Humor
Uniforme, tambor y monedas de cambio: la lavandería del policía cañón
Por Mike Sain't Louis ·

Una lavandería de barrio a media tarde. Fluorescentes. Olor a suavizante. Una fila de tambores girando, cada uno con su ropa dando vueltas como en un acuario. Un banco de plástico. Una máquina de cambio que se traga los billetes de cinco.
Y detrás del mostrador, un policía.
No un policía que ha venido a lavar el uniforme. El dueño. El que te da las monedas, el que te explica qué programa usar para los vaqueros, el que, te imaginas, tiene la foto de su mujer y sus hijos pegada junto a la caja. «Con mujer cañón e hijos / De buena educación.»
El título de esta canción es un argumento de telefilme de sobremesa entero, y la nota del diario ya contó la lógica del deseo imposible y los setenta grados. Esta crónica se fija en los dos decorados de la historia, el uniforme y la lavandería, porque los dos llevan décadas metidos en el imaginario gay. La canción no los ha inventado. Los ha juntado en el mismo local.
Otra vez
La primera palabra de la canción es «Otra». «Otra vez hice lo que no debía.»
Esto no es un primer enamoramiento. Es reincidencia. El narrador tiene historial. Ya se ha enamorado antes de quien no debía, y lo sabe, y lo dice como quien se confiesa en la parroquia por enésima vez: padre, he vuelto a pecar, y el pecado es el mismo.
Ese «otra vez» tiene muchísima gracia porque convierte la canción en un capítulo de una serie larga. No sabemos de quién se enamoró la vez anterior, pero nos lo podemos imaginar: el hetero del gimnasio, el casado del trabajo, el cuñado de una amiga. El narrador es de esos que tienen un tipo, y su tipo es siempre el que está fuera de su alcance.
Y la canción no se lo reprocha. Se ríe con él. La autoparodia está en el primer verso.
Los maderos
Luego viene el problema ideológico. «Pero es que y mira que me caen mal los maderos.»
Madero es la palabra de calle para policía. Llevan décadas usándola los chavales de barrio, los punks de los ochenta, las letras de rock urbano. No es neutra. Dice de qué lado de la porra está uno.
Y el narrador explica por qué le caen mal con una anécdota que no se olvida: «La primera vez aquí me quitaron la María / Que tenía escondida en los huevos». Así, sin metáfora. El escondite más clásico y menos eficaz del mundo. Cualquiera que haya pasado un cacheo en la puerta de un festival sabe que ahí es donde miran primero.
Lo que hace graciosa la confesión es el «aquí». La primera vez aquí. ¿Aquí dónde? ¿En el barrio? ¿En la ciudad? ¿En este mismo local? La letra no lo aclara. Pero el «aquí» sugiere que el narrador tiene una relación con la policía local que viene de antes. Que no es la primera vez que se cruzan uniformes en su vida, y que las anteriores no fueron románticas.
Y ahora resulta que el madero es un cañón.
Toda una revolución
«Pero este poli es un cañón, toda una revolución.»
Revolución es una palabra muy grande para un hombre detrás de un mostrador. Y precisamente por eso está bien puesta. Para alguien al que le caen mal los maderos, enamorarse de uno es una revolución. Le pone el mundo del revés. Le desmonta la ideología.
Hay una ironía de fondo, y es que la palabra revolución suele estar del lado contrario al de los policías. Los revolucionarios corren y los policías persiguen. Aquí el policía es la revolución. Y el que corre, en todo caso, es el corazón del narrador.
Esto conecta con algo que la cultura gay conoce muy bien: la contradicción entre lo que se piensa y lo que se desea. Se puede odiar todo lo que representa un uniforme y, sin embargo, perder el sentido cuando se ve a alguien dentro de uno. No es hipocresía. Es el deseo, que va por libre y no lee los periódicos.
El policía del grupo
Hablemos del uniforme, que tiene historia.

En 1978, los Village People sacan «Y.M.C.A.». El grupo se había formado con personajes de fantasía del ambiente gay de Nueva York: el obrero con casco, el indio, el motero de cuero, el soldado, el vaquero y el policía. Cada uno era un tipo de hombre de los que se veían en los bares del Greenwich Village. El policía, con sus gafas de sol, su gorra y su porra, se convirtió en uno de los iconos del grupo, y de rebote, en un disfraz de despedida de soltera de medio mundo.
