Planeta Gayfolk

Salud mental

El nudo en la garganta: cuando no salen las palabras y escribir se convierte en otra salida

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Fotograma en blanco y negro del videoclip de «El castigo más duro», de Mike Sain't Louis: un chico apoyado en una pared de ladrillo, cabizbajo, en una calle de Madrid

En el fotograma que abre esta nota hay un chico apoyado en una pared de ladrillo, en blanco y negro, con la cabeza gacha. Detrás, una calle estrecha de Madrid, un cartel a medio leer, un par de figuras borrosas que pasan sin mirarle. No llora. No grita. No hace nada. Parece que está a punto de decir algo y que, justo en el último segundo, se lo ha tragado. Es una imagen del videoclip de «El castigo más duro», y es difícil encontrar una mejor portada para hablar de lo que pasa cuando las palabras no salen.

Porque la canción empieza exactamente ahí, en el atasco:

No me salen las palabras

Tienen pinchos y destrozan

No dice que no tenga nada que decir. Dice lo contrario. Tiene tanto que decir que las frases se han vuelto erizos. Están dentro, empujan, quieren salir, pero cada una lleva espinas, y sacarlas duele más que dejarlas donde están. Esa es la sensación que muchas personas conocen y pocas saben nombrar: el nudo en la garganta, la boca seca, la cabeza en blanco justo cuando más falta hace tenerla llena.

Esta nota no habla de cómo hablar mejor. Habla de lo contrario: de cómo, cuando hablar se volvió una cuesta imposible, la escritura abrió otra salida. Todo lo que sigue se apoya solo en lo que Mike Sain't Louis ha querido contar en público. Sufrió acoso escolar y abusos de niño. Vivió dos relaciones fallidas con dos personas a las que hoy llama narcisistas. Con 41 años recibió cinco diagnósticos: fobia social, trastorno de evitación, estrés postraumático, ansiedad y una depresión mayor de gravedad elevada, y hoy trabaja con una buena psicóloga que le ayuda a avanzar. Ahí se acaba lo biográfico. Los personajes de las canciones son inventados. Lo que sí es suyo es la manera de escribir, y eso es lo que se mira aquí.

La sangre en la boca

La segunda imagen de la canción va todavía más lejos que la primera:

De Mi boca. me Sale tanta sangre

Así, con sus mayúsculas raras y su punto en mitad de la frase, tal cual se publicó. La puntuación está rota, y está bien que lo esté. Nadie puntúa con cuidado cuando sangra. Lo que importa es la imagen: hablar como herida. Cada palabra que consigue salir se lleva un trozo de encía, de lengua, de paladar. La gente que pasa cerca no ve a alguien que intenta explicarse. Ve a un monstruo, a un vampiro que llora bajo la luna, porque lo único visible es la sangre.

Hay algo muy preciso en esa escena. Quien vive con ansiedad social conoce de sobra el miedo a cómo le verán los demás mientras habla. No tanto lo que va a decir como la pinta que tendrá diciéndolo: la cara roja, el temblor, la frase que se corta a la mitad, la risa nerviosa que nadie entiende. La canción lleva ese miedo al extremo, al terreno del cine de terror que tanto le gusta a Mike, y en ese exceso hay una forma de alivio. Si lo peor que puede pasar es parecer un vampiro sangrando en plena calle, entonces lo que de verdad pasa, un tartamudeo, un silencio largo, ya no parece tan grave.

El humor negro, en el Planeta Gayfolk, funciona muchas veces así. Exagera el dolor hasta que se vuelve ridículo, y en lo ridículo cabe un respiro.

Tengo que esperar un rato

Pero la parte más útil de la canción no es la sangre. Es lo que viene justo después, cuando el narrador deja de pelearse con la boca y se pone a esperar:

Fotogramas del videoclip oficial de «El castigo más duro», de Mike Sain't Louis

Tengo que esperar un rato

Hasta que este dolor tan intenso en el pecho

Me deje respirar por completo

Pocas veces una letra describe tan bien lo que pasa en el cuerpo durante un momento de mucha tensión. El pecho se cierra. La respiración se queda arriba, corta, en los hombros. Y mientras el aire no baja, las palabras tampoco salen. No es falta de voluntad. Es fisiología.

