marzo España declara el estado de alarma y nos encierra en casa. Lo que viene después lo recordamos todos con una mezcla de vergüenza y ternura: las colas en el súper con dos metros de distancia, la gente haciendo masa madre como si le fuera la vida, los vídeos de la vecina del quinto con su altavoz, las videollamadas con la familia donde siempre había un tío que no sabía quitar el micrófono. Y a las ocho de la tarde, los aplausos en los balcones para los sanitarios.
Y sonando por los altavoces, una y otra vez, «Resistiré». La del Dúo Dinámico, de 1988. La misma pareja de compositores que en 1968 había escrito el «La, la, la» de Massiel. Dos señores que, sin saberlo, nos pusieron la banda sonora del fin del mundo con un estribillo de verbena.
Ese es el camp involuntario más grande que ha vivido este país: un apocalipsis con pasodoble de fondo.
Pero hay otra cara. Durante aquel encierro, mucha gente LGTBI pasó semanas metida en casas donde no podía ser quien era. Chavales de vuelta con padres que no aceptaban. Parejas que no podían verse porque no convivían y no había papel que justificara el viaje. Mayores que se quedaron más solos que nunca, sin el bar de siempre, sin la sauna, sin la tertulia de la asociación. El confinamiento para unos fue pan casero y series. Para otros fue un armario con las ventanas cerradas.
Sexta baja: 2022, la que casi nadie nombró
Y cuando apenas nos habíamos quitado la mascarilla del bolsillo, llegó la siguiente.
En mayo de 2022 empezaron a detectarse en Europa casos de mpox, la viruela del mono, y en julio la Organización Mundial de la Salud la declaró emergencia de salud pública de importancia internacional. España fue uno de los países europeos con más casos. Y otra vez, como en los ochenta, buena parte de los contagios se dio entre hombres que tienen sexo con hombres. Otra vez los titulares. Otra vez la mirada de reojo. Otra vez colectivos y asociaciones haciendo, con cuatro voluntarios y un grupo de WhatsApp, el trabajo de información que tocaba a las instituciones.
Esta vez hubo vacuna y la cosa se contuvo. Pero el eco fue inevitable.
Por eso la pregunta del título no tiene nada de exagerada. Para muchas maricas que hoy tienen cuarenta o cincuenta años, el calendario va así: el sida de los mayores, que les llegó como un susto heredado; el coronavirus de todo el mundo; la mpox, que volvió a señalarlos. Tres pandemias, tres maneras de que te miren raro en la cola del médico.
Otra. En serio. Otra.
Banda sonora para sobrevivir
Toda pandemia tiene su himno, y casi siempre lo eligen las maricas antes que nadie.

En 1978 Gloria Gaynor sacó «I Will Survive», que iba de una mujer que echa a su ex de casa y cambia la cerradura. Las discotecas gais de medio mundo la convirtieron en otra cosa: un juramento colectivo. Cuando llegaron los peores años del sida, esa canción siguió sonando en las pistas con un sentido que no tenía cuando se grabó. Sobreviviré. Lo decían chavales que sabían que a lo mejor no.
Diez años después, el Dúo Dinámico escribió «Resistiré», que acabaría en los balcones de 2020. Y en medio, cientos de canciones de fiesta que se bailaban con lágrimas en los ojos, porque esa es la especialidad de esta comunidad: llorar en la pista sin perder el paso.
«Otra pandemia» entra en esa estantería por la puerta de atrás. No como himno (no lo pretende, y el planeta no va de pedestal), sino como la queja de alguien que ya se sabe todos los himnos de memoria y está harto de tener que usarlos.
Ojalá dejemos de necesitarlos.
Mientras tanto, que suenen alto.
Las canciones vecinas, o cómo se ordena el apocalipsis
En la discografía de la web, «Otra pandemia» tiene vecinos que parecen elegidos por un programador de cine de terror.
Antes está «Ataúd de neón», que ya tiene en el título el funeral con luz rosa. Después está «Casting», con su cartel de serie B, su casa encantada en la colina y su enmascarado con cuchillo. Un ataúd, un apocalipsis y un reparto de película de miedo. El planeta organiza su discografía como una sesión triple de las de antes.
