Salud mental
Supervivientes de abuso sexual infantil: hablar de adulto, sin dar detalles y sin cargar con una culpa que no es tuya, con «Beat My Post-Traumatic Stress»
Por Mike Sain't Louis ·

Antes de seguir. Este texto habla de abuso sexual en la infancia, sin ningún detalle. Si te remueve, puedes parar cuando quieras. Si piensas en quitarte la vida, llama al 024, gratis y a cualquier hora. Si eres menor o te preocupa un menor, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10 y el 116 111. En una emergencia, el 112.
Me llamo Mike Sain't Louis. Soy letrista, compositor y productor musical en Madrid, y me presento como «el primer cantautor IA», porque la música y las voces de mis canciones se hacen con inteligencia artificial a partir de mis letras. En esta serie cuento cosas muy personales de mi vida. Esta es una de ellas.
De niño sufrí abusos sexuales repetidos.
No voy a contar nada más sobre eso. Ni cuándo, ni dónde, ni quién, ni cómo. No hace falta. Decirlo así, en una frase, ya es mucho, y es lo que quiero que se lea. Si estás leyendo esto porque a ti también te pasó, quiero que sepas desde el principio que tampoco tú le debes a nadie los detalles.
Este texto no es mi historia. Es lo que me gustaría que supiera cualquier persona adulta que sufrió abusos de niña, y cualquier persona que quiera acompañar a alguien que los sufrió. En mikesaintlouis.com escribí sobre cómo ese abuso y el bullying se juntaron en una bomba de relojería. Aquí hablo de otra cosa: de hablar de adulto.
Una frase sin detalles también es un testimonio
Existe una idea muy extendida según la cual, para que un testimonio de abuso cuente, tiene que ser completo. Con escenas, con fechas, con todo. Esa idea hace mucho daño. Obliga a la persona superviviente a revivir lo que le pasó cada vez que quiere decir que le pasó.
No es así. «Sufrí abusos sexuales de niño» es un testimonio entero. No necesita pruebas para que alguien que te quiere te crea. No necesita explicaciones para que una psicóloga empiece a trabajar contigo. Los detalles, si algún día los cuentas, son tuyos, y decides tú a quién, cuándo y cuánto.
También en los medios hay pautas para esto. Las recomendaciones para informar sobre violencia sexual piden evitar los detalles innecesarios, no culpar a la víctima y respetar su intimidad. Lo que vale para un periódico vale para una conversación entre amigos.
Por qué se tarda tanto en contarlo
Muchas personas supervivientes de abuso sexual infantil tardan años o décadas en contarlo. Algunas no lo cuentan nunca. Desde fuera, a veces se interpreta ese silencio como una señal de que no fue grave, o incluso de que no pasó. Es justo al revés.
Se calla porque un niño no tiene palabras para lo que le está pasando. Porque quien abusa suele ser alguien cercano, y eso lo mezcla todo. Porque a menudo hay amenazas, o secretos impuestos, o la sensación de que nadie le creería. Porque la vergüenza se instala muy pronto y se confunde con culpa. Porque el cerebro, para protegerse, a veces guarda esos recuerdos lejos.
Y se sigue callando de adulto porque contarlo cambia cosas: en la familia, en la pareja, en la imagen que uno tiene de sí mismo. El silencio, que en la infancia fue una forma de sobrevivir, se convierte después en una carga.
Si tú también has tardado, no llegas tarde. Llegas cuando has podido.
La culpa que no es tuya
Si hay una frase que todas las personas supervivientes deberían oír, es esta: no fue culpa tuya.
No fue culpa tuya aunque no dijeras que no. Aunque no lo contaras. Aunque volvieras a ver a esa persona. Aunque en algún momento no supieras si estaba mal. Aunque tu cuerpo reaccionara de formas que no entendías. Un niño no puede consentir. La responsabilidad es siempre de la persona adulta, o mayor, que abusa.
Esto se sabe, y aun así cuesta creerlo por dentro. Muchas personas pasan años repitiéndose preguntas que no tienen respuesta, porque están mal planteadas. «¿Por qué no hice nada?» La respuesta es que eras un niño. No hay más.
Los hombres también: el silencio doble
Cuando se habla de abuso sexual infantil, muchas veces se piensa en niñas. Las niñas lo sufren con mucha frecuencia, y eso hay que decirlo. Pero los niños también. Y los hombres adultos que lo sufrieron de pequeños tienen, a menudo, un silencio añadido.

Porque se espera de los hombres que no sean víctimas. Porque se les enseña a no llorar, a no pedir ayuda, a aguantar. Porque hay quien cree que a un chico «no le pasa nada» o que debería haberse defendido. Porque, si quien abusó era otro hombre, algunos temen que contarlo haga pensar a los demás cosas sobre su orientación.
Todo eso hace que muchos hombres lleguen a la edad adulta sin haberlo contado nunca. Y que, cuando por fin lo hacen, se encuentren con menos recursos pensados para ellos. Que un hombre diga «me pasó» en voz alta es una forma de abrir la puerta a otros.
Un mito que hay que desmontar: el abuso no te hace gay
Hay un mito especialmente cruel para las personas LGTBI supervivientes. Es la idea de que el abuso sexual en la infancia «causa» la homosexualidad, o la transexualidad, o cualquier orientación o identidad que no sea la mayoritaria.
Es falso. La orientación sexual no es una consecuencia de un abuso. Ni la ciencia ni la psicología lo sostienen. Ese mito tiene una historia larga y fea, ligada a los intentos de presentar la homosexualidad como una enfermedad o una desviación provocada por algo.
El daño que hace es doble. Por un lado, a quienes ya cargan con el abuso les añade la idea de que su manera de amar es una herida más. Por otro, alimenta la homofobia, que confunde a propósito a las personas LGTBI con quienes abusan de menores. Son dos cosas que no tienen nada que ver.
Yo soy un hombre gay y soy superviviente de abusos sexuales en la infancia. Las dos cosas son verdad. Una no explica la otra.
«Lo que el cuerpo aún recuerda»
«Beat My Post-Traumatic Stress» es una canción del álbum «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Su letra completa aún no está publicada, pero su presentación oficial dice mucho. La describe como una canción «sobre sobrevivir a lo que el cuerpo aún recuerda». Sobre «caminar entre el miedo, la ansiedad y el silencio, y convertir todo eso en ritmo». Y añade: «cada sintetizador lleva una cicatriz».
Esa primera frase resume algo que los especialistas en trauma explican a menudo. El cuerpo guarda lo que la memoria no siempre puede ordenar. Un olor, un tono de voz, una situación concreta pueden disparar una reacción de miedo o de desconexión sin que la persona sepa por qué. No es locura. Es una respuesta aprendida para protegerse cuando no había otra forma.
La canción elige responder con ritmo. Es una pista de baile, no una consulta. En el diario de este planeta se leyó como una forma de bailar para seguir adelante. Yo la traigo aquí porque es una de las primeras canciones en las que puse nombre, en el título, a uno de mis diagnósticos: estrés postraumático.
Cuando el pasado se hace presente
El trastorno de estrés postraumático es uno de los diagnósticos que me dieron a los 41 años, junto a la depresión mayor de gravedad elevada, la fobia social, el trastorno de evitación y la ansiedad. En el diario hay una nota que lo explica en general, y en mikesaintlouis.com escribí sobre lo que significó ponerle nombre a los 41.
Aquí solo quiero decir algo que me parece importante para quien sufrió abusos de niño: las secuelas pueden aparecer mucho después. A veces la persona funciona durante años, estudia, trabaja, tiene pareja, y un día algo se rompe. Un acontecimiento, una pérdida, una relación que hace daño. Lo que estaba guardado sale.
Que salga tarde no significa que sea menos real. Significa que hasta entonces hiciste todo lo posible por seguir. Y que ahora puedes pedir ayuda para hacerlo de otra manera.
La ironía como forma de decir
En el vídeo de «El Panda del acoso sexual» hay una frase final que lo cambia todo. Después de un vídeo lleno de ironía, termina diciendo que por eso mi vida es como la de South Park, porque todo empezó con un abuso sexual.

Hay quien se sorprende de que algo tan serio se diga así, con humor negro. Para mí, la ironía ha sido muchas veces la única forma de nombrar lo que dolía sin romperme al decirlo. No le quita gravedad. Al contrario: la frase funciona porque llega después de las risas y te deja sin ellas. En el diario hay una nota sobre esa canción, «El Panda del acoso sexual: currículum de un despecho».
Si tú también usas el humor para hablar de lo que te pasó, no te estás tomando a la ligera tu propia historia. Estás encontrando una puerta. Lo importante es que, además, haya alguien con quien poder hablarlo en serio cuando lo necesites.
Lo que no ayuda decir
Hay frases que se dicen con cariño y que, a una persona superviviente, le caen como piedras. Conviene conocerlas.
«Eso ya pasó, tienes que pasar página». Como si se pudiera elegir. El pasado no se archiva por decisión propia; se trabaja.
«¿Seguro que lo recuerdas bien?». La memoria traumática funciona de forma distinta, y dudar en voz alta de alguien que por fin se atreve a contarlo puede hacer que no lo vuelva a contar nunca.
«Perdona y libérate». El perdón, si llega, es una decisión íntima. No es un requisito para estar bien.
«Con lo fuerte que pareces». Las personas que parecen fuertes también cargan cosas. A veces parecer fuerte ha sido justamente la forma de aguantar.
«No se lo cuentes a nadie, que se va a liar». Pedir silencio a quien ya ha callado demasiado repite, sin querer, lo que pasó.
En lugar de todo eso, sirve algo mucho más sencillo: «Te creo. Gracias por contármelo. ¿Qué necesitas?».
Cuando quien abusó estaba cerca
La mayoría de los abusos sexuales a menores no los comete un desconocido en la calle. Los comete alguien del entorno de confianza del niño o de la niña. Esto lo dicen las entidades que trabajan con supervivientes y es una de las razones por las que cuesta tanto contarlo.
Cuando quien abusó es cercano, contarlo puede poner en cuestión una familia, un grupo de amigos, una institución. La persona superviviente siente a menudo que, si habla, «lo rompe todo». Pero lo que rompió las cosas no fue contarlo. Fue el abuso.
Si estás en esa situación, no tienes que decidir nada hoy. Ni a quién contárselo de tu entorno, ni si mantener o no la relación con nadie. Una profesional te puede ayudar a pensarlo con calma y a proteger lo que quieras proteger.
Contarlo de adulto: a quién, cuándo y cuánto
No hay una forma correcta de contarlo. Pero sí hay cosas que ayudan.
- Elige a la persona. Alguien que te haya demostrado que sabe escuchar sin juzgar. No tiene que ser tu familia. No tiene que ser tu pareja.
- Elige el momento. Un sitio tranquilo, sin prisas, donde puedas irte si lo necesitas.
- Decide cuánto. Puedes decir una sola frase. Puedes decir «no quiero hablar de detalles». Es suficiente.
- Prepárate para reacciones torpes. Mucha gente no sabe qué decir. Algunas reacciones hacen daño aunque no lo pretendan. Eso habla de ellos, no de ti.
- Ten un plan para después. Contarlo puede dejarte agotado. Ten a mano a alguien con quien hablar después, o un teléfono de apoyo.
- Considera empezar por una profesional. Para muchas personas, la primera vez es más fácil en una consulta.
Denunciar o no: una decisión tuya
Algunas personas supervivientes quieren denunciar. Otras no. Las dos decisiones son legítimas, y ninguna es obligatoria para que tu historia cuente.

Si te lo planteas, es bueno saber que la ley española ha cambiado. La Ley Orgánica 8/2021, de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia, reformó el Código Penal para que, en los delitos contra la libertad sexual cometidos contra menores, el plazo de prescripción empiece a contar cuando la víctima cumple 35 años. La propia ley lo justifica porque son delitos de asimilación lenta y detección tardía. Ojo: según la interpretación mayoritaria de los tribunales, esa regla se aplica a hechos ocurridos desde su entrada en vigor, el 25 de junio de 2021; para hechos anteriores, el plazo suele contarse desde los 18 años. Por eso conviene que un abogado o una asociación especializada revise cada caso.
Denunciar no es la única forma de justicia. Para muchas personas, ser creídas, poder contarlo y recibir ayuda es lo más importante.
Si alguien te lo cuenta a ti
Es posible que, algún día, un amigo, una pareja o un familiar te diga que sufrió abusos de niño. Lo que hagas en ese momento importa mucho.
- Créele. Es lo primero y lo más importante.
- Dale las gracias por contártelo. Le ha costado mucho.
- No pidas detalles. Si quiere contarlos, lo hará.
- No le preguntes por qué no lo dijo antes. Esa pregunta suena a reproche.
- No tomes decisiones por él o por ella. Ni denunciar, ni enfrentarte a nadie, ni contárselo a otros sin su permiso.
- Ofrece ayuda concreta. Acompañarle a una cita, buscar con él un teléfono, estar ahí.
- Cuídate tú también. Escuchar algo así remueve. Está bien que busques apoyo para ti.
Cuidarse en el día a día
La terapia es importante, pero la vida sigue entre sesión y sesión. Hay cosas pequeñas que muchas personas supervivientes encuentran útiles. No son recetas, son ideas.
Saber qué cosas te disparan el malestar y darte permiso para evitarlas mientras no estés preparado. Tener a mano un par de personas a las que puedas escribir sin dar explicaciones. Cuidar el sueño, aunque sea difícil. Moverte un poco cada día, caminar, bailar en la cocina. Comer a horas. Poner límites a las conversaciones que te hacen daño, también en redes sociales. Apartar el móvil cuando las noticias sobre abusos te remueven.
Y algo que me parece importante: buscar momentos en los que no seas «el superviviente». Momentos en los que solo seas tú, haciendo algo que te gusta. En mi caso, escribir letras y producir canciones es uno de esos sitios. No arregla nada por sí solo, y no sustituye a la terapia, pero es un sitio donde no soy solo lo que me pasó.
Prevenir: lo que los adultos pueden hacer hoy
Hablar de supervivientes adultos también sirve para proteger a los niños de ahora. Hay cosas que cualquier adulto puede hacer.
- Enseñar a los niños los nombres de su cuerpo y que nadie tiene derecho a tocarles donde no quieren.
- Explicar la diferencia entre secretos y sorpresas. Una sorpresa se acaba contando; un secreto que hace sentir mal hay que contarlo.
- Creer al niño cuando cuenta algo, aunque implique a alguien querido.
- Estar atentos a los cambios de conducta, de sueño o de ánimo, sin sacar conclusiones solos.
- Llamar a ANAR (900 20 20 10 o 116 111) ante cualquier duda. No hace falta tener pruebas para pedir orientación.
Señales de que el abuso de la infancia sigue pesando

- Recuerdos que irrumpen sin querer, o pesadillas.
- Sensación de estar en peligro en situaciones que no lo son.
- Desconexión: sentirte fuera de tu cuerpo o como si las cosas no fueran reales.
- Dificultades con la intimidad o con el contacto físico.
- Vergüenza o culpa muy intensas, sin causa clara.
- Tristeza profunda, ansiedad o aislamiento.
- Pensamientos de hacerte daño o de no querer vivir.
Ninguna de estas señales es un diagnóstico. Pero si te reconoces, es una buena razón para hablar con una profesional.
Suicidio: decirlo para que no pase
Entre las personas que sufrieron abusos en la infancia, los pensamientos de suicidio no son raros. Hay que poder decirlo en voz alta. Callarlo no protege a nadie, y la Organización Mundial de la Salud insiste en que hablar de ello de forma responsable, sin detalles de métodos y con información sobre dónde pedir ayuda, salva vidas.
Si piensas en quitarte la vida, no es porque seas débil. Es porque llevas demasiado tiempo cargando con algo que nadie debería cargar solo. Hay salida, y hay gente preparada para acompañarte. Llama al 024. Es gratuito, confidencial, funciona las 24 horas y también tiene chat. El Teléfono de la Esperanza atiende en el 717 003 717. Si estás en peligro ahora, al 112.
Pedir ayuda funciona. La mayoría de las personas que lo hacen encuentran, con el tiempo, una forma de seguir.
Buscar ayuda profesional
- Sanidad pública. Tu médico de familia puede derivarte a salud mental. Puedes decir solo «sufrí abusos de niño y necesito ayuda».
- Terapias para el trauma. Hay enfoques pensados específicamente para el trauma. Una psicóloga con experiencia te puede orientar.
- Asociaciones especializadas. Hay entidades que trabajan con personas que sufrieron abuso sexual en la infancia, como la Fundación Vicki Bernadet, con sedes en Barcelona y Zaragoza, que ofrece orientación, terapia individual y de grupo y asesoría jurídica, y que atiende sobre todo a personas adultas que sufrieron abusos de niñas. La Fundación ANAR también orienta sobre recursos.
- Servicios LGTBI. Si eres LGTBI, puede ayudarte una profesional que entienda también esa parte de tu vida. COGAM ofrece asesoría psicológica gratuita, y en Madrid está el Programa de Información y Atención LGTBI de la Comunidad.
Yo tengo la suerte de que me ayuda una buena psicóloga. Por eso insisto tanto en esto.
Lo que quiero que se lleve quien lea esto
Que no estás solo. Que no fue culpa tuya. Que no le debes a nadie los detalles. Que contarlo tarde no le quita verdad. Que tu orientación no es una herida. Que el cuerpo recuerda, y que eso tiene explicación y tratamiento. Y que pedir ayuda, para el abuso, para la depresión o para los pensamientos de suicidio, no es rendirse. Es lo contrario.
Escribí una frase al principio de este texto, sin detalles. La dejo aquí por si a alguien le sirve para escribir la suya.
Teléfonos y servicios
- 024: atención a la conducta suicida. Gratis, confidencial, 24 horas, también por chat en sanidad.gob.es/linea024.
- 112: emergencias.
- Fundación ANAR: 900 20 20 10 y 116 111, para menores y para adultos preocupados por un menor.
- Teléfono de la Esperanza: 717 003 717.
- Confederación Salud Mental España: consaludmental.org.
- COGAM: asesoría psicológica gratuita, 91 523 00 70.
- Programa de Información y Atención LGTBI de la Comunidad de Madrid: 91 701 07 88.
- Línea Arcoíris de FELGTBI+: 91 360 46 05.
- Fundación 26 de Diciembre, personas LGTBI mayores: 910 028 417.
Serie de salud mental. Este texto forma parte de una serie en la que cuento, sin detalles, el abuso narcisista, el bullying, los abusos en la infancia y mis diagnósticos. Todos los textos y los teléfonos de ayuda están reunidos en la página de la serie.
Ficha
«Beat My Post-Traumatic Stress» pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», segundo álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Su letra aún no está en el archivo de letras; las frases citadas son de su presentación oficial. Este texto forma parte de la serie de salud mental de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, «el primer cantautor IA»: la música y las voces se hacen con inteligencia artificial. No contiene ningún detalle de los hechos, por decisión de Mike. Es informativo y no sustituye la atención de un profesional. Información oficial en la sala de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Es normal tardar décadas en contar un abuso sexual sufrido en la infancia?
Sí. Muchas personas supervivientes tardan años o décadas en contarlo, y algunas no lo cuentan nunca. La vergüenza, el miedo, la cercanía de quien abusó o la falta de palabras explican ese silencio. Contarlo tarde no le quita verdad.
¿El abuso sexual en la infancia determina la orientación sexual?
No. La orientación sexual no la causa un abuso. Esa idea es un mito que hace mucho daño a los supervivientes LGTBI, porque les hace sentir que su identidad es una consecuencia de lo que les hicieron.
¿Dónde puede pedir ayuda un adulto que sufrió abusos de niño?
En la sanidad pública, a través del médico de familia; en asociaciones especializadas en abuso sexual infantil; y, si es LGTBI, en COGAM (91 523 00 70), el Programa de Información y Atención LGTBI de la Comunidad de Madrid (91 701 07 88) o la Línea Arcoíris (91 360 46 05). Si hay ideas de suicidio, el 024.
¿Qué hago si sospecho que un niño está sufriendo abusos ahora?
Llama a la Fundación ANAR (900 20 20 10 o 116 111), que atiende también a adultos preocupados por un menor. Si hay peligro inmediato, al 112. No investigues por tu cuenta ni confrontes a la persona sospechosa delante del niño.
¿De qué habla «Beat My Post-Traumatic Stress»?
Su presentación oficial la describe como una canción sobre sobrevivir a lo que el cuerpo aún recuerda, caminar entre el miedo, la ansiedad y el silencio, y convertirlos en ritmo. Pertenece al álbum «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».