Cultura LGTBI
El escenario de una ausencia: el París queer de Colette, Natalie Barney, Proust y Le Monocle, de 1791 al matrimonio de 2013, leído con las letras del Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Hay ciudades que se conocen sin haberlas pisado. París es la primera de la lista. Se conoce por las películas, por las postales, por las novelas, por la lista de hoteles que alguien guardó en el móvil para un aniversario. En «Paris restera gris», del tercer álbum del Planeta Gayfolk, la ciudad funciona justo así: como un destino que una pareja de muchos años planeó una y otra vez y que nunca llegó a visitar. El texto que Mike Sain't Louis publicó junto a la canción lo dice sin rodeos:
París aquí no es la ciudad del amor, sino el escenario de una ausencia.
Ese giro tiene gracia, porque París ha sido durante dos siglos justo lo contrario para mucha gente LGTBI: no una ausencia, sino una presencia, un lugar al que se huía para poder existir. Escritoras estadounidenses, pintoras inglesas, poetas de provincias y chicos de pueblo encontraron allí una libertad relativa que no tenían en casa. También encontraron límites, redadas y, en los años cuarenta, una ley que volvió a castigar lo que la Revolución había dejado de castigar.
Este texto recorre ese París con calma, de 1791 a 2013, deteniéndose en las direcciones que importan: un cabaret de Montmartre, un jardín de la rue Jacob, un piso de la rue de Fleurus, un bar de Montparnasse. Y lo lee con las letras del planeta, que no pisan la ciudad pero la nombran.
La primera capital que dejó de castigar
La historia empieza con una ausencia, otra más. En 1791, la Asamblea revolucionaria aprobó un nuevo Código Penal y en él no figuraba la sodomía. No hubo un debate sonoro sobre el tema ni una declaración de derechos para las personas homosexuales. Simplemente, el delito religioso desapareció del catálogo de crímenes del Estado, porque los legisladores querían separar el pecado de la ley. Por eso Francia aparece en casi todas las cronologías como el primer país que despenalizó las relaciones entre adultos del mismo sexo.
Conviene no idealizarlo. Que algo no sea delito no significa que esté bien visto. La policía siguió vigilando los lugares de encuentro, y los cargos de atentado al pudor o de ultraje público sirvieron durante todo el siglo XIX para detener a hombres en jardines, urinarios y paseos. Pero la diferencia con otros países era enorme. En Inglaterra, la sodomía siguió castigada con la horca hasta 1861. En Alemania, el Párrafo 175 entró en el código del Imperio en 1871. París, en cambio, no tenía una ley que nombrara el deseo entre hombres como crimen.
Esa rendija legal explica en parte por qué tantas personas llegaron a la ciudad a finales del siglo XIX y principios del XX. Al dinero, a los idiomas y a la vida de café se sumaba algo menos visible: la sensación de que, con discreción, nadie iba a meterte en la cárcel por quien eras.
Montmartre, 3 de enero de 1907
La noche del 3 de enero de 1907, el Moulin Rouge estaba lleno. Se estrenaba una pantomima titulada «Rêve d'Égypte», sueño de Egipto, y el cartel ya era un pequeño escándalo. Colette, que entonces firmaba Colette Willy y todavía no era la gran novelista que sería, hacía de momia. El papel del sabio que la despierta lo hacía una tal «Yssim», que era en realidad Mathilde de Morny, una marquesa divorciada, hija del duque de Morny, que vestía de hombre y a la que todo París llamaba Missy. Yssim es Missy al revés.
El periódico Le Petit Journal contó al día siguiente lo que pasó. En cuanto la marquesa hizo un gesto en escena empezaron los silbidos. Cuando apareció Colette con las piernas al aire, el tumulto ya no se pudo parar. Durante un cuarto de hora no se oyó la orquesta: solo gritos, insultos y cosas volando hacia el escenario, entre ellas naranjas y cojines. El escándalo se atribuyó sobre todo a un largo beso entre las dos. La prefectura de policía prohibió el espectáculo.
Lo interesante del episodio es que nadie fue a juicio por lo que había entre ellas. Lo que se castigó fue la exhibición, el hecho de hacerlo en público y con nombre propio. Colette y Missy habían vivido juntas con bastante tranquilidad, protegidas por el apellido de la marquesa. Lo que no se toleraba era el beso con luz eléctrica y entrada pagada. Esa frontera entre lo que se hace y lo que se enseña atraviesa toda la historia del París queer.
