Salud mental
Inventario del punto limpio: «Trasto viejo» y todas las cosas que se tiran a la cabeza
Por Mike Sain't Louis ·

Sábado, nueve y media de la mañana, polígono de las afueras. Cola de coches con el maletero abierto. Un señor con un somier a cuestas, una pareja joven con una tele de culo que nadie quiere, una abuela con tres bolsas de ropa y la mirada de quien está tirando algo más que ropa. En la entrada, una caseta con un operario que pregunta qué traes y te señala un contenedor distinto para cada cosa. Bienvenidos al punto limpio.
Es el lugar más honesto de cualquier ciudad. Allí nadie disimula. Lo que ya no sirve se deja, se clasifica y se olvida. Y si hay un sitio donde «Trasto viejo» suena como en su casa, es ese: entre el contenedor de aparatos eléctricos y el de voluminosos, con una gaviota despistada mirando desde la valla.
El planeta ha ido hoy con una libreta. No para tirar nada, sino para hacer inventario. Porque la canción, que tiene cara de cantinela sencilla y de rabia en bucle, esconde un almacén entero detrás de una sola palabra. Y esa palabra, «trasto», tiene más acepciones de las que parece.
La entrada: lo que dice la báscula
Antes de clasificar, hay que pesar. Y la letra pesa así, con versos de dos palabras que caen como bultos sobre la báscula:
Trasto usado / Trasto tirado / En el Vertedero / Más cercano
Cuatro golpes. Ni un adorno. El trasto llega usado y sale tirado, y el destino es el vertedero más cercano, que es lo que se hace con lo que no merece ni el viaje largo. Hay una economía cruel en ese «más cercano». Quien tira algo al primer sitio que pilla no está pensando en el objeto: está pensando en quitárselo de encima rápido.
Luego, la segunda estrofa corrige el destino. Ya no es el más cercano. Ahora es otro:
Trasto que molesta / Trasto que apesta / Trasto dejado en el / Contenedor más apartado
El planeta se queda mirando ese cambio porque dice mucho de cómo funciona el desprecio. Primero se tira lo usado al sitio más próximo. Después, cuando empieza a molestar y a oler, se lleva lejos, al contenedor de la esquina a la que nadie va. No basta con deshacerse de él. Hay que dejar de verlo. Hay una diferencia moral entre las dos cosas que cualquiera que haya sido ignorado después de una ruptura entiende en el cuerpo: no solo te dejan. Te quitan de la vista.
Acepción primera: el mueble inútil
El diccionario, que es el punto limpio de las palabras, abre la entrada «trasto» con la definición que todo el mundo conoce: mueble o utensilio viejo, inútil, que estorba. La silla con la pata coja que se queda en el trastero. La bicicleta estática que se compró en enero. El microondas que hacía chispas. Todo eso son trastos, y todo eso tiene una cosa en común: un día fue nuevo, alguien lo eligió en una tienda y lo llevó a casa con ilusión.
La canción juega con esa primera acepción y la aplica a una persona. Es lo que la hace incómoda. Cuando la letra dice «trasto», el oído piensa en el sofá. A la segunda repetición, piensa en alguien. A la tercera, ya no sabe distinguir. Y esa confusión es exactamente la experiencia que describe: la de que te traten como un objeto hasta que tú mismo empiezas a dudar si eres una persona o un mueble.
Hay un tipo de relación que funciona así. El otro te compra con ilusión, te usa mientras sirves, y un día te mira como se mira la estantería del Ikea que montaste mal: con cansancio y ganas de cambiarla. El planeta tiene una canción entera sobre ese momento, «El descarte del narcisista», y una carta en el diario dedicada a la otra víctima del descarte. «Trasto viejo» es la versión sin palabras de esa historia. No cuenta nada: solo enumera lo que queda.
Acepción segunda: los trastos del torero
Aquí el planeta se pone castizo, que para eso es de Madrid. En el diccionario, en plural, «trastos» son también la espada y la muleta del torero. «Coger los trastos» es lo que hace el matador antes de la faena final. Y cuando un torero se retira, se dice que cuelga los trastos.

Esto no está en la canción, y el planeta no le va a colgar al autor una intención taurina que no aparece por ningún lado. Pero lo pone sobre la mesa porque abre una lectura preciosa. Hay un momento, después de una relación así, en que uno coge sus propios trastos. Recoge la muleta, el capote, la dignidad. Y sale de la plaza. No con orejas ni con rabo, sino con lo puesto y la chaquetilla manchada.