Antes, el dibujante finlandés Tom of Finland ya había llenado sus ilustraciones de policías, marineros y motoristas de músculos imposibles y uniformes ajustados. Sus dibujos circularon durante décadas por las trastiendas, y hoy están en museos.
Así que el policía como objeto de deseo gay no es una ocurrencia de la canción. Es un clásico. Tiene cincuenta años de tradición. La gracia de la letra es que lo baja de la discoteca neoyorquina a un local de barrio con lavadoras. El policía de los Village People bailaba en un escenario. El de esta canción da monedas de cambio.
La lavandería como escenario
Ahora el otro decorado. La lavandería.
En 1985 se estrenó una película británica que se llama «Mi hermosa lavandería». La dirigió Stephen Frears, la escribió Hanif Kureishi y la protagonizaron un joven Daniel Day-Lewis y Gordon Warnecke. Cuenta la historia de dos chicos, un punk blanco y un pakistaní, que montan una lavandería en el sur de Londres y que, entre lavadora y lavadora, son pareja. En plena época de Thatcher, con el racismo en la calle, la película puso a dos hombres besándose entre secadoras.
Ese mismo año, en la tele británica, salió un anuncio de vaqueros que todo el mundo recuerda. Un chico rubio, Nick Kamen, entra en una lavandería, se quita los pantalones y la camiseta delante de todo el mundo, mete la ropa en la máquina y se sienta a esperar en calzoncillos, mientras suena «I Heard It Through the Grapevine». Las señoras miran. Los niños miran. Y una generación entera de chavales gays, también.
O sea: la lavandería es, desde los ochenta, uno de esos sitios donde el deseo se cuela entre la ropa sucia. Un lugar público e íntimo a la vez. Donde la gente espera sin hacer nada, mirando cómo giran sus calzoncillos, al lado de desconocidos.
La canción no cita la película ni el anuncio. Pero el decorado viene con esa historia puesta.
Hijos de buena educación
Vuelta al policía. Tiene «mujer cañón e hijos / De buena educación».
Esta es la parte más cruel del título, y la que convierte la canción en tragicomedia. El policía no solo es inalcanzable por ser madero. Lo es por ser padre de familia. Tiene una mujer que es un cañón, que es como decir que el puesto está más que cubierto. Y tiene unos hijos bien educados, lo que añade una capa de respetabilidad que da casi miedo.
«De buena educación» es una expresión de madre de los ochenta. De las que miraban a los hijos de los demás y decían «qué niños tan bien educados». Ponerla en una canción sobre un flechazo con un policía es un golpe de humor de costumbres, de esos que solo funcionan en castellano y con cierto acento.
Y debajo, claro, está la figura que el ambiente conoce de sobra. El casado. El padre de familia que, quizá, solo quizá, tiene su vida aparte. La canción no lo insinúa. No dice que el policía le haya mirado de ninguna manera. Pero el narrador, como buen reincidente, ya se lo está imaginando.
Un café por cortesía
La escena central de la canción es un rechazo. Pero no del policía. Del narrador.
«Por cortesía me invitó a un café / Pero me puse tan colorado que le dije / Tranquilo, estoy bien.»
El policía, que es un señor educado, le ofrece un café. Por cortesía. Nada más. Y el narrador, que lleva media canción derritiéndose, se pone rojo como un tomate y lo rechaza. «Tranquilo, estoy bien.»
Es la escena más tierna y más reconocible de la canción. Todo el mundo ha hecho eso. Has tenido delante a alguien que te gusta muchísimo, te ha ofrecido algo, lo que fuera, un chicle, un cigarro, que te acerque a casa, y has dicho que no porque no podías soportar la situación. Y luego te has pasado la noche pensando por qué dijiste que no.
«Tranquilo, estoy bien» es lo que se dice cuando no se está nada bien. Es la frase del que se ha atragantado y hace señas de que no pasa nada mientras se pone morado.
Lavanderías de autoservicio
Hay un detalle de época en la canción que no se ve si uno no vive en una ciudad española de ahora. Las lavanderías de autoservicio.

Hace veinte años eran una rareza, algo de película americana, de estudiante en Nueva York con la bolsa de ropa al hombro. En España la lavadora estaba en la cocina o en la galería, y la ropa se tendía en el patio de luces con pinzas de colores. En los últimos años, sin embargo, las lavanderías de monedas han ido apareciendo en muchos barrios: locales pequeños, de cristalera, con lavadoras industriales, secadoras grandes y un banco para esperar. Pisos sin sitio para una secadora, gente que vive sola, mantas que no caben en la máquina de casa, turistas con maleta.