Ante algo que el cuerpo interpreta como amenaza, se activan respuestas automáticas muy antiguas. Se suele hablar de luchar o huir, pero hay una tercera que se nombra menos: quedarse quieto. Paralizarse. Bloquearse. Y esa parálisis no afecta solo a las piernas. Afecta también a la lengua. Mucha gente que ha vivido situaciones de abuso cuenta lo mismo: que en el momento no pudo decir nada, que se quedó muda, que luego, horas después, en la ducha o en la cama, le salieron de golpe todas las respuestas que no supo dar. Y encima se culpa por ese silencio, como si hubiera sido una elección.

La letra no se culpa. Espera. Dice «tengo que esperar un rato» con la naturalidad de quien sabe que el cuerpo tiene sus tiempos y que forzarlo empeora las cosas. Es una frase pequeña y es casi un método: no hablar en caliente, dejar que el pecho se afloje, respirar primero y decir después.

En el diario del planeta hay una nota sobre la ansiedad sin estigma que explica estas reacciones sin dramatismo. Leída al lado de esta canción, se entiende mejor por qué el narrador no insiste: no es cobardía, es saber leer su propio cuerpo.

Las palabras que no conviene soltar de golpe

Luego llega una frase que parece contradecir todo lo anterior, porque ya no habla de palabras que no salen, sino de palabras que podrían salir demasiado:

Hay palabras que si salieran de golpe

Lo que sigue es una de esas imágenes de terror marca de la casa: si esas palabras salieran todas a la vez, se activaría la máscara de la película «Saw», en su versión sin censura. Traducido del idioma Gayfolk al castellano de andar por casa: hay cosas que, si se dijeran sin filtro, en el momento equivocado y a la persona equivocada, harían más daño que bien. Primero a quien las dice.

Esta es una distinción importante, y la canción la hace sin teoría. No todo silencio es un bloqueo. A veces callar es una decisión. Una forma de protegerse ante alguien que va a usar cualquier palabra en tu contra. Por eso la frase siguiente suena tan serena:

Así que he decidido que no voy a insistir más

Ya no es «no puedo hablar». Es «he decidido». La misma boca cerrada, pero con otra llave. Y esa diferencia, entre el silencio que te imponen y el silencio que eliges, recorre muchas letras del Planeta Gayfolk.

Me pediste silencio

En «No te vuelvo a mirar más» el silencio aparece primero como una orden ajena:

me pediste silencio y gritaste hasta el techo.

Una sola línea retrata una dinámica que mucha gente reconoce: a uno se le exige callar mientras el otro ocupa todo el espacio con su ruido. El que grita decide quién habla. El que calla aprende que su opinión molesta, que su queja es exagerada, que sus palabras no tienen sitio. Con el tiempo, esa lección se mete tan dentro que la boca ya se cierra sola, incluso cuando nadie está gritando.

En el diario del planeta, la nota sobre el silencio como castigo habla de otra cara del mismo asunto: cuando es el otro quien deja de hablarte para hacerte daño. Las dos caras tienen algo en común. El silencio se convierte en un arma, y el que lo sufre se queda sin palabras propias.

Lo interesante es cómo termina esa misma canción. El narrador no recupera las palabras para volver a discutir. Las recupera para escribir otra cosa:

Puedes seguir mintiendo, yo ya no te respondo.

No responder, aquí, ya no es quedarse bloqueado. Es una frontera. Y la frontera está escrita. Quizá no se dijo nunca en persona, cara a cara, con el pecho cerrado y la garganta apretada. Pero está en una letra, publicada, con rima y estribillo. La escritura llegó donde la conversación no llegaba.