Lo bonito es que esa segunda acepción le da la vuelta a la primera. El trasto ya no es lo que te tiran: es lo que tú recoges para irte. La herramienta del oficio. Con los trastos se torea, y con los trastos se cuelga el traje y se acaba la temporada.
Hay una lectura de la canción, la que también recoge la ficha de mikesaintlouis.com, según la cual el trasto viejo no es quien habla sino el ex. Quien por fin le ve tal como es: algo que ocupa sitio y no sirve. Con la acepción taurina, esa lectura se vuelve todavía más camp. El ex es el toro manso, el que no embiste. Y el narrador cuelga los trastos delante de él con un gesto de tedio.
Acepción tercera: el decorado
En el teatro, los trastos son los bastidores y las piezas del decorado. Las paredes de cartón piedra que se mueven entre escena y escena, la ventana falsa, la puerta que no da a ningún sitio. Todo lo que construye una ilusión y que, cuando se acaba la función, se apila al fondo del escenario hasta la próxima temporada o hasta que alguien decide tirarlo.
Esta acepción es la que más le gusta al planeta, porque tiene que ver con lo que pasa al final de una relación con una persona que lo ha fingido todo. Cuando se apagan los focos, ves los trastos. La casa que parecía un hogar era un decorado. Las promesas eran puertas pintadas en un panel. Las cenas de aniversario eran utilería. Y de repente, con la luz de servicio encendida, todo eso aparece como lo que era: trastos. Cartón piedra apilado.
El planeta vive del teatro y del cartón piedra, y lo dice con orgullo. Su rincón camp está lleno de decorados que no esconden ser decorados. La diferencia entre el camp y la mentira es esa: el camp te enseña los bastidores y te guiña un ojo. El que miente te jura que la pared es de ladrillo. Cuando la pared se cae, lo que queda es un montón de tablas. «Trasto viejo», con su estribillo de etiquetas, es el sonido de esas tablas cayendo al suelo una tras otra.
Acepción cuarta: tirarse los trastos a la cabeza
En español hay una expresión para las parejas que se pelean a gritos: tirarse los trastos a la cabeza. Es una imagen de comedia de los años sesenta, con platos volando por la cocina y el vecino de abajo dando golpes con la escoba en el techo. Pura «La que se avecina» antes de que existiera «La que se avecina».

El estribillo de la canción tiene algo de eso. No es un razonamiento, es un lanzamiento. Cada palabra es un plato que vuela:
Trasto guarro, trasto Inútil / Trasto viejo, tirado, olvidado, / Abandonado, utilizado
Guarro. Inútil. Viejo. Tirado. Olvidado. Abandonado. Utilizado. Siete adjetivos en tres líneas, sin un solo verbo que los ordene. Es lo que se grita en una pelea cuando ya no se busca tener razón, sino hacer daño. O lo que se oye en la cabeza, a las cuatro de la mañana, cuando alguien te ha dicho todas esas cosas durante años y ya no sabes si eran suyas o tuyas.
Esa ambigüedad es la que hace grande al estribillo. ¿Quién lanza los platos? ¿El que fue descartado, que por fin le devuelve los insultos al otro? ¿O la voz del otro, que sigue resonando dentro? La canción no lo aclara. Deja que vuelen los trastos y que cada cual se agache como pueda.
Y aquí va la línea seca, la única del post: los insultos que alguien te repite mucho tiempo acaban sonando a descripción. Por eso hay que gritarlos de vuelta, en voz alta, hasta que vuelvan a sonar a lo que son.
Acepción quinta: el niño que es un trasto
Hay una acepción más, y es la más tierna de todas. En las cocinas de España, cuando un crío no para quieto, rompe un jarrón o se mete debajo de la mesa camilla a jugar con el brasero, la abuela dice: «Este niño es un trasto». No es un insulto. Es una forma de cariño con los ojos en blanco. Un trasto es el niño travieso, el que da guerra, el que no cabe en el molde.
El planeta tiene debilidad por esta acepción porque muchas maricas fueron ese niño. El que se ponía los tacones de su madre para bajar al portal. El que hacía coreografías de Mónica Naranjo en el pasillo con una toalla en la cabeza. El que montaba desfiles con las cortinas del salón. A ese niño, en el mejor de los casos, se le llamaba trasto con una sonrisa. En el peor, se le llamaban otras cosas que no venían en ningún diccionario amable.
