Salud mental
Visita guiada a la casa encantada: «Ruido En Mi Mente», sala por sala
Por Mike Sain't Louis ·

Se apagan las luces. Chirría una puerta. Un empleado con careta de calavera te pone la mano en el hombro y te dice que no te separes del grupo.
Bienvenidos al pasaje del terror.
Todo el que ha ido de niño al Parque de Atracciones de la Casa de Campo, o a cualquier feria de pueblo con su caseta de los sustos, conoce el ritual. Se entra en fila, se avanza a oscuras, se pasa por salas que tienen cada una su truco: la de los espejos, la del muñeco que se mueve, la del pasillo estrecho, la del ruido que viene de todas partes. Y al final, si uno aguanta, se sale a la luz con las piernas temblando y la risa nerviosa.
«Ruido En Mi Mente» es una casa así. Tiene salas, tiene fantasmas, tiene un reloj, una luna, un laberinto, un salón de espejos rotos y un muro al fondo. El diario ya contó en otra crónica lo que pasa cuando el pasado se sienta al borde de la cama, y en otra entrada el planeta habló de la ansiedad sin estigma, con datos y con calma. Hoy toca otra cosa. Hoy el planeta se pone la gorra de guía, coge una linterna y hace la visita. Sala por sala. Despacio. Con la diferencia de que esta casa encantada no está en una feria.
Está dentro de una cabeza.
Que nadie se separe del grupo.
Vestíbulo: los ecos
Toda casa encantada empieza con un sonido. Antes de ver nada, se oye. Un crujido, un lamento, una risa lejana. Es la forma de avisar al visitante de que aquí dentro hay algo.
La canción empieza igual: «Hay ecos que chocan dentro de mí». Y enseguida, la segunda línea: ruidos que nunca quieren salir.
El planeta se para en el vestíbulo con la linterna apuntando al techo, porque esta primera imagen tiene una trampa. Los ecos son sonidos que rebotan. Necesitan paredes. Un eco en campo abierto se pierde. Un eco en una habitación cerrada vuelve, y vuelve, y vuelve. Para que haya ecos que chocan, tiene que haber un sitio cerrado donde chocar. Y los ruidos que nunca quieren salir son exactamente eso: sonidos atrapados, rebotando sin parar contra las paredes de un cráneo.
Es una forma muy precisa de describir la rumiación. Ese pensamiento que no se va, que rebota, que vuelve con otra forma pero el mismo fondo. Lo que dijo aquella persona. Lo que debería haber contestado. Lo que pasará mañana. Rebote, rebote, rebote. Y como es un sitio cerrado, nunca se apaga del todo.
En el pasaje del terror, los ecos del vestíbulo son una grabación en bucle que alguien puso en un radiocasete en 1987 y nadie ha cambiado desde entonces. En la cabeza, también.
Primera sala: el reloj parado
Se abre una puerta y aparece un salón antiguo, con muebles cubiertos de sábanas y polvo en el aire. En la pared, un reloj de péndulo. Las agujas no se mueven.

«Un reloj parado grita su tic / Y el aire pesa como un ladrillo gris».
Esta es la sala favorita del planeta, porque tiene una contradicción que da escalofríos. Un reloj parado no hace tic. Por definición. Si está parado, está en silencio. Pero el de la canción grita su tic. Como si el sonido siguiera ahí aunque la máquina se haya detenido. Como un fantasma de reloj.
En la literatura hay un reloj parado muy famoso. Está en «Grandes esperanzas», de Charles Dickens, en la casa de la señorita Havisham, una mujer a la que dejaron plantada el día de su boda y que paró todos los relojes de la casa a la hora exacta en que recibió la noticia. Siguió llevando el vestido de novia durante años. La tarta se pudrió en la mesa. El tiempo, en esa casa, se quedó quieto para siempre en el minuto de la herida.
El planeta no sabe si la letra piensa en ella, y no se lo va a atribuir. Pero la imagen es la misma. Hay heridas que paran el reloj. El mundo sigue fuera, las estaciones cambian, la gente cumple años. Y dentro de la casa, el reloj marca siempre la misma hora. Y aunque no se mueva, se oye. Tic. Tic. Tic. El sonido del tiempo que no pasa.
