Sociedad
Acoso escolar LGTBIfóbico: datos, protocolos y qué hacer, leído con «Los fuegos artificiales de Móstoles» y otras letras del Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Hay canciones que no cuentan una historia, sino que la enumeran. «Los fuegos artificiales de Móstoles», del primer álbum de la trilogía GAYFOLK, abre así:
Las montañitas, el bunque, el local, la clase de gimnasia,
Es una lista de sitios. Un mapa dibujado con la memoria, donde cada nombre es una chincheta clavada en la adolescencia. Y entre los descampados y los locales de ensayo aparece un lugar que casi cualquier persona LGTBI reconoce con un pequeño escalofrío: la clase de gimnasia. El vestuario, el balón que nadie te pasa, el equipo que se elige a gritos y en el que siempre quedas el último. La canción no explica nada. Solo lo nombra. Y a veces nombrar ya es abrir la puerta de una habitación que llevaba años cerrada.
Este texto es pareja de otro, incluido en la serie del diario sobre salud mental: «Bullying LGTBIfóbico en la infancia: lo que queda dentro», donde el autor del Planeta Gayfolk, Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, contó en primera persona la huella que le dejaron aquellos años. Aquí el enfoque es otro, más frío a propósito: los números, las leyes, los protocolos y los pasos concretos. Porque una herida se entiende con palabras, pero un pasillo se cambia con procedimientos. Los versos citados se copian sin tocar una coma del archivo de letras.
Un mapa de barrio con una chincheta roja
Lo que hace «Los fuegos artificiales de Móstoles» es algo que los informes no saben hacer: recordar que el acoso escolar ocurre en lugares concretos. No en «el ámbito educativo», esa expresión de boletín oficial, sino en la fila del comedor, en el autobús de la excursión, en el rincón del patio donde no llega la mirada del profesor de guardia, en el grupo de mensajes de la clase que se enciende a las once de la noche.
Por eso los buenos protocolos empiezan con un plano. Algunos centros piden al alumnado que marque en un dibujo del colegio los puntos donde se siente inseguro. Casi siempre salen los mismos: baños, vestuarios, escaleras, los minutos entre clase y clase. Son los lugares sin adultos. La canción, que recorre el barrio sitio a sitio, enseña sin querer el método: para cuidar un espacio hay que conocerlo palmo a palmo, con sus esquinas y sus horas muertas.
Hay otro verso del mismo tema que se queda en la cabeza:
Las noches en el trastero, fotocopiando las notas a fin de mes
La adolescencia como trastero. Un lugar donde se guardan cosas que no caben en casa. Muchos chicos y chicas LGTBI pasan los años de instituto así, con una parte de sí mismos en un trastero, a oscuras, esperando a que fuera haga menos frío.
Lo que dicen los números en España
El retrato más citado lo firmó la FELGTBI+ en otoño de 2024. Su estudio sobre el estado de la educación LGTBI+ se basa en ochocientas entrevistas telefónicas y online, encargadas a la consultora 40db, a gente adulta del colectivo que vive en España. Es una mirada por el retrovisor: personas que ya no van a clase y recuerdan cómo les fue.
- Casi una de cada cuatro, el 23 %, recuerda haber vivido odio en el colegio o el instituto.
- En la franja más joven, de 18 a 24 años, el porcentaje llega al 25 %.
- Cuando ocurrió, el 64 % dice que su centro se quedó de brazos cruzados.
- Por tipos, encabeza la lista el acoso (14,75 %); detrás vienen la discriminación (13,75 %), las agresiones físicas (7,4 %) y el acoso por internet (7,25 %).
Que el dato no baje entre los más jóvenes dice algo incómodo: la sociedad ha cambiado mucho desde 2005, cuando llegó el matrimonio igualitario, pero el patio ha cambiado menos. Las leyes viajan en coche oficial. Los prejuicios, en el autobús escolar.
El número que más pesa, sin embargo, es el del 64 %. No mide lo que hicieron los acosadores, sino lo que no hicieron los adultos. Es la cifra que este texto quiere mover.
Lo que ve el resto de la clase
Hay otra fuente que mira desde dentro de las aulas. Desde 2016, la Fundación ANAR y la Fundación Mutua Madrileña imparten talleres de prevención en colegios e institutos y, al terminar, preguntan al alumnado qué ve a su alrededor.

En el séptimo informe, publicado en septiembre de 2025 con 8.781 alumnos y alumnas del curso 2024-2025, el 12,3 % decía que él o algún compañero estaba sufriendo acoso escolar, ciberacoso o ambos. El 6,5 % conocía un caso de acoso presencial en su propia clase. La edad de mayor incidencia estaba entre los 11 y los 12 años.
