Humor
El café de cada día en el Planeta Gayfolk: solo sin drama, aguado de primera cita y el camarero que lo sabe todo
Por Mike Sain't Louis ·

Son las nueve menos diez de la mañana. En el bar de abajo, la cafetera lleva una hora silbando. El camarero, que se llama Paco o Manolo o Juanjo, ve entrar a un cliente habitual por la puerta y, antes de que llegue a la barra, ya ha puesto el platillo, la cucharilla y el sobre de azúcar. «¿Lo de siempre?». No hace falta contestar. El cortado aparece en menos de un minuto, en vaso de cristal porque así lo prefiere el cliente desde hace once años. Esto, y no otra cosa, es la verdadera intimidad española.
El café es una de las grandes instituciones cotidianas del país. Se toma de pie en la barra, sentado en la terraza, en vaso de plástico en la oficina, en taza de porcelana en casa de la abuela. Sirve para despertarse, para quedar con alguien, para cerrar un negocio, para hacer tiempo, para consolar y para ligar. En el Planeta Gayfolk aparece en varias letras de Mike Sain't Louis, y cada vez con un sabor distinto. Hay uno solo y sin drama, otro aguado que enamora, uno de cortesía que pone colorado, otro amargo de pura rutina y dos tazas que sirven de cronómetro. Vamos a pedirlos todos.
Un café solo, sin leche y sin drama
El café más luminoso del planeta está en «Marica chill», del segundo álbum. El narrador se despierta con purpurina en la cara después de una noche de fiesta y decide empezar el día con calma:
Un café solo, sin leche y sin drama
Es casi un manifiesto. Después del exceso, la sobriedad. Después de la noche, la mañana tranquila. El café solo funciona aquí como un reseteo, una forma de volver a uno mismo antes de bajar a la playa con tacones y abanico. La canción, que el diario leyó como una defensa del derecho a ser ridículo, convierte un gesto tan sencillo como pedir un café en una declaración de independencia emocional: hoy no hay drama, ni en la taza ni en la vida.
La portada de este artículo sale de ese videoclip. Un chico sonriente, con purpurina en la cara y la camisa blanca abierta, sostiene una taza en una terraza frente al mar. Si hay una imagen que resuma el café ideal, es esa: luz, calma, un poco de brillo de la noche anterior y ninguna prisa.
Un café aguado que fue la mejor cita
En el extremo opuesto está el café de «Me mola Zeus». El narrador está perdidamente colgado de un chico que no le hace mucho caso, Zeus Vargas, y recuerda su encuentro con una precisión enternecedora:
me hiciste un café aguado
Y añade enseguida que fue la mejor cita de la semana. Esto lo entiende cualquiera que se haya enamorado alguna vez. El café era malo, objetivamente malo, de esos que saben a agua de fregar con un recuerdo lejano de grano tostado. Pero lo había hecho él. Y eso lo convertía en el mejor café del mundo. El diario contó ese deseo con wifi y algoritmo, y el café aguado es uno de sus detalles más tiernos.
La lección es clara: en el amor, el café no se juzga por su sabor. Se juzga por quién lo prepara y por cómo te mira mientras te lo da.
El café de cortesía que puso colorado
Hay otro café en el planeta, este con uniforme. En «Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería», el narrador coincide con un agente que, además, tiene un negocio de lavado. Entre lavadora y lavadora, el hombre tiene un gesto amable:

Por cortesía me invitó a un café
Y el narrador, abrumado, se pone tan colorado que solo acierta a decir que está bien. Es el café como trampa emocional. Una invitación sencilla, casi protocolaria, que para quien la recibe se convierte en un acontecimiento. El diario ya exploró ese deseo entre lavadoras. Aquí solo añadimos una observación: el café de cortesía es uno de los grandes clásicos del cortejo español, junto con el «¿te apetece tomar algo?» y el «te acerco a casa».
Café amargo, rutina fría
No todos los cafés del planeta son felices. En «No quiero otro novio cojín», la vida se ha convertido en una repetición sin gracia: despertar, calle, trabajo, gente sin rostro. Y en medio de esa lista aparece:
Café amargo
Es el café de la rutina, el de la máquina de la oficina, el que se toma sin mirar, sin sentarse, sin saborearlo. El que no despierta, solo mantiene en pie. Todos conocemos ese café. Es el que se bebe frente a una pantalla a las once de la mañana, cuando el día todavía no ha empezado de verdad y ya pesa. La canción termina rompiendo esa rutina con un portazo, y quizá ese sea el mejor consejo: cuando el café sepa siempre amargo, igual no es culpa del café.