El abanico y el escándalo
El planeta tiene una canción que habría encajado aquella noche en el Moulin Rouge. «Marica chill», del segundo álbum, es el retrato de alguien que sale a la calle con purpurina en la cara y no pide permiso a nadie:

Con un abanico y mi short transparente Dije: life is short, no soy prudente
La prudencia era justo lo que se exigía en el París de 1907. Lo que hicieron Colette y Missy fue negarse a ser prudentes delante de mil personas. Lo que hace el personaje de la canción, un siglo después y en otra escala, es lo mismo: plantarse en el mercadillo con abanico y short, mandar besitos al balcón que critica y seguir andando. Más adelante la letra se pone un lema, el mismo que da título a la nota del diario sobre el derecho a ser ridículo:
Que me llamen loca, that’s my brand
Llamar «loca» a un hombre afeminado ha sido insulto en castellano durante generaciones. Convertirlo en marca, en lema, es una operación que también conocía aquel público de Montmartre, solo que al revés: ellos usaban el abucheo para devolver a Colette a su sitio. La canción hace lo contrario: coge la palabra del abucheo y se la pone en la camiseta.
Rue Jacob, número 20
Dos años después del escándalo, en la primavera de 1909, una escritora estadounidense de familia rica alquiló un pabellón escondido detrás de una fachada corriente del número 20 de la rue Jacob, en Saint-Germain-des-Prés. Se llamaba Natalie Clifford Barney y se quedó allí unos sesenta años. Desde el otoño de ese mismo año abrió su casa todos los viernes a escritores, pintores, músicos y aristócratas, con una larga pausa durante la Segunda Guerra Mundial, hasta que tuvo que irse a finales de los sesenta.
En el jardín, salvaje y poco cuidado, había un pequeño templo dórico con una inscripción en el frontón: «À l'Amitié», a la amistad. Allí se leían poemas, se tocaba música, se bailaba. En los primeros años en Neuilly, antes de mudarse, Barney había organizado representaciones en el jardín inspiradas en Safo, la poeta griega de Lesbos, y se cuenta que su casero de entonces se quejó de una de ellas. La palabra «amistad» del templo no engañaba a nadie de los que entraban, pero tampoco obligaba a nada a los que pasaban por la calle.
Barney no escondía que amaba a mujeres. Escribió sobre ello, mantuvo relaciones largas y públicas, y el escritor Remy de Gourmont le puso un apodo que acabó en su lápida: la Amazona. Su salón no era exclusivamente femenino, porque por allí pasaron también hombres conocidos, pero sí era un lugar donde la diversidad sexual no era un secreto que hubiera que cuidar en cada frase.
Una academia sin sillones
En 1927, Barney dio nombre a una parte de esos viernes: la Académie des Femmes, academia de las mujeres. No tenía estatutos ni miembros oficiales. Era una serie de veladas, cada una dedicada a una escritora que leía lo que estaba escribiendo o lo que ningún editor había querido publicar. La idea era una respuesta directa a la Académie française, que llevaba desde el siglo XVII eligiendo a sus cuarenta «inmortales» sin haber admitido nunca a una mujer. La primera llegaría en 1980.
Entre las homenajeadas estuvieron Colette, Gertrude Stein, Mina Loy, Djuna Barnes y Rachilde, y de manera póstuma la poeta Renée Vivien, que había sido pareja de Barney años antes. A la velada de Stein, según las crónicas, acudieron más de doscientas personas. La academia se apagó pronto, después de ese mismo año, pero dejó una idea que todavía funciona: si una institución no te deja entrar, puedes fundar la tuya en el salón de casa.
Hay algo de eso en todo el proyecto del planeta. Mike Sain't Louis publica sus canciones de forma independiente y las ha reunido en una trilogía con web propia, sala de prensa y catálogo. Nadie le ha dado un sillón en ninguna academia del pop. El salón, en su caso, está en internet.
Rue de Fleurus, número 27
A unos minutos andando, en el número 27 de la rue de Fleurus, otra estadounidense tenía su propio salón, los sábados. Gertrude Stein vivía allí con obras de Picasso, Matisse y Cézanne colgadas de las paredes, y por su casa pasaron muchos de los nombres del arte moderno. En 1907 conoció a Alice B. Toklas, que se convirtió en su compañera durante casi cuarenta años, hasta la muerte de Stein en 1946.

Stein jugó con la discreción de una manera muy suya. En 1933 publicó «Autobiografía de Alice B. Toklas», un libro que en realidad era su propia autobiografía contada con la voz inventada de su compañera. Fue su mayor éxito comercial. La pareja estaba ahí, en el título, en la portada, en cada página, y al mismo tiempo nunca se explicaba. Todo el mundo sabía y nadie lo decía en alto. Es otra variante del mismo pacto parisino: lo que se ve no se nombra.