El octavo informe, presentado en septiembre de 2026 con 18.245 cuestionarios de 236 centros, elevó esa cifra al 14,1 %. Y, según la información publicada por RTVE, la orientación sexual de la víctima, que en el curso anterior aparecía como motivo en el 9,4 % de los casos, pasó a mencionarse en el 43 %.
Cómo leer una cifra sin hacerle trampas
Ese salto del 9,4 al 43 % merece leerse despacio, y no para quitarle gravedad. La pregunta de los informes de ANAR permite marcar varios motivos a la vez, así que los porcentajes suman más de cien. Además, los centros participantes son los que piden el taller, no una muestra aleatoria de todo el país, algo que el propio informe explica. Lo honesto es decir que, entre el alumnado que respondió, la orientación sexual se nombra muchísimo más como motivo de acoso que un año antes. Lo deshonesto sería convertirlo en un titular del tipo «la mitad del acoso es homofobia».
Las dos fuentes miden cosas distintas. FELGTBI+ pregunta a adultos LGTBI por su pasado. ANAR pregunta a menores por su presente, y a todos, no solo a quienes se identifican como LGTBI. Juntas dibujan una figura reconocible: el acoso por LGTBIfobia no es una rareza, empieza pronto, y en muchas ocasiones lo ve todo el mundo menos quien tendría que intervenir.
Un dato, además, no es una persona. Detrás del 23 % no hay una media, hay chicos que fingían dolor de tripa los lunes y chicas que se cambiaban de ropa en el baño para no pisar el vestuario. Los números sirven para convencer a un claustro. Las personas, para no olvidar por qué.
«Un insulto sordo que nadie responde»
«El abismo en mi cabeza», de «El día de la liberación», tiene un verso que parece escrito para describir el 64 %:
Un insulto sordo que nadie responde
Un insulto sordo. No el que se grita en mitad del pasillo, sino el que se repite tanto que deja de oírse. El que todo el mundo ha normalizado: el mote, la risita cuando sales a la pizarra, el «es broma» que cierra cualquier queja. Y luego la segunda mitad del verso, la más dura: nadie responde. Ni el profesor que estaba delante, ni los compañeros que se reían por no quedar señalados, ni el sistema que debía actuar.
La canción habla de otra cosa, de una noche interior que no deja dormir. Pero el verso funciona como diagnóstico social. El acoso se alimenta de silencio. Cada vez que un adulto deja pasar una palabra, el mensaje que recibe la clase es claro: esto está permitido. Y el mensaje que recibe el chico señalado es todavía más claro: aquí nadie va a venir.
La LOPIVI: el protocolo ya es obligatorio
Durante años, actuar contra el acoso dependía de la voluntad de cada dirección. Eso cambió con la Ley Orgánica 8/2021, de 4 de junio, de protección integral a la infancia y la adolescencia frente a la violencia, conocida como LOPIVI.
Su artículo 34 obliga a las administraciones educativas a regular protocolos de actuación contra el abuso y el maltrato, el acoso escolar, el ciberacoso, el acoso sexual, la violencia de género, la violencia doméstica, el suicidio y la autolesión. Esos protocolos deben aplicarse en todos los centros, sean públicos, concertados o privados, y evaluarse periódicamente.
Hay dos detalles del artículo que conviene conocer de memoria:
- Cuándo se activa. Los protocolos deben iniciarse cuando el personal del centro, las familias o cualquier miembro de la comunidad educativa detecten indicios de violencia, o por la mera comunicación de los hechos por parte del propio niño, niña o adolescente. No hace falta una prueba, ni un parte de lesiones, ni un testigo adulto. Basta con que el alumno lo cuente.
- Para qué casos hay actuaciones específicas. El texto menciona expresamente el acoso motivado por la orientación sexual y por la identidad o expresión de género, junto a la discapacidad, los problemas de salud mental, la edad o los prejuicios racistas. Y pide actuaciones propias cuando el acoso se hace a través del móvil y se daña la intimidad o la reputación del menor.
Una persona con nombre en cada centro
El artículo 35 de la LOPIVI creó una figura que muchas familias todavía no conocen: el coordinador o la coordinadora de bienestar y protección del alumnado. Todos los centros donde estudien menores, sea cual sea su titularidad, deben tener uno.