Y luego el aire. Pesa como un ladrillo gris. No como una losa, ni como una piedra, que serían imágenes más nobles. Como un ladrillo. Gris. De obra. De esos que se ven amontonados en los solares de los barrios nuevos. Es una imagen fea a propósito, y por eso funciona. La ansiedad no pesa como el mármol de una tumba romántica. Pesa como un material de construcción barato, en el pecho, a las tres de la mañana.
Segunda sala: el baile de las horas rotas
La siguiente sala es más oscura. Al fondo, unas siluetas se mueven. Parecen bailar.
«En mi sombra bailan las horas rotas».
Las horas rotas son las que no sirven para nada. Las que se pierden mirando el techo, dando vueltas en la cama, revisando el móvil sin buscar nada. Las horas de insomnio. Las que no son ni de día ni de noche, ni de descanso ni de trabajo. Las tres y cuarto. Las cuatro y diez. Las cinco menos veinte.
Y en la canción esas horas bailan. En la sombra. Como en esos bailes de fantasmas de las películas, donde los muertos siguen celebrando una fiesta que terminó hace un siglo, con sus vestidos de época y su música de gramófono. El planeta tiene debilidad por esa imagen porque mezcla dos cosas muy de esta discografía: el terror y la fiesta. La pista de baile y el cementerio. Las horas perdidas no se quedan quietas. Montan su propia verbena, una que nadie quería organizar.
Tercera sala: la luna que se ríe
Se abre una ventana. Fuera, una luna enorme, redonda, demasiado cerca.
«La luna se burla con su carcajada idiota».
Aquí el planeta suelta una risita, porque esta es la línea más camp de toda la canción. La luna, que en la poesía de toda la vida es romántica, melancólica, plateada, la confidente de los enamorados y de los que no duermen, aquí se ríe. Y no se ríe con elegancia. Suelta una carcajada idiota.
Idiota. Es una palabra de patio de colegio. De discusión de hermanos. De insulto que se dice sin pensar. Y la canción se la pone a la luna, que es como ponerle un chándal a una estatua griega.
Hay algo muy liberador en esa imagen. Cuando uno está mal, el mundo parece reírse. Todo parece una burla: la gente feliz en las terrazas, las parejas en los anuncios, los stories de vacaciones, el sol que sale como si nada. Y la luna, que debería acompañar, también se ríe. Pero al llamarla idiota, la canción le devuelve el golpe. No la teme. La insulta. Es un pequeño gesto de rebeldía en mitad del miedo, y el planeta lo aplaude.
En el pasaje del terror de la feria, siempre hay un momento en que un muñeco suelta una carcajada grabada. Siempre es la misma risa, metálica, exagerada, un poco ridícula. Da miedo la primera vez. La segunda da risa. Esa es la luna de la canción.
Cuarta sala: el dormitorio
Ahora la visita entra en un dormitorio. Una cama con dosel, sábanas revueltas. Y alguien sentado en el borde.

Esta sala ya la recorrió el diario en otra crónica, así que el planeta pasa rápido. Solo apunta lo esencial: el pasado está ahí, sentado al filo de la cama, y le recuerda al narrador que es su esclava. En femenino, como tantas veces en esta discografía. El fantasma de esta casa no es un monstruo con cadenas. Es la propia historia. Y no se esconde debajo de la cama, como en los cuentos. Se sienta encima, a la vista, como quien tiene derecho a estar ahí.
La linterna pasa por encima y sigue. Hay más salas.
Quinta sala: el pasillo circular
Se sale del dormitorio a un pasillo que parece no tener fin. Se camina y se camina y siempre se vuelve al mismo sitio.
El estribillo es esta sala. «Ruido ruido ruido en mi mente otra vez». Cierro los ojos y no se va. Corro en círculos en un sueño sin red. Ahogo mi grito y no hay quien lo vea.
La palabra clave es «otra vez». No es la primera vez. Es otra. Hubo muchas antes. Habrá probablemente otras después. El pasillo circular de las casas encantadas funciona así: uno cree que avanza y no avanza. Cree que ha salido y vuelve a estar en la puerta.
Y la imagen del sueño sin red es de una precisión que inquieta. Los trapecistas tienen red debajo para cuando se caen. Los sueños, en principio, también: uno se despierta. Pero un sueño sin red es uno del que no hay despertar, o uno donde caer no tiene suelo. Es la pesadilla en la que corres y no llegas. La que todo el mundo ha tenido. La que, en algunas temporadas de la vida, no acaba al abrir los ojos.