Y más allá, en el mismo catálogo, está «Bareback», que nombra sin tapujos una práctica de la que hay que hablar con información y sin culpa, y que el diario puso al lado de esta canción cuando escribió sobre el VIH. Las dos juntas hacen algo que la tele de los ochenta no supo hacer: hablar del cuerpo sin esconderlo.
Todas ellas están en «El día de la liberación», uno de los tres discos de la trilogía GAYFOLK. Y el nombre del disco, al lado de esta portada, tiene su gracia: liberación en mitad de las ruinas. Que es, más o menos, lo que pasó en 2021 cuando abrieron las discotecas.
El parche, la cresta y la mirada atrás
Volvamos al chico.
De toda la portada, lo que más me interesa es el gesto. No está de frente desafiando a cámara como los protagonistas de otras portadas del catálogo, con el pecho al aire y la ceja levantada. Está de espaldas, girado, mirando por encima del hombro. Es la postura de alguien que se va pero comprueba que no le sigue nada.
Esa mirada es la de toda una comunidad que ha aprendido a no fiarse del silencio. Cuando todo está tranquilo, mira atrás. Cuando el telediario dice que no pasa nada, mira atrás. Cuando abren la discoteca y suena Raffaella, baila, pero de vez en cuando mira atrás.
Hay quien diría que eso es trauma. Puede. También es memoria.
Y la memoria, en este planeta, se lleva cosida en la chaqueta como un parche de calavera con máscara.
El vídeo, para verlo con la tele apagada
La canción tiene su videoclip, de dos minutos y cincuenta y cuatro segundos, que puedes ver en la web sin salir de casa (que, mira, para algo aprendimos). Recomendación de uso: después del telediario, cuando te hayan contado lo que te tengan que contar. Apagas la tele, subes el volumen y dejas que el fin del mundo suene con ritmo.
La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial, como todo el catálogo; la letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que la escribió sin IA. Lo cuenta tal cual en la sección de prensa de la web, donde está también la historia de la trilogía. Y la canción está en Spotify, en YouTube y en el resto de plataformas, y se descarga gratis desde la web, como todas.
Lo que queda cuando pasa
Las pandemias pasan. Esa es la parte que el miedo no te deja ver mientras dura.
La peste pasó y nos dejó el «Decamerón». El sida no ha desaparecido, pero dejó una generación de activistas que obligaron a los gobiernos a escuchar, los lazos rojos, las colchas con nombres cosidos, y una manera de cuidarnos entre nosotros que todavía hoy es la mejor herencia de esta comunidad. El coronavirus nos dejó la masa madre, los aplausos y una tirria eterna al gel hidroalcohólico. La mpox nos dejó claro que, cuando el sistema tarda, la comunidad no.
Y nos dejó, a todos, la costumbre de preguntar «¿otra?» con cara de cansancio. Esa pregunta, que parece una queja, es en realidad la prueba de que seguimos aquí para hacerla.
Si estás leyendo esto, has sobrevivido a algo.
Ponte la chaqueta de flecos.
Y, si hace falta, la cresta.
Preguntas frecuentes
¿Está publicada la letra de «Otra pandemia»?
Todavía no: en gayfolkplanet.com/letras figura como «próximamente». Esta crónica no cita versos de la canción; habla de su título, de su portada y de las pandemias que han marcado la vida LGTBI.
¿En qué álbum está «Otra pandemia»?
En «El día de la liberación», uno de los tres discos de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿Qué aparece en la portada?
Una ciudad en ruinas con columnas de humo, un sol rojo enorme en un cielo fucsia y un chico con cresta punk rosa, chaqueta negra de flecos y un parche con una calavera con máscara de gas.
¿Quién escribe y produce la canción?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.
¿Dónde puedo informarme sobre la prueba del VIH o la PrEP?
En tu centro de salud, en los centros de ITS de tu comunidad y en asociaciones LGTBI y de VIH, donde la prueba suele ser gratuita y confidencial.