Entre sus funciones están coordinar los casos que necesiten intervención de los servicios sociales, ser el referente principal para comunicar posibles casos de violencia, coordinar con la dirección el plan de convivencia y promover la comunicación inmediata a las fuerzas de seguridad cuando haya riesgo. La ley le pide, además, que se identifique ante el alumnado, el personal y las familias.
En la práctica, esto significa algo muy sencillo y muy poderoso: hay un nombre y un despacho al que dirigirse. Si eres madre, padre o alumno y no sabes quién es esa persona en tu centro, pregúntalo en secretaría. Tienes derecho a saberlo. Y si nadie lo sabe, eso ya es una información relevante para la inspección educativa.
La Ley 4/2023 dentro del aula
La Ley 4/2023, de 28 de febrero, para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI, dedica una sección entera a la educación.
- Artículo 20. El currículo de todas las etapas debe incluir la igualdad de trato y el conocimiento y respeto de la diversidad sexual, de género y familiar.
- Artículo 21. Las administraciones educativas promoverán que los proyectos educativos y las normas de convivencia de los centros incluyan protocolos de prevención del acoso y del ciberacoso escolar, teniendo en cuenta el acoso por LGTBIfobia. Y los servicios de inspección deben velar por que se cumpla.
- Artículo 22. La formación del profesorado debe capacitarle para conocer las circunstancias especiales del acoso por estos motivos, con atención al ciberacoso, y para detectar señales de maltrato en el ámbito familiar por la orientación sexual o la identidad del alumno.
- Artículo 23. Los materiales escolares deben incluir referentes positivos LGTBI de forma natural y adaptada a cada edad.
Ese último punto parece menor y no lo es. Un niño que nunca ha visto a una persona como él en un libro de texto aprende que no existe. Un compañero que tampoco la ha visto aprende que lo distinto es raro. Los referentes no son propaganda. Son ventanas.
Del papel al pasillo
Con dos leyes así, ¿por qué el 64 %? Porque una norma no actúa sola. El protocolo vive en una carpeta; el acoso vive en el recreo. Entre una cosa y otra hay profesores con veinticinco alumnos por aula, falta de formación específica, miedo a meterse en líos con las familias del agresor y una frase que se repite demasiado: «son cosas de críos».
También hay un error frecuente de enfoque: tratar el acoso como un conflicto entre dos. Se sienta a ambos en una mesa, se les pide que se den la mano y se da el asunto por cerrado. Pero en el acoso nadie está a la misma altura. Los manuales lo definen por tres rasgos: es intencionado, se repite en el tiempo y hay un desequilibrio de poder. Mediar como si fuera una discusión de patio deja a la víctima sola frente a quien la domina, y además le enseña que pedir ayuda no sirve.
El cambio pasa por que cada adulto del centro conozca el protocolo antes de necesitarlo. Igual que se ensaya un simulacro de incendio, se puede ensayar qué hacer cuando un alumno cuenta que le llaman «maricón» en el vestuario.
«Ningún espectador»
«Tan paleto», también de «El día de la liberación», se planta ante quien mira y juzga, y lo hace con una frase que sirve de escudo en cualquier pasillo:
No voy a aceptar consejos de ningún espectador
Antes del empujón está el dedo. Señalar es convertir a alguien en espectáculo, dar permiso a los demás para mirar. En el colegio, el dedo suele llevar una etiqueta: el que tiene pluma, la que no se depila, el chico que juega con las niñas. La canción, que en otros versos habla de los padres que tapan los ojos a sus hijos ante un beso, señala también dónde se aprende el prejuicio. Los niños no nacen con desprecio. Lo heredan, a veces en forma de manos sobre los párpados. Por eso la prevención del acoso LGTBIfóbico no termina en la puerta del colegio: también es una conversación de sobremesa. Un padre que se ríe de un hombre con pluma en la tele está preparando, sin saberlo, el insulto que su hijo dirá el lunes en el patio. O el que su hijo recibirá.
Cuando el patio cabe en el móvil
El acoso ya no termina al sonar el timbre. Según el séptimo informe de ANAR y Mutua Madrileña, el 2,2 % del alumnado conocía casos solo de ciberacoso en su clase y otro 3,6 % casos que combinaban acoso presencial y digital, el doble que el curso anterior. Según el alumnado, la inteligencia artificial estaba presente en el 14,2 % de los casos de ciberacoso.

Para una persona LGTBI, el ciberacoso tiene un riesgo añadido: el de que alguien publique o reenvíe algo que revele su orientación o su identidad antes de que esté preparada para contarlo. Es una forma de sacar a alguien del armario a la fuerza, y deja una huella que no se borra con un clic.