Visto desde aquí, el «trasto viejo» de la canción tiene algo de aquel niño trasto que creció. El que daba guerra se hizo mayor, y en algún momento alguien dejó de verle gracia. Lo que antes era travieso pasó a ser molesto. Lo que antes era «qué salao» pasó a ser «qué pesado». Y un día, sin ceremonia, lo dejaron en el contenedor más apartado.
El planeta no sabe si la canción piensa en eso, y no lo va a afirmar. Pero sí sabe que la palabra arrastra ese recuerdo, y que cualquier oyente que haya sido el trasto de su casa lo va a notar. Hay una diferencia enorme entre el trasto que da guerra y el trasto que estorba. La vida, a veces, convierte el primero en el segundo sin pedir permiso. La canción lo grita para que se note el cambio.
Y aquí viene la parte buena: el niño trasto no ha desaparecido. Sigue ahí, debajo del trasto viejo, esperando a que alguien le ponga otra vez una toalla en la cabeza y una canción de verbena. Ese niño es, si se piensa bien, el que escribe estas letras. Y el que, después de tantos años, todavía da guerra.
El contenedor de voluminosos: el videoclip
En el punto limpio hay un contenedor especial para lo que no cabe en ningún otro. Colchones, armarios de tres puertas, sofás cama. Lo voluminoso. Y la canción tiene su propio voluminoso: el videoclip oficial, de unos tres minutos y cuarenta segundos, que convierte la cantinela en imagen.

El planeta recomienda verlo con la letra al lado, porque la repetición cambia de peso cuando hay algo que mirar. Lo que en el papel es una lista, en pantalla se convierte en ritmo. Y el ritmo de «Trasto viejo» es el de un juego de patio de colegio, el de las canciones de comba y de palmas, donde una palabra se repite hasta que pierde el significado y solo queda el sonido. Trasto, trasto, trasto. Como el «churro, media manga, mangotero» de los recreos.
Ese parentesco con la canción infantil tiene su miga. Los insultos de patio son los primeros que aprende una marica. Antes de saber lo que es, ya le han llamado de todo junto a la portería. La forma de cantinela de esta canción devuelve al oyente a ese patio. Y le da algo que entonces no tenía: un estribillo propio que repetir, en vez del que le coreaban los otros.
El contenedor de restos: la ropa y la memoria
Cerca de la salida, en todos los puntos limpios, hay contenedores de ropa usada. La abuela de la cola deja allí sus tres bolsas. Lo que no sirve a una persona puede servir a otra. Es el único contenedor del recinto que tiene algo de esperanza.
El planeta piensa mucho en ese contenedor cuando escucha «Trasto viejo», porque la historia de la gente LGTBI está llena de objetos rescatados de la basura. Las cartas de amor que las familias tiraban al morir el hijo «soltero». Las fotos de bares que cerraron. Los vestidos de las primeras drags que acabaron en un contenedor y alguien recogió de madrugada. Buena parte de la memoria queer de este país se ha salvado así: de un trastero, de una caja en el Rastro, de una bolsa que alguien no se atrevió a tirar.
La escritora Susan Sontag, en sus famosas notas sobre lo camp, apuntaba que una de sus operaciones favoritas es mirar con cariño lo que ya pasó de moda. Lo que el gusto oficial tiró a la basura, el camp lo recoge y lo pone en la vitrina. Una lámpara de los setenta, una canción de verbena, un traje de lentejuelas que olía a naftalina. El camp es, en el fondo, un punto limpio al revés: entra lo que todos tiraron y sale convertido en tesoro.
Visto así, «Trasto viejo» tiene una trampa escondida. Mientras grita que el trasto está acabado, lo está convirtiendo en canción. Y una canción no se tira. Se queda en la discografía, en las plataformas, en la página del disco «El día de la liberación», con su número de pista. El trasto que nadie quería ahora tiene ficha propia, letra publicada y videoclip.
Autoinventario
El planeta, que es honesto con sus propios trastos, se incluye en el inventario. Porque esta casa también ha tenido que defenderse de quien la llamaba trasto. Inútil, decían algunos, que cuatro letras y un ordenador no hacen un disco. Acabado, decían otros, sin haber escuchado ni una canción entera. Basura, decían los más sinceros. Mike convirtió ese último insulto en título de otra canción, «Tus letras son basura», y lo hizo con la tranquilidad de quien ya ha pasado por el punto limpio y sabe que de ahí también se sale.