Pasadizo secreto: el grito que nadie ve
Entre el pasillo circular y el laberinto hay, como en toda casa encantada que se precie, un pasadizo secreto. Una puerta disimulada en la pared, detrás de un cuadro. El planeta la abre porque dentro hay una frase del estribillo que merece sala propia: ahogo mi grito pero no hay quien lo ve.
Fíjense en el verbo. No dice «no hay quien lo oiga», que sería lo lógico con un grito. Dice «no hay quien lo ve». Un grito que se ve. O que no se ve. Es una de esas mezclas de sentidos que a veces se cuelan en las letras y que dicen más de lo que parece. Porque el grito ahogado no suena. No sale. Se queda dentro. Lo único que podría delatarlo es algo visible: una cara, unos ojos, un gesto. Y nadie lo ve.
Esa es la soledad más específica de la ansiedad. Por fuera, la persona está bien. Va al trabajo, hace la compra, contesta los mensajes con emojis. Por dentro, está gritando. Y como el grito está ahogado, nadie lo nota. Ni la pareja, ni los compañeros, ni la madre que llama los domingos. El pasaje del terror está abierto las veinticuatro horas, y desde la calle parece una casa normal, con sus cortinas y su felpudo.
El planeta conoce esa casa por fuera y por dentro. Y sabe que a veces el primer paso para salir es dejar que alguien vea el grito. No hace falta soltarlo entero. Basta con abrir un poco la boca. Con decir «no estoy bien» en voz alta, aunque sea a una sola persona, aunque sea por WhatsApp, aunque sea con un audio de diez segundos que se graba y se borra tres veces antes de mandarlo.
Que alguien lo vea. Con eso ya empieza a abrirse una ventana.
Sexta sala: el laberinto
El pasillo desemboca en un laberinto de setos altos, iluminados con luz verde.

«Quiero escaparme de este laberinto / Pero la salida se ríe distinto».
Otra risa. Primero se reía la luna. Ahora se ríe la salida. En esta casa encantada todo se ríe del visitante, y cada cosa se ríe a su manera. La luna con carcajada idiota. La salida, distinto. Como si tuviera su propio estilo de burla.
Hay muchas casas del terror con laberinto. El más famoso del cine es el de «El resplandor», el de los setos nevados donde Jack Nicholson persigue a su hijo con un hacha. Es un laberinto de jardín, bonito de día, mortal de noche. El planeta lo cita porque esta discografía tiene una relación muy estrecha con el cine de terror, de «La casa de los mil cadáveres» a «Igual que en las pelis slasher». El terror como metáfora del dolor es uno de los idiomas favoritos de este universo.
Pero en esta canción el terror no es camp. O no solo. Aquí el laberinto es la ansiedad en estado puro: la sensación de que hay una salida, de que alguien la ha encontrado antes, de que tiene que estar en algún sitio. Y no aparece. O aparece y se ríe.
Séptima sala: los espejos partidos
Y llegamos a la sala de los espejos. Todas las casas encantadas tienen una. Espejos que deforman, que multiplican, que te devuelven una imagen que no es la tuya.
«Sigo cayendo en espejos partidos / Donde mi reflejo está malherido».
En la feria, los espejos de la risa te ponen la cabeza enorme o las piernas larguísimas, y uno se ríe de su propio reflejo. En la canción, los espejos están rotos. Y el reflejo, herido. No deformado: herido. Hay sangre en el cristal.
Esta es la sala más dura de la visita. Porque lo que se ve en los espejos es a uno mismo. Y la canción dice que se cae en ellos. No que se mira: que se cae. Como quien tropieza dentro de su propia imagen. Es la forma en que la ansiedad y la tristeza te devuelven una versión de ti que no reconoces, o que reconoces demasiado bien: la peor, la más rota, la que está malherida.
Justo después de esta sala, la letra se hace dos preguntas: si la realidad es verdad o un truco, o si es el eco de lo que no se puede olvidar. Es la duda del que lleva demasiado tiempo en la casa. Ya no sabe qué es decorado y qué es real. Ya no sabe si el fantasma está fuera o dentro.
Última sala: el muro
Y al final de la visita, una pared. No una puerta. Una pared.
«Construyo un muro para verme después / Pero siempre caigo aunque no lo desee».