Algunos pasos prácticos:
- Guardar capturas con la fecha, el nombre de la cuenta y el enlace antes de bloquear.
- Denunciar el contenido en la propia plataforma.
- Comunicarlo al centro, porque la LOPIVI incluye expresamente el ciberacoso en los protocolos aunque ocurra fuera del horario lectivo.
- Pedir orientación en el 017, la línea de ayuda en ciberseguridad de INCIBE.
- Si hay amenazas, difusión de imágenes íntimas o suplantación, acudir a la Policía Nacional, la Guardia Civil o la policía autonómica.
Protocolo de bolsillo para familias
Si sospechas o sabes que tu hija o tu hijo sufre acoso, este orden ayuda:
- Escuchar sin interrogar. Lo primero no es averiguar quién empezó, sino que se sienta creído. Frases como «¿y tú qué hiciste?» cierran la conversación para meses.
- No minimizar. «Pasa de ellos» o «a mí también me lo hacían» suenan a consejo y se oyen como abandono.
- No exigir que salga del armario. Si el acoso es por su orientación o su identidad, real o supuesta, no hace falta que confirme nada para que se le proteja.
- Apuntar. Fechas, lugares, nombres, mensajes. Ese cuaderno es la base de cualquier queja formal.
- Pedir cita por escrito con la tutoría y con el coordinador de bienestar y protección, citando la LOPIVI y pidiendo que se active el protocolo.
- Pedir respuesta y seguimiento. Qué medidas se toman, quién las supervisa y en qué plazo se revisan.
- Escalar si no hay respuesta. A la inspección educativa de tu comunidad autónoma y, si hay delito, a la policía o a la fiscalía de menores.
- Cuidar la salud mental. Si notas aislamiento, cambios de sueño o de apetito, o frases sobre desaparecer, busca ayuda profesional cuanto antes y consulta a ANAR.
Protocolo de bolsillo para docentes
El 64 % se rompe en el aula. Algunas pautas que repiten las guías y los propios protocolos:
- Intervenir en el momento. Cortar el insulto delante de todos, con calma y sin humillar. La clase necesita ver que la norma existe.
- No pedir pruebas al que pide ayuda. La ley ya dice que su comunicación basta para iniciar el protocolo.
- No improvisar una mediación cuando hay desequilibrio de poder.
- Comunicarlo al coordinador de bienestar y protección y a la dirección el mismo día, por escrito.
- Proteger la confidencialidad. Nunca revelar a la familia ni a los compañeros la orientación o la identidad de un alumno si él no lo ha decidido.
- Trabajar con el grupo, no solo con los dos implicados. Los testigos son la mayoría y son quienes pueden cambiar el clima.
- Dejar ver que eres un adulto seguro. Un cartel, un libro en la estantería, una frase en tutoría. A veces un alumno decide contarlo porque una vez oyó a un profesor decir que en su clase nadie se ríe de nadie.
Si eres el que mira
La mayoría del alumnado no acosa ni es acosado: mira. Y ese público, que parece neutral, es el que decide cuánto dura el acoso. El agresor necesita testigos que se rían o, al menos, que callen.

Nadie te pide una capa. Basta con no reírte la gracia. Con sentarte en el comedor junto a quien siempre come aparte. Con mandarle por la noche un «¿todo bien?». Con avisar a una profesora de confianza o marcar el 900 018 018: ese número también acepta llamadas de quien solo ha visto lo que pasa. Ninguna de esas cosas sale en las películas y todas cambian algo.
La canción de Móstoles es, en el fondo, un recuerdo colectivo: no habla de una persona, sino de una pandilla, de un barrio entero que estuvo en los mismos sitios. Las clases también son eso. Quien estuvo allí y no hizo nada también se acordará, algún día, del rincón del patio.
Si eres tú a quien le pasa
Si estás leyendo esto y el que recibe los insultos eres tú, esto es para ti.
No es culpa tuya. No es por cómo andas, ni por cómo hablas, ni por lo que te gusta. Es culpa de quien elige hacer daño y de los adultos que no lo paran. Tienes derecho a estudiar sin miedo, y hay una ley que obliga a tu centro a protegerte.
Puedes empezar por una sola persona. Un profesor, una orientadora, tu tutora, alguien de la familia, un amigo. Si no hay nadie a mano, el 900 018 018 y el Teléfono ANAR, en el 900 20 20 10 o el 116 111, son gratuitos y no necesitan tu nombre. Y si algún día sientes que no puedes más, llama al 024. Hablar de esto no te convierte en un chivato. Te convierte en alguien que se cuida.
