Planeta Gayfolk

Humor

La agenda del móvil y la ceja de Spock: crónica de «Toxina coreana»

Por ·

Portada de «Toxina Coreana», canción de Mike Sain't Louis

«Te tengo en el móvil como la embotada.»

Esa línea pasa rápido, metida entre una excusa y un estribillo, y casi nadie se para en ella. Error. Ahí está la canción entera. Porque antes de cualquier ceja levantada, antes de los tres mil euros y de la confesión final, hay una agenda de contactos. Y una agenda de contactos es el documento más sincero que tiene una persona. Más que el diario. Más que el historial del navegador. Ahí no hay nombres: hay veredictos.

Todo el mundo tiene uno. «Paco Fontanero». «Mari Pesada». «Ex NO COGER». «Nene Grindr Usera». «Mamá» con un corazón y «Mamá 2» sin corazón, que es la suegra. La agenda del móvil es un archivo de motes que nadie ha firmado y que nadie va a enseñar nunca. Hasta que alguien lo mete en una canción, claro. Y aquí la mala leche la ha puesto el letrista, que la voz la pone una máquina.

En el diario ya hay una nota sobre esta canción, la de la amiga embotada que era yo, que va de la confesión final y del bótox con denominación de origen. Esta crónica entra por otra puerta, la de atrás, la del teléfono. Y desde ahí se ve otra canción.

Mala cara, primera toma

La escena arranca como arrancan las peores conversaciones de amigas: con un diagnóstico que nadie ha pedido. «Mi amiga del alma me dice / Oye tía tienes mala cara». Ni un hola. Ni un qué tal. Directamente el parte médico.

Fíjate en el reparto, que está muy bien pensado. Hay dos amigas, y cada una tiene apellido de oficio. Una es «la del alma». La otra es «la sincera». Las dos dicen lo mismo con distinta corbata. La del alma lo dice con pena, la sincera lo dice con gusto. Y a la protagonista le da igual el envoltorio, porque el contenido es el de siempre: estás hecha un cuadro.

Todo el que haya ido a una boda con resaca, a una comida de Navidad con ojeras o a un cumpleaños después de una semana de mierda conoce esta escena. Te abren la puerta, te miran de arriba abajo y te sueltan «¿estás bien? Te veo cansada». Que es la manera educada de decir «pareces un mueble de Wallapop».

La canción no se queda en el chiste de la ojera. Lo que hace es contar. Primera ronda: mala cara. Segunda: ojeras. Tercera: «en tu cara el tiempo pasa». Cuarta: cara cabreada. Cuatro golpes, cuatro partes de la cara, como en una revisión de la ITV.

El escudo de cuatro palabras

Y cada golpe recibe la misma respuesta. Siempre la misma. «No me toques la raja.»

La nota del diario prefirió no copiar la frase. Aquí sí, porque es el mecanismo de la canción y sin ella no se entiende nada. Es una fórmula castiza de barrio, de esas que se dicen en la barra o en la cola de la pescadería, y funciona como un portazo: no me toques las narices, pero con una parte del cuerpo bastante más cerca del suelo.

Lo que tiene de bueno no es la burrada. Es la repetición. La protagonista no discute, no se defiende, no explica. Levanta el mismo escudo una vez, dos, tres, cuatro. Igual que esas personas que contestan «bien, bien, todo bien» a cualquier pregunta sobre su vida mientras el piso se les cae encima.

Luego, detrás del escudo, viene la excusa. Y las excusas son de un realismo que da pena: «Es que no he dormido nada». «No tuve tiempo de pasar por casa». Esa segunda es oro. No pasar por casa significa venir del trabajo, de otra casa o de algún sitio del que no se va a hablar en esta mesa. La canción no lo aclara y hace bien. Quien escucha rellena el hueco con su propio domingo por la mañana.

Lo que no dice nunca es «tienes razón». Eso jamás.

La agenda como archivo

Vuelta al teléfono, que es donde está el crimen.

Fotogramas del videoclip oficial de «Toxina coreana», de Mike Sain't Louis

«Te tengo en el móvil como la embotada.» No es «te llamo embotada» ni «la gente dice que estás embotada». Es peor: es privado. Es lo que la protagonista piensa de su amiga cuando la amiga no está delante. Es el nombre que aparece en la pantalla cada vez que la sincera llama para decirle lo mala cara que tiene.

Piensa en la escena. Suena el móvil. En la pantalla pone LA EMBOTADA. La protagonista coge y escucha: «Oye tía, ¿estás bien? Te vi fatal el otro día». Y ella, por dentro, con el pulgar todavía caliente de haber escrito ese contacto hace meses.

