Cultura
Deporte y cultura queer: del patio del colegio al gimnasio en las letras del Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Hay una frase que muchos chicos gais han dicho, o han tenido que callar, en el patio del colegio, en la comida familiar del domingo o en la oficina el lunes por la mañana: «A mí no me gusta el fútbol». Parece una frase inofensiva, una cuestión de gustos. Durante mucho tiempo, en España, no lo fue. No interesarse por el fútbol era una pequeña sospecha, una grieta en el examen de masculinidad que el patio pone a todos los niños sin preguntarles.
Las letras del Planeta Gayfolk, el catálogo de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, tienen una relación muy particular con el deporte. Casi nunca hablan de partidos, de marcadores ni de medallas. Hablan del deporte como lo vive mucha gente LGTBI: como una prueba de pertenencia en la infancia, como una exigencia estética en las aplicaciones de citas, como un consejo terapéutico difícil de cumplir y, a veces, como un espectáculo que se mira desde la ventana. Este texto recorre esas canciones y las pone al lado de la historia pública del deporte y la diversidad. Las citas proceden del archivo de letras, tal como están publicadas.
El patio del colegio: «No me gusta el fútbol»
La canción que da título a todo esto es «No me gusta el fútbol», del álbum «El día de la liberación». Su letra no está publicada todavía en el archivo, pero la ficha de la canción en mikesaintlouis.com describe la portada, y la portada lo dice casi todo. Un chico con pinta de jugador duro, con barba, tatuajes, las rayas negras bajo los ojos que se pintan los deportistas para el sol y los focos de un estadio detrás. Hasta ahí, todo en orden. Pero la cresta es rosa chicle, la camiseta del número 80 es rosa, y lo que tiene en brazos no es un balón, sino una Barbie rubia con vestido de purpurina.
La ficha lo resume con humor: el decorado es el templo de la masculinidad de manual, y el protagonista lo ocupa a su manera, sin pedir perdón y con la muñeca bien agarrada. Es una imagen que funciona como un pequeño ajuste de cuentas con la infancia. Muchos niños que crecieron en los años ochenta y noventa recuerdan la sensación de ser elegidos los últimos para el partido del recreo, o de preferir quedarse en un rincón jugando a otra cosa. La portada recoge ese recuerdo y lo convierte en espectáculo: el estadio sigue ahí, pero el juego es otro.
Una nota anterior del diario, «Homofobia en el deporte», ya apuntaba a lo esencial: el fútbol ha sido durante mucho tiempo en España un examen de masculinidad, y a quien no le gustaba se le miraba raro. Y terminaba con una idea que conviene repetir: no le tiene que gustar a nadie el fútbol, y a quien le guste no le tiene que costar ser quien es. Las dos cosas son igual de importantes.
Porque el título de la canción no es un ataque al fútbol. Hay muchísimas personas LGTBI a las que les encanta el fútbol, que van al estadio, que juegan en ligas de barrio o que siguen a su equipo con devoción. Lo que la canción reivindica es el derecho a no tener que fingir un interés para que te dejen en paz. El lunes por la mañana, en la oficina, decir «no me gusta el fútbol» y que no pase nada.
El armario más grande del estadio
El fútbol masculino de élite ha sido, históricamente, uno de los armarios más cerrados del mundo. Los datos públicos lo dejan claro. En Inglaterra, Justin Fashanu fue en 1990 el primer futbolista profesional en declararse gay públicamente, en una entrevista en la prensa. Su carrera y su vida posterior estuvieron marcadas por la presión y el rechazo, y murió en 1998. Su historia se cuenta hoy como una advertencia de lo que costaba ser visible.

Durante décadas, los casos fueron contados y casi siempre llegaban después de la retirada. El alemán Thomas Hitzlsperger, que había jugado con la selección de su país, habló públicamente de su homosexualidad en 2014, ya retirado. Hubo que esperar mucho para ver a futbolistas profesionales en activo hacerlo. En octubre de 2021, el australiano Josh Cavallo, jugador del Adelaide United, publicó un vídeo en el que contaba que era gay. Y en febrero de 2023, el internacional checo Jakub Jankto, que había jugado en el Getafe, hizo lo mismo.
En el deporte femenino la historia es distinta. Hay muchas más deportistas abiertamente lesbianas o bisexuales, y algunas de ellas, como la futbolista estadounidense Megan Rapinoe, se convirtieron en figuras públicas de la defensa de los derechos LGTBI. La diferencia dice mucho sobre cómo funciona el armario: no tiene tanto que ver con el deporte en sí como con lo que se espera de la masculinidad.