Es la imagen más humana de la canción. Alguien que, en mitad del laberinto y los espejos rotos, intenta hacer algo. Construir. Levantar un muro. Protegerse. Poner una barrera entre él y el ruido para poder verse después, entero, en otro momento.
Y se cae. Siempre. Aunque no quiera.
El planeta no va a decorar esta línea. Es la verdad de mucha gente: lo intentan, ponen de su parte, construyen sus muros a base de rutinas, de paseos, de dejar el móvil, de respirar hondo. Y a veces se caen igual. No porque no lo hayan hecho bien. Porque hay casas encantadas que no se arreglan con un muro hecho a mano.
En las salidas de los pasajes del terror siempre hay un empleado que te abre la puerta y te devuelve a la luz. En esta casa, la canción no pone a nadie en la salida. Termina con la caída. Y el planeta, que no quiere dejar a nadie dentro, se permite decir lo que la canción no dice: para estas casas existen guías de verdad. Se llaman profesionales de la salud mental. Y se puede, y se debe, pedirles que te acompañen a la salida.
La salida de emergencia
En el diario hay una entrada entera sobre la ansiedad, con lo que es y lo que no es, escrita con más calma que esta crónica. El planeta la recomienda a quien se haya reconocido en alguna de estas salas. No es una receta, ni sustituye a nadie, pero ayuda a poner nombre a lo que pasa.

Y si alguien está en una casa encantada de las que dan miedo de verdad, de las que no tienen salida a la vista, lo primero es hablar con alguien. Un médico de cabecera. Un psicólogo. Una persona de confianza. En España existe además una línea gratuita de atención a la conducta suicida, el 024, que atiende a cualquier hora. Las canciones acompañan. Las personas sacan.
Otras atracciones del parque
Esta casa encantada no está sola. En el mismo parque del planeta hay más atracciones con la luz apagada.
La canción anterior en la lista de videoclips es «La última carta», otra pieza escrita desde la noche. Y quien quiera ver cómo luce visualmente el lado oscuro y rosa de este universo puede pasarse por la galería del planeta, donde hay una imagen que se llama, precisamente, manicomio rosa. El terror, en este planeta, siempre lleva algo de purpurina, aunque sea en una esquina.
Información para el visitante
Datos de la taquilla, para quien quiera entrar por su cuenta.
La canción está en «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single la fecha el 5 de junio de 2026 y la publica con el sello propio del autor. El videoclip oficial dura menos de tres minutos y está en la sección de vídeos del planeta. Desde la ficha se puede escuchar un fragmento, saltar a Spotify, YouTube o Deezer, y descargarla sin pagar ni registrarse.
En cuanto a quién ha construido esta casa: los ladrillos de palabras, incluido el gris, son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que escribe sus letras sin ayuda de ninguna máquina. La música y las voces sí se hicieron con herramientas de inteligencia artificial, como Suno. Para la historia completa del proyecto, la sala de prensa tiene las notas oficiales.
Se encienden las luces
Al salir del pasaje del terror, siempre pasa lo mismo. La luz del día deslumbra. Huele a churros y a algodón de azúcar. Suena la música de los coches de choque. Y uno mira atrás, a la fachada pintada con calaveras y murciélagos, y le parece mucho más pequeña de lo que parecía dentro.
Las casas encantadas de la cabeza no siempre tienen esa salida tan clara. Pero a veces la tienen. A veces, después de una noche entera de ecos, relojes, lunas y espejos, sale el sol. Y la casa, vista desde fuera, a la luz, también parece más pequeña.
La luna, por cierto, sigue ahí arriba. Riéndose.
Que se ría. Es idiota. Y mañana, cuando salga el sol, ni se acordará de lo que le hacía tanta gracia.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Ruido En Mi Mente»?
De una cabeza que no se calla: ecos que chocan por dentro, un reloj parado que sigue gritando, el pasado sentado en la cama, un laberinto sin salida y espejos partidos. Es una de las canciones del planeta que hablan de ansiedad y rumiación.
¿Por qué se compara con una casa encantada?
Es la lectura de esta crónica: la letra está llena de imágenes de terror clásico (ecos, fantasmas, espejos rotos, una luna que se ríe, un laberinto), y el planeta la recorre como si fuera el pasaje del terror de una feria.
¿En qué disco está?
En «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 5 de junio de 2026.
¿Quién la ha escrito?
La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.