Un castillo, una armadura sin llave

Hay una línea en «Antisocial» que merece una segunda lectura, porque convierte el silencio en arquitectura:

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «Hasta que este dolor tan intenso en el pecho» de «El castigo más duro»

mi silencio es un castillo, yo una armadura sin llave.

Un castillo protege. Tiene murallas, foso, puente levadizo. Nadie entra sin permiso. Pero una armadura sin llave es otra cosa: protege, sí, pero tampoco deja salir. Quien está dentro no puede quitársela aunque quiera. La línea dice a la vez lo bueno y lo malo de esa forma de vivir: la seguridad y el encierro, todo en la misma imagen.

Mike ha contado que le diagnosticaron fobia social y trastorno de evitación. Sin entrar en lo clínico, que no corresponde a una nota como esta, la palabra evitación lo explica casi todo. Evitar la conversación incómoda. Evitar el saludo en la calle. Evitar la reunión donde habrá que presentarse. Al principio evitar alivia. Luego se convierte en una costumbre. Y al final la costumbre es una armadura que ya no tiene llave.

La canción, que es puro orgullo y mala leche, presenta ese aislamiento como elección. «Antisocial, por elección», dice. Hay verdad en eso: a veces apartarse de ciertas personas es lo más sano que se puede hacer. Pero la línea del castillo deja entrever otra cosa, más frágil. El silencio que protege también puede dejar a alguien solo con todo lo que no ha dicho. En el diario hay una nota sobre la diferencia entre soledad elegida y soledad impuesta que ayuda a mirar esa frontera con calma.

La musa que se queda muda

Hay un silencio todavía más inquietante que el de la boca: el de la escritura. En «Montaña rusa» el narrador está en uno de esos días en que todo sube y baja sin control, intenta contenerse a todas horas y no puede parar de llorar. Y entonces lanza una queja que tiene algo de chiste y algo de pánico: se está muriendo la musa. Y por si fuera poco:

se ha quedado también

Muda

Es la pesadilla de cualquiera que escribe para no ahogarse. Si las palabras habladas ya pinchaban, y de pronto las escritas tampoco aparecen, ¿por dónde sale lo que pesa? La canción no da respuesta. Pero la propia canción es la respuesta. Una letra que dice que la musa se ha quedado muda es, por definición, una letra que se ha escrito. La musa estaba muda y aun así salió esto. Torcido, repetitivo, con vocales estiradas, pero salió.

Hay una lección pequeña ahí para cualquiera que esté bloqueado. No hace falta escribir algo bueno. Hace falta escribir algo. Aunque sea la frase «no me sale nada». Aunque sea una lista. Aunque sea una palabra repetida diez veces, como «montaña rusa, montaña rusa». La página en blanco solo es enemiga cuando se le exige belleza.

Por qué escribir abre otra puerta

Lo que se ve al juntar estas canciones es un patrón. En casi todas, el narrador no consigue decir algo cara a cara. Se bloquea, se le cierra el pecho, se le exige silencio, se protege tras una muralla. Y en todas, lo que no pudo decirse en persona termina dicho por escrito, en una letra.

Collage con un detalle de la carátula de «El castigo más duro» y las carátulas de «Montaña rusa», «No te vuelvo a mirar más», «Antisocial»

No es casualidad. Escribir tiene ventajas muy concretas para alguien a quien hablar le cuesta.

No hay nadie delante. La persona con ansiedad social teme sobre todo la mirada ajena mientras habla. Delante de un papel o de una pantalla, esa mirada desaparece. Nadie ve la cara roja, nadie oye el temblor, nadie interrumpe.

Se puede ir despacio. Una conversación tiene ritmo propio y castiga los silencios largos. La escritura no. Se puede escribir media frase, levantarse, hacer un café, volver. Se puede hacer exactamente lo que dice la canción: esperar un rato hasta que el pecho deje respirar.

Se puede corregir. Lo dicho, dicho está. Lo escrito se puede tachar, cambiar, suavizar o endurecer. Para alguien que teme que sus palabras salgan con pinchos, poder limarlas antes de soltarlas es una tranquilidad enorme.