Dos tazas de café como cronómetro
Y luego está el café más gamberro del planeta, el de «Asqueroso coordinador». El narrador le dedica un videoclip a un ex infiel y le sugiere, con toda la mala intención del mundo, cuándo verlo:
Lo puedes ver mientras te tomas dos tazas de café,
El verso continúa con una alternativa escatológica que no reproduciremos aquí, pero que cualquiera puede imaginar. Lo divertido es el uso del café como unidad de medida. Un videoclip dura lo que duran dos tazas. Es una forma muy española de calcular el tiempo: «eso se hace en lo que te tomas un café», «en un café estoy ahí». El diario ya analizó ese despecho camp, y las dos tazas son uno de sus detalles más cotidianos.
El idioma secreto de la barra
Pedir un café en España es hablar un idioma propio, con dialectos regionales y variantes de bar en bar. Para quien viene de fuera, la carta puede parecer un examen de oposición.
Está el solo, el de toda la vida, corto e intenso. El cortado, que es un solo con un chorrito de leche. El café con leche, que es lo que su nombre indica, aunque la proporción depende del humor del camarero. El manchado, que en muchos sitios es lo contrario del cortado: mucha leche y un poco de café. El americano, solo alargado con agua, que algunos piden por gusto y otros por miedo.
Luego vienen las preguntas complementarias, que son las que de verdad delatan al cliente experto. ¿Leche fría, templada o caliente? ¿En taza o en vaso? ¿Con leche de avena, de soja, sin lactosa? ¿Descafeinado de máquina o de sobre? Esta última pregunta, en particular, es casi una seña de identidad nacional. Hay quien defiende el de sobre con una pasión que no dedica a ningún equipo de fútbol.
Y están las especialidades regionales, que convierten el mapa de España en una carta de cafetería. En Málaga, el histórico Café Central popularizó toda una escala de nombres según la proporción de café y leche, con joyas como la nube o la sombra. En Valencia y Alicante, el café bombón, con leche condensada en el fondo del vaso. En Cartagena, el asiático, una mezcla con leche condensada, coñac, licor, canela y limón que se sirve en un vaso especial. Y en Canarias, que el planeta tiene muy presente en su sección sobre las islas, el barraquito, servido por capas en vaso de cristal, con leche condensada, licor, café, leche espumada, limón y canela, y su primo el leche y leche.
El camarero que lo sabe todo
Ningún café de barrio sería lo mismo sin su camarero. Es una figura fundamental de la vida española, a medio camino entre confesor, psicólogo, cronista local y agente de inteligencia.

El camarero del bar de abajo sabe a qué hora sales de casa, con quién quedas, si has dormido mal, si has roto con tu pareja y si la nueva te conviene. No pregunta mucho, pero observa todo. Si un día pides algo distinto, levanta una ceja. Si un día no apareces, pregunta por ti a tu vecina. Si un día apareces con alguien nuevo, te pone el café con una sonrisa que dice más que mil palabras.
Para muchas personas LGTBI, el bar de abajo fue también un termómetro. Hay barrios donde llegar con tu pareja de la mano a tomar un café es lo más natural del mundo, y otros donde todavía se nota un silencio raro en la barra. Cuando el camarero te saluda a los dos por vuestro nombre y os pregunta si queréis lo de siempre, sabes que has encontrado tu sitio. Es una forma de aceptación pequeña, cotidiana, sin pancartas, y por eso mismo enorme.
La terraza: el escaparate del barrio
Si la barra es el confesionario, la terraza es el escaparate. Sentarse en una terraza con un café es exponerse a la mirada de todo el barrio y, a la vez, ejercer de espectador. Desde una mesa al sol se ve pasar la vida entera: la vecina con el carro, el chico del gimnasio, la pareja que discute entre susurros, el perro que se escapa.
La terraza tiene sus reglas no escritas. Un café da derecho a ocupar una mesa durante un tiempo razonable, que nadie ha definido pero todos conocen. Pasado ese tiempo, el camarero empieza a rondar. Si se pide un segundo café, se renueva el permiso. Si se saca el portátil, se entra en una zona gris moralmente discutible. Y si se quedan tres amigos dos horas con un solo café para los tres, se pierde para siempre el respeto del personal.
En el planeta, la terraza tiene un aire de verano mediterráneo, como en el videoclip de «Marica chill»: mesas blancas, sombrillas, mar al fondo, purpurina en las mejillas. Es la terraza soñada, la de las vacaciones, donde el café sabe mejor porque no hay que ir a trabajar después.