Aquí va la autoparodia de rigor. El planeta tiene, en su discografía, cientos de canciones. Si alguien quisiera llamarle trasto, tendría que alquilar un camión de mudanzas. Hay un momento en que la acumulación se vuelve una defensa: es muy difícil tirar a la basura algo que no cabe en el contenedor.
Y luego, la cosa limpia. Nadie nace trasto. A nadie lo fabrican inútil. Lo que pasa es que alguien deja de usarlo, y lo que deja de usarse se llena de polvo. Pero el polvo se limpia.
La salida del recinto
A la salida del punto limpio hay siempre un cartel que da las gracias por reciclar. El planeta, mientras arranca el coche, se queda con dos o tres cosas apuntadas en la libreta.

La primera, que la palabra más sencilla de la canción es la que más acepciones tiene. Un trasto es un mueble roto, pero también la muleta con la que el torero hace su faena, el bastidor que sostiene una ilusión en un escenario y el plato que vuela en una pelea de cocina. Todas esas cosas caben en un estribillo de siete adjetivos.
La segunda, que la canción no se decide entre quejarse y vengarse, y hace bien. Hay días en que uno es el trasto y días en que el trasto es el otro. Según el día, el oyente se pondrá de un lado o del otro. El planeta, como siempre, recomienda escucharla las dos veces.
La tercera, que todo esto está en Spotify, con letra escrita por Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y con música y voces hechas con herramientas de inteligencia artificial. Lo cuenta todo, con las fechas y los créditos, la sala de prensa del planeta.
Hay otras canciones de la casa que pasan por el mismo almacén. «La casa de los mil cadáveres» es el trastero entendido como película de terror, con el «¿cómo soy tan tonto?» que el planeta adora. «Un invitado VIP cortando cebolla» es la vuelta a los infiernos de quien pasó cuatro años en el cielo. Y la nota del diario sobre el momento del descarte cuenta esta misma canción desde la habitación a oscuras, que es otro sitio y otra hora.
Lo que no entra en ningún contenedor
Queda una última cosa, y el operario de la caseta no sabría dónde ponerla. Es la rabia. La rabia no es reciclable, no es voluminosa, no es un aparato eléctrico. No hay contenedor para ella. Y sin embargo es lo que mueve toda la canción: el «trasto guarro» no se dice con tristeza, se dice apretando los dientes.
Hay gente que se avergüenza de ella. Que la esconde debajo de frases de taza de desayuno, de esas que se compran en la papelería del centro comercial con letras doradas sobre fondo pastel. «Todo pasa por algo.» «Lo que no te mata te hace más fuerte.» El planeta no tiene nada contra las tazas, pero sí contra la idea de que la rabia sea un error de fábrica. La rabia es la alarma que salta cuando te tratan como a un mueble. Si no saltara, seguirías en el contenedor, convencido de que ese es tu sitio. Que suene la alarma es la primera buena noticia de toda la historia.
El planeta cree que esa rabia hay que llevársela a casa. No para guardarla en el trastero, sino para usarla. Para escribir, para limpiar a fondo, para bajar bolsas a la calle. Para decir trasto en voz alta hasta que la palabra deje de doler y empiece a dar risa.
Y entonces, solo entonces, cerrar el maletero. Vacío. Ligero.
El lunes, a trabajar. El sábado que viene, al Rastro.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Trasto viejo»?
De sentirse usado y desechado como un objeto. La letra repite la palabra «trasto» con una lista de adjetivos (usado, tirado, inútil, acabado, olvidado, abandonado, utilizado) y lo lleva hasta «el contenedor más apartado». Se puede leer como la queja de quien fue descartado o como la mirada final sobre un ex.
¿En qué disco está?
En «El día de la liberación», uno de los álbumes de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 15 de junio de 2026 y tiene videoclip oficial.
¿Por qué este post habla de toreros y de teatro?
Porque el diccionario recoge esos usos de la palabra: los «trastos» son también la espada y la muleta del torero y los bastidores de un decorado. El planeta los usa para leer la canción desde otro sitio, sin atribuirle al autor esa intención.
¿Quién ha escrito «Trasto viejo»?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya, sin IA; la música y las voces se han hecho con herramientas de inteligencia artificial.