Las gradas tampoco han ayudado. Los insultos homófobos en los estadios, que durante años se toleraron como parte del folclore, hoy se sancionan cada vez más, pero siguen apareciendo. Es fácil entender por qué un chaval que juega en un equipo juvenil se lo piensa dos veces antes de contar nada.
España: un waterpolista en portada
En España, el gesto que cambió la conversación llegó desde la piscina. En mayo de 2016, el waterpolista Víctor Gutiérrez, jugador del Real Canoe de Madrid e internacional con la selección, salió del armario en la portada de la revista Shangay. Según la propia revista, se convirtió así en el primer deportista de élite español en hacer pública su homosexualidad en un medio de comunicación. Pocos días antes, el patinador Javier Raya, que había competido en los Juegos Olímpicos de Sochi 2014, lo había hecho subiendo a Instagram una foto con su novio.
En aquella entrevista, Gutiérrez explicaba que sentía la responsabilidad, como deportista gay, de dar la cara, y que hasta entonces su experiencia en el deporte había sido positiva. Un año después, la misma revista recogía cómo el gesto había tenido una repercusión que él mismo no esperaba. Es una buena muestra de lo que significa la visibilidad: no cambia las reglas del juego, pero cambia quién se atreve a jugar.
Madrid tiene además una red de clubes deportivos LGTBI que llevan años trabajando. Uno de los más veteranos es Halegatos, fundado en 2001, que reúne natación, aguas abiertas y saltos de trampolín en categoría máster. El club nació, según cuenta en su propia web, como un espacio para practicar deporte en un entorno seguro y respetuoso, y hoy compite de igual a igual con otros clubes y ha ganado campeonatos máster de la Comunidad de Madrid. Para quien vivió mal el deporte de pequeño, esos clubes pueden ser una reconciliación con algo que le arrebataron en el patio.
«Ponte a hacer deporte, ¡Romeo!»: el gimnasio como exigencia
Si el patio del colegio fue el primer examen, las aplicaciones de citas son el segundo. Y aquí el deporte ya no se juega, se exhibe. «Buscando el polvo perfecto», del primer álbum, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», es una sátira feroz de ese mercado. La letra adopta la voz del usuario más cruel de Grindr, el que descarta a todo el mundo con una lista de defectos: gordo, calvo, viejo, feo.

En mitad de esa lista aparece el deporte como arma: «Tienes pluma y eres afeminado, / Yo soy deportista y un buen macho, / Ponte a hacer deporte, ¡Romeo!». Es un verso que retrata con mucha precisión una forma de homofobia interna que existe dentro del propio colectivo, la que desprecia la pluma y convierte el cuerpo de gimnasio en un certificado de masculinidad. El personaje presume de deportista como quien presume de no parecer gay. Y la canción, por supuesto, se ríe de él: el estribillo le devuelve la pelota con un «¡Hoy lloras!».
La misma lógica aparece en «Mi novio de Albacete», también del primer álbum, que empieza con un retrato de pareja en espejo: «Éramos la pareja gay del año / Tú tan cachas, yo tatuado / Tú tan fitness, yo tan guapo». Son versos que suenan a perfil de Instagram, a esa pareja que parece perfecta en las fotos. Y la canción empieza precisamente con «Me has engañado», que es la forma más rápida de desmontar una foto.
La palabra «cachas», tan castiza, aparece varias veces en el catálogo. En «Garrafón de China», por ejemplo, es el camarero quien la lleva puesta: «El cachas de la barra nos vendió garrafón». El cuerpo de gimnasio, en el planeta, no garantiza nada. Ni la fidelidad del novio ni la calidad de la ginebra.
Abdominales: el cuerpo que se mira
El gimnasio tiene un objeto de culto, y es la tableta de chocolate. En «El espejo de enfrente», del primer álbum, hay un verso que se repite como un mantra: «Ya se me marcan las abdominales». Pero la canción no es una celebración. Es una de las letras más duras del catálogo sobre la autoimagen. El protagonista se mira al espejo de madrugada y el estribillo es inequívoco: «Estoy harto de verme la puta cara en el espejo de enfrente». Que se marquen las abdominales no arregla nada. El espejo sigue devolviendo una burla.
Es una idea muy importante, porque toca algo que los estudios sobre salud y cuerpo llevan tiempo señalando: la presión estética dentro de la comunidad gay masculina puede ser muy fuerte, y el gimnasio, que para muchos es un espacio de bienestar, para otros se convierte en una obligación sin final. La canción no moraliza. Solo pone al lado el logro, las abdominales marcadas, y el malestar, que sigue intacto. Esa yuxtaposición dice más que cualquier sermón.