Quedar para un café
«A ver si quedamos para un café». Esta frase, pronunciada miles de veces al día en toda España, es una de las más ambiguas del idioma. Puede significar exactamente lo que dice. Puede significar «me caes bien, pero no tengo ninguna intención de verte en los próximos seis meses». Y puede significar, en contextos románticos, «me gustas y no me atrevo a proponerte una cena».
El café es la cita perfecta para los indecisos. Es corto, barato y tiene una salida fácil. Si la cosa va bien, se puede convertir en una caña, la caña en una cena y la cena en lo que haga falta. Si va mal, se apura la taza, se pide la cuenta y se acabó, sin dramas. Por eso tantas primeras citas de aplicaciones empiezan con un café. Y por eso, en el planeta, un café aguado puede ser la mejor cita de la semana.
La cafetera de casa: italiana, cápsulas y el ritual del domingo
Fuera del bar, el café tiene su propio santuario doméstico. En muchas casas españolas sigue reinando la cafetera italiana, esa jarrita de aluminio de dos cuerpos que se enrosca, se pone al fuego y avisa con un borboteo inconfundible de que el café está listo. Tiene sus misterios: no hay que apretar el café, hay que retirarla a tiempo, y nunca, bajo ningún concepto, se lava con jabón, según las abuelas, para que no pierda el sabor acumulado de años.

Luego llegaron las cápsulas, que dividieron a la población en dos bandos irreconciliables. Para unos, la comodidad absoluta: un botón y listo. Para otros, una herejía cara que llena la basura de plástico y aluminio. Y entre medias, los nostálgicos del café de puchero, los entusiastas de la cafetera de émbolo, los que muelen el grano cada mañana con un molinillo manual y hablan de notas afrutadas con la misma seriedad con la que otros hablan de vinos.
El café de casa tiene algo que ninguna cafetería puede ofrecer: el pijama. Se toma despeinado, descalzo, mirando por la ventana o el móvil, sin tener que hablar con nadie. Para quien vive con fobia social, ese café en casa puede ser el mejor del día, el único en que no hay que fingir nada. Y para quien comparte piso o pareja, el que se levanta primero y prepara café para dos está haciendo, sin decirlo, una declaración de amor diaria.
Los cafés de tertulia: cuando el café era un parlamento
Hubo una época en que los cafés eran el centro de la vida intelectual de las ciudades. En Madrid, el Café Gijón, abierto en el paseo de Recoletos en 1888, y el Café Comercial, en la glorieta de Bilbao desde 1887, acogieron durante décadas tertulias de escritores, pintores, actores y periodistas. Se discutía de literatura, de política y de todo lo demás, con un café que se estiraba durante horas y un camarero que sabía quién pagaba y quién nunca pagaba.
En aquellos cafés, a veces, también encontraban refugio quienes no encajaban en ningún otro lugar. Artistas excéntricos, poetas raros, gente que en su casa no podía ser del todo quien era y que en una mesa de mármol, entre humo y conversación, encontraba algo parecido a una familia. El café como espacio de libertad es una idea antigua, y en cierto modo el bar de abajo es su heredero modesto.
El café para llevar y la oficina
Y luego está el café de la prisa. El vaso de cartón con tapa de plástico, el nombre mal escrito con rotulador, el paseo hasta el metro sorbiendo con cuidado para no quemarse. Es una costumbre importada que en España convive, no sin tensiones, con la del café sentado. Hay quien la considera un sacrilegio y quien no concibe empezar la jornada sin ese vaso en la mano.
En la oficina, el café cumple una función social que ningún departamento de recursos humanos ha sabido sustituir. La máquina del pasillo es el lugar donde se cuentan los chismes, donde se forman alianzas y donde se descubre, sin querer, la vida privada de los compañeros. El «¿bajamos a por un café?» es el pasaporte para una pausa legítima, y quien no toma café se pierde la mitad de la información de la empresa. Hay quien empieza a tomar café solo por eso.
La cafeína y los nervios
Una nota seria entre taza y taza. El café es un estimulante, y su principal componente activo, la cafeína, tiene efectos en el cuerpo que conviene conocer. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria considera que, para un adulto sano, consumir hasta unos 400 miligramos de cafeína al día, el equivalente aproximado a tres o cuatro tazas de café de filtro, no plantea problemas de seguridad. Por encima de esa cantidad, o en personas más sensibles, pueden aparecer nerviosismo, palpitaciones, insomnio o malestar digestivo.

