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Salud mental

La mesa de casa también protege: el apoyo familiar y la salud mental LGTBI según los estudios, con «Tan cateto» y «Soy marica sideral»

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Fotograma del videoclip de «Al fuego»: un niño dormido con la mejilla apoyada en un yunque, bajo la luz de una luna llena

Si estás pasándolo mal ahora. En España, si piensas en quitarte la vida, llama al 024: es gratuito, confidencial y atiende las 24 horas. Si hay peligro inmediato, al 112. Si eres menor, el Teléfono ANAR responde en el 900 20 20 10 y en el 116 111. Si vives en otro país, busca la línea de prevención del suicidio de tu país o llama a su número de emergencias. Este texto es información general y no sustituye a un profesional. Pedir ayuda funciona.

Soy Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. Las letras y la producción son mías; la música y la interpretación vocal están hechas con IA. En esta serie hablo de salud mental, y hoy quiero hablar de un lugar concreto: la mesa de casa. La del domingo, la de Nochebuena, la de cada día.

Una aclaración antes de empezar: de mi propia familia no voy a hablar aquí. Eso se queda dentro. Lo que sí puedo hacer es contar lo que dicen los estudios, porque es de las cosas más claras y más esperanzadoras que se han investigado sobre la salud mental de las personas LGTBI.

Un factor protector con nombre propio

En salud mental se habla de factores de riesgo y de factores protectores. Los primeros aumentan la probabilidad de que algo vaya mal. Los segundos la reducen, aunque no la borren. Para la juventud LGTBI, el apoyo de la familia es uno de los factores protectores más estudiados.

El punto de partida suele ser el estrés de minoría, del que ya hablamos en la nota sobre salud mental LGTBI. Ser gay, lesbiana, bi o trans no causa depresión. Lo que pesa es vivir rodeado de rechazo, de bromas, de silencios. Y cuando ese rechazo ocurre en casa, no hay sitio al que volver.

Lo que encontró el Family Acceptance Project

En San Francisco, el equipo de la investigadora Caitlin Ryan lleva años estudiando qué pasa en las familias cuando un hijo o una hija sale del armario. Su proyecto se llama Family Acceptance Project.

En 2009 publicaron en la revista Pediatrics un trabajo con 224 jóvenes lesbianas, gays y bisexuales de 21 a 25 años. Todos habían contado su orientación a algún padre, madre o cuidador durante la adolescencia. Los resultados son duros. Quienes habían vivido mucho rechazo familiar tenían, frente a quienes habían vivido poco o ninguno, 8,4 veces más probabilidades de haber intentado suicidarse, 5,9 veces más de sufrir depresión elevada y 3,4 veces más de consumir drogas ilegales.

Un año después, el mismo equipo miró la otra cara: la aceptación. En un estudio con 245 jóvenes LGTB de la misma edad, publicado en el Journal of Child and Adolescent Psychiatric Nursing, vieron que la aceptación familiar en la adolescencia se asociaba a más autoestima, más apoyo social y mejor salud general al llegar a la edad adulta. Los datos del artículo completo lo concretan: entre quienes tuvieron poca aceptación, el 56,8 % había intentado suicidarse alguna vez; entre quienes tuvieron mucha, el 30,9 %. Los pensamientos de suicidio en los seis meses anteriores bajaban del 38,3 % al 18,5 %.

Son cifras de un grupo concreto, en California, y no prueban causa y efecto. Pero la tendencia es clara: la casa importa.

Lo que dice la encuesta del Trevor Project

The Trevor Project, organización estadounidense de prevención del suicidio en jóvenes LGTBQ+, publica encuestas nacionales enormes. La de 2024 recogió las respuestas de más de 18.000 jóvenes de 13 a 24 años.

Algunas cifras de esa encuesta:

  • El 39 % había pensado seriamente en suicidarse en el último año.
  • El 12 % lo había intentado.
  • Solo el 40 % sentía que su casa era un lugar que afirmaba su identidad.
  • Entre quienes vivían en un hogar que les afirmaba, los intentos de suicidio bajaban al 9 %, frente al 13 % de quienes no lo tenían.