Proust y la ciudad maldita
Mientras tanto, el escritor más importante de la ciudad estaba terminando su gran novela. Marcel Proust publicó «Sodome et Gomorrhe», el cuarto tomo de «En busca del tiempo perdido», en dos partes, en 1921 y 1922. Los títulos bíblicos no dejaban lugar a dudas: Sodoma para los hombres, Gomorra para las mujeres. El tomo empieza con una escena en la que el narrador descubre, escondido, el encuentro entre el barón de Charlus y un sastre, y se dedica después a describir con detalle de entomólogo el mundo de los hombres que desean a hombres.
La mirada de Proust no es la de un activista. Habla de una «raza maldita», de vidas obligadas a la mentira, de personajes que se esconden y se reconocen entre ellos por señales. Muchos lectores queer de su tiempo y de después leyeron el libro con una mezcla de agradecimiento y de incomodidad. Agradecimiento, porque por fin alguien de primera fila ponía ese mundo en el centro de una novela. Incomodidad, porque lo pintaba como una condena.
Esa doble lectura acompaña al libro hasta hoy. Se puede leer como un documento de época, con todos los prejuicios de su tiempo, y a la vez como la prueba de que el tema había llegado al centro de la literatura francesa. El París de los años veinte era también eso: una conversación entre escritores sobre cómo contar vidas que la ley no perseguía pero la sociedad seguía señalando.
El almanaque de las damas
En 1928 apareció en París un librito curioso, firmado por «una dama a la moda». Se titulaba «Ladies Almanack» y se imprimió por cuenta de la autora, en una tirada de algo más de mil ejemplares. La autora era la estadounidense Djuna Barnes, y el libro era una sátira cariñosa del círculo de Natalie Barney, que aparecía disfrazada de Dama Evangeline Musset. Ocho años después, Barnes publicaría «El bosque de la noche», una novela sobre amores entre mujeres en el París de entreguerras que todavía se lee como un clásico de la literatura lesbiana.
El detalle de la autoedición importa. Ningún editor convencional iba a publicar aquel almanaque en aquellos años, así que se publicó igual, con el dinero propio y distribuido por un librero de Montparnasse. La cultura queer se ha hecho muchas veces así: a mano, en tiradas cortas, para las personas que sabían buscarla.
Montparnasse, bulevar Edgar-Quinet
En los años veinte, una mujer nacida en Córcega, Marie Lucie Franchi, abrió en el bulevar Edgar-Quinet un bar al que llamó Le Monocle. Ella se hacía llamar Lulu de Montparnasse, o de Montmartre según la época. El monóculo era una moda entre ciertas mujeres lesbianas de la época, junto con el pelo corto y el esmoquin, y el bar se convirtió en uno de los puntos de encuentro de la ciudad para mujeres que querían bailar con otras mujeres sin tener que dar explicaciones.
Hacia 1932, el fotógrafo Brassaï, un húngaro afincado en París que retrataba la noche de la ciudad con un flash de magnesio, consiguió permiso para entrar con su cámara. Sus fotos de parejas de mujeres en la barra y en las mesas, algunas con traje y corbata, están hoy en museos de Cleveland, Los Ángeles o Melbourne. Son de las pocas imágenes de esa vida que se conservan. Le Monocle cerró durante la ocupación alemana.
Vestirse de hombre, para una mujer, no era un gesto inocente. Una ordenanza policial parisina de 1800 exigía a las mujeres un permiso para llevar pantalones, y aunque en la práctica se aplicaba poco, seguía en los papeles. Dentro del bar, esas normas quedaban en la puerta.
Una mano que nadie ve
Hay un verso del planeta que podría estar escrito como pie de foto para una de esas imágenes de Brassaï. Es de «Boys like us», del segundo álbum:

He holds my hand Where no one sees
Me coge de la mano donde nadie mira. Es el gesto exacto de los bares como Le Monocle: la intimidad posible solo dentro de un espacio protegido, lejos de la calle. Y la canción, como las fotos, tiene doble filo. Por un lado celebra ese momento. Por otro deja claro que existe porque fuera no se puede. El resto de la letra se va hacia el orgullo, hacia brillar y no esconderse, pero esos dos versos guardan la memoria de la época anterior, la de la mano escondida.
Brassaï publicó parte de aquellas fotos décadas después, en un libro sobre el París secreto de los años treinta. Muchas de las mujeres retratadas no habrían querido que se vieran en su momento. Hoy son un archivo. La historia de la mano escondida se cuenta, a veces, gracias a alguien que la fotografió sin que el resto del mundo mirara.