Las agendas de móvil son el último refugio de la sinceridad sin consecuencias. A la cara, «qué guapa estás». En la agenda, «Lorena Labios». A la cara, «qué bien te veo». En la agenda, «Charo Relleno». Y nadie se entera, hasta el día en que alguien coge tu teléfono para llamar a un taxi y ve la lista entera.

La canción convierte ese archivo secreto en arma. Ya no es una broma interna: es la respuesta. Si tú me dices que tengo ojeras, yo te digo cómo te tengo guardada. Y eso duele más que cualquier ojera, porque viene con fecha de creación.

Embotar, verbo transitivo

Hay una cosa en la palabra que merece una parada.

«Embotada» viene de bótox, evidentemente. Pero en castellano «embotar» ya existía mucho antes de que nadie se pinchara nada en la frente. Embotar es quitarle el filo a algo. Un cuchillo embotado no corta. Y una persona embotada tiene los sentidos dormidos, la cabeza espesa, como después de un catarro o de tres gin-tonics en el Penta.

Así que la amiga embotada lo es dos veces. La primera, por lo que lleva inyectado. La segunda, por lo que ya no nota. Porque esa amiga que va repartiendo diagnósticos de cara ajena no se da cuenta de lo que tiene en la suya. Tiene el radar puesto hacia fuera y el espejo apagado. Embotada de cuchillo, embotada de cabeza.

No hace falta que la letra lo explique. La palabra hace el trabajo sola, que es lo que tienen las palabras bien elegidas: una entra por el chiste y la otra se queda dentro, a oscuras, esperando a que alguien la encienda.

Tres mil euros, IVA aparte

Luego viene la cifra. «Llevas inyectados tres mil euros en la cara.»

Una cifra redonda es una cifra cruel. Tres mil. No «un dinerillo», no «una pasta». Tres mil euros, como quien lee un presupuesto de reforma de cocina. La protagonista no le dice a la amiga que está fea. Le dice cuánto le ha costado no estarlo. Eso es más bajo, más castizo y más gracioso.

Y fíjate en el verbo: «inyectados». No gastados. No invertidos. Inyectados. El dinero va directamente dentro de la cara, como si los billetes fueran el relleno. Tres mil euros de pómulo. Una entrada de piso en el entrecejo.

Ahí la canción toca algo muy de ahora: la cara como cuenta corriente. Esa idea de que cada arruguita que no está ha costado algo, y que el que sabe mirar puede hacer la cuenta. Hay gente que, en una cena, en vez de preguntarte qué tal, te hace la auditoría.

La protagonista, en esa línea, se convierte justo en eso que odia. Ella, que llevaba cuatro estrofas pidiendo que no le toquen la cara, le saca la factura a la cara de la otra. Ojo por ojo, ceja por ceja.

La ceja de Spock

El estribillo tiene la imagen más precisa de la canción: «Te ha quedado una ceja levantada».

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «Y ahora ha llegado el tiempo de confesar, voy a decir la verdad, ya no me callo.» de «Toxina coreana»

Quien haya pasado por una clínica estética, o tenga una amiga que haya pasado, conoce el fenómeno. Cuando la toxina se pone de cierta manera en la frente, una ceja, o las dos, se queda arqueada hacia arriba, con una cara de sorpresa permanente o de sospecha permanente. En las consultas lo llaman la ceja de Spock, por el vulcaniano de Star Trek, que tenía las cejas en pico y cara de estar juzgándote siempre.

Y eso es lo maravilloso del verso. Una ceja levantada es el gesto universal del juicio. «¿Perdona?». «¿Y eso?». «¿Tú te has visto?». La amiga sincera, que se pasa la vida juzgando caras ajenas, se ha quedado con el gesto de juzgar congelado en la suya. Ya no tiene que levantar la ceja para opinar. Ya viene levantada de serie.

Hay castigos poéticos muy elaborados. Este cabe en una frase de estribillo y en un pinchazo mal puesto.

Tipo A o coreana

«Toxina tipo A o toxina coreana.»

La pregunta tiene su gracia técnica, porque las dos opciones existen de verdad. La toxina botulínica que se usa en estética es la de tipo A, la de las marcas que todo el mundo conoce. Y en los últimos años han llegado al mercado varias toxinas fabricadas en Corea del Sur, que compiten en precio y que en los centros de estética se ofrecen como alternativa. En la conversación de pasillo eso se ha convertido en una especie de pregunta de carta de vinos: ¿la de siempre o la coreana?