«Pensando si de niño me porté tan fatal»
Uno de los efectos más crueles del acoso es que la víctima termina buscando la culpa dentro de sí. En «Como Macaulay Culkin en el buen hijo», del primer álbum, aparece esa pregunta que tanta gente adulta reconoce:
Pensando si de niño me porté tan fatal
La canción habla de una herida de la infancia y no de un patio de colegio, pero el mecanismo es el mismo: cuando a un niño le hacen daño de forma repetida y nadie lo detiene, su mente intenta encontrar una lógica, y la más fácil es pensar que se lo merecía. Esa idea puede acompañar durante décadas.
Por eso importa tanto que un adulto diga a tiempo «esto no está bien y no es por ti». No borra lo vivido, pero cambia la historia que el niño se contará sobre sí mismo. Mike Sain't Louis ha contado en este diario que el acoso de su infancia fue una de las cosas que se acumularon antes del diagnóstico que recibió a los 41 años, y que habla de ello para que otras personas no tengan que callar tanto tiempo.
Teléfonos y recursos
En España:
- 900 018 018: la línea del Ministerio de Educación para casos de acoso y maltrato en colegios e institutos; no cuesta nada, no pide tu nombre y está abierta día y noche.
- Fundación ANAR: 900 20 20 10 y 116 111, tanto para chavales como para las personas adultas que se preocupan por ellos.
- 024: si aparecen ideas de quitarse la vida, a cualquier hora y sin coste.
- 112: emergencias.
- 017: ayuda en ciberseguridad de INCIBE.
- Teléfono de la Esperanza, escucha a cualquier hora: 717 003 717.
- FELGTBI+: 913 604 605.
Si estás fuera de España, llama al número de emergencias de tu país o busca la línea de ayuda para menores o de prevención del suicidio de tu zona.
Ficha
«Los fuegos artificiales de Móstoles» pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», primer álbum de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis, que crea su música con herramientas de inteligencia artificial a partir de sus propias letras. Está disponible en Spotify. Las demás canciones citadas son «Tan paleto», «El abismo en mi cabeza» y «Como Macaulay Culkin en el buen hijo». Las cifras salen del estudio de la FELGTBI+ sobre educación publicado en 2024, de los informes VII y VIII «La opinión de los/as estudiantes» de las fundaciones ANAR y Mutua Madrileña (este último, según la información publicada por RTVE), y del texto consolidado en el BOE de la Ley Orgánica 8/2021 y de la Ley 4/2023. El diario tiene también una nota sobre el acoso escolar y sus huellas y otra que mira la homofobia en el deporte. Para prensa y contacto, la página de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Qué porcentaje del colectivo LGTBI vivió acoso en el colegio?
El estudio que la FELGTBI+ publicó en 2024, con ochocientas entrevistas a adultos LGTBI+, lo sitúa en el 23 %, con un 25 % en la franja de 18 a 24 años. Seis de cada diez de esas personas (el 64 %) dicen que su centro no reaccionó.
¿Qué obliga la ley a hacer a un colegio ante el acoso por LGTBIfobia?
La Ley Orgánica 8/2021 (LOPIVI) obliga a que todos los centros apliquen protocolos contra el acoso y el ciberacoso, con actuaciones específicas cuando la motivación sea la orientación sexual o la identidad o expresión de género, y a que tengan un coordinador o coordinadora de bienestar y protección. La Ley 4/2023 pide además incluir el acoso por LGTBIfobia en los protocolos de convivencia y formar al profesorado.
¿Basta con que lo cuente el propio alumno para activar el protocolo?
Sí. El artículo 34 de la LOPIVI dice que los protocolos deben iniciarse cuando el personal, las familias o cualquier miembro de la comunidad educativa detecten indicios de violencia, o por la mera comunicación de los hechos por parte del niño, niña o adolescente.
¿Dónde llamar si un hijo o una hija lo está pasando mal en clase?
La línea ministerial contra el acoso en las aulas es el 900 018 018, sin coste y sin dar el nombre, abierta las 24 horas. ANAR atiende en el 900 20 20 10 y en el 116 111. Ante cualquier riesgo para la vida, el 024 o el 112. Fuera de España, el número de emergencias local.
¿De qué trata «Los fuegos artificiales de Móstoles»?
Es una canción del primer álbum de la trilogía GAYFOLK, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», escrita como un inventario de barrio: lugares, motes, fiestas y noches de juventud en Móstoles, entre ellos «la clase de gimnasia».