1942: la ley de Vichy
La libertad relativa de París se rompió durante la ocupación. El 6 de agosto de 1942, el gobierno colaboracionista de Vichy modificó el artículo 334 del Código Penal para castigar los actos con una persona menor del mismo sexo, fijando esa minoría en los 21 años. Para las relaciones entre hombre y mujer, la edad era entonces mucho más baja. Por primera vez desde la Revolución, la ley francesa volvía a distinguir entre deseo homosexual y deseo heterosexual.
Lo más llamativo es lo que pasó después de la guerra. La Liberación barrió muchas leyes de Vichy, pero no esta. La disposición pasó al artículo 331 y siguió en vigor durante casi cuatro décadas de República. En 1960, además, una enmienda clasificó la homosexualidad entre las «plagas sociales», junto con el alcoholismo. Según la página del Senado francés, los trabajos de investigación estiman que cerca de 10.000 personas, casi todas hombres, fueron condenadas por ese motivo entre 1945 y 1982, la gran mayoría a prisión. Algunas investigaciones recientes elevan la cifra hasta 50.000.
La comparación con «The Great Depression» ayuda a ver el patrón. Esa canción del planeta mira los años treinta en Estados Unidos, cuando los clubes de la llamada «pansy craze» se cerraron de golpe con la crisis. En París la puerta se cerró más tarde, con la ocupación, pero se cerró de la misma manera: lo que parecía tolerado dejó de estarlo en cuanto cambió el poder.
1982: Forni, Halimi, Badinter
El fin de esa discriminación tiene nombres propios. Tras la victoria de François Mitterrand en 1981, que lo había prometido en campaña, el diputado Raymond Forni presentó una proposición de ley para derogar el segundo párrafo del artículo 331. La abogada y diputada Gisèle Halimi fue la ponente, y el ministro de Justicia, Robert Badinter, la defendió en el hemiciclo. La Asamblea la debatió en diciembre de 1981 y la ley se promulgó el 4 de agosto de 1982. Desde entonces, la edad de consentimiento es la misma para todo el mundo.
Halimi abrió aquel debate preguntándose, con perspectiva, cómo unos diputados franceses, encargados de defender las libertades, habían podido legislar para reprimir la homosexualidad. La pregunta sigue en el aire. En diciembre de 2025, la Asamblea Nacional aprobó por unanimidad, en segunda lectura, una proposición de ley para reconocer y reparar a las personas condenadas, y la ministra Aurore Bergé pidió perdón en nombre de la nación. El Senado y la Asamblea no se pusieron de acuerdo en el texto: la comisión mixta fracasó el 15 de enero de 2026 y la propuesta volvió a la Asamblea para una nueva lectura.
Del PACS al matrimonio
Los derechos de pareja llegaron después, y con mucha bronca. La ley del 15 de noviembre de 1999 creó el PACS, el pacto civil de solidaridad, una unión registrada abierta a parejas del mismo sexo y de distinto sexo. Muchas parejas heterosexuales acabaron usándolo, lo que le quitó parte del estigma.
El matrimonio llegó con la ley del 17 de mayo de 2013, que abrió el matrimonio a las parejas del mismo sexo e incluyó la adopción conjunta. El camino estuvo lleno de manifestaciones multitudinarias en contra, con la llamada «Manif pour tous». Ocho años antes, España había dado ese paso, en 2005. Que París, la ciudad que había despenalizado antes que nadie, llegara al matrimonio después que Madrid dice mucho de lo poco lineales que son estas historias.
En «Paris restera gris», el texto de Mike habla de una pareja que hizo planes muchas veces y no viajó nunca. Leída con la cronología en la mano, la canción añade otra capa: hoy esa pareja podría casarse en París, registrarse, alojarse en cualquier hotel sin que nadie preguntara. La ausencia de la canción ya no es legal. Es de las de siempre: la de los planes que se quedan en el armario.
Bailar en el templo
El museo más visitado de la ciudad tiene su propia canción en el planeta. «Louvre», del segundo álbum, no está grabada en París, como aclara el propio texto de presentación, pero imagina el museo como una pista de baile con alas de mariposa. La frase que mejor la resume es esta, del texto que Mike escribió para el videoclip:

En el fondo, eso es lo que hacemos las personas diferentes: reescribir los lugares donde nunca fuimos invitados.
Es una definición bastante exacta de lo que hicieron Barney, Stein, Lulu de Montparnasse o Colette. Ninguna fue invitada a la Académie française, ni a la tranquilidad legal completa, ni a la respetabilidad de la época. Montaron su propio templo en un jardín, su propio salón, su propio bar. La web tiene una nota en el diario sobre París y el Louvre y otra sobre el videoclip, bailar donde no nos invitaron, que completan esta lectura.