La canción pone las dos en el mismo verso como quien pregunta en el bar «¿caña o tercio?». Y ahí está el chiste: el retoque ya no es un secreto de famosa, es una elección de menú. La amiga ha ido a la clínica como quien va a la peluquería de la esquina, y ha elegido según el presupuesto.

Coreana, además, suena a moda. Las rutinas de piel de diez pasos, las mascarillas de tela con cara de panda, las cremas de caracol que se venden en cualquier droguería. La palabra «coreana» trae todo eso detrás. La canción no lo nombra, pero lo arrastra.

Cuatro estrofas de cola de peluquería

El tono de la canción es el de la peluquería de barrio a media mañana. El de las señoras con el secador puesto que se cuentan la vida a gritos porque no se oyen. El de la cola del Mercadona cuando una vecina te pilla sin maquillar y te dice «uy, hija, qué cara».

Es oralidad pura. «Oye tía». «Mi amiga del alma». «No me toques la raja». Nadie escribe así: todo el mundo habla así. Y la letra no lo pule, no lo mete en verso fino, no lo convierte en poema de antología. Lo deja como sale de la boca, que es como más pica.

Ese registro tiene una tradición larga en el humor español, la de las tías y las vecinas que se dicen barbaridades con una sonrisa y que, cinco minutos después, se están pasando el táper de croquetas. Las Chicas de Oro tenían algo de eso, y Paquita Salas tiene mucho. La crueldad doméstica, la que viene con cariño, es la más difícil de esquivar.

Aquí además no hay narrador por encima. No hay nadie que explique quién tiene razón. Solo dos frases que chocan, una y otra vez, hasta que alguien se rompe.

Ya no me callo

Y alguien se rompe.

Collage con un detalle de la carátula de «Toxina coreana» y las carátulas de «Envejecer», «La Vecina Cotilla»

«Y ahora ha llegado el tiempo de confesar, voy a decir la verdad, ya no me callo.» El cambio de ritmo se nota: después de tanto verso corto, sale una frase larga, de corrido, sin respirar, como quien lleva días ensayando una confesión delante del espejo del baño.

Lo que viene ya lo contó la otra nota: «La amiga soy yo». Así que no hace falta repetir el golpe. Lo que interesa aquí es otra cosa, la que se ve desde la agenda del móvil.

Si la amiga es ella, ¿quién está guardada como «la embotada»?

Ahí la canción hace un truco que no se nota a la primera. Si la protagonista es la que lleva los tres mil euros en la cara, la que se ha quedado con la ceja de Spock, entonces el contacto del móvil es un espejo. Se tenía guardada a sí misma. O peor: el mote que le puso a la otra era el que le correspondía a ella, y lo sabía. Lo escribió para que se lo creyera otra.

Es lo que hace la gente con los insultos que más teme: ponérselos antes a los demás.

Humor de espejo, versión agenda

En el universo de esta web hay una palabra para eso: camp. La página del camp lo explica mejor que una crónica, pero aquí basta con una idea. El camp coge lo que da vergüenza, lo exagera hasta que brilla y se lo pone de pendiente. La ceja levantada, en vez de esconderse, se convierte en estribillo.

Lo que hace «Toxina coreana» con su giro es camp aplicado a una misma. No se ríe de la que se pincha: se ríe de la que se pincha y lo niega. Que es una cosa muy distinta. La primera sería crueldad. La segunda es retrato.

Y es retrato porque la mitad del planeta lo ha hecho. Ha negado algo que se veía desde Marte. El tinte que «es mi color natural». Las mechas «del sol de la playa». Los dientes «es que me los he blanqueado en casa». La barriga «es que he comido». El que niega lo evidente no engaña a nadie, pero se gana un ratito de dignidad. Y ese ratito es lo que la canción le arranca, con cariño, al final.

La cara que te queda

Hay un momento en esta canción en que el chiste deja de ser chiste. No está en la letra con ese nombre, pero está en el verso «Oye tía en tu cara el tiempo pasa».

Las demás críticas son de un día. Mala cara, ojeras, cabreo: mañana duermes bien y se te pasa. Esa no. Esa es la que no se arregla con una siesta. La sincera, ahí, ya no habla de una mala noche. Habla de los años.

Y la respuesta, otra vez, es el mismo escudo y una excusa ridícula: «No tuve tiempo de pasar por casa». Como si el tiempo se pudiera arreglar con una ducha. Como si la cara de los cuarenta se fuera con un poco de agua y un desmaquillante del Primor.