En «Spoiler», del álbum «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», las abdominales son una pista de detective. La letra cuenta cómo una pareja empieza a cambiar en las redes, de dar me gusta solo a fotos de Madonna a posar con los labios perfectos, y en mitad de la investigación aparece el dato clave: «Y he contado por lo menos diez me gusta en el de las abdominales». El cuerpo de gimnasio de otro se convierte en la prueba de que algo se está rompiendo. El deporte, aquí, ni siquiera lo practica nadie de la canción: es una foto en el móvil de un desconocido.
Si alguna vez la relación con tu cuerpo, con la comida o con el ejercicio te hace sufrir, no estás solo y no tienes que resolverlo por tu cuenta. Hablar con un profesional sanitario ayuda. Y si en algún momento sientes que no puedes más, en España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, y en caso de emergencia, al 112.
El consejo de la psicóloga
Hay un verso del catálogo que mucha gente reconocerá con una sonrisa triste. En «Forocoches», del álbum «El día de la liberación», el protagonista está hundido después de una ruptura: botellas vacías, insomnio, mensajes que no debería haber enviado. Y entonces llega la receta profesional: «La psicóloga me dijo que empezara a hacer deporte / Pero estoy sin fuerzas, he perdido el norte».

Es un retrato muy honesto. El ejercicio físico es una recomendación habitual para mejorar el ánimo, y hay buenas razones para ello. Pero cualquiera que haya pasado por un mal momento sabe que la distancia entre el consejo y las zapatillas puede ser enorme. La canción no se burla ni del consejo ni de quien no puede seguirlo. Simplemente deja constancia de esa distancia, que es real. A veces el primer paso no es ir al gimnasio, sino levantarse de la cama.
El deporte como terapia y el deporte como exigencia estética son, en el fondo, dos caras de la misma moneda. En «Buscando el polvo perfecto», «Ponte a hacer deporte» es un insulto. En «Forocoches», «empezara a hacer deporte» es un consejo de cuidado. La misma frase cambia por completo según quién la diga y para qué.
Boxeo: el saco que dice basta
El boxeo, en el planeta, solo aparece en una imagen, pero es una imagen potente. En «Tu mendigo», del álbum «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el protagonista se planta ante quien lo ha maltratado: «Y hoy te digo que no soy tu saco de boxeo / y mucho menos tu mendigo». El saco de boxeo es el objeto que recibe los golpes sin poder devolverlos, el que está colgado para que otro descargue su rabia. Decir que no eres el saco de nadie es una declaración de dignidad.
Esa imagen conecta con algo que el deporte también puede ser para muchas personas LGTBI: una forma de recuperar la fuerza. No es casualidad que el boxeo y las artes marciales tengan cada vez más clubes y clases pensadas para personas que han sufrido violencia o acoso. El saco, en el gimnasio, puede servir para que por fin sea uno quien golpea, y no quien recibe.
Natación y bañadores: el deporte que se ve desde la orilla
Hay un deporte que en el planeta aparece sobre todo por su vestuario. «Si Don AussieBum hablase», del primer álbum, gira en torno a una marca australiana de bañadores y ropa interior muy conocida en el ambiente gay. La letra cuenta que un «falso amore» se ha llevado los bañadores de marca del protagonista, «Los de / Aliexpress / bien que los ha dejado», y los ha usado para ligar. Los bañadores, dice la canción, «sientan / muy bien para / promocionar / el paquete».
No es una canción sobre natación, claro. Pero dice mucho sobre cómo el bañador de competición, el slip ajustado de toda la vida de las piscinas municipales, se convirtió en un objeto de deseo y de estatus en la cultura gay. La piscina, que para Halegatos es un espacio de entrenamiento, para el personaje de la canción es un escaparate. Las dos cosas conviven en cualquier piscina pública de Madrid en julio.
Y luego está el deporte que se mira desde la ventana. En «La vecina cotilla», del primer álbum, la protagonista observa a un vecino con mucha atención: «Hace deporte con sus shorts cortitos no se si me explico». Es el deporte como espectáculo doméstico, la carrera matutina del vecino como mejor programa de la tele. No hace falta hacer deporte para disfrutarlo. A veces basta con asomarse.
Gay Games, clubes y el derecho a jugar mal
En 1982 se celebraron en San Francisco los primeros Gay Games, un acontecimiento deportivo internacional creado por Tom Waddell, que había sido decatleta en los Juegos Olímpicos de México 1968. La idea era sencilla y muy poderosa: un encuentro deportivo abierto a cualquiera, sin importar su orientación ni su nivel, donde lo importante fuera participar sin miedo. Desde entonces se han celebrado en muchas ciudades del mundo.