Cuatro puntos parecen poco. Sobre millones de jóvenes, son muchas vidas.

No hace falta toda la familia

Hay un dato de Trevor que me parece precioso. En un informe de 2022, con casi 34.000 jóvenes que habían salido del armario, tres de cada cuatro tenían al menos a una persona de su familia que apoyaba su orientación. Ese apoyo venía de una hermana o un hermano en el 54 % de los casos, de un padre, una madre o un cuidador en el 48 %, y de otro familiar en el 39 %.

Es decir: a veces el refugio no es el salón entero. Es una hermana que guarda el secreto. Una tía que pregunta por el novio con naturalidad. Un abuelo que no entiende la palabra, pero pone otro plato en la mesa. Si eres esa persona en tu familia, que sepas que cuentas.

Y en Europa y en España

En 2024, la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (FRA) publicó su tercera gran encuesta LGTBIQ. La ficha de España da algunos datos que conviene mirar con calma. El 11 % de las personas LGTBIQ que viven en España pensó a menudo o siempre en el suicidio en el año anterior a la encuesta, frente al 12 % de media en la UE. El 21 % había pasado por alguna práctica para intentar cambiar su orientación o su identidad, las mal llamadas terapias de conversión. Y el 60 % se declaraba bastante o muy abierto sobre quién es, por encima de la media europea.

Según un análisis de la organización juvenil IGLYO sobre esa misma encuesta, la familia era la fuente más frecuente de esas prácticas de conversión, por delante del asesoramiento religioso. Y alrededor de un tercio de quienes tenían entre 15 y 17 años había pensado a menudo o siempre en el suicidio.

En España, el informe Estado LGTBI+ 2026 de FELGTBI+, en su parte de educación, señala que el 47 % de las personas LGTBI+ de 18 a 24 años tuvo ideación suicida antes de cumplir los 18. Hay otro dato que duele más todavía: el 38 % no se confió a nadie, y la familia no aparece entre las principales figuras de confianza.

La buena noticia es que la sociedad ha cambiado mucho. Según recoge el Consejo General de la Psicología, el 88,1 % de la población española considera hoy una relación entre personas del mismo sexo igual de respetable que una heterosexual, frente al 41 % de 2009. Y desde la Ley 4/2023 las terapias de conversión son una infracción administrativa. Pero que la calle cambie no significa que cambien todas las cocinas.

Los gestos que ayudan

Lo más útil de esta investigación es que baja a lo concreto: cosas que se hacen o no un martes cualquiera.

Un informe del Trevor Project de 2022 midió qué acciones de padres y cuidadores se asociaban a menos intentos de suicidio. Para chicas y chicos LGBQ cisgénero, hablar con respeto de su identidad se asociaba a un 46 % menos de probabilidades de haber intentado suicidarse en el último año. Hablar abiertamente de temas LGTBQ y defenderles cuando alguien les trataba mal también salían entre los gestos más protectores. Para jóvenes trans y no binarios, además, contaba usar su nombre y sus pronombres.

Con eso y con lo que mide el Family Acceptance Project, la lista queda así:

  • Hablar del tema con naturalidad. Ni evitarlo ni convertirlo en drama. Preguntar, escuchar, volver a preguntar otro día.
  • Recibir bien a sus amistades y a su pareja. Invitarlas a casa, a la comida familiar, a la foto de grupo.
  • Defender en público. Cortar el chiste en la sobremesa. Hablar con el colegio si hay acoso.
  • Respetar cómo se viste, cómo se peina, cómo se mueve. Sin pedir que «se note menos».
  • Usar el nombre y los pronombres que la persona pide.
  • Informarse. Leer, preguntar a asociaciones, buscar a otras familias que ya han pasado por ahí.
  • Decirlo con palabras. «Te quiero igual» no se da por supuesto. Se dice.