Una ciudad suspendida
Vuelvo a «Paris restera gris» para cerrar. El título, en francés, significa «París seguirá gris». No es la ciudad de la luz, sino una ciudad sin color porque la pareja que iba a pintarla ya no existe. El texto de presentación lo explica con una frase que funciona casi como un verso:
Es mirar atrás sin rencor, pero con una tristeza elegante.
Hay en la historia del París queer mucho de esa tristeza elegante. La de Proust escribiendo sobre una raza maldita desde su cuarto forrado de corcho. La de las fotos de Brassaï que sus protagonistas no pudieron enseñar. La de los miles de hombres condenados entre 1945 y 1982 que no han recibido todavía una reparación definitiva. Pero también hay otra cosa: un beso que paró una orquesta, un templo a la amistad que sigue en pie en un jardín privado, una academia sin sillones, una novela autoeditada que nadie quería publicar.
El planeta mira París desde lejos, desde Madrid, desde Benidorm, desde un sofá con vistas a Google Maps. Esa distancia también es una forma de contar la ciudad: la de quienes la soñaron y nunca fueron, que son muchas más que quienes la vivieron. El diario de la web dedicó una nota a la canción, el viaje que no hicimos, que recoge el texto completo.
Si el pasado pesa
Las historias de persecución de otras épocas a veces remueven heridas propias: un insulto en el colegio, una familia que no entendió, una ruptura que se quedó a medias como la pareja de la canción. Si en algún momento necesitas hablar con alguien, en España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita, confidencial y abierta las 24 horas, también para quien está preocupado por otra persona. Si hay un peligro inmediato, el número es el 112. El Teléfono de la Esperanza atiende en el 717 003 717, y FELGTBI+ ofrece información y apoyo a personas LGTBI en el 913 604 605. Si estás fuera de España, en findahelpline.com puedes encontrar líneas de ayuda gratuitas de tu país.
Ficha
«Paris restera gris» forma parte de «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. «Louvre», «Marica chill» y «Boys like us» son del segundo, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Mike Sain't Louis escribe las letras y se ocupa de la composición y la producción musical, y por eso se presenta como «el primer cantautor IA»: las partes vocales y los arreglos se generan con inteligencia artificial a partir de lo que él escribe. Los personajes de las canciones son inventados. Sobre Colette, Barney, Stein, Proust, Barnes o Lulu de Montparnasse solo se recogen hechos públicos documentados. El catálogo de canciones reúne la trilogía entera, y la nota de prensa sobre universo queer, memoria cultural e identidad explica el lugar de estas canciones en el proyecto.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo dejó Francia de castigar las relaciones entre hombres?
El Código Penal revolucionario de 1791 suprimió el delito de sodomía, por lo que Francia suele citarse como el primer país que despenalizó las relaciones entre adultos del mismo sexo. En 1942, el régimen de Vichy introdujo una edad de consentimiento distinta para las relaciones homosexuales, y esa discriminación no desapareció hasta la ley del 4 de agosto de 1982.
¿Qué pasó en el Moulin Rouge en 1907?
El 3 de enero de 1907, Colette y Mathilde de Morny, conocida como Missy, estrenaron la pantomima «Rêve d'Égypte». El público silbó, insultó y lanzó objetos al escenario, y el escándalo se atribuyó sobre todo a un largo beso entre las dos. La prefectura de policía prohibió el espectáculo.
¿Qué era el salón de Natalie Barney?
Una reunión semanal, los viernes, en el pabellón del número 20 de la rue Jacob, donde la escritora estadounidense Natalie Clifford Barney vivió desde 1909 durante unos sesenta años. En el jardín había un pequeño templo dórico dedicado a la amistad. En 1927 creó allí la Académie des Femmes, como respuesta a una Académie française que no admitía mujeres.
¿Qué fue Le Monocle?
Un bar de mujeres lesbianas del bulevar Edgar-Quinet, en Montparnasse, abierto en los años veinte por Lulu de Montparnasse y cerrado durante la ocupación alemana. El fotógrafo Brassaï lo retrató hacia 1932.
¿Qué canciones del Planeta Gayfolk hablan de París?
«Paris restera gris», del álbum «El día de la liberación», gira alrededor de una escapada a París que una pareja planeó muchas veces y nunca hizo. «Louvre», del segundo álbum, imagina el museo como pista de baile. El texto que acompaña a cada una en la web es de Mike Sain't Louis.