Y muchas de esas lavanderías son negocios de alguien que tiene otro trabajo. Un local que se abre por la mañana, se cierra por la noche y funciona solo el resto del día. Así que la idea de que el dueño de una lavandería sea policía no es tan disparatada como parece. Es un negocio de los que se tienen de complemento. Un piso alquilado, una lavandería, un sueldo público.
La canción, sin decirlo, retrata una economía de barrio muy concreta. Y en esa economía, el narrador ha encontrado un hombre.
Colorado
Hay que volver un momento al color de la cara del narrador. «Me puse tan colorado.»
Ponerse colorado es la traición más antigua del cuerpo. No se puede fingir ni evitar. El corazón va más rápido, la sangre sube y la cara se convierte en un semáforo en rojo. Para alguien que quiere disimular que le gusta un hombre casado, uniformado y padre de familia, es una catástrofe.
Y en la cultura gay ponerse colorado tiene un peso especial. Durante años, para muchos chicos, sonrojarse delante de otro chico era peligroso. Podía delatarte. En el patio del colegio, en el vestuario, en la fiesta del pueblo. Así que muchos aprendieron a controlar la cara desde muy pequeños, a mirar hacia otro lado, a no quedarse mirando demasiado.
El narrador de esta canción ya es adulto. Ya no le pueden pegar por ponerse rojo. Pero el reflejo sigue ahí. Y la frase que sale, «Tranquilo, estoy bien», es la de aquel niño del vestuario, que sigue disimulando aunque ya no haga falta.
Me ofrece cambio
Hay un verso que es un hallazgo: «Me ofrece cambio el policía cañón».
Cambio, en una lavandería, son monedas. Las de la máquina. Uno llega con un billete y el dueño le da euros sueltos para poner la lavadora. Es la transacción más aburrida del mundo.
Pero cambio también es otra cosa. Es lo que el narrador quiere: un cambio de vida, un cambio de bando, un cambio de suerte. Y el policía se lo ofrece sin saberlo, con la mano abierta llena de monedas.
Y para qué es el cambio: «Para activar los setenta grados de ni pasión». La nota anterior del diario ya habló de la temperatura como termómetro del deseo. Lo que se puede añadir aquí es el «ni», que parece un error de transcripción y que funciona como un tropiezo. Setenta grados de mi pasión, o de ni pasión, como si el narrador no se atreviera a terminar la frase. La pasión se queda a medio decir. Tartamudea, igual que él con el café.
Setenta grados, por cierto, es mucho. Es el programa de las sábanas y las toallas. Lo que se lava a esa temperatura es lo que necesita desinfección. Así que la pasión del narrador viene con programa de higiene incluido.
No creo que pase nada
Hay un verso que se repite y que es pura sorna: «No creo que pase nada por escribir esta canción».
Es la frase del que ya ha escrito la canción y empieza a pensar en las consecuencias. Como quien manda un mensaje atrevido y luego mira la pantalla esperando que no se lo tomen a mal. ¿Pasará algo? ¿Se enterará el policía? ¿Se enterará su mujer cañón? ¿Le multarán por el contenido?
Hay un chiste político debajo, muy de España. En los últimos años ha habido músicos que han ido a juicio por lo que decían en sus letras, y el debate sobre hasta dónde llega la libertad de expresión en una canción ha estado en los periódicos más de una vez. El narrador, con su «no creo que pase nada», se adelanta al problema. Avisa de que es una broma. Y lo hace dos veces, por si acaso.
Pero la autoprotección dura poco. Justo después, confiesa lo de la María escondida en los huevos. Es decir: admite un delito menor en la misma estrofa en la que dice que no cree que le pase nada. El mejor abogado del mundo le pediría que se callara.
El plan del final
Y llega el final, que es lo más descarado de la canción. «¿Qué hago? Estoy por fumarme un peta / Dentro de la lavandería, aposta, sin tonterías / Para que me lleve a comisaría / Y hacer muchas muchas guarrerías.»

El plan es genial en su absurdo. Cometer una infracción a propósito para que el objeto del deseo cumpla con su deber. Que le detenga. Que le lleve a comisaría. Y allí, la fantasía.