Los gestos que hieren

Hay gestos que muchas familias hacen sin querer hacer daño. Conviene nombrarlos.

  • El silencio total. «Aquí de eso no se habla». No es neutral. Se vive como vergüenza.
  • El «es una fase». Le quita valor a lo que la persona tardó años en entender.
  • Pedir discreción. «Delante de la abuela, no». «En el pueblo, mejor no digas nada».
  • Excluir a la pareja de comidas, bodas, viajes o fotos.
  • Las bromas de siempre sobre mariquitas y marimachos en la mesa. Un niño que aún no sabe lo que es las oye y decide si puede fiarse de esa casa.
  • Intentar cambiarle. Mandarle a alguien que «lo arregle», presionarle para ser más masculino o más femenina. Las prácticas de conversión hacen daño y en España están sancionadas.
  • Echarle de casa o amenazar con hacerlo. Es la forma más extrema de rechazo, y deja a muchos jóvenes sin techo y sin red.

Muchas familias empiezan mal y aprenden. Pedir perdón por una reacción torpe también ayuda.

Lo que dicen algunas de mis canciones

En «Tan cateto» hay un adulto que tapa los ojos a sus hijos para que no vean un beso entre dos chicos. Esa canción no va de una familia concreta, pero retrata algo que se aprende en casa: a quién se mira con asco. La respuesta del estribillo es de alguien que ya no pide permiso: «No voy a aceptar consejos de ningún espectador».

«Soy marica sideral» tiene un verso que muchas personas LGTBI necesitarían oír de su propia boca, y también de la boca de los suyos: «No me cambio ni me escondo». Una familia que acepta es justo la que no pide ninguna de esas dos cosas.

Y en «La música me está salvando» aparece una lista de todo lo que no sirvió: «Ni psicólogos, ni amigos, ni hermanos». Es una canción de humor y de rabia, dirigida a un mentiroso que ya es pasado. Pero ese verso dice algo que mucha gente reconoce: hay momentos en que nadie de alrededor llega a tiempo. Por eso cuenta tanto quien sí llega. Hoy, en mi caso, una buena psicóloga me está ayudando a seguir adelante. La familia de sangre no es la única red posible.

Si tu familia no está

Puede que pienses que en tu casa nada de esto va a pasar. Es más común de lo que parece, y no es culpa tuya.

  • Busca a una sola persona. Un amigo, una profesora, un primo, alguien de una asociación. Una sola ya puede ser un refugio.
  • Acércate a una asociación LGTBI de tu ciudad. Algunas tienen grupos de jóvenes y atención psicológica.
  • Construye tu familia elegida. En este diario hay una nota sobre la familia elegida.
  • Si dependes de tu familia y no es seguro, no tienes por qué salir del armario todavía. Hay una nota sobre salir del armario a tu ritmo.
  • Pide ayuda profesional. Tu centro de salud puede derivarte a salud mental.

Si eres madre, padre o hermano

Quizá te has enterado hace poco, o reaccionaste mal y no sabes cómo volver.

  • No hace falta entenderlo todo para acompañar. Basta con no soltar la mano.
  • Separa tus miedos de su vida. Tener miedo por lo que le pueda pasar fuera es normal. Que ese miedo se convierta en rechazo dentro de casa, no.
  • Pregunta cómo está de verdad. Y si notas tristeza, aislamiento o frases sobre desaparecer, pregunta directamente si ha pensado en hacerse daño. Preguntar no mete la idea en la cabeza. Abre la puerta.

En el diario hay otra nota sobre cómo hablar de salud mental en casa que complementa esta.

Serie de salud mental. Este texto forma parte de la serie en la que hablo, sin detalles, de mis diagnósticos y de lo que me ha ayudado. Todos los textos y teléfonos están en la página de la serie. Las letras citadas están en el archivo de letras tal como se publicaron.

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