Se puede releer. Esto es quizá lo más valioso. Una vez escrito, lo que estaba dentro está fuera, delante de los ojos, y se puede mirar como se mira cualquier otra cosa. Ya no es un nudo difuso en el pecho. Es una frase. Y una frase se puede entender.

Se puede elegir quién lo lee. Lo que se dice en una conversación llega a quien está delante, quiera uno o no. Lo que se escribe puede quedarse en un cajón, enseñarse a una sola persona de confianza o publicarse para miles. Esa libertad cambia mucho la presión. Quien escribe sabiendo que nadie tiene por qué leerlo se permite frases que jamás diría en una cena. Y muchas veces son esas frases, las más crudas, las que contienen la verdad que hacía falta encontrar. Después, con calma, ya habrá tiempo de decidir qué parte de esa verdad se comparte y con quién.

Mike lo ha resumido en sus propias palabras más de una vez: cada canción nace de algo que sintió antes de escribirlo. El orden importa. Primero el sentimiento, atascado, con pinchos. Después la escritura, que le da forma. Y solo al final, si acaso, la conversación con alguien.

Escribir no es hablar, pero prepara el camino

Conviene no idealizar. Escribir no sustituye a decir las cosas cuando hace falta decirlas. Tampoco sustituye a la terapia. Lo que hace, muchas veces, es preparar el terreno.

Hay personas que llevan a la consulta lo que han escrito porque no se ven capaces de decirlo de viva boca. Hay quien escribe una carta que nunca enviará y que, aun así, le permite saber qué quiere decir de verdad. Hay quien apunta en el móvil, a las tres de la madrugada, la frase que no supo pronunciar en una discusión, y a la mañana siguiente la lee y entiende algo de sí mismo. En todos esos casos, la escritura funciona como un ensayo. Un sitio seguro donde las palabras pueden salir con pinchos sin herir a nadie, y donde se les puede ir quitando las espinas una a una.

Mike ha contado que hoy una buena psicóloga le está ayudando a seguir adelante. No ha contado los detalles de esa terapia, y aquí no se van a suponer. Pero es fácil imaginar que una persona que lleva años escribiendo lo que no puede decir llegue a una consulta con mucho camino hecho, con un material que ya no está solo dentro de la cabeza. En el diario del planeta hay una nota con preguntas frecuentes sobre la terapia para quien todavía no se ha decidido a dar ese paso.

Para quien quiera escucharla entera, «El castigo más duro» pertenece al segundo álbum de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», y está en Spotify. Quien prefiera situarla en el mapa completo del planeta, con sus tres discos y su orden, tiene la página de prensa, donde se cuenta cómo nació el proyecto.

Lloro porque no entiendo nada

Hay una línea hacia el final de «El castigo más duro» que lo resume todo con una sencillez que desarma:

Ficha de la canción «El castigo más duro» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

lloro porque no entiendo nada

Después de tanta imagen de terror, de tanta sangre y tanta máscara, la canción se queda en esto. No hay frase ingeniosa. No hay venganza. Hay alguien que llora y que admite que no entiende. Y esa admisión, curiosamente, es la primera frase que sale sin pinchos. Es lo más sencillo que se puede decir y también lo más difícil: no sé qué me pasa, pero me pasa.

Muchas veces el bloqueo al hablar viene de ahí, de creer que hay que tener una explicación completa antes de abrir la boca. Que no se puede decir «estoy mal» sin saber exactamente por qué, ni pedir ayuda sin un informe detallado. La canción deshace esa trampa. Se puede empezar por «no entiendo nada». Es una frase perfectamente válida. Es, de hecho, como empiezan muchas conversaciones que acaban ayudando.

El llanto, además, es otra forma de decir. Cuando las palabras no salen, salen las lágrimas, y también comunican. En el diario hay una nota que lo defiende sin rodeos: llorar no es debilidad. En el Planeta Gayfolk se llora mucho, en casi todas las canciones, y nunca se pide perdón por hacerlo.