Es la lógica de las películas porno de los ochenta, de esas en las que el fontanero llega y ya se sabe lo que va a pasar. Y es la lógica de los Village People, de Tom of Finland, de todo el imaginario del uniforme: el policía como figura de autoridad que, en la fantasía, se pone a otra cosa.
Lo que hace la canción con ese imaginario es sacarlo del cuarto oscuro y meterlo en una lavandería con fluorescentes. Lo pone al lado de los detergentes y de la foto de los niños. Y así la fantasía se vuelve ridícula, cariñosa y muy humana. Nadie se va a fumar un peta en la lavandería. Pero todo el mundo ha tenido un plan así de tonto en la cabeza alguna vez.
«Aposta, sin tonterías.» Sin tonterías es lo más tonto de todo el plan. Y lo sabe.
Además, el plan tiene un fallo de base que cualquier vecino le señalaría. Un policía que es dueño de una lavandería, en su lavandería, probablemente no está de servicio. Está trabajando de otra cosa. Lo más que haría, viendo a un cliente fumándose un peta junto a las secadoras, sería abrir la puerta para que se ventile y pedirle por favor que salga a la calle. Ni esposas, ni coche patrulla, ni comisaría. Una bronca de dueño de local. Y el narrador, colorado otra vez, diciendo «tranquilo, estoy bien».
La conexión con la María
Hay una ironía circular en la canción que no se ve a la primera. Al principio, la policía le quitó la María. Al final, el narrador quiere fumarse un peta para que le detengan. Es decir: la planta que le enfrentó a los maderos es la misma que usa para acercarse a uno.
En el planeta hay otras canciones de humo. «Verde» es una rumba entera dedicada a la planta, con su verso de Lorca y su petición de hierba legal. Aquí la planta tiene un papel secundario, de cebo. Pero el chiste se cierra igual: lo que antes era motivo de cacheo ahora es una estrategia de ligue.
Y en el mismo catálogo hay títulos como «Que te mola el cruising», que demuestran que el deseo, en este planeta, se cuela por los sitios más raros. Una lavandería con policía es solo uno más.
Una canción para la segunda parte
La canción está en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la segunda parte de la trilogía GAYFOLK. El disco del anhelo, de las ganas de llegar a un sitio que todavía no está a mano. Y pocas cosas hay más lejanas para el narrador que un policía casado con mujer cañón e hijos de buena educación.
La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño, y la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial, como explica la sala de prensa. Y el tono es el del camp de toda la vida: coger un deseo que da un poco de vergüenza y exagerarlo hasta que da risa.
Para ponerla con la colada
Si tienes que ir a una lavandería, esta es tu canción. Ponla mientras giran los tambores. Mira detrás del mostrador. Si hay alguien, no le pidas cambio.
Fíjate en el «otra vez» del principio. En el «aquí» de la María. En el café que no se acepta. En el «ni» de los setenta grados. Son detalles pequeños, de lavado a mano, y en ellos está la gracia.
La letra completa y los enlaces de escucha están en la ficha del single. Y en Spotify, para la próxima vez que te pongas colorado delante de alguien con placa.
Centrifugado
La canción termina sin final. El narrador no se fuma el peta. No le detienen. No pasa nada en la comisaría. Todo queda en la pregunta, «¿Qué hago?», y en el plan.
Y eso es lo más honesto que tiene. Los flechazos imposibles se quedan casi siempre así: en la cabeza, en el plan, en la canción. El policía seguirá detrás del mostrador, con su foto familiar y sus monedas. El narrador seguirá yendo a lavar la ropa más veces de las necesarias.
Hay amores que no pasan del centrifugado.
Pero la ropa sale limpísima.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata la canción?
De un flechazo imposible: «Me he enamorado de un policía / Es dueño de una lavandería / Con mujer cañón e hijos / De buena educación». El narrador, al que «me caen mal los maderos», no sabe qué hacer.
¿Qué significa lo de los setenta grados?
Es un juego con el programa de la lavadora: «Me ofrece cambio el policía cañón / Para activar los setenta grados de ni pasión». La temperatura del lavado se convierte en medida del deseo.
¿En qué disco está?
En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la segunda parte de la trilogía GAYFOLK.
¿Quién la ha hecho?
La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se han hecho con inteligencia artificial.