Ese verso es el corazón triste de la canción. Detrás de la clínica, de la toxina, de los tres mil euros, está el miedo a que la cara cuente la edad antes que tú. En el ambiente eso pesa el doble. El diario tiene una nota sobre envejecer siendo LGTBI y otra sobre autoestima y cuerpo que van por ese lado, más en serio. «Toxina coreana» va por el mismo sitio pero con tacones y riéndose.

Reírse no quita el miedo. Lo pone en su sitio.

Lo que la canción no hace

No hay sermón. Esto es importante y se nota.

Ficha de la canción «Toxina coreana» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Una canción sobre el bótox podía haber sido una cosa de anuncio institucional: quiérete como eres, la belleza está en el interior, tus arrugas cuentan tu historia. Por suerte, nada de eso. La letra no le dice a nadie que no se pinche. No le dice a nadie que se pinche. Le dice a todo el mundo que, si lo hace, por lo menos no vaya repartiendo diagnósticos de cara ajena con la ceja congelada.

Tampoco hay víctima. La protagonista no es una pobrecita, ni la sincera es una bruja. Las dos son igual de cotillas, igual de crueles y, al final, igual de embotadas. Es una pelea de patio entre iguales.

Y, sobre todo, no hay moraleja con musiquita de fondo. Lo más parecido es esa última frase, «La amiga soy yo», que funciona como una confesión y como una carcajada a la vez. Ni lección ni absolución. Una ceja arriba y a otra cosa.

Cómo suena el planeta cuando cotillea

«Toxina coreana» está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», la primera parte de la trilogía, la del primer contacto con el planeta y su vocabulario. Y encaja ahí como un guante, porque es vocabulario puro: «la embotada», «no me toques la raja», «la del alma», «la sincera». Palabras de un sitio y de una gente.

El planeta Gayfolk, en esta canción, no es una galaxia rosa con neones. Es una mesa de terraza en Lavapiés con tres cañas y dos amigas que se están poniendo verdes. Lo cósmico está en la exageración, no en el decorado.

Tiene su videoclip oficial, que dura 4:46 y se puede ver en la página del vídeo de «Toxina coreana». Y, como todo el proyecto, sale del mismo taller: letra de Mike Sain't Louis, que es letrista, compositor y productor; música y voces hechas con herramientas de inteligencia artificial. La sala de prensa lo cuenta con datos y sin adornos, para quien quiera la versión seria.

Una ceja para cada ocasión

Si la vas a escuchar, dos sugerencias.

La primera: escúchala con el móvil en la mano y abre la agenda. Baja despacio. Mira qué nombres tienes guardados con apellido de oficio. Mira cuántos son veredictos. Si te sale alguna «embotada», algún «pesado», algún «no coger», ya sabes de qué va esto. Y luego piensa cómo te tendrán guardado a ti. Esa es la canción de verdad.

La segunda: pon el estribillo una segunda vez solo para la ceja. «Te ha quedado una ceja levantada». Escucha cómo cae al final del verso, como un remate de chiste en un monólogo del Club de la Comedia. Toda la canción se apoya en esa ceja.

Si prefieres la ficha completa, la letra y los enlaces de escucha, están en la página del single «Toxina coreana». También está en Spotify, para ponérsela a esa amiga que te pregunta siempre si te has hecho algo.

Renombrar el contacto

La crónica termina donde empezó, en el teléfono.

Hay una manera de leer esta canción como una pelea entre amigas. Y hay otra, mejor, como el momento en que alguien abre su propia agenda y se encuentra. «La embotada» era ella. Quizá no en la ceja. Quizá en lo otro, en el embotamiento de verdad: en llevar años mirando la cara de los demás para no mirar la suya.

Lo que se puede hacer después de una confesión así es poco y es mucho. Se puede renombrar el contacto. Quitarle el mote. Poner el nombre de pila, con su apellido y sin veredicto. O dejarlo, y reírse cada vez que suene.

Lo segundo es más del planeta.

Que te quede la ceja como te quede. Pero que sea tuya.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Toxina coreana»?

De dos amigas que le sueltan a la protagonista lo mala cara que tiene, y de cómo ella contesta con la factura del bótox ajeno hasta confesar al final: «La amiga soy yo».

¿En qué disco está?

En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», la primera parte de la trilogía GAYFOLK.

¿Qué significa «la embotada»?

En la letra es el nombre con el que la protagonista tiene guardada a su amiga en el móvil: «Te tengo en el móvil como la embotada». Junta el bótox con el verbo embotar.

¿Quién la ha hecho?

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.

Más notas

Apoyar en Ko-fi