Un cuaderno de frases que no se dijeron

Si algo enseñan estas letras, leídas juntas, es que el silencio no es un fracaso. A veces es una reacción del cuerpo que hay que respetar, como cuando el pecho se cierra y hay que esperar un rato. A veces es una frontera, como cuando se decide no responder más a quien miente. A veces es una armadura que protege y encierra a la vez. Y a veces es solo una pausa antes de encontrar otra forma de decir.

Para quien se reconozca en esto, quizá sirva una idea muy sencilla, sacada directamente del modo de trabajar de Mike: tener un sitio donde ir apuntando las frases que no salieron. Un cuaderno, una nota del móvil, un archivo sin nombre. No para publicarlas. No para enviarlas a nadie. Solo para que no se queden dentro. Lo que se apunta deja de dar vueltas. Lo que se apunta se puede releer otro día, con el pecho más tranquilo, y descubrir que pinchaba menos de lo que parecía.

En el universo de Mike, ese cuaderno acabó convirtiéndose en tres discos y un planeta entero, desde «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk» en adelante. No hace falta llegar tan lejos. Basta con que las palabras tengan por dónde salir.

Si las palabras no te salen

Si estás en un momento en que no consigues decir lo que te pasa, no tienes que encontrar las palabras perfectas para pedir ayuda. El 024 atiende en España a cualquier hora, de forma gratuita, y también tiene chat para quien prefiera escribir antes que hablar. Cuando el riesgo es inmediato, el número es el 112. Otra línea que escucha sin juzgar es la del Teléfono de la Esperanza, 717 003 717. Si eres menor de edad o te preocupa un menor, puedes marcar el 900 20 20 10 de la Fundación ANAR. Y si vives fuera de España, en findahelpline.com puedes buscar el teléfono de tu país.

Si a quien le cuesta hablar es a alguien que quieres, no le exijas una explicación completa. A veces basta con quedarse cerca y no tener prisa. En el diario hay una guía sencilla para acompañar a alguien deprimido, y otra que recuerda algo que nunca está de más repetir: pedir ayuda no es fracasar.

Las palabras con pinchos no se quitan de golpe. Se van limando, frase a frase, en un papel, en una canción, en una conversación que llega cuando el pecho por fin deja respirar.

Preguntas frecuentes

¿En qué canción dice Mike que no le salen las palabras?

En «El castigo más duro». La letra empieza así: «No me salen las palabras / Tienen pinchos y destrozan». Es una de las imágenes más físicas de todo el Planeta Gayfolk: las palabras como algo que hiere al salir.

¿Es normal quedarse en blanco o sin poder hablar en un momento de mucha tensión?

Sí, es una reacción frecuente. Ante una amenaza, el cuerpo puede luchar, huir o paralizarse, y la parálisis incluye a menudo el habla. En personas con ansiedad social o con historia de trauma puede pasar con más facilidad. Si te ocurre a menudo y te limita, merece la pena comentarlo con un profesional de la salud mental.

¿Escribir puede sustituir a la terapia?

No. Escribir puede ayudar a ordenar lo que sientes y a llevarlo luego a una consulta, pero no sustituye la atención profesional. Mike ha contado que hoy una buena psicóloga le está ayudando a seguir adelante.

¿Los personajes de estas letras son personas reales?

No. Los nombres y personajes que aparecen en las canciones de Mike Sain't Louis son inventados. La nota habla del proceso de escritura y de lo que él ha compartido públicamente sobre su salud mental, sin identificar a nadie.

¿Dónde puedo pedir ayuda si estoy pasando un mal momento?

En España, el 024 atiende gratis, todo el día y también por chat. Ante un peligro inmediato, el 112. El Teléfono de la Esperanza responde en el 717 003 717 y, si eres menor, la Fundación ANAR en el 900 20 20 10. Fuera de España, findahelpline.com te indica el número de tu país.

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