Esa filosofía, la de participar sin tener que ser el mejor, conecta de forma muy directa con el espíritu del catálogo. Las canciones del planeta no celebran a los campeones. Celebran a quien no le gusta el fútbol, a quien se ríe del cachas de la barra, a quien no tiene fuerzas para ir al gimnasio y a quien se asoma a la ventana. El deporte que aparece en estas letras no es el de la élite, sino el de la vida diaria, con sus patios, sus espejos y sus piscinas municipales.
Hay también figuras del deporte de élite que se han convertido en referentes. El saltador británico Tom Daley contó en un vídeo en 2013 que tenía una relación con un hombre, y años después ganó la medalla de oro olímpica en saltos sincronizados de plataforma en los Juegos de Tokio. Fue una imagen muy comentada, la de un campeón olímpico abiertamente gay en lo más alto del podio, y para mucha gente joven fue la primera vez que veía algo así.
El deporte como fiesta: el Orgullo en movimiento
Hay una última forma de deporte que el catálogo practica constantemente, aunque nadie la llame así: el baile. Las pistas del planeta exigen una resistencia física considerable. Hay canciones para bailar hasta el amanecer, tacones para bajar a la playa, plumas que se mueven y caderas que no paran. Cualquiera que haya bailado varias horas seguidas en una fiesta del Orgullo de Madrid, en pleno julio, sabe que eso también es deporte.
Y en ese terreno, el planeta no tiene complejos. Si el patio del colegio fue el lugar donde muchos niños gais aprendieron que no encajaban en el juego, la pista de baile es el lugar donde se inventaron un juego propio. Sin árbitro, sin marcador y sin necesidad de que te elijan para el equipo. Basta con entrar.
Alineación del planeta
Para terminar, la alineación titular que presentaría el Planeta Gayfolk si tuviera que saltar al campo.
En la portería, el chico de la cresta rosa con la Barbie en brazos. No para un balón, pero tampoco lo pretende.
En la defensa, la vecina cotilla, siempre atenta a cualquier movimiento del rival desde la ventana.
En el centro del campo, el protagonista de «Forocoches», sin fuerzas pero todavía en el campo, que ya es mucho.
En la delantera, el chico de «El espejo de enfrente», con las abdominales marcadas y la cabeza en otra parte.
En el banquillo, el «buen macho» de «Buscando el polvo perfecto», castigado por antideportivo.
Y en la grada, todos los que alguna vez dijeron «a mí no me gusta el fútbol» y descubrieron, con los años, que no pasaba nada.
Ficha
«No me gusta el fútbol» pertenece a «El día de la liberación», tercer álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como «el primer cantautor IA»; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Los personajes de las letras son inventados. Los datos sobre deportistas, clubes y competiciones proceden de fuentes públicas, entre ellas la revista Shangay, el diario El País y la web del club Halegatos. Si necesitas ayuda, en España puedes llamar al 024 o, en caso de emergencia, al 112. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.
Serie de salud mental. Si esta canción te toca de cerca, en la serie de salud mental hay un texto sobre bullying LGTBIfóbico en la infancia con señales, primeros pasos y teléfonos de ayuda. Todos los textos están en la página de la serie.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «No me gusta el fútbol»?
Es un single del álbum «El día de la liberación» cuyo título dice en voz alta lo que muchos chicos gais han tenido que callar. La portada juega con el choque: un chico con pinta de jugador duro, focos de estadio, cresta rosa chicle, camiseta rosa con el número 80 y una Barbie rubia en brazos en lugar de un balón.
¿Quién fue el primer deportista de élite español en salir del armario en un medio?
Según la revista Shangay, el waterpolista Víctor Gutiérrez, jugador del Real Canoe, fue el primer deportista de élite español en hacer pública su homosexualidad en un medio de comunicación, en la portada de la revista en mayo de 2016. Pocos días antes, el patinador olímpico Javier Raya lo había hecho con una foto en Instagram.
¿Existen clubes deportivos LGTBI en Madrid?
Sí. Uno de los más conocidos es Halegatos, fundado en 2001, que reúne natación, aguas abiertas y saltos de trampolín en categoría máster y compite en campeonatos regionales y nacionales.
¿Qué canciones del planeta hablan del gimnasio y del cuerpo?
«Buscando el polvo perfecto» satiriza al que presume de deportista y desprecia la pluma, «El espejo de enfrente» repite «Ya se me marcan las abdominales», «Spoiler» cuenta los me gusta en una foto de abdominales y «Mi novio de Albacete» empieza con «Tú tan cachas, yo tatuado».
¿Qué son los Gay Games?
Un acontecimiento deportivo internacional abierto a todo el mundo, creado por el exatleta olímpico estadounidense Tom Waddell. La primera edición se celebró en San Francisco en 1982.