Para quienes viven con ansiedad, el café puede ser un aliado traicionero. Mike Sain't Louis ha hablado abiertamente de su diagnóstico de ansiedad, junto a otros como el estrés postraumático y la fobia social, y de que sigue tratamiento psiquiátrico y psicológico. No es un consejo médico, pero sí una observación que mucha gente comparte: hay días en que el tercer café sobra, y en que una infusión o un vaso de agua sientan mejor. Escuchar al cuerpo también es cuidarse. Y si la ansiedad se hace grande, hablar con el médico de cabecera es un buen primer paso; para momentos de malestar intenso, el 024 atiende de forma gratuita y confidencial a cualquier hora.
La batalla por pagar
Ningún retrato del café español estaría completo sin la escena final: la pelea por pagar. Dos personas se levantan a la vez, se llevan la mano a la cartera, se empujan suavemente junto a la barra y repiten frases rituales. «Deja, deja, que esto lo pago yo». «Ni hablar, que la otra vez pagaste tú». «Que no, que me toca». El camarero, mientras tanto, espera con una paciencia infinita, porque ha visto esta función mil veces y sabe que al final pagará quien tenga el billete más rápido o el móvil con el pago ya abierto.
Hay técnicas avanzadas. Está quien se levanta con la excusa de ir al baño y paga a escondidas. Está quien deja el dinero bajo el platillo antes de que nadie se dé cuenta. Y está quien, derrotado, acepta la invitación con la promesa solemne de que el próximo café corre de su cuenta, una deuda que puede durar años. En el fondo, la pelea no va de dinero. Va de cariño. Invitar a un café es una forma pequeña de decir que la compañía ha merecido la pena.
Pequeño glosario cafetero del planeta
Para terminar con buen sabor de boca, un glosario según las canciones.
Café solo sin drama: el que se toma la mañana después de una noche loca, con purpurina todavía en la cara. Origen: «Marica chill».
Café aguado: el peor café del mundo, preparado por la persona que más te gusta. Por lo tanto, el mejor. Origen: «Me mola Zeus».
Café de cortesía: invitación inocente que provoca rubor extremo, sobre todo si quien invita lleva uniforme. Origen: la canción del policía de la lavandería.
Café amargo: síntoma de rutina. Tratamiento recomendado: un portazo a tiempo. Origen: «No quiero otro novio cojín».
Dos tazas de café: unidad de medida temporal, equivalente a la duración de un videoclip de despecho. Origen: «Asqueroso coordinador».
Lo de siempre: frase mágica que pronuncia el camarero cuando ya formas parte del barrio.
La última taza
Son las seis de la tarde. El bar de abajo se ha vaciado después de la hora de los cafés de sobremesa. El camarero seca vasos con un trapo mientras la televisión emite un concurso sin sonido. Entra alguien, se acoda en la barra y pide un descafeinado de sobre. El camarero sonríe, porque ya lo sabía.
El café es eso: una pequeña ceremonia diaria que nos sostiene sin que nos demos cuenta. Un rato para nosotros mismos, una excusa para ver a otros, un ritual que ordena el día. En el planeta se toma solo y sin drama, aguado y enamorado, de cortesía y colorado, amargo de rutina, y siempre con un poco de humor en el fondo de la taza.
«Marica chill» está en Spotify. La trayectoria de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y las fechas de la trilogía están en la página de prensa.
Preguntas frecuentes
¿En qué canción aparece el café solo sin drama?
En «Marica chill», del segundo álbum de Mike Sain't Louis. El narrador amanece con purpurina en la cara después de una noche loca y se toma un café solo, sin leche y sin drama, antes de bajar a la playa con tacones.
¿Qué es un barraquito?
Un café típico de Canarias, muy asociado a Tenerife, que se sirve en vaso por capas: leche condensada, licor, café, leche espumada, y un toque de limón y canela. Hay versiones sin alcohol.
¿Cuánto café se puede tomar al día?
La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria considera que, para un adulto sano, hasta unos 400 miligramos de cafeína al día no plantean problemas de seguridad, lo que equivale aproximadamente a tres o cuatro tazas. En embarazo, ansiedad u otras situaciones conviene consultar con un profesional sanitario.
¿Cuál es la diferencia entre un cortado y un manchado?
El cortado es un café solo con un poco de leche. El manchado suele ser lo contrario: mucha leche con un poco de café, aunque el nombre cambia según la ciudad y el bar.
¿Quién escribe las canciones del Planeta Gayfolk?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, creador del universo Planeta Gayfolk.