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Taller de letras del Planeta Gayfolk: diez herramientas que se repiten en la caja de Mike Sain't Louis

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Portada de «Tus Letras Son Basura», canción de Mike Sain't Louis

Las letras del Planeta Gayfolk dan la impresión de haber salido de un tirón, a las tres de la mañana, con el móvil en la mano y el corazón todavía caliente. Algunas, seguramente, salieron así. Pero cuando uno lee muchas seguidas, empieza a ver otra cosa: herramientas. Las mismas piezas aparecen una y otra vez, en canciones de discos distintos, con funciones muy concretas. Como en la caja de un fontanero, cada llave sirve para una tuerca.

Este texto abre esa caja. No para explicar cómo se escribe una canción en general, que de eso hay manuales de sobra, sino para señalar las diez herramientas que más usa Mike Sain't Louis y en qué letras se ven mejor. Todo lo que se cita está publicado en el archivo de letras. Y nada de lo que se cuenta aquí sobre su forma de trabajar sale de la imaginación: sale de lo que él mismo ha escrito en la web.

Antes de abrir la caja, la etiqueta del dueño. En el texto que acompaña a «Tus letras son basura», del tercer álbum, Mike lo deja claro: «Lo que muchos no soportan es que mis letras las escribo yo. / No las firma una discográfica, no las corrige un productor, y desde luego no las escribe una máquina.» Y añade: «Las escribo yo, con mi historia, mis cicatrices y mi forma de mirar el mundo.» La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial. Las palabras, no.

Herramienta 1. La lista que remata

La herramienta más reconocible del taller es la enumeración. Una lista larga que acumula cosas, agravios u objetos, y que termina en un golpe corto. Es el ritmo de una discusión de cocina: se va subiendo el tono con cada elemento, y al final, la frase que cierra la puerta.

El ejemplo de manual está en «La música me está salvando»: «Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos, / Ni psiquiatras, ni médicos, ni novios». La anáfora del «ni» va restando apoyos uno a uno, hasta que solo queda lo que da título a la canción. En «El panda del acoso sexual» la lista es un currículum: poeta, empresario, dietista, teleoperador, diseñador de páginas web. En «La despedida», la lista se escribe con una palabra repetida al principio de cada línea, «CAMELA», como quien pasa las cuentas de un rosario.

La clave es el remate. Una lista sin remate es un inventario. Con remate, es un chiste o una herida. En «La música me está salvando», después de los «ni», llega «Lo estoy flipando / Y tú lo estarás mucho, mucho más. / ¡Patán!». Una palabra. Exclamación. Puerta cerrada.

Herramienta 2. El insulto con código postal

En el planeta no existen las personas tóxicas en abstracto. Existen el «marrano de El Médano», el «coordinador de mercadillo», el «narcisista de la almorrana», el «coordinador de saldo de Villaverde». La segunda herramienta es el insulto con dirección: un adjetivo feo pegado a un sitio, un oficio o una tienda concretos.

«Carta de recomendación», del segundo álbum, es un catálogo de esta técnica. Para avisar a la próxima pareja del ex, la letra no dice que miente. Dice: «No te fíes de sus ojos azules, son lentillas de colores.» Un detalle óptico, comprobable, casi de ficha policial. Y la carta arranca con una geografía: «Tu ex marido, el coordinador de mercadillo, el marrano de El Médano.»

Lo que hace funcionar este insulto es que es imposible de olvidar. «Persona tóxica» se olvida en un minuto. «Coordinador de mercadillo» se queda para siempre. Además, el código postal tiene algo de venganza de barrio: nombrar el sitio es decir «sé de dónde eres, sé a quién conoces». Los personajes son inventados, pero el mecanismo es el de cualquier cotilleo de portal.

Herramienta 3. El nombre propio de verdad

La tercera herramienta es la contraria de la anterior. Si los villanos privados son inventados, los iconos públicos son de verdad, con nombre y apellido. Paco León, Carmina Barrios, Eduardo Casanova, La Veneno, Camela, Locomía, Ylenia Padilla, Esperanza Gracia. Programas de televisión como «Caso cerrado» o «La que se avecina». Películas como «La matanza de Texas» o «Saw».

Fotogramas del videoclip oficial de «Tus letras son basura», de Mike Sain't Louis

El nombre propio hace dos cosas a la vez. Primero, sitúa la canción en un tiempo y un lugar: esto pasa en la España de ahora, la que ve la tele de la sobremesa. Segundo, crea complicidad. Quien sabe quién es Carmina Barrios se ríe antes de que termine el verso. Quien no lo sabe, lo busca.

En «La casa de los mil cadáveres», el nombre propio sirve para medir el miedo: «Me siento como Pepi Valladares / En la casa de los mil cadáveres». No hace falta describir la situación. El nombre la trae puesta.

Herramienta 4. La segunda persona

Casi ninguna letra del planeta habla de alguien. Habla a alguien. El ex, el narcisista, el coordinador, el hater, la suegra. La cuarta herramienta es el tú.

Es la herramienta de la copla, del bolero y de las cartas que no se envían. El tú convierte la canción en escena: hay alguien delante, aunque no conteste. Y permite cosas que la tercera persona no permite, como la orden («¡Pues Next! Embustero»), el reproche directo o la pregunta retórica que no espera respuesta.

«El segundo exacto» usa el tú contra un hater. Primero le deja hablar, citando sus frases con desprecio: «Eso es inteligencia artificial, / le das a un botón y ya está». Luego le despide con la fórmula más educada y más venenosa del catálogo: «A otra cosa mariposa, / a otra cosa mariposón, señor de León, / recibe un cordial saludo campeón.» El cordial saludo es puro tú: un sobre con remitente.

Herramienta 5. La fórmula de plató

La quinta herramienta viene de la televisión. Son frases que suenan a presentadora, a concurso, a megafonía: «Señoras, señores, stop, stop, un momento». «Atención, atención, advertencia de seguridad». «Ojo al dato». «¡Están reunidos!».

Sirven para cambiar de plano dentro de la canción. Igual que en un programa de tarde se corta la conversación para dar paso a la publicidad o a la conexión en directo, la letra se detiene y se dirige al público. En «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios», el «Señoras, señores, stop» interrumpe una queja familiar para soltar una bravata: «no están hablando con un imbécil, / os supero diez veces en intelecto».

La fórmula de plató es una de las marcas más claras del camp del planeta. Toma un lenguaje solemne y vacío, el de la tele, y lo llena de cosas que la tele nunca diría.

Herramienta 6. La autoparodia

Antes de reírse de nadie, el planeta se ríe de sí mismo. La sexta herramienta es la autoparodia, y suele aparecer en forma de pregunta: «Pero ¿Cómo soy tan tonto? […] Pero ¿Cómo soy tan fracasado?», en «La casa de los mil cadáveres». O como confesión rápida: «Pero como soy tan tonta / He sido una gilipollas», en «Al fuego». O como contraste: «Tú tan p, yo tan fracasado», en «Mi novio de Albacete».

La autoparodia hace algo muy útil: desactiva al lector que quiere juzgar. Si la letra ya se ha llamado tonta a sí misma, ¿qué le vas a decir? Además, equilibra. Una canción que solo insulta al otro cansa. Una canción que primero se insulta a sí misma y luego al otro parece justa.

Herramienta 7. El giro sin aviso

La séptima herramienta es la más difícil y la que más distingue las letras de Mike: pasar del chiste a una frase triste sin avisar. Sin transición, sin un «pero en el fondo». De golpe.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «Las escribo yo, con mi historia, mis cicatrices y mi forma de mirar el mundo.» de «Tus letras son basura»

El ejemplo más bonito está en el texto de «La playa del Mal Pas», del tercer álbum, una canción sobre una pequeña playa de Benidorm donde, según se cuenta allí, Mike pasó la mayoría de sus veranos. Después de hablar de narcisismo y de mentiras, aparece esta frase: «A los 40 años uno entiende que la mitad de su vida fue mentira y la otra mitad soledad.» Y al final, el giro hacia la ternura: «Hoy la miro desde lejos. / Sigue siendo la misma, aunque yo ya no lo sea. / Y eso, quizás, también es amor.»

En otras canciones el giro va al revés, de la burrada a la tristeza en una línea. «El segundo exacto», tras despedir al hater con un «cordial saludo campeón», cambia de tono de repente: «¿Será que podrá la inteligencia artificial escoger el segundo exacto donde rompiste a llorar?» Es la pregunta que da título a la canción, y llega cuando uno todavía se está riendo.

Herramienta 8. El título que cuenta una historia

Muchos títulos del planeta son frases enteras. «Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería». «No puedo desenchufar este ventilador que está esparciendo mierda». «El productor de Madonna no compra en Mercadona». «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca». «Esta es la composición nutricional de un huevo».

La octava herramienta es el título como primera línea. La web del planeta lo explica en su página de mitología del universo, bajo el lema «Cada título es una puerta»: «El nombre de la canción ya es literatura.» Y una línea más abajo: «La imaginación empieza antes que la música.» Un título así es un cuento de una frase. Antes de pulsar el botón de reproducir, uno ya sabe que hay un policía, una lavandería y un enamoramiento imposible. La canción solo tiene que cumplir la promesa.

Hay además un efecto práctico. En una lista de reproducción llena de títulos de una palabra («Fuego», «Noche», «Tú»), un título de quince palabras salta a la vista. Es una forma de llamar la atención sin gritar.

Herramienta 9. El idioma mezclado

La novena herramienta es el spanglish, y no es una moda: es una forma de cambiar de registro. En las canciones de pista del planeta, el inglés entra para las frases de actitud y el español para las de verdad. En «Marica chill»: «Que me llamen loca, that's my brand». En «Soy marica sideral»: «No vine a salvar tu mood, / vine a tomar mi space».

El inglés aporta brillo de videoclip, de música de club internacional. El español aporta barrio, insulto y ternura. Mezclados, suenan a la manera en que habla mucha gente joven en Madrid, que pasa de un idioma a otro en la misma frase sin pensarlo. Hay canciones con título en inglés, como «Gatekeeping» o «Dark Corners», y otras que dejan caer un verso en portugués, como «Somente a lua nos guia» en «Pura magia». Pero la mezcla, la frase partida por la mitad, es la herramienta más característica.

Herramienta 10. La vocal estirada

La última herramienta es casi musical, pero está escrita en la letra: la vocal que se alarga. «¡Hoy lloooooraaaaas!», en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». «Hoy es mi vuelta a los infiernoooooooos», en «Un invitado VIP cortando cebolla». «Pero está frozeeeeeeeeen», en «El narcisista». «Kaaa Miga», en el título del homenaje a La Veneno.

Collage con un detalle de la carátula de «Tus letras son basura» y las carátulas de «La casa de los mil cadáveres», «El segundo exacto», «Carta de recomendación»

Escribir la vocal estirada es dar una instrucción de interpretación. Indica dónde se rompe la frase, dónde se exagera, dónde se pone la mano en la frente. Es el equivalente escrito de un gesto de folclórica. Y casi siempre aparece en el clímax, cuando la letra ya no puede decir más con palabras normales y necesita alargar una sola.

Herramienta extra. El número exacto

Hay una herramienta que no entra en la lista de diez porque trabaja dentro de las demás: el número. Las letras del planeta cuentan. No dicen «mucho tiempo», dicen años concretos. No dicen «miente sobre su edad», dicen la cifra.

Otra vez, «Carta de recomendación» es el mejor ejemplo, casi un informe pericial. «El que dice que el día nueve de febrero cumple treinta y cinco años. / Le corrijo, bastardo canario, son cincuenta y tres años.» Más adelante: «Tiene pendiente un presupuesto de seis mil euros para arreglarse los dientes.» Y el remate de medidas: «no mide uno setenta y cinco, / usa plantillas elevadoras». Hasta el desamor tiene calendario: «Los primeros días te pondrá el culo tres veces al día», y luego, «A los siete años te tirará como una colilla».

El número exacto tiene un efecto muy curioso en una letra. Es lo menos poético que existe, y precisamente por eso suena a verdad. Un poeta diría «me dejó cuando se cansó». Una cifra dice «siete años», y el oyente ya no discute. También tiene algo de humor seco: la precisión de contable aplicada a un drama sentimental. Las cifras de la carta, además, se contradicen con las que el personaje da de sí mismo, y esa resta (treinta y cinco frente a cincuenta y tres) es un chiste que no necesita explicación.

En «El segundo exacto» la cifra está en la tristeza: «20 estados vistos en Whatsapp, mi novio, su madre, mi hermana, mi suegro, mi ex. / Ni un solo 'me gusta'». Veinte contra cero. La aritmética de la soledad cabe en una línea.

Cómo se combinan

Ninguna de estas herramientas trabaja sola. Lo interesante es ver cómo se encadenan en una misma letra. «Croquetas en el crucero» es un buen banco de pruebas. Tiene lista (las cosas que salen mal en el barco), insulto concreto («Y esas chonis que presumen de marido»), pregunta retórica con imagen de terror («¿Esto era un crucero o un Tanatorio de alta mar?»), remate absurdo («No lo sé, pero hay sardinas en el minibar») y contraste de expectativas en una sola línea: «pedí champán, me dieron calimocho».

Otra combinación frecuente es la de nombre propio, segunda persona y autoparodia. En «Discutiendo con la IA», del tercer álbum, la letra le habla a un crítico («Hija mía si usar IA es / dar a un botón / hazlo tú maricón»), mete un nombre propio de fondo («mientras escucho a Locomía») y se ríe de su propia situación: alguien que pasa el día discutiendo con una máquina. Tres herramientas en cuatro versos.

Lo que no está en la caja

Igual de importante que lo que hay en la caja es lo que no hay. Las letras del planeta casi nunca usan metáforas vagas de amor, de esas que podrían estar en cualquier canción: el corazón que vuela, el alma que se pierde, el cielo que llora. Cuando aparece una imagen, es concreta y a menudo cutre: un bloque de cemento, un calcetín, una croqueta, un bote de Pringles.

Ficha de la canción «Tus letras son basura» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Tampoco hay neutralidad. La página de proceso del universo describe la escritura del proyecto como «más cerca del diario, la filosofía o la literatura confesional que del producto», y la define como «componer como forma de pensar. Ordenar recuerdos, elaborar pérdidas, explorar contradicciones». Una letra que piensa no puede ser neutral. Toma partido, señala, se equivoca y lo dice.

Y no hay miedo al ridículo. El propio Mike lo dejó escrito en el texto de «Esta canción es una mierda»: «Las letras son mías, la ironía también». Escribir con estas herramientas supone aceptar que alguien dirá que es demasiado. Para eso, precisamente, existe la herramienta seis.

Falta también algo que en otras canciones es casi obligatorio: la moraleja final. Las letras del planeta rara vez terminan explicando lo que acaban de contar. Terminan con un portazo, un «Mucha suerte, maricón», un adiós alargado o una pregunta sin responder. La conclusión se la queda quien escucha, que para eso ha llegado hasta el final.

Cómo leer una letra con lápiz

Si alguien quiere aprender algo de este taller, la mejor manera es leer con un lápiz en la mano. Funciona con cualquier canción del catálogo, pero sirve especialmente con las más largas, las que parecen un monólogo.

Primero, subrayar los nombres propios. Separar los reales (famosos, programas, tiendas, ciudades) de los inventados (el ex, el coordinador, la suegra). Se verá que los reales suelen ser de admiración o de cultura compartida, y los inventados, de conflicto.

Segundo, marcar dónde cambia el tono. Casi todas las letras tienen al menos un giro, una línea donde la risa se corta. Encontrarla es encontrar el centro de la canción. A menudo está cerca del final, cuando ya se ha bajado la guardia.

Tercero, contar las listas y mirar cómo terminan. Si la lista termina con una palabra sola, hay remate. Si termina con una pregunta, hay herida. Si termina con un insulto, hay venganza.

Cuarto, buscar a quién se habla. Hay letras que empiezan hablando a un ex y terminan hablando al público, o al revés. Ese cambio de destinatario suele coincidir con la fórmula de plató: «Señoras, señores».

Y quinto, leer el título otra vez al terminar. Muchas veces, después de la letra, el título significa otra cosa. Lo que parecía una broma resulta ser la frase más seria de todas.

Por qué importa quién escribe

Este taller no tendría sentido si las letras no tuvieran dueño. Las herramientas descritas aquí son de alguien: aparecen porque una persona concreta tiene unas manías, unos recuerdos y un sentido del humor concretos. Por eso se repiten. Una caja de herramientas se parece siempre a su dueño.

En el texto de «Tus letras son basura», Mike responde a quienes dicen que su trabajo no vale por usar inteligencia artificial en la producción: «Las escribo yo, con mi historia, mis cicatrices y mi forma de mirar el mundo.» Lo que hace la máquina es poner música y voz a lo que ya estaba escrito. El insulto con código postal, el número exacto y el giro sin aviso no salen de ningún programa. Salen de una manera de mirar que se reconoce en cuanto uno ha leído tres canciones.

Un taller abierto

Las diez herramientas se pueden reconocer en casi cualquier letra del catálogo, y esa es la mejor manera de usar este texto: abrir el archivo de letras al azar y buscar cuántas aparecen. Lista, insulto con dirección, nombre propio, tú, plató, autoparodia, giro, título largo, idioma mezclado, vocal estirada. Casi nunca faltan más de tres.

Mike Sain't Louis es letrista, compositor y productor musical; escribe las letras, y la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Para datos del proyecto, la sala de prensa. La canción que sirve de etiqueta a esta caja de herramientas está en Spotify.

La caja está abierta. Las tuercas, como siempre, las pone el ex.

Preguntas frecuentes

¿Quién escribe las letras de Mike Sain't Louis?

Él mismo. En el texto de «Tus letras son basura» lo dice así: «mis letras las escribo yo. No las firma una discográfica, no las corrige un productor, y desde luego no las escribe una máquina». La música y las voces se hacen con herramientas de IA como Suno.

¿Qué recursos se repiten en sus letras?

Listas que acaban en un remate corto, insultos muy concretos, nombres propios reales, la segunda persona, fórmulas de plató, autoparodia, títulos largos que cuentan una historia, mezcla de español e inglés, vocales estiradas y el paso brusco del chiste a una frase triste.

¿Por qué sus títulos son tan largos?

Porque funcionan como una primera línea. La web del proyecto lo resume bajo el lema «Cada título es una puerta»: «El nombre de la canción ya es literatura».

¿Las letras están basadas en personas reales?

Los famosos que aparecen son reales, pero los personajes privados de las letras (exnovios, coordinadores, suegras) son personajes inventados.

¿Dónde se pueden leer las letras?

En el archivo de letras de gayfolkplanet